53. La huida
La huida
Daniela
He necesitado ausentarme unos minutos para serenarme. Escuchar a Enzo abrirse en canal de la forma en que lo ha hecho me ha alterado mucho, y he tenido que salir a llorar fuera del set para no interrumpir la grabación.
Llevo un rato pensando qué decirle, cómo hacer que entienda que lo que pasó no fue culpa suya.
Hizo lo necesario para poder darle un futuro a la familia de su amigo, que lo había perdido todo.
Pero él lleva tantos años martirizándose por su silencio que soy consciente de que nada de lo que yo le diga calmará ese pesar.
Cuando cojo fuerzas para volver, ya han empezado a recoger y no veo ni a Dylan ni a Enzo por allí. Me acerco a Mateo esperando que sepa qué es lo que ha pasado en mi ausencia.
—¿Has visto a Enzo? —Mi amigo niega con la cabeza porque está hablando por teléfono.
—¿No? Mierda —murmuro mientras me muerdo el labio por puro nerviosismo.
El equipo está terminando ya de recoger y me estoy temiendo lo peor al entender que ni Dylan ni Enzo van a aparecer.
Guardo rápido mis cosas y me despido de todos. Saco mi móvil y marco su número, pero no obtengo respuesta. Llamo a Dylan y tampoco me responde. Pero ¿dónde se han metido?
Quizá necesite espacio y tiempo para poner en orden sus sentimientos.
La cabeza me va a mil y no sé qué narices debo hacer.
Podría ir a su casa, pero sin saber si está allí me parece un poco arriesgado por cómo está el tema con la prensa.
Por el momento nos hemos librado de que publiquen las fotos, pero no podemos tentar a la suerte.
Sopeso mis opciones, y finalmente decido que lo mejor es volver al hotel y esperar que sean ellos los que se pongan en contacto conmigo cuando vean mis llamadas.
Me acerco de nuevo a Mateo cuando veo que ha colgado para saber si va a volver conmigo al hotel.
—¿Te queda mucho?
—La verdad es que sí. Al parecer, Enzo no quiere seguir grabando, Daniela.
Era algo que ya había hablado con mi madre, y ella me lo acaba de decir.
Ahora debemos revisar todo el material que tenemos desde que volvimos de Los Ángeles.
Cuando termine aquí, me voy con ella para reunirnos con maquetación.
Creo que Enzo ha discutido con Dylan y que cada uno se ha ido por su lado.
Están intentando localizarlo para ver si él puede aclararnos algo más, pero no. ..
—¿Cómo que no quiere seguir grabando? —corto a mi amigo, porque en mi mente solo se repite una de las cosas que ha dicho—. Pero aún faltan unos días para acabar. No estoy entendiendo nada...
—No puedo decirte nada más, es todo lo que sé, Dani.
—Vale. Yo me vuelvo al hotel. Supongo que todo tendrá una explicación.
—Si me entero de algo, serás la primera en saberlo, ¿vale?
Salgo de allí arrastrando la maleta junto con mi ánimo. Necesito irme cuanto antes, pero lo primero que me pide el cuerpo es separarme lo suficiente del tumulto para tranquilizarme unos minutos antes de pedir un Uber que me lleve de vuelta al hotel.
Siento una presión en el pecho que me agota.
Y un montón de preguntas empiezan a agolparse en mi cabeza.
Puedo entender que Enzo no me contara lo que tuvo que hacer cuando sucedió lo de Archie, pero ¿por qué no me ha dicho que había decidido terminar con las grabaciones?
¿Por qué se ha ido sin más? ¿Por qué narices no me coge el teléfono?
Estoy sentada en la acera de la calle, llevo un rato en la misma postura, con la mirada perdida en las fachadas algo descascarilladas del barrio.
Me siento agotada y sin fuerzas. Sé que hace rato que debería haber hecho algún movimiento para poner rumbo al hotel, pero mi cuerpo no es capaz de moverse.
Estoy ensimismada oyendo los murmullos lejanos de la gente que camina, del sonido de los neumáticos en la calzada, de la vibración de mi móvil...
«Espera, ¿mi móvil?», pienso.
Lo saco rápido del bolsillo sin mirar quién llama, porque mi cabeza no tiene dudas de que se trata de él.
—¿Enzo? ¿Estás bien? —pregunto acelerada.
—¿Daniela? —Levanto las cejas, extrañada al no reconocer la voz al otro lado de la línea.
