Play off 54. Sube a casa, Gabriel
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54. Sube a casa, Gabriel

Sube a casa, Gabriel

Enzo

Después de la discusión con Dylan y de no ver ni rastro de Daniela, me he puesto a caminar. No he sido consciente de que mi cuerpo me traía hasta el edificio en el que viví cuando era pequeño, donde, teniendo lo básico, fui el niño más feliz del mundo.

Una añoranza extraña se apodera de mí, los recuerdos llegan de pronto envolviéndolo todo.

Y nos veo jugando a los tres en el parque, pasando las horas muertas sentados en un banco o soñando con algún día salir de aquí y poder brindar un futuro mejor a nuestras familias.

La ausencia de Archie me sigue pesando, pero hoy de alguna manera he sentido que por fin hacía lo correcto, aunque haya tardado demasiado.

—Gabriel, ¿qué haces aquí, hijo?

Me tenso al oír mi nombre. El nombre de aquel niño que creció aquí. Ese que tan lejano se siente de Enzo Silva. Porque aquí siempre fui simplemente Gabriel, el hijo de Giulia.

—¿Lina? —La madre de Archie se acerca cargada con las bolsas de la compra.

—Anda, no te quedes como un pasmarote y ayúdame con esto —dice señalando las bolsas con la cabeza mientras las deja a mis pies.

—Sí, claro. —Las cojo con ambas manos y por un momento dudo si formular o no la pregunta que ha quedado en el aire—: ¿Quieres que las suba?

—Claro. Qué preguntas haces... Sube a casa, Gabriel. —Me da una palmadita en el hombro para después pasar por mi lado meneando la cabeza.

La madre de Archie abre el portal y yo la sigo.

Por mucho que intentamos convencerla de que se mudara, ella siempre se negó.

Es la única del grupo de madres que aún sigue viviendo en el barrio.

Con cada escalón que subo me parece aún más increíble estar haciendo esto.

Volver a poner un pie en casa de mi amigo, después de tanto tiempo.

Entramos y dejo las bolsas en la cocina. De pronto, es como si el tiempo se hubiera detenido. Como si fuera de nuevo aquel chaval con un montón de sueños por cumplir.

—Si estás aquí es porque ya lo has contado todo, ¿me equivoco? —me pregunta Lina.

—Así es. Estás en lo cierto —asiento.

Lina lo sabe todo. Antes de aceptar, hablé con ella.

Le pedí permiso para honrar de una vez la memoria de su hijo.

Nunca me culpó por lo ocurrido, pero yo decidí mantener la distancia.

El dolor se me hacía insoportable cuando estaba cerca, y el sentimiento de culpa amenazaba con volverme loco. En soledad pesaba menos.

—¿Y cómo te sientes ahora?

—No sé qué responderte a eso.

—Vaya. Tenía la esperanza de que, después de que te liberaras de tus demonios, esa ridícula culpa autoimpuesta se iría con ellos.

—Ya, pues se ve que no, Lina.

—Ve al salón. Vamos a tener la conversación que no quisiste tener hace años.

Hago lo que me pide y me siento en el sofá de tela marrón que ha visto demasiados años pasar. En la casa se respiran recuerdos allá donde mires. Hay un montón de fotos, de trofeos de instituto, de notas de prensa. Solo falta él, aunque su presencia impregne cada rincón.

Mi móvil empieza a sonar, pero cuando voy a responder, se apaga.

La batería está agotada, y hasta que vuelva al coche no puedo cargarlo.

Así que supongo que todo lo que esté pasando fuera de estas cuatro paredes tendrá que esperar.

Porque la mujer con el pelo azabache y rizado como el de su hijo mayor viene hacia mí con una taza humeante y dispuesta a que escuche todo lo que tiene que decirme.

Se sienta a mi lado y me ofrece el café recién hecho que ha traído de la cocina.

—Gabriel, ya basta. Si accedí a que hicieras el documental fue para que quedaras en paz contigo mismo. Tú no tuviste la culpa de nada.

—Lina, encubrí la muerte de tu hijo. Durante años he callado lo que realmente sucedió.

—Callaste porque le prometiste que cuidarías de nosotros.

Les diste un futuro a mis hijos que no habrían tenido si no llega a ser por ti.

A Archie no le gustaría verte así. Mira, nunca has querido escucharme, pero hoy vas a tener que hacerlo.

