Play off 51. Tengo que contarlo todo ya
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51. Tengo que contarlo todo ya

Tengo que contarlo todo ya

Enzo

No puede ser cierto. Tengo el móvil de Dylan en mis manos y estoy mirando las fotos que le han enviado, pasándolas una y otra vez de manera compulsiva.

—¿Esto es una broma?

—Me gustaría decirte que sí, pero no. He venido en cuanto las he recibido.

—Hay que pararlo, estas fotos no pueden ver la luz.

—Ya estoy en ello, tío, pero ya sabes cómo va esto. Les vamos a tener que dar algo a cambio.

—Págales lo que pidan.

—No quieren dinero.

—¿Cómo que no? Esas ratas de la prensa siempre quieren eso, dinero.

—Esta vez, lo más probable es que te quieran a ti.

No puedo más, y exploto. Primero saber que las pruebas médicas han salido peor de lo que pensaba, después que Dylan me enseñara las fotos en que se nos ve a Daniela y a mí en primer plano entrando en mi casa, y ahora pensar que me tienen cogido por los huevos.

Que lo que querrán será una entrevista en exclusiva o cualquier mierda por el estilo.

Me levanto y ando de un lado al otro del salón mientras mi cabeza va a mil por hora.

Solo puedo pensar en Daniela y en cómo se va a sentir cuando sepa que hay unos putos periodistas que a estas alturas ya sabrán hasta el nombre de su padre y dónde vive.

No sé cómo gestionar toda esta mierda, y empiezo a verlo todo rojo.

—¡JODER! —grito intentando sacar la ansiedad que tengo dentro de mí.

—Hermano, debes tranquilizarte. Encontraremos una solución.

—Esos hijos de puta no van a parar hasta terminar de destruirme. Saben que voy a contarlo todo y quieren... —Me callo porque me está costando respirar.

—Enzo, para, no sigas por ahí.

En ese momento llaman a la puerta y mi amigo se ocupa de abrir. Entonces oigo la voz de quien acaba de llegar a mi casa y, hecho una furia, voy al encuentro de ambos.

—¿La has hecho venir hasta aquí? —me encaro con Dylan.

—¿Qué pasa? Enzo, ¿estás bien? —me pregunta Daniela con los ojos llenos de una preocupación que me parte el alma.

—Tiene derecho a saber lo que está pasando —sentencia mi amigo.

Me da igual lo que diga, solo tengo una cosa en mi cabeza a la que no paro de darle vueltas.

—¿Te ha seguido alguien? ¿Cómo has venido hasta aquí, Daniela? —Intento dirigirme a ella de forma tranquila, pero no sé si lo estoy consiguiendo, porque noto cómo las palabras salen atropelladas de mi boca.

—En Uber. Pero ¿quién me va a seguir? —Gira la cabeza alternando entre Dylan y yo, sin entender qué es lo que está pasando.

—Enzo, se te está yendo la pinza. —Fulmino con la mirada a mi amigo, porque ahora mismo estoy muy cabreado con él por haber llamado a Daniela y exponerla así sin necesidad.

—¿Podéis explicarme lo que está sucediendo? —insiste ella, un poco más desesperada que antes.

—Que tu novio se está volviendo loco, eso es lo que sucede.

—No me jodas, Dylan. —Levanto ligeramente el tono porque el muy imbécil está rebasando los límites.

—¿Podéis parar de gritar y contarme de una puta vez qué narices está pasando?

—Perdona, Dani, tienes toda la razón. Lo mejor será que nos sentemos y mantengamos la calma —propone mi amigo, manteniendo una calma que yo ya no tengo. La ha cagado él, y ahora parece que el pirado sea yo.

Ellos toman asiento y me miran esperando que yo haga lo mismo, pero mi cuerpo necesita quemar toda la adrenalina que siento. Debo intentar despejarme un poco, porque ahora mismo me resulta imposible pensar con claridad.

Suelto un bufido y me voy directo al gimnasio ante la atónita mirada de Daniela. En cuanto se da cuenta de mis intenciones, se levanta para venir detrás de mí.

—Ahora es mejor que lo dejes, rubia —le dice Dylan agarrándola de la muñeca.

—Pero...

—Yo te explicaré lo que está pasando y el gilipollas de mi amigo volverá en cuanto se dé cuenta de lo ridículo que está siendo.

Dejo de oírlo en cuanto entro en la habitación donde tengo el gimnasio.

El corazón me va a mil por hora. Miro la barra de press de banca como si fuera mi puto enemigo. Le pongo más peso del habitual porque necesito que me cueste, necesito tener todos mis sentidos puestos en otra cosa que no sea todo lo que está esperándome en el salón de mi casa.

Uno, dos, tres, necesito que el dolor que siento se calme. Necesito despertar de una vez de esta puta pesadilla, que todo acabe.

A la octava, mi cabeza se queda en silencio. Solo oigo el crujido de los codos, siento mi pecho ardiendo y el aire que se me escapa entre los dientes. Empujo con rabia, con miedo, con todo lo que tengo dentro.

No sé cuántas repeticiones llevo, he dejado de contar. Cuando creo que ya es suficiente, la barra sube y la dejo caer.

Y entonces la veo. Me siento en la banca y la miro.

—Yo...

—Menudo numerito has montado —me dice clavando su mirada en la mía, con los brazos en jarras.

—Lo siento, necesitaba...

—Tu espacio, lo entiendo. ¿Estás mejor?

—No lo sé. ¿Te vale como respuesta?

—Es un comienzo. —Hace un mohín y se gira hacia la puerta—. Salgamos y hablemos.

Me levanto y voy hacia ella. Se dispone a salir, pero la agarro por la muñeca mientras giro su cuerpo para dejarla frente a mí.

Mis manos se aferran a ella por la cintura, pegándola a mí.

Daniela me mira directamente a los ojos, sin amilanarse ni un poquito.

Esta es una de las cosas que más me gustan de ella, la fuerza y la entereza que tiene.

Tomo su boca con fiereza y una parte de mí se prepara para su rechazo.

En cambio, sus labios me reciben de la misma manera, sin miedo.

Pone sus manos en mi nuca, tirando y pidiendo más.

Labios contra labios, dientes que rozan y nuestra respiración mezclada con el ruido áspero de la urgencia.

Está doliendo y al mismo tiempo sanando.

Nos estamos dejando llevar por el hambre mientras nuestras lenguas se entrelazan en una lucha silenciosa. Hasta que por fin la tensión se va disipando al ritmo que nuestro beso va bajando de intensidad.

—Enzo... —Un suspiro escapa de sus labios y lo atrapo, esta vez con un beso más cálido.

—Vamos fuera.

Mi mejor amigo, que sigue en el sofá con cara de circunstancias, me mira con la ceja levantada mientras nos acercamos y tomamos asiento.

—¿Ya ha terminado el niño con su pataleta? —pregunta con sorna el muy imbécil—. Está al día de la situación, de nada —añade.

La miro a ella intentando ver algún resquicio de lo que está sintiendo.

—Daniela, yo no sabía... —intento excusarme, pero me corta acariciando mi mejilla con suavidad.

—Te dije que estaría contigo pasara lo que pasase, Enzo.

Hablamos sobre las opciones que tenemos, con calma y con la cabeza algo más fría. Me tranquiliza ver cómo se lo ha tomado Daniela y que sigue aquí, conmigo.

—Lo mejor será que se lo contemos también a Valentina. Ella está más acostumbrada a lidiar con esto. Ya lo ha hecho antes.

—Si queréis, puedo hablar yo con ella —se ofrece Daniela.

—No hará falta, rubia. Mañana a primera hora la informaré de este nuevo contratiempo. Hasta entonces, lo mejor será seguir con normalidad. Bueno, parejita, yo me retiro.

—Te acompaño.

Cuando llegamos a la puerta, salgo con Dylan.

—Le diré a Valentina que quiero adelantar las grabaciones en el barrio. Voy a contarlo todo ya.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Vale. Hablamos, tío.

—Gracias, Dylan.

—Te quiero, gilipollas.

Ha llegado la hora de soltarlo todo. Caiga quien caiga.