55. De vuelta a Los Ángeles
De vuelta a Los Ángeles
Daniela
En el aeropuerto, tal como me prometió, me espera mi padre. En cuanto lo veo corro como una loca a sus brazos. Hace más de un año que no estoy con él, y he añorado mucho estar bajo su protección.
—Hola, mi niña, ¿qué tal el viaje? —Se separa lo justo para depositar un beso en mi coronilla—. ¿Has crecido o he encogido yo?
Esa es una coletilla que lleva diciendo desde que tengo uso de razón y, aunque ahora que soy una mujer adulta haya perdido todo el sentido, él la sigue manteniendo. Además de que mi padre es un tipo grande y corpulento, por lo que lo de encoger lo tiene complicado, y yo también lo de crecer.
—¡Papá! —lo riño, y me zafo un poco de su abrazo para poder darle un pequeño golpe en el hombro.
La risa de mi padre resuena en mis oídos y una sensación de estar en casa me coge por sorpresa. Me doy cuenta de cuánto lo he echado de menos.
—Vamos a por esas maletas, que, conociéndote, ya sé que va a ser más de una. ¿Me equivoco? —Pasa una mano por encima de mi hombro y me atrae hacia sí.
—Papá, la maleta de trabajo la tengo que facturar sí o sí, y la otra es de ropa. No exageres. —Hago un mohín y lo miro con detenimiento—. Te has dejado barba..., ¿hay algo que quieras comentarme respecto a este nuevo look? ¿Alguna crisis de los sesenta que yo desconozca?
—Ahora se lleva así, hija —responde esbozando una sonrisa y pasándose la mano por la barba canosa que adorna su cara.
—Estás muy guapo.
—No seas pelota, Daniela.
Después de recoger las maletas salimos de la terminal y el aire denso de Los Ángeles nos da la bienvenida. Nos dirigimos al aparcamiento donde mi padre ha dejado la camioneta y montamos en ella.
—He cogido dos habitaciones en un hotel cercano a la casa de tu jefa, espero que te parezca bien.
Miro a mi padre, que ahora está ya con los ojos puestos en la carretera, y pestañeo varias veces con extrañeza.
—¿Y desde cuándo sabes dónde vive Valentina?
—Me lo habrás comentado tú en algún momento.
Ladeo la cabeza y levanto una ceja.
—No, estoy segurísima de que nunca te he dicho en qué parte de la ciudad vive.
Mi padre sigue enfocado en la carretera y no añade nada más, pero yo no estoy dispuesta a dejarlo pasar.
—¿Papá?
—Vale..., puede que el año pasado estuviéramos en contacto. Estaba muy preocupado por ti, Daniela.
—Ya, pero eso no responde a mi pregunta de por qué sabes dónde vive...
—Bueno, hija..., una cosa llevó a la otra y ahora somos colegas.
—¿Colegas? ¡Papá! Que sepas que no estoy del todo conforme con esta explicación y no va a quedar así. Me lo tendréis que aclarar mejor tú y tu nueva «colega» Valentina.
—Ya le dije a Tini que no te haría gracia cuando te enteraras.
¿«Tini»? ¡Ay, Dios! Creo que este tema va a necesitar una larga conversación con mi padre, y ahora no es el mejor momento.
—No es eso, papá. Ya lo hablaremos, ¿vale?
—Hija, yo... —intenta excusarse. Reconozco su mirada de arrepentimiento, y tengo muy claro que no me apetece añadir otro giro inesperado a mi vida.
—¿Sabes qué? Estás muy guapo, la barba te queda muy bien —le digo, y mi padre asiente mientras una sonrisa de medio lado aparece en su cara.
Aprovechando el trayecto hasta el hotel, saco el móvil del bolso y lo activo. Miro la pantalla esperando que lleguen noticias de Enzo o de Dylan, pero nada. Trataré de hablar de nuevo con ellos cuando mi padre y yo ya estemos instalados.
Seguimos las señales que nos indican dónde parar y el aparcacoches ya nos está esperando. Mi padre me mira extrañado. Está claro que Valentina le ha recomendado este hotel, pero no lo ha avisado de las comodidades de las que dispone.
Una vez nos apeamos de la camioneta, yo le quito las llaves de la mano y se las doy al trabajador que espera paciente su propina.
—No estoy acostumbrado a estas atenciones, madre mía.
—¡Ay, papá! —Niego con la cabeza y le doy una palmadita en la espalda—. Venga, coge las maletas.
Me hace caso y entramos. El lobby del hotel Aurora Celeste nos da la bienvenida.
En el suelo se reflejan nuestros pasos, y las paredes desaparecen en unos grandes cristales.
Giro la cabeza observándolo todo con atención.
Definitivamente, este es un sitio que recomendaría Valentina, tiene su esencia y su buen gusto.
—Bienvenidos —nos saluda una voz suave al otro lado de la recepción.
—Tenemos una reserva a nombre de Robert Miller.
—En efecto. Dos habitaciones.
La recepcionista nos da unas indicaciones mientras terminamos de hacer el check-in y luego nos encaminamos juntos hasta el ascensor, para después adentrarnos por un largo pasillo enmoquetado en color crema.
—¿Te espero para cenar algo, cielo? —me pregunta mi padre antes de que yo me meta en la habitación.
—Estoy tan cansada que se me ha quitado el hambre... Si no te importa, baja tú.
—¿Quieres que te suba algo?
—No, papá. Nos vemos mañana por la mañana. Descansa.
Mi padre asiente. Me acerco a él y le doy un beso en la mejilla.
Paso la tarjeta por el lector y la puerta se abre. Las cortinas están descorridas. El sol comienza a caer, haciendo que todo se torne de ese color dorado tan característico de los atardeceres en la ciudad.
Dejo la maleta a un lado de la cama y me siento en ella con el móvil en la mano. Todo sigue igual, en silencio.
Trato de llamar a Dylan, pero no responde. Pruebo también con Enzo, pero tiene el móvil apagado. No puedo hacer nada más que esperar noticias.
El cuerpo me pide descanso, mañana tengo una mudanza improvisada y decidir qué narices va a ser de mi vida. Supongo que me tocará irme a casa de mi padre y sopesar allí cuál será mi siguiente movimiento. Hasta entonces, por mucho que mi cabeza quiera y necesite respuestas, no puedo hacer nada más.