50. La próxima Johanna Mason
La próxima Johanna Mason
Daniela
Como hoy no grabamos, Mateo y yo hemos decidido irnos de «cita» para ponernos al día.
Entre todo el lío con los periodistas, sus escapadas con Oliver y las mías con Enzo, no coincidimos ni para tomarnos un café juntos.
Aunque trabajamos codo con codo, hay temas que no se hablan mientras estamos rodando e intentando que la prensa no nos joda el trabajo.
Es una de las pocas veces en las que yo he elegido dónde ir; además, es un lugar que no se espera en absoluto. Vamos a un hachódromo para liberar tensiones, que nos hace falta. Seremos los futuros Johanna Mason, uno de nuestros personajes favoritos de Los juegos del hambre .
—¿De verdad, Daniela? —me pregunta Mateo cuando descubre dónde estamos y deduce lo que vamos a hacer.
La fachada del local está recubierta de un material que simula piedras grises antiguas y tiene un gran portón de madera en el que hay un letrero luminoso con dos hachas cruzadas donde se puede leer «Oops My Axe».
—Así es... Va a ser superdivertido.
—Llevas años planeando esta venganza por lo del local liberal, ¿a que sí?
—Cállate la boca y vamos dentro.
Entramos y nos dan un mono de color naranja que nos hace sentirnos como si estuviéramos en una cárcel de alta seguridad. Cuando estamos listos, pasamos a la zona de tiro.
La habitación donde nos meten es parecida a un campo de tiro con arco y tiene protecciones a los lados para evitar accidentes. Hay una mesa con las hachas que vamos a usar y, al fondo, una diana muy grande llena de marcas. Da un poco de mal rollo.
Me fijo en que en la mesita también hay un papel para anotar las puntuaciones de cada uno. Esto va a ser muy interesante.
Me envalentono, cojo una de las hachas que reposan encima de la mesa y la lanzo con fuerza. Resultado: fallo estrepitosamente ante las carcajadas de mi amigo, que no puede aguantarse al comprobar lo mala que soy.
—A ver si en la siguiente te acercas un poco a la diana, Thor Girl —me vacila mientras él se prepara haciendo estiramientos para provocarme.
—Venga, valiente, te toca —lo insto burlándome y sacándole la lengua.
Mateo coge el hacha con decisión y el muy cabrón da justo en el centro.
—¡Toma! —exclama empezando a aplaudir—. Oye, esto es la leche.
—De nada... Ya sabía que te iba a gustar. Llevas siendo un sádico toda tu vida y ahora por fin puedes tirar a matar sin terminar en la cárcel.
—Aunque vayamos vestