62. Despertar
Despertar
Enzo
Abro los ojos sin saber si de verdad estoy despierto.
En cuanto noto mi cuerpo como si tuviera un yunque encima, me pongo en alerta.
Intento mover la mano, pero parece que la orden que da mi cerebro tarda en llegar.
La luz me atraviesa de forma letal. Es muy blanca, demasiado.
Parpadeo varias veces, pero no cambia nada.
No logro que mi vista se adecue y, por ello, veo todo borroso.
—Ya estás despierto. Tranquilo..., no fuerces.
No tengo muy claro de dónde proviene esa voz. Intento mover la cabeza, pero no puedo. Algo me lo impide. Tomo una bocanada de aire y noto cómo mis pulmones se llenan. El aire entra frío y sale caliente. Supongo que eso es buena señal.
Quiero hablar, pero no me sale la voz. Siento la lengua pastosa y la garganta muy seca. Vuelvo a intentarlo.
—¿Dónd...?
—Estás en el hospital, Enzo. Sufriste un fuerte golpe en el partido de ayer. ¿Lo recuerdas?
¿Un golpe? Las palabras rebotan dentro de mi cabeza sin encontrar un sitio donde quedarse. Un recuerdo se cuela sin permiso. El césped, el impacto y el vacío.
—Creo... creo que sí.
—Tardarás un tiempo en comenzar a recordar con claridad. Trata de respirar y estar calmado. Te hemos dado medicación como para un caballo, así que estarás un poco aturdido, es normal.
No sé si «aturdido» es la palabra que yo habría elegido para definir cómo me siento. El mundo va lento, mi cuerpo va lento y mi cabeza parece estar de viaje por el espacio.
Intento levantar la pierna, pero no se mueve. En cambio, un dolor me sube de repente y me roba el aire.
—No es buena idea que hagas eso. El traumatólogo vendrá en unas horas para ver cuáles son las mejores opciones que tenemos.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Llevas unas cuantas horas K. O.
¿Horas? Me parece imposible, tengo la impresión de que solo hayan pasado unos minutos.
Cierro los ojos otra vez. Algo tira de mí hacia abajo, como una niebla espesa. Antes de hundirme de nuevo del todo, la voz me devuelve al plano terrenal.
—Voy a avisar a tu familia para que sepan que ya pueden pasar a verte.
Daniela
Creo —y me voy a tomar el atrevimiento de hablar por los tres— que hemos pasado una de las noches más largas de nuestra vida.
Cuando la luz del día ha empezado a colarse por las ventanas, la ausencia de noticias se ha hecho más pesada.
Pero la emoción que hemos experimentado cuando el médico ha venido para decirnos que Enzo estaba despierto no es comparable con nada que haya sentido antes.
Me quedo fuera de la habitación, apoyada en la pared. La madre de Enzo y Dylan entran sin mí, para evitar que se agobie con tantos estímulos.
—Gabriel, cariño, ¿cómo estás? —Oigo la voz de Giulia, que, aunque intenta parecer tranquila, no lo consigue del todo.
—Mamá, ¿qué haces aquí? —La voz de Enzo suena pastosa y muy ronca.
—Ya te dije que iba a venir. Estaba de camino cuando Dylan me llamó para avisarme de lo que había ocurrido.
—¿Qué pasa, hermano?
—Dylan, lo que sucedió... Yo... lo siento. Tenías razón. No tengo las ideas muy claras, pero mi corazón me dice que debo pedirte perdón.
—Enzo, ya hablaremos de eso cuando salgas de aquí. Los hermanos discuten, no pasa nada.
—No os vayáis, por favor —dice de pronto, con la voz rota—. No quiero estar solo.
—Gabriel, tranquilo —le susurra Giulia acercándose a él—. No vamos a ir a ningún sitio.
Me acerco a la puerta para poder ver lo que está pasando dentro, pero sin llegar a entrar. Veo cómo él niega con la cabeza, como si no fuera capaz de terminar de creer en las palabras de su madre.
—Hermano, si no salgo de aquí, búscala. Dile que la quiero. ¿Lo harás? —le pregunta a Dylan con voz rasposa.
—Enzo, se lo vas a poder decir tú. No digas tonterías. Te pondrás bien.
—Se ha ido, pensaba ir a buscarla después de la rueda de prensa. Pero no... no recuerdo bien lo que pasó. Me siento muy raro, es como si no fuera yo mismo.
Se le quiebra la voz. Es muy duro oírlo hablar así. Dylan y Giulia se miran sin saber muy bien qué decir.
—Tío, el golpe fue fuerte, estás de tranquilizantes hasta arriba. Es normal que te sientas así, pero todo va a salir bien. ¿Alguna vez no tengo razón?
—Pensé... pensé que tendría más tiempo. Se supone que siempre lo hay, ¿no?
—Claro que sí, cariño —añade su madre mientras le acaricia el pelo.
Enzo respira hondo en cuanto nota el tacto de Giulia, pero el gesto le provoca una mueca de dolor.
—Mamá, ¿tú vas a ir a buscar a Mia?
—¿Quién es Mia, figlio ?
—Mi chica. Se ha ido y yo no puedo ir a buscarla.
—¿Está hablando de Daniela? —oigo que Giulia le pregunta a Dylan, y este afirma con la cabeza.
—Decidme que vais a ir a buscarla. —Enzo intenta levantarse, pero no tiene fuerzas. Su madre le coge la mano.
—Ahora tienes que recuperarte. Estás desorientado y es normal, pero cuanto más nervioso te pongas, más lenta será la recuperación.
—Haz caso a mami S., tío. Tienes que descansar.
—No puedo. Solo puedo pensar en ella.
Dylan intercambia una mirada rápida con Giulia.
—Está aquí —suelta entonces su madre al ver a su hijo cada vez más alterado—. Dylan, ve a buscarla y pídele que pase. Quizá así este loco haga caso de una vez.
—¿Ella está aquí? —La voz de Enzo suena con algo más de fuerza.
Dylan asoma la cabeza al pasillo y me hace un gesto para que pase. Hago caso y cruzo el umbral con paso tembloroso, tengo un poco de miedo por lo que pueda encontrarme.
Observo a Enzo con detenimiento. Está visiblemente cansado, tiene las ojeras marcadas.
Su piel cetrina contrasta con algunas partes enrojecidas de su cara.
Tiene el pelo algo más despeinado de lo normal.
Sus ojos, que ahora están vidriosos, intentan enfocarme, pero es evidente que aún le cuesta un poco coordinar.
De pronto, me sonríe, y en ese momento mi mundo se detiene y empieza a girar en su órbita.
—Estás aquí. Aquí de verdad... Pero ¿cómo?
Giulia se hace a un lado y yo me acerco a la cama. Las manos de Enzo buscan las mías y tengo que guiarlo hasta ellas. Están frías, y me sorprende, porque las recordaba con otra temperatura.
—Supongo que es posible que nada de lo que te diga ahora lo recuerdes con claridad mañana, pero no me fui por lo que crees, Enzo. Tuve que volver a Los Ángeles por un problema con mi antiguo apartamento. Traté de avisarte, pero no conseguí contactar contigo.
—Pensé que me habías dejado —confiesa—. Me dolía que el tiempo se me hubiera escapado entre los dedos y que no pudiera ir a buscarte.
Parpadea varias veces, como si le costara mantenerse despierto. Aun así, aprieta un poco más mi mano, como si fuera una forma de asegurarse de que de verdad estoy aquí, que no soy producto de los calmantes.
—No te vayas, aunque me quede dormido. No me dejes, Mia.
—Tranquilo, no me voy a ir a ningún lado.
Intento retener las lágrimas que amenazan con salir, pero no lo consigo.
Han sido días llenos de tensión, y supongo que verlo de esta manera ha sido la gota que ha colmado el vaso.
El peso de la realidad cae con fuerza sobre mí, porque el futuro es más incierto que nunca.
Y aunque mi mano no suelta la suya, su contacto no se siente real.
—No te vayas, Mia. No quiero perderte dos veces —murmura, ya casi dormido.
—No me voy, Gabriel. Ahora descansa.
—Te quiero, Daniela.
Lo beso suavemente en los labios. Sus dedos se aflojan despacio, vencidos por el sueño y la medicación, pero antes me aprieta un segundo más, como si necesitara asegurarse de que sigo aquí.
La habitación se queda en silencio, uno cargado de todo lo que no hemos podido decir.
El peso de las horas que llevo metida aquí se ha disipado un poco desde que lo he visto.
Desde que mi mirada ha vuelto a conectar con la suya.
Y, aunque el futuro es borroso, frágil e invisible, he aprendido que no necesito verlo todo claro para querer caminar hacia él.
Que el rumbo puede cambiar, pero que podemos decidir acelerar o frenar, y puede que no sepa adónde quiero ir, pero sí sé con quién quiero hacerlo.