—¿Quién es?
—Soy Smith, Scott Smith. El hijo de tu casero.
—Eh..., oh, sí. Disculpa, te había confundido con otra persona.
—No te preocupes. Te llamo porque mi padre quiere saber cuándo vas a venir a recoger tus cosas del apartamento.
—¿Cómo dices?... Disculpa, ¿estás seguro de que no te has equivocado de persona?
—Eres Daniela Miller, ¿no? Y tienes un apartamento alquilado en Los Ángeles, California.
—S-sí, pero yo no...
—Mi padre ha alquilado ya de nuevo el apartamento y necesitamos que te lleves tus cosas de allí cuanto antes. De lo contrario, nosotros mismos nos encargaremos de sacarlas y que se las lleve el camión de basura... Tienes dos días más de margen.
—¿Cómo? Pero yo no estoy ahora mismo en Los Ángeles, no...
—Lo siento, pero eso no es problema nuestro...
Y me cuelga el teléfono sin darme más explicaciones. Termino de colapsar y me pongo a llorar como una imbécil en mitad de la calle. ¿En qué momento ha ocurrido todo esto?
Cuando dejo de sentir que soy una persona ridícula llorando como una niña pequeña, llamo al Uber, que me deja en el hotel. Una vez allí, me dirijo a mi habitación. Parece que haya pasado una eternidad desde que salí esta mañana.
Hago una lista mental con todas las cosas que tengo que hacer para intentar no volver a colapsar. Porque será lo que sucederá si no gestiono todo lo que estoy sintiendo. Sin embargo, no tengo la menor idea de cómo empezar.
¿Cómo voy a solucionar este lío en tan solo dos días? Cojo el teléfono y llamo a la única persona que sé que puede ayudarme y hacerme sentir segura. No tarda en responder.
—Papá... —digo, y mi voz suena casi como un alarido.
—Daniela, cielo. ¿Estás bien? —Oír su voz consigue calmarme.
Mi padre había sido locutor de radio en los años que estuvo en la universidad, antes de conocer a mi madre, y tiene ese estilo de voz profunda y relajante. Cuando de pequeña tenía pesadillas era él el que conseguía que volviera a dormirme.
—No, papá. Todo está mal... Acaba de llamarme el hijo de mi casero para decirme que tengo que irme del apartamento.
—¿Cómo que tienes que irte?... ¿No renovaste el contrato antes de viajar a San Francisco con el dinero que te presté?
—Eso creía, pero ahora mismo ya no estoy segura de nada.
.. Si no saco mis pertenencias de allí antes de dos días, lo tirarán todo a la basura.
Sé que en su mayoría son solo cosas materiales, pero tengo muchos recuerdos de mamá y gran parte de todo el material de trabajo, y no puedo perder eso también.
.. —Las palabras salen de mi boca entre sollozos.
—Cálmate, pequeña. ¿Cuántos días de rodaje os quedan?
—Según parece, ninguno. Acabo de enterarme de que hemos terminado.
—Vale, cariño, vamos a hacer una cosa. Habla con esa jefa tuya tan elegante y guapa.
Cuéntale lo que ha sucedido, seguro que entiende que adelantes tu vuelta de forma inmediata.
Coge el primer avión que salga para Los Ángeles, yo cogeré la camioneta e iré para allá a esperarte.
Entre los dos sacaremos todas tus cosas del apartamento y después ya pensaremos cómo solucionar este tema.
—Papá, no puedo hacerte conducir tantas horas. Ya pensaré qué hacer. Soy una mujer adulta.
—Siempre vas a ser mi niña. Y un padre por una hija hace lo que haga falta.
Déjame que te cuide. El año pasado me aparté y dejé que lo gestionaras todo tú sola, como me pediste.
Pero deja que esta vez tu viejo se sienta útil, anda.
Avísame cuando tengas el billete de avión, intentaré llegar a tiempo para ir a buscarte al aeropuerto. ¿De acuerdo?
—Vale, papá. Te quiero.
—Yo también te quiero, pequeña.
Unas horas después de hablar con Valentina para contarle este contratiempo, pongo rumbo al aeropuerto.
Antes de embarcar y de poner el móvil en modo avión, le escribo un mensaje a Enzo, del que aún no he tenido noticias.
Me vuelvo a Los Ángeles. Escríbeme cuando puedas, por favor.
Pero esta vez el doble check no llega.