64. Cicatrices nuevas
Cicatrices nuevas
Daniela
A lo largo de esta última semana, Enzo ha avanzado muchísimo. Los médicos están muy contentos con su evolución, y ya está preparado para la intervención de la rodilla.
Mi padre volvió a Jerome hace dos días. Mateo y todo el equipo están de regreso en Los Ángeles para empezar con el trabajo de postproducción del documental, y yo me he trasladado a casa de Dylan, aunque más bien lo ha hecho mi maleta.
Enzo y Giulia insistieron en que me quedara en su casa, pero me sentí un poco abrumada ante la idea. Ella, Dylan y yo nos estamos turnando para hacer las noches, aunque lo cierto es que la mayoría las estoy haciendo yo, y no porque ellos no quieran, sino porque prefiero estar cerca de él.
Durante esta semana también han venido a visitarlo la madre de Archie y sus hermanos.
En cuanto se enteraron del ingreso buscaron un hueco para pasarse por aquí.
Lina es una mujer muy tierna. En su mirada se nota el peso de la vida y los golpes que esta le ha dado, pero es tan sabia que da gusto escucharla hablar.
Los chicos del equipo y el entrenador también quisieron venir, pero finalmente el médico indicó que era preferible que no lo hicieran para velar por el descanso de Enzo.
Y hoy ha llegado el día, hoy se hará la operación de la rodilla.
La habitación se ha quedado helada cuando se lo han llevado al quirófano.
Llevo unos minutos mirando la puerta, como si fuera capaz de atravesarla.
Apoyo la espalda contra la pared y me cruzo de brazos, porque no sé qué hacer para calmar los nervios que están acumulándose en mi estómago.
Giulia está sentada en uno de los sillones y Dylan está de pie en la otra punta.
Ninguno ha sido capaz de romper el silencio incómodo que nos acompaña hasta el momento.
Dylan se pasa la mano por la cara y resopla.
—Qué mierda, joder —dice al fin—. Odio esperar sin saber nada.
—¿Cuánto han dicho que dura la operación? —pregunta Giulia, cruzando las piernas.
—Unas dos horas, si no hay complicaciones —responde él por inercia.
—Va a ir bien, tiene que ir bien —añado yo en voz alta, intentando así que las probabilidades de éxito sean más altas.
—Claro que sí. Ese cabronazo va a salir de allí pateando culos. —Dylan viene a mi lado y apoya su mano sobre mi hombro.
—Con que salga sin dolor nos vale, figlio .
—Estaba tranquilo cuando se lo han llevado —comento más para mí que para ellos.
—Rubia, con lo que le han metido por vena, como para no estarlo... —bromea Dylan—. Vaya viajes se está pegando el tío.
—Verlo tan calmado da un poco de miedo —murmura la madre de Enzo, y él suelta una carcajada seca que resuena en toda la habitación.
—Nunca lo habías visto tan quieto, ¿a que no, mami S.?
—Ni cuando era bebé.
Apoyo la cabeza en la pared y suspiro. El tiempo se ha detenido.
La puerta se abre y los tres levantamos la vista al mismo tiempo. Es el doctor Harrington, acompañado por Mark Shepherd, el traumatólogo que ha tratado la lesión de Enzo durante los pasados meses.
—Buenas tardes. La operación ha ido bien, ahora se encuentra en reanimación —nos informa el doctor Harrington—.
En cuanto se despierte, los avisaremos para que pasen a verlo.
Y, una vez nos cercioremos de que todo está correcto, lo subirán a la habitación.
La lesión era algo más grave de lo que esperábamos, es posible que la recuperación sea lenta, pero con trabajo y esfuerzo logrará tener una buena calidad de vida.
—Gracias, a los dos —agradecemos los tres al unísono, como si estuviera ensayado.
Todo el peso acumulado se va. Ha salido bien. Pienso en la forma en que me miró antes de que se lo llevaran y sonrío. Es posible que haya días lentos, cicatrices nuevas que aprender a leer, pero lo haremos juntos.