57. Pelirrojos 2.0
Daniela
Nos apeamos de la camioneta y tomo aire mientras cierro la puerta con delicadeza. Volver aquí es como entrar en una escena que me sé de memoria.
Mi apartamento está en una calle muy tranquila de Los Ángeles. Edificios bajos, balcones con bicicletas viejas, alguna que otra planta seca que no ha sobrevivido al sol directo y esa extraña calma de un barrio pequeño en medio de una ciudad tan grande que vibra por sí sola.
Miro al portal que ha sido testigo de mis años aquí y siento una añoranza pesada instalándose en mi interior.
Apoyado en la fachada del edificio hay un chico pelirrojo que mira su teléfono móvil. Supongo que es el hijo de mi casero. Nos acercamos a él.
—¿Scott? —Cuando me oye, levanta la mirada a través de las gafas de pasta negra que lleva.
—En efecto. Tú debes de ser Daniela.
—Sí. Te diría que estoy encantada de conocerte, pero debido a los últimos acontecimientos entenderás que no me hace mucha gracia...
—Y yo te diría que lamento todo esto..., pero la verdad es que me importa una mierda. Solo velo por los intereses de mi padre —añade con desdén. No lo culpo, porque quizá yo tampoco le he entrado de la forma adecuada.
—Me vas a disculpar, chaval —interviene papá poniéndose detrás de mí—, pero los intereses de tu padre quedan en entredicho después de esta jugarreta que le habéis hecho a mi hija, aprovechando su ausencia para vuestros tejemanejes.
—No voy a consentir que este señor que te acompaña ponga en duda la integridad de mi padre. —Scott lo señala con el dedo.
Evito la tragedia agarrando a papá del brazo para frenarlo y que la conversación no siga subiendo de tono.
—Este señor que me acompaña es mi padre, y también está velando por los intereses de su hija, así que vamos a intentar calmarnos —digo—. No entiendo qué es lo que ha pasado y por eso estoy tan nerviosa. Lo dejé todo en regla antes de marcharme...
—La confirmación de la prórroga del contrato llegó, pero semanas después recibimos una carta en la que decías que dejabas el piso.
Miro al hijo de mi casero con extrañeza.
—¿Cómo? Yo no envié ninguna carta... ¿Por qué iba a hacer tal cosa?
El hecho en sí me parece tan absurdo que mi cerebro está cortocircuitando.
—¿Y no se os ocurrió confirmarlo con mi hija antes de dar por hecho algo así? —pregunta mi padre, que debe de estar flipando tanto como yo.
—Por supuesto que mi padre lo hizo. Incluso estuvo hablando con Daniela por teléfono.
—¿Conmigo?
Esto debe de ser una broma o soy sonámbula y hago cosas mientras duermo.
—Así es, contigo. Y, después de ver que no venías a recoger tus cosas en la fecha que nos indicaste y que el nuevo número de teléfono que nos diste no estaba operativo, mi padre me pidió ayuda.
Ya sabes que es un hombre mayor y empieza a tener algún problema de salud, no se entera mucho.
Tuve que buscar entre papeles antiguos para dar con tu número anterior.
Pero ¿qué película me está contando?
—Yo no he cambiado de número de teléfono. Sigue siendo el mismo de siempre. Perdona, Scott, pero no estoy entendiendo nada...
—Como suponíamos, se trata de un error —tercia mi padre.
—Error o no, debes sacar las cosas del piso —dice el pelirrojo dirigiéndose a mí—. Dentro de dos días llega el nuevo inquilino y tenemos que dejarlo todo listo. Ignoro si estás diciendo la verdad o te estás tirando un farol, pero no tengo tiempo ni ganas de descubrirlo.
—Esto no tiene ningún sentido.
—Tenemos la documentación que prueba que rescindiste el contrato de arrendamiento, así que...
—Esos documentos son falsos, y se os caerá el pelo cuando se esclarezca todo. Esto no va a quedar así —salta mi padre en mi defensa.
—Papá, déjalo.
—Pero, Daniela, si tú dices que no enviaste esa renuncia ni hablaste con ese señor no podemos dejar esto así, hija.
—Lo sé, pero estoy cansada. Ya veré cómo llego al fondo de este asunto; por el momento solo quiero recuperar mis pertenencias.
—Daos prisa en sacar las cosas, y no olvides darme las llaves antes de irte. Yo os espero por aquí, avisadme cuando terminéis —pide Scott cuando pasamos por su lado y entramos en el portal.
