Play off 60. Espera, ¿qué?
83%

60. Espera, ¿qué?

Espera, ¿qué?

Daniela

Tengo la impresión de que tardamos una eternidad en llegar al hospital. La prensa se agolpa frente a la puerta delantera; al parecer, no éramos los únicos que sabíamos adónde iban a llevarlo. Me asusto un poco al ver a los reporteros congregados en la entrada, preparados para captar una exclusiva.

—Mateo, no podemos...

—Tranquila, no creo que nos presten atención. Dylan está dentro, ha sido él quien me ha dicho a qué hospital iban a trasladarlo.

—¿Dylan estaba en el estadio? —pregunto, porque yo no he vuelto a saber nada de él.

—No, pero mi madre lo ha llamado en cuanto hemos visto que la cosa era grave, aunque él ya estaba de camino. Ha sido entonces cuando nos ha dicho que lo traían aquí. —Suelto un suspiro profundo y Mateo se acerca a mí—. Saldrá de esta, Dani. Ese tío, además de terco, es duro como una roca. Confía.

Entramos por una esquina evitando a la prensa. Una vez dentro, sigo los pasos de mi amigo, que parece saber adónde nos dirigimos.

Las salas de espera de los hospitales siempre me han parecido lugares extraños donde se acumulan infinidad de sentimientos de las personas que las habitan.

Pese a que suelen tener colores claros que deberían ayudar a calmarte, producen el efecto contrario.

El silencio que te rodea es tan profundo que te cala hasta los huesos y, al mismo tiempo, temes que se rompa por lo que eso podría implicar.

En cuanto nota nuestra presencia, Dylan, que estaba sentado en una silla con las manos en la cara, se levanta. Cuando veo su rostro, un grito ahogado sale de mi boca. Me acerco rápidamente a él.

—¡¿Qué te ha pasado?! —exclamo llevándome la mano a la boca.

Dylan tiene el labio partido y el ojo derecho inyectado en sangre. El moratón que lo recubre es reciente, pero ha empezado a adquirir ya esas tonalidades que indican que ha pasado al menos un día desde que recibió el golpe.

—¿Esto? —pregunta señalándose la cara—. No es nada.

Un recordatorio de que no debo meterme donde no me llaman.

Eso es todo. Perdona por no responder a tus llamadas, Daniela.

Discutí con Enzo y..., bueno, quise olvidarme de todo.

Pero, para variar, las cosas no salieron como esperaba, y he estado encerrado en mi casa lamiéndome las heridas por gilipollas.

—Yo diría que sí que parece algo... Parece que te han dado una buena paliza, tío —añade Mateo con su habitual forma de meter la pata.

—Da igual, de verdad. Prefiero no hablar del tema. Ahora solo me preocupa Enzo.

—¿Sabes algo? —le pregunto rezando por dentro para que me diga que sí.

—De momento, nada. Estoy esperando a que algún médico salga a informar. Cuando he llegado él aún no estaba aquí.

—Dylan, yo... —Me empiezo a romper y siento que las piernas me flaquean.

—Lo sé, Daniela. Pero es un tío fuerte. Seguro que se va a poner bien —intenta tranquilizarme mientras nos sentamos en la sala de espera.

—Pero el golpe ha sido... y estaba tendido en el campo sin moverse. No consigo quitarme la imagen de la mente.

Dylan apoya su mano en mi pierna.

—Lo sé, yo también estaba viendo la televisión. Era un partido importante para él, hoy iba... —Niega con la cabeza—. Da igual.

—¿Iba a qué? —Ladeo la cabeza mirándolo a los ojos.

—Es algo que tendrá que explicarte él cuando podamos pasar a verlo. —El teléfono de Dylan empieza a sonar en ese momento—. Perdonad, es la madre de Enzo.

Se aleja para responder la llamada. No sé qué hacer para no volverme loca, es como si el tiempo se hubiera paralizado. Los minutos se han convertido en horas y, aunque no hay ningún reloj a la vista, el tictac resuena con fuerza en mi cabeza.

Cuando Dylan regresa, aparece un médico que viene directo hacia nosotros.

