56. El último ritual
El último ritual
Enzo
Me levanto cuando ya ha amanecido. Podría quedarme un poco más en la cama, pero Marty está inquieto desde hace rato y no para de dar vueltas y de hacer ruido. No puedo culparlo, supongo que él también sabe que todo está a punto de cambiar.
Camino descalzo por el pasillo y noto el frío del suelo, lo que me hace sentir que estoy presente.
Hago esto cada vez que tengo un partido importante desde hace más tiempo del que en realidad puedo recordar, es como una especie de ritual.
Y hoy es el último. Hoy no hay distracciones, no hay ruido externo. Solo yo y lo que llevo dentro.
Me preparo el mismo batido prepartido de siempre.
Lo sirvo en el mismo vaso, ese que guardo para estas ocasiones.
Mientras me lo tomo, miro por la ventana y siento una paz desconocida.
Respiro distinto de ayer, una parte de mí sabe que no he decidido cuándo sería el final, simplemente ha llegado y, joder, si hubiese sabido que iba a sentirme así, ojalá hubiera pasado antes.
De alguna manera, hoy, el silencio que lo rodea todo me está ordenando la cabeza.
Después voy al gimnasio, donde tantas veces he intentado dejar mi frustración.
Todo está lleno de recuerdos que no necesitan fotos.
Madrugadas cuando no podía conciliar el sueño, forzarme hasta terminar exhausto, lamerme las heridas.
Y ella. Daniela también está aquí, sin pretenderlo, sin saberlo.
Estiro despacio, siendo consciente de cada músculo, agradeciendo a mi cuerpo que me haya traído hasta aquí.
Voy hacia el balón que tengo en una peana de adorno y lo hago girar entre las manos, sintiendo el cuero, las costuras.
Cierro unos segundos los ojos y repaso muchos momentos felices, cuando todo era más fácil.
Todo ocurre en mi cabeza con una claridad que me asombra.
El número 11 sigue ahí, viviendo con la misma ilusión que la primera vez.
Todo forma parte de mí, los buenos y los malos momentos.
Cuando mañana ponga punto final, todo habrá acabado y solo quedarán mis recuerdos.
Atrás quedan los nervios, la ansiedad. Esta es mi manera de cerrar un ciclo. Mañana, cuando salga al campo por última vez, no jugaré pensando que es el final. Lo haré pensando en él, en Archie.
Daniela
Me despierto antes de que la luz entre de lleno en la habitación. Todo está igual, todo menos yo. Tengo el estómago contraído por el día que me espera. Siento que las manecillas del reloj han empezado a acelerar su tictac y que el tiempo se me escapa entre los dedos.
Sigo en la cama mirando al techo. Noto un nudo en el pecho que me impide comprobar si hay alguna novedad en mi teléfono. No sé si quiero saber si tengo noticias o si prefiero seguir así, sin tenerlas.
En cualquier momento mi padre tocará a la puerta, lo mejor será que me levante y empiece el día.
Me incorporo despacio, voy hasta el baño descalza y abro el grifo de la ducha hasta que el espejo del lavabo empieza a empañarse.
Entonces me meto dentro y dejo que el agua me destense los nudos que siento por todo el cuerpo.
Una vez estoy lista, me acerco a la ventana y la ciudad de Los Ángeles me recuerda qué estoy haciendo aquí.
Mi mente divaga, está en otro lugar, imaginando conversaciones que aún no han ocurrido.
Pienso en lo que vendrá, en todo lo que podría salir mal.
Intuyo que de alguna manera vuelvo a estar en la casilla de salida con un futuro incierto.
Aún no me siento despierta del todo cuando mi padre llama a la puerta. Abro y sonrío como si no pasara nada. Como si por dentro no percibiera que me estoy quemando. Como si el no saber estuviera pesando tanto como el tener noticias.
—Hola, papá. ¿Qué tal has dormido?
—Muy bien, cariño. ¿Y tú? —Mi padre ladea la cabeza y me mira frunciendo el ceño—. ¿Estás bien? Tienes muy mala cara.
—Sí, papá, es que la cama es un poco incómoda.
—Vaya. La mía está bastante bien. Esta noche, si quieres, nos cambiamos de habitación. —Al ver que yo no añado nada más, mi padre vuelve a tomar la iniciativa—: ¿Bajamos a desayunar?
—Sí, vamos —digo con un hilo de voz.
—¿Qué te preocupa, cariño?
—Tengo que llamar al hijo de mi casero para quedar a una hora. Le escribí cuando salí de San Francisco para avisarlo, pero no llegamos a concretar nada.
—Espero que al menos den la cara. Alguna explicación nos tendrán que dar... Accedí a venir para no dejarte sola, hija, pero mantengo la esperanza de que podamos solucionar esto.
—No lo sé, papá. Parecía bastante seguro cuando habló conmigo por teléfono. Aunque sea un error, ya le han hecho un contrato a otra persona. La situación no pinta bien.
—No nos adelantemos. Ahora vamos a desayunar, que me muero de hambre.
Bajamos al comedor del hotel, que es bastante amplio y tiene unos grandes ventanales por los que entra la luz, que baña toda la estancia.
Las mesas están vestidas con manteles claros y acompañadas de sillas del mismo estilo formal.
En un lateral se encuentra el bufet, con una gran variedad de comida para satisfacer el gusto de todos los clientes.
Yo voy directa a la máquina de café. Es de esas en las que solo tienes que apretar un botón y en pocos segundos tienes un café recién hecho.
Me dirijo luego hacia la mesa que nos han asignado y me siento.
Mi padre no tarda en aparecer con dos platos llenos hasta arriba de comida.
Noto cómo me mira antes de empezar a comer.
—¿Solo un café, Daniela?
—Sí, tengo el estómago cerrado.
—Me estás empezando a preocupar, hija.
—Solo estoy un poco nerviosa, papá. No es nada.
—Vale, no quiero agobiarte más. Pero come algo, porque el día será largo. Y, conociéndote, estoy seguro de que tu apartamento estará lleno de cosas que tendremos que cargar.
Asiento y finjo una sonrisa. Acto seguido, cojo un bollito de uno de sus platos y lo como ante la mirada de satisfacción de mi padre.
Terminamos el desayuno y subo a mi habitación a buscar el bolso. Reviso mi móvil por última vez, pero nada. Llamo al hijo de mi casero para avisarlo de que salimos para recoger mis cosas. No tarda en responder.
—¿Sí?
—Hola, soy Daniela Miller. Como te informé por mensaje, ya estoy de vuelta en la ciudad. Salimos dentro de unos minutos hacia el apartamento para recoger mis pertenencias.
—Genial. Entonces voy para allí yo también. Nos vemos ahora. No olvides traer las llaves para devolvérmelas y que podamos dárselas al nuevo inquilino.
—Claro... Hasta ahora.
Cuelgo y vuelvo a revisar los mensajes por si hubiera noticias. Es algo absurdo, porque habría saltado alguna notificación, pero aun así no puedo evitar comprobarlo.
Decido dejar mi teléfono en el hotel para no seguir martirizándome.
Ahora necesito estar centrada para descubrir por qué los documentos de la renovación de mi contrato de alquiler no llegaron a manos de mi casero.
Lo demás tendrá que esperar. Anoto el teléfono de Scott Smith en un papel y salgo para encontrarme con mi padre, que me espera ya fuera de mi habitación.
Voy a solucionar los problemas de uno en uno o terminaré volviéndome loca.