61. Enzo Gabriel Silva
Enzo Gabriel Silva
Daniela
Dylan se marcha en busca del médico, y yo me quedo delante de esa mujer sin saber muy bien qué decir. Ahora que la miro con más detenimiento, no cabe duda de que es su madre. Misma mirada, misma boca. Con razón me resultaba familiar.
Se detiene frente a mí y el gesto que hace me pilla por sorpresa, me toma entre sus brazos estrechándome con fuerza.
—Así que tú eres ella —afirma con un fuerte acento italiano—. La sua ragazza. Por fin te conozco, aunque habría preferido hacerlo en otras circunstancias.
—¿Sabes quién soy?
—Por supuesto, vita mia . Me habló de ti la última vez que me llamó por teléfono. Eres la primera —lo dice de forma cariñosa, mirándome con ternura.
—¿La primera en qué?
—La primera chica de la que Gabriel me habla. —No estoy comprendiendo por qué lo llama así, precisamente por ese nombre.
—Esta pregunta quizá te resulte un poco rara —digo—, pero ¿por qué lo llamas Gabriel?
—¿Acaso il mio scemo no te ha dicho su nombre completo?
—Me encojo de hombros porque me ha pillado por sorpresa, pero caigo en la cuenta de que en realidad sí que lo hizo—.
Se llama Enzo Gabriel, pero en casa siempre lo hemos llamado por su segundo nombre, aunque a él no le gusta mucho.
Creo que por eso cuando empezó su carrera deportiva decidió utilizar el primero, pasando a ser Enzo Silva para el resto del mundo.
No puedo evitar que se me escape media sonrisa al recordar aquella primera conversación en el camerino cuando lo enfrenté y él me respondió preguntándome si acaso Gabriel no podía ser su segundo nombre. Nunca me mintió.
Unos pasos que se acercan por el pasillo cortan nuestra conversación. Dylan y el doctor vienen hacia nosotras.
—¿Es usted la madre de Enzo Silva?
—Así es. Dígame cómo está mi hijo, por favor.
El doctor le cuenta a Giulia lo mismo que nos ha dicho antes a nosotros.
Ella lo escucha con atención y, cuando el médico termina de soltar todo el discurso, que resuena en mi cabeza, se marcha dejándonos solos de nuevo.
Nos sentamos a esperar porque no hay otra cosa que podamos hacer.
La madre de Enzo mira entonces a Dylan con sorpresa.
—¿Y a ti qué te ha pasado en la cara? —le pregunta acercando su mano y pasándosela por la herida del labio.
—Es una larga historia, mami S.
—¿Una larga historia con la falda muy corta, terremoto?
Dylan suelta un suspiro y asiente en silencio.
Giulia posa una mano sobre su pierna y la golpea con mimo.
La mía, en cambio, empieza a moverse nerviosa mientras mis dedos buscan compulsivamente alguna pielecilla con la que descargar mi frustración.
Empiezo a sentir cómo el techo del hospital me engulle y la angustia se apodera de mí.
Me levanto con rapidez cuando un latigazo de sudor frío me recorre todo el cuerpo.
—Voy-voy a por un café. ¿Queréis algo?
—No, cariño, muchas gracias —dice la madre de Enzo negando con la cabeza.
—Rubia, ¿estás bien? —pregunta Dylan alarmado.
—Sí, no te preocupes. Ahora vuelvo.
Me marcho en dirección a las máquinas expendedoras.
No quiero café. Necesito estar sola para intentar tranquilizarme.
Me dirijo hacia un pasillo que está vacío.
Me resulta demasiado blanco, demasiado largo.
Soy consciente de que mis pasos suenan más de lo que deberían, y trato de aminorar la marcha.
Las máquinas están al fondo, alineadas contra la pared. Una es de refrescos y otra de café. Se oye un zumbido bajo y constante que resuena de forma molesta en mi cabeza. Me acerco sin intención de comprar nada, sobre todo porque me he dejado el bolso con la cartera en la silla.
Apoyo la palma contra el cristal, que noto helado al tacto y me reconforta.
Respiro, como si ese frío pudiera calmar la ebullición que siento en mi interior.
El aire que me rodea no calma esa sensación de desasosiego que me recorre por completo.
No me sabe a nada, como si el oxígeno fuera un regalo que no he podido abrir.
Inhalo despacio, pero el pecho no se me llena del todo, hay una barrera interna que no deja que el aire pase.
Exhalo. Vuelvo a intentarlo. Nada. Mi cuerpo está en alerta.
El corazón me dice que todo va a salir bien, pero mi mente no para de tener pensamientos catastróficos.
Cierro los ojos y veo el campo, revivo el golpe y toda la incertidumbre que ha venido después.
A mi derecha oigo unas voces. No veo a nadie, pero me doy cuenta de que la vida continúa mientras la mía parece que está en pausa, unida a la de Enzo.
El médico ha sido prudente y, aunque haya un «pero», decido aferrarme a lo que me dicta mi corazón y confiar en que Enzo podrá con esto.
Respiro otra vez. Trato de hacerlo más despacio. Un poco mejor. No estoy bien, pero ya no siento que me estoy rompiendo en mil pedazos. Y sé que esto es lo máximo a lo que puedo aspirar ahora mismo. Hasta que mis ojos puedan ver los suyos y mi boca vuelva a probar su sabor.
Necesito unos minutos más para volver a la sala de espera. Respiro de nuevo y me dejo llevar por el golpe completo de realidad antes de seguir mi camino, aferrándome a la fuerza que hay dentro de mí.