—¿Familiares de Enzo Silva? —pregunta, y Mateo y yo nos ponemos de pie.

—Sí, yo soy su representante. —Dylan da un paso adelante estrechándole la mano.

—Soy el doctor Harrington, he atendido al señor Silva cuando ha llegado a Urgencias. Vamos a ir punto por punto, ¿de acuerdo?

—¿Cómo está? —escupe Dylan mientras se lleva las manos al pelo echándoselo hacia atrás.

—Está estable, eso es lo más importante.

—Mi mano va directa al pecho y respiro. «Está estable», repite mi mente una y otra vez—.

Pero la conmoción cerebral ha sido fuerte.

Llegó aquí en estado de semiinconsciencia, perdió el conocimiento durante varios segundos después del impacto.

Le hemos hecho pruebas que no muestran sangrados ni una lesión cerebral adquirida, pero aún es pronto para decir que está fuera de peligro.

—¿Entonces? —cuestiona Mateo.

—Si todo sale bien con reposo y seguimiento, lo habitual es una recuperación completa.

—¿Cuánto tiempo tendrá que quedarse ingresado? —pregunta Dylan de nuevo.

—Aún es pronto para saber eso. Las primeras veinticuatro horas son cruciales en su estado. Debemos asegurarnos de que evoluciona favorablemente. Lo que más nos preocupa es su pierna.

—Sí, sobre ese tema..., Enzo ya era consciente de que tendría que someterse a una operación —responde Dylan bajando un poco el tono.

Mateo y yo nos miramos porque no entendemos nada. ¿Enzo tenía una lesión?

—Entonces, usted también lo sabe, ¿verdad?

No es algo nuevo, aunque se ha complicado debido al golpe.

Tiene una lesión crónica del ligamento cruzado anterior, probablemente con daño en el menisco.

Después de consultar sus antecedentes médicos, hemos llamado a su traumatólogo para informarlo de la situación.

—¿Y qué ha dicho? —Dylan sigue hablando en tono bajo. Me pregunto si está intentando que no oigamos lo que dicen.

—Lo que ya suponíamos, que no hay otra opción que no sea una cirugía de urgencia. El problema es que tenemos que esperar para ver cómo evoluciona el traumatismo.

—¿Y podrá seguir jugando? —La pregunta escapa de mis labios y Dylan me dedica una mirada seria.

—¿De manera profesional? No lo creo, señorita.

—Daniela, no te preocupes. —Mi cara debe de haber alarmado a Dylan, que se acerca a mí y posa una mano sobre mi hombro.

—Claro que me preocupo... ¿Cómo se lo vamos a decir?

—En estos momentos, lo primordial es que descanse —interviene el doctor—. Después ya habrá tiempo de hablar con él. Aunque, dada su situación, dudo que él no fuera consciente de que no iba a poder seguir jugando de manera profesional.

—No entiendo... —murmuro alternando mi mirada entre Dylan y el médico.

—Daniela, luego te lo explico —suelta el primero mirándome con fijeza.

—Pero su carrera...

—Su carrera termina aquí, pero su vida no. Y créame que hoy es lo importante —sentencia el doctor sin darme opción a réplica.

—¿Podemos verlo? —pregunta Dylan.

—Esta noche no. Dependiendo de cómo se despierte mañana, quizá sí sea posible que lo visiten. Los avisaré.

—Entendido, gracias por todo. —Dylan se aparta de mi lado y vuelve a tenderle la mano al doctor.

—Buenas noches —se despide el médico, dejándonos solos.

Me paro frente al mejor amigo de Enzo para pedirle explicaciones, porque hay cosas que no me cuadran. Estoy harta de secretos y malentendidos, por hoy he tenido suficiente.

—Dylan, ¿tú sabías lo de la rodilla?

—Daniela, no soy quién para explicártelo. Pero sí, lo sabía. Solo te pido que esperes a que sea él mismo el que te lo aclare todo, por favor. Conozco a Enzo y, si te cuento su situación, sé que no le va a gustar.

—Supongo que tienes razón.

—Por el momento toca esperar. Podéis iros a descansar si queréis, porque presiento que va a ser una noche larga. Os llamo si hay alguna novedad.