Subo las escaleras con mi padre tras de mí, sin poder dejar de pensar en lo extraño que es todo esto.
No sé qué puedo hacer para demostrar que alguien ha falsificado mis datos y se ha hecho pasar por mí para dejarme en la calle.
No tiene sentido, parece el argumento de una peli de domingo por la tarde.
¿Quién haría algo así? Y, sobre todo, ¿por qué?
De poco me va a servir discutir con Scott o tratar de convencerlo de lo injusta que es la situación. Tienen mi cancelación del contrato, no hay más que hablar. Aun así, cuando todo esté más calmado, intentaré llegar al final de este asunto.
Una vez dentro, mi padre trata de ser práctico.
Empezamos doblando camisetas, guardamos libros, discos y todo mi material de maquillaje.
A medida que el piso va quedando vacío, una parte de mí queda de la misma manera.
Cuando terminamos, echo un último vistazo al salón, ese que tantos momentos me ha dado, donde he reído y llorado.
Intento ser fuerte y autoconvencerme de que esto tarde o temprano iba a ocurrir.
Cierro la puerta despacio dejando las cajas fuera. Las bajamos poco a poco y las vamos cargando en la camioneta.
—Papá, ve montándote. Yo iré enseguida.
—Claro, hija, aquí te espero.
Camino hacia Scott, que ha salido de una cafetería en cuanto nos ha visto abandonar el portal y me está esperando con cara de pocos amigos.
—Todas tuyas —digo tendiéndole las llaves.
Él las coge titubeando. Me doy la vuelta para irme hacia la camioneta.
—Daniela... —Me detengo al oírlo y me vuelvo—. Si lo que has dicho es cierto, yo...
—No te preocupes —lo corto con el mismo desdén que ha utilizado él antes—. Ya da igual.
—Entiéndeme, mi padre no está en su mejor momento, y yo me he encontrado con todo esto. Siento la forma en que os he hablado antes. Sé que no nos conocemos, pero no soy mal tío; puedo entender que esto sea una putada. Solo intento ayudar a mi padre.
—Lo comprendo. Todo ha sido tan precipitado que yo tampoco he tenido tiempo de analizar la situación.
—¿Puedo pedirte algo?
—Supongo que sí.
—Guarda mi número y, si llegáis al fondo de este asunto, llámame, por favor. Intentaré ayudarte.
—Gracias, Scott. Adiós.
Suspiro al montarme en la camioneta. Papá me mira y espera unos segundos antes de hablar.
—¿Me tengo que bajar y decirle cuatro cosas a ese zanahorio?
Se me escapa una carcajada porque no me esperaba que mi padre usara ese calificativo.
—Papá... —lo riño—. No, se ha disculpado. Ha sido algo complicado para todos.
—Daniela, me estás preocupando. Hacía mucho que no te veía tan apagada. Tus ojos, que siempre brillaban como los de tu madre, han perdido todo su esplendor. Estoy seguro de que te pasa algo más.
—Puede que sí. Hay algo más. —Bajo la mirada y su imagen aparece en mis recuerdos.
—¿Algo o alguien ? —pregunta mientras arranca el motor y se incorpora al tráfico.
—Alguien. —De perdidos al río, nunca le he escondido nada a mi padre, y esta no va a ser la primera vez.
—¿Me vas a hacer abuelo por fin, hija?
—Papá... No, es muy difícil hacerte abuelo cuando parece que al chico en cuestión se lo ha tragado la tierra.
—Así que estás triste por un chico... Como aquella vez que Brian no te llevó al baile...
—¿Por qué siempre que puedes sacas el tema del vecino?
Brian es el hijo de nuestros vecinos, y yo de pequeña tuve una especie de cuelgue por él. Aún no me explico cómo terminé llorando porque, en vez de a mí, llevó al baile de primavera a Mindy. Y mi querido progenitor me saca el tema cada vez que puede.
—Aquella vez tomamos batido de fresa con doble de nata. Así que vamos a buscar un sitio donde nos preparen uno bueno para que te desahogues sobre el nuevo Brian.
—El nuevo Brian se llama Enzo Silva.
Mi padre pega un frenazo y por poco el coche de atrás no nos embiste.
—¿El número 11 de los Redhowls? Hija, no juegues con el corazón de tu padre...
—La verdad es que no sé con qué número juega. Podría ser el 11, sí.
—¿Mi futuro yerno es uno de los mejores jugadores de la historia de la NFL? No puedo creerlo.