A raíz de que mi marido muriera, mi hijo cambió.

Una madre sabe cuándo empiezan a torcerse las cosas.

Lo vi en sus ojos. Y eso pasó mucho antes de lo que todos pensáis.

—Pero...

—No hay peros, Gabriel. Vas a mantener silencio hasta que termine con todo lo que tengo que decir.

A mí también me costó mucho aceptar que mi hijo tenía un problema y que no fui capaz de ayudarlo.

¿Tú sabes lo que es eso para una madre? Mi pequeño.

.., cuánto dolor debía de tener dentro para necesitar evadirse de ese modo.

Lo que te obligaron a aceptar fue deplorable, pero ¿de qué otra forma habríamos salido adelante?

Esa gente es mala, llevan el diablo dentro, y si no hubieras hecho ese sacrificio habrían acabado con todos.

Lo sabes tan bien como yo. Se aprovecharon de alguien sin experiencia y de una familia que estaba rota por la pérdida.

—No debería haber tardado tanto en hablar, Lina. He sido un egoísta.

—Un egoísta no se habría encargado de que los hermanos de su amigo tuvieran un futuro.

Han podido estudiar en las mejores universidades.

Pagaste hasta la última de las deudas que teníamos en hospitales por la enfermedad de mi marido.

Hijo, tienes que encontrar la paz, todos hemos sufrido ya bastante con esto.

Me gusta pensar que, allá donde esté, él también terminó encontrándola al fin.

Que Diosito lo tiene bajo su manto. Que nos mira y nos protege desde arriba.

Y que, por fin, está con su padre. Esto debe servirte para avanzar y vivir el dolor desde otro prisma, Gabriel.

—Yo... —Me rompo. Me rompo en mil pedazos al ver la entereza de esta mujer. Con esa fuerza descomunal.

—Le prometiste que nos cuidarías. Ahora quiero que me prometas a mí que te vas a dejar de penas y que, en adelante, vivirás por los dos. Por él y por ti.

—Lo intentaré.

—No me vale. Prométeme que lo harás.

—De acuerdo. Te lo prometo, Lina.

Es entonces cuando la madre de mi amigo me abraza y algo sale de mí. Como un peso, una carga.

—Y ahora, ponme al día de tu vida. ¿No va siendo hora de que sientes ya esa cabezota?

Las horas pasan volando, y cuando salgo de casa de Archie ya ha anochecido.

Debo ser sincero conmigo mismo y reconocer que la conversación con Lina me ha ayudado de alguna manera a empezar a poner el cierre, aunque va a requerir tiempo.

Que haya sido tan franca y me haya puesto las pilas ha sido el empujón que necesitaba.

Me monto en el coche y me voy a casa. En cuanto entro por la puerta, Marty viene directo, esperando ver a alguien que no me acompaña. Cuando entiende que estoy solo me mira de soslayo y regresa a la oscuridad de mi habitación.

Me siento en el sofá y me froto la cara con las manos.

Joder, creo que hoy ha sido uno de los días más largos de mi vida.

Toco el bolsillo anterior de mi pantalón y entonces recuerdo que mi móvil se ha quedado sin batería.

He salido tan revuelto de casa de Archie que he olvidado cargarlo en el coche.

Mierda.

Enchufo el cargador y lo enciendo en cuanto la batería me lo permite. Me empiezan a llegar notificaciones sin parar y me alarmo. Llamadas de Dylan, de Mateo, de su madre y de ella. De Daniela.

Me ha llamado. Eso puede significar que nosotros quizá tengamos una segunda oportunidad. Después veo que tengo varios mensajes, pero el único que me importa es el suyo:

Me vuelvo a Los Ángeles. Escríbeme cuando puedas, por favor.

Tengo que leerlo varias veces para que mi cerebro no estalle. Es como si no fuera capaz de asimilar las palabras para darles el contexto.

Descubrir que se ha ido, que ha hecho lo que le hice prometer que hiciera si todo era demasiado me duele.

Pero hoy he aprendido algo, y es que hay que luchar hasta el final por lo que uno quiere y, joder, por ella sería capaz de hacer cualquier cosa.

Ahora necesito estar concentrado para poder jugar el partido de pasado mañana, pero, después, recuperaré a esa mujer cueste lo que cueste.

Nuestra historia no es un fuera de juego, es el principio del puto partido más importante de mi vida. Y esta vez pienso ganarlo.