—Yo me quedo. Mateo, vete tú si quieres. Telefonearé a mi padre para avisarlo de que voy a pasar aquí la noche, para que no se preocupe.

—Vale, Dani. Yo tengo que irme, sí. He dejado al equipo medio tirado en el estadio y no sé en qué habrá quedado todo. Cualquier cosa, me avisáis, ¿vale?

—Sí, no te preocupes. Gracias por venir, tío. —Dylan le da un golpe en el hombro y mi amigo le devuelve el gesto.

Mateo se marcha y yo me siento de nuevo en una de las sillas. El silencio vuelve a hacer acto de presencia por unos minutos, pero la necesidad de pensar en otra cosa que no sea el cuerpo de Enzo tirado en el campo hace que mis palabras salgan sin permiso.

—Dylan, cuéntame qué te ha pasado en la cara.

—Venga ya, rubia...

—Me lo debes, por haberme ocultado cosas y no contestar mis llamadas. Ayúdame a pensar en otra cosa, por favor.

—¿Te acuerdas de la chica de la recepción de mi oficina?

—¿Esa con la que no tenías nada pero que te comió con la mirada?

—La misma. ¿Recuerdas también lo que te dije de su padre?

—Sí...

—Bueno, pues después de discutir con Enzo fui a la oficina y estaba ella.

—¡Ay, Dios!

—No es lo que piensas, te juro que intenté mantener las distancias después de saber su edad y quién era su padre.

Pero yo qué sé..., los dos habíamos tenido un mal día y.

.., no pude más, Daniela. Joder, es... Nos pareció buena idea pasar de todo y olvidarnos de que lo nuestro no podía ser, pero su padre nos pilló.

—¿Su padre te ha dejado la cara así?

—No, él se limitó a ordenar y mirar. Fueron sus matones.

—¡¿Cómo?!

—Ya te dije que es el dueño de media ciudad. Para conseguir eso tienes dos opciones: ser un tío de buena familia o uno..., bueno, uno que se dedica a negocios turbios.

—Es lo segundo, ¿verdad?

Dylan asiente y se echa el pelo rubio hacia atrás con desesperación.

—No le gustó lo que vio ni cómo me encaré con él, claro.

La relación con su hija no es buena, pero a pesar de todo ella decidió irse con él.

Así que ya está. Estoy jodido, porque es la primera vez que me siento de este modo.

Mierda, tiene que ser mi puto karma por haber sido un polla alegre toda mi vida. ..

—Dylan, ¿estás enamorado?

—Hasta las trancas. Al principio solo fue un tonteo en el trabajo, ya sabes cómo soy.

Cuando me enteré de quién era y de su edad ya era tarde.

Aquella fue una noche larga y muy jodida.

Aun así, hice lo correcto, aunque por dentro me estuviera muriendo.

Coincidí con Mateo y juntos ahogamos las penas, tampoco fue su mejor noche.

Al día siguiente llegué al rodaje hecho mierda.

He intentado mantener las distancias, pero revivir todo lo de Archie y después la discusión con Enzo.

.. fue como si mi mundo se viniera abajo, y en ese instante ella estaba allí.

Era lo único a lo que aferrarme. Ahora ya no tengo nada porque se ha acabado.

—Dylan, no digas eso.

—No hay nada que hacer, Daniela. Su padre...

En ese momento, una mujer que viene directa hacia nosotros nos interrumpe. Tiene la cara desencajada y los ojos enrojecidos. Pero hay algo en ella que me recuerda a alguien. Su mirada me es familiar.

—¿Dónde está Gabriel? Dylan, ¿dónde está mio figlio ?

¿Gabriel? Miro a Dylan buscando respuestas.

—Giulia, tranquila, está estable. Hemos hablado con el doctor y, aunque hay que esperar, saldrá de esta.

—Han sido las horas más largas de mi vida. Dios santo, menos mal... Nuestro Gabriel está bien.

—Iré a buscar al médico para que sea él quien te lo explique todo. Ahora vuelvo. Por cierto, Daniela —dice mirándome a mí—, ella es Giulia, la madre de Enzo.