—No va a ser tu...
—Enzo Silva, madre mía...
Mi padre sigue divagando un rato más sin que yo pueda hacer nada. Cuando llegamos a Fruity Paws, pedimos dos batidos de fresa con mucha nata y nos los tomamos con calma mientras lo pongo al día de todo lo que me ha pasado en estas semanas con Enzo.
Y, por primera vez desde que ha empezado mi día, siento que sonreír no me cuesta.
La noche ha caído cuando volvemos al hotel. Después de contárselo todo a mi padre, nos ha parecido buena idea turistear por la ciudad como despedida. Mañana nos marchamos de vuelta a Jerome.
Enciendo el teléfono una vez que me he cambiado de ropa y veo que tengo varias llamadas perdidas de Mateo, pero nada más.
Lo llamo de vuelta, quizá él sí que tenga noticias nuevas.
—¿Dónde narices te habías metido? —pregunta en cuanto descuelga.
—Hola a ti también.
—Joder, Dani, he estado a punto de coger un vuelo y plantarme en Los Ángeles. ¿Dónde cojones estabas?
—He dejado el teléfono en el hotel. He ido con mi padre a recoger mis cosas del apartamento y después hemos pasado todo el día por ahí. ¿Hay noticias nuevas?
—Sí, pero antes: ¿qué tal la mudanza? ¿Has sacado algo en claro sobre lo que ha pasado?
—Prefiero que me cuentes primero tú.
—Lo raro es que te lo tenga que decir yo y tú no sepas nada.
—Pues ya ves...
—Mañana oficialmente terminamos de grabar.
Va a jugar un partido y está encerrado en su casa, en plan como superconcentrado o no sé qué mierdas raras de superestrella de la NFL.
Todo está siendo una puta locura, nadie sabe dónde está Dylan, y lo que sabemos de Enzo es porque ha hablado con mi madre.
—Supongo que entonces todo se ha acabado.
—No sé qué decirte, Dani, porque estoy tan perdido como tú. Si hace falta, mañana salto al campo y le parto las piernas por imbécil.
—Lo peor es que me avisó de cómo era, me dijo que me alejara, pero yo terminé cayendo como una tonta.
—Seguro que en su mente retorcida de gilipollas todo esto tiene sentido.
—Cuando llegue la explicación, quizá sea tarde, Mateo. Todo tiene un límite. Mañana me vuelvo a Arizona.
—Entiendo entonces que no has podido aclarar las cosas con tu casero.
—Mi casero tiene una carta mía renunciando al apartamento...
—¿Qué?
—Lo sé, esa misma reacción tuve yo... Ni idea, paso de todo ya. Solo quiero meterme en la cama, despertarme y que haya transcurrido una semana.
—Lo siento, Dani. Mañana te llamo en cuanto acabe el partido, ¿vale?
—Vale. Además, tenemos que hablar de la repentina relación de tu madre y mi padre.
—¿De la qué?...
—Aún no tengo todos los detalles, pero, según mi padre, desde el año pasado, y cito textualmente, son «colegas».
—Hostia puta..., lo que me faltaba por oír.
—Mañana hablamos. Te quiero.
—Y yo, rubia.
Me meto en la cama y empiezo a dar vueltas repasando punto por punto mi historia con Enzo.
¿Fue real? Claro que lo fue, es imposible fingir ciertas cosas, ¿verdad?
No lo sé, pero mi corazón prefiere aferrarse a la idea de que realmente lo conocí tal como es, que no fue una máscara, que no ha sido un engaño.
De repente, la pantalla de mi móvil se ilumina y mi corazón empieza a bombear rápido, porque por algún motivo sé que es él.
Estoy saltándome todas mis reglas prepartido, pero no podía aguantar más.
Sé que dije que te respetaría si decidías marcharte, pero me da igual.
Mañana jugaré el último partido de mi carrera, y en cuanto salga del puto estadio voy a ir a buscarte, Daniela Miller.
Porque fuiste mía en cuanto cruzaste la puerta de ese bar y ya no sé vivir si tú no formas parte de mi vida.
¿Piensa que me fui de San Francisco por él? Mierda, cree que me fui por lo que contó el último día de grabación.
Lo llamo casi sin pensar, pero su teléfono está de nuevo apagado. Debe de ser por lo que ha dicho Mateo, así que creo que me va a tocar esperar a que acabe el partido para aclararle las cosas a Enzo Silva.