58. El partido
El partido
Enzo
No estoy nervioso, o de eso estoy tratando de convencerme.
He hecho todo lo que suelo hacer antes de cualquier partido.
Elegí este sabiendo que no nos jugábamos nada.
Es amistoso, de esos que tenemos en la pretemporada.
Lo decidí así sabiendo que, cuando finalice y dé la rueda de prensa que hemos programado para después, se formará revuelo con mi noticia.
No quería que fuera en algún partido importante y que el resultado quedara empañado de alguna manera por mi decisión.
Mentiría si dijera que no tengo ganas de que esto acabe de una vez por todas.
El camino me ha llevado adonde estoy ahora.
Mi carrera deportiva ha sido buena y, si echo la vista atrás, no me arrepiento de mi comportamiento en el campo.
Siempre he sido implacable. Cuando salgo lo hago con la convicción de que soy el mejor, de que somos los mejores.
Y hoy voy a hacerlo de la misma forma, tal y como he hecho durante todos estos años.
El ambiente en el vestuario es pesado, hay una mezcla de concentración y adrenalina, que se complementan.
Tengo el casco sobre las piernas, listo para ser usado por última vez.
Miro a mi alrededor y siento los ojos de Jack clavados en mí, noto la rabia contenida de su mirada.
Quizá no me esperaba hoy aquí, que se joda.
Es uno de los motivos por los cuales aún no he anunciado que lo dejo.
Antes me daba igual, pasaba de sus provocaciones, pero todo cambió cuando dijo toda aquella mierda sobre Daniela.
Quiero que sufra mi presencia hasta el final.
Seguramente cuando se entere piense que ha ganado, pero la realidad es que el que pierde es él.
Nos ponemos en pie, me coloco el casco y el sonido cambia. Todo se reduce a mi respiración y mis latidos. A mi mente acuden mi primer partido, mi primer pase completo y el primer golpe que me hizo dudar de si quería seguir con esto.
Y entonces recuerdo por qué seguí.
Las puertas se abren, el estadio ruge. El césped y la afición nos esperan. Antes de cruzar el túnel tomo una bocanada de aire. Me acuerdo de Archie: «Una última vez, hermano, va por ti».
Salgo al campo con el número 11 en la espalda, la cabeza alta y la adrenalina recorriendo todo mi cuerpo.
Estoy listo para acabar solo lo que empezamos juntos. Junto el dedo índice y el pulgar y los acerco a mi boca, debajo del casco. Después lanzo ese beso imaginario al cielo.
Acabemos con esto de una vez por todas.
Daniela
En cuanto le conté a mi padre que tenía que volver a San Francisco, lo primero que hizo fue mirarme con la ceja levantada. Después esbozó una sonrisa de medio lado y por último cogió las llaves de la camioneta sin dudarlo ni un segundo.
Teníamos seis horas de camino y no íbamos a llegar a tiempo para ver el partido en el estadio, así que, después de hablar con Mateo, tomamos la decisión de coger un hotel en las afueras, verlo desde allí y, cuando finalice, mi amigo será el encargado de contarle a Enzo que estoy aquí.
El campo en el que juegan se encuentra a una hora de distancia, y estoy segura de que después del mensaje que me envió no tardará en venir a buscarme.
Va a ser la primera vez que vea un partido de la NFL de principio a fin. Y, aunque es muy posible que no me entere de nada y que mi padre vaya a tener que explicarme la mayoría de las jugadas, aquí estamos.
Tras instalarnos, hemos bajado al bar del hotel para picar algo y ver el partido.
Hay mucho ambiente, es obvio que no somos los únicos que hemos tenido esta idea.
Estamos sentados a una mesa, cada uno con una cerveza bien fría, un plato de alitas picantes y una ración grande de patatas fritas.
La televisión nos avisa de que el partido de los Redhowls contra los Chicago Frost acaba de comenzar.
Intento prestar atención a lo que está pasando en el campo mientras los comentaristas narran cada jugada, pero la verdad es que no me estoy enterando de nada.
Mi padre, en cambio, parece disfrutar de lo lindo.
—Seguimos en directo, esto es la NFL, desde Santa Clara. Un partido amistoso, pero con el mismo ritmo frenético al que nos tienen acostumbrados estos dos grandes equipos.
—El número 11 se coloca en posición. Silva parece que ha vuelto al campo por todo lo alto.
—Así es, Stuart. Tras tantos partidos sin jugar, da la impresión de que ha regresado con más fuerza que nunca. Aún no sabemos el motivo de sus ausencias, pero parece que hoy vuelve dispuesto a darlo todo.
—Se coloca en posición y... atención a la línea ofensiva. ¿Quién es el compañero que tiene a su derecha?...
—Es Turner, el número 68. Siempre ha existido el rumor de que ambos tienen cierta rivalidad fuera del campo, y parece que hoy hay mucha tensión entre ellos.
— ¡HIKE!
—Presión inmediata. ¡Ojo con esto, Tom!
—¡PRIMER ENCONTRONAZO! ¡Golpe seco! Eso ha tenido que doler.
—El 11 cae, se queda en el suelo y parece que se está agarrando la pierna...
—En efecto, Stuart. Está claramente dolorido. Eso no es teatro.
Me levanto de la silla asustada, porque, aunque no entiendo nada de fútbol americano, no me parece normal lo que acaba de pasar. Se me encoge el corazón al ver a Enzo agarrarse la pierna de esa forma.
—¿Papá? —Vuelvo a sentarme y le cojo la mano, esperando que me tranquilice.
—No pasa nada, cielo. Los partidos suelen ser brutales, seguro que se recupera. Aunque ha sido una jugada muy rara por parte de su compañero.
Esto no me gusta un pelo, y me remuevo intranquila en la silla.
—¿Quién es el número 68?
—Jack Turner.
Al oír ese nombre, el estómago me da un vuelco.
—Mierda —mascullo para mí.
Mis ojos vuelven a la televisión en busca de algún movimiento nuevo. El corazón me va tan rápido que me palpita en los oídos.
—Máxima tensión en el campo. No sabemos si Silva podrá seguir en el partido.
—Se levanta como puede, parece que cojea. Turner se acerca a él, le está diciendo algo. En estos momentos daría lo que fuera por saber de qué están hablando, pero queda claro que no es una conversación amistosa...
—El entrenador se dirige a él, parece que le está preguntando si puede seguir, el número 11 dice que sí.
—Se coloca el casco y vuelve a su posición, pero camina mal. Hay un murmullo incómodo entre los aficionados. Esto parece una bomba a punto de estallar...
—Menos mal que es un partido amistoso, Tom.
—Nueva jugada, Silva vuelve a colocarse bajo center y, atención, porque Turner vuelve a proteger a su lado. Esperemos que lo de antes haya sido un error.
—Silencio sepulcral.
— ¡HIKE!
—¡PERO ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! ¡NO BLOQUEA! ¡NO BLOQUEA!...
—El 68 se aparta...
—¡LO GOLPEAN DE LLENO! Esto no puede estar pasando.
—¡IMPACTO DEMOLEDOR!
—¡EL NÚMERO 11 CAE DESPLOMADO!
—Parece que está inconsciente en el campo. PLAY OFF PARA ENZO SILVA.
—Esto es gravísimo. Es una mala jugada deliberada... No hay dudas.
—Parece que el número 11 no se mueve. Está completamente K. O.
Estoy en shock, Enzo no se mueve y yo solo puedo abrir y cerrar los ojos incrédula por lo que estoy presenciando.
—Que se levante, por favor... Que se levante, papá... —sollozo.
—Tranquila, cariño.
—Papá, explícame qué está pasando. ¿Por qué no se levanta? —Dejo de mirar la pantalla, no puedo seguir viéndolo. Me siento impotente.
—El golpe ha sido muy fuerte. El resto de los jugadores están con él, pidiendo asistencia médica. Han parado el partido, cielo.
—Están yendo directos a por Turner para pedirle explicaciones. Hay gritos, empujones. Todo se acaba de romper...
—Las imágenes de la repetición que estamos viendo en pantalla son durísimas. No hay excusa posible. El paso atrás, el golpe desde dentro...
—Ya están llegando los médicos, Daniela.
Pero yo ya no soy capaz de asimilar nada, lo único que mi cuerpo me pide es estar a su lado.
—El estadio entero en pie con la llegada del equipo sanitario, aplaudiendo con rabia y miedo. No es una ovación, es respeto hacia Enzo Silva.
—Los médicos lo están inmovilizando y lo suben a la camilla. Pero parece que él sigue sin reaccionar.
—Esta ha sido una de las jugadas más duras que hemos podido ver en la NFL, señoras y señores. Estamos a la espera de que nos digan si el partido continúa...
Salgo del bar para intentar coger aire. Me estoy ahogando y parece que me va a estallar la cabeza. Mi móvil empieza a sonar con una llamada entrante de Mateo.
—Daniela, ¿lo has visto?
—Sí, yo... Mateo, dime que está bien. Dime, dime... —Empiezo a llorar y mis manos tiemblan sin poder hacer nada para pararlas.
—No lo sé, Dani. Voy hacia el hospital. Se lo acaban de llevar en una ambulancia. ¿Quieres que vaya a buscarte?
—Él ni siquiera sabe que estoy aquí, Mateo. Piensa que me marché y lo dejé. No hemos podido hablar, y ahora...
—Daniela, seguro que se pone bien. Estas cosas a veces pasan.
—Ha sido el maldito Jack... Grandísimo hijo de puta.
—Lo sé, yo también lo he visto. El ambiente estaba muy raro hoy en el vestuario entre esos dos. Voy a buscarte, lo que tarde en llegar desde aquí, pero mantén la calma, todo saldrá bien.
Cuelgo sin añadir nada más ante la atenta mirada de mi padre, que se acerca y me da un abrazo.
—Ese chico te importa mucho, ¿verdad? —Asiento mientras mis lágrimas caen en su camisa.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte, mi niña?
—Nada, papá. Solo abrázame un poco más.
—Eso no tienes ni que pedirlo.
No sé cuánto tiempo paso junto a mi padre para después sentarme en una esquina abrazándome las piernas. Es la voz de Mateo la que me hace volver a la maldita realidad. Me despido de papá y me voy con él.
No hablamos, no hay risas ni vaciles. Solo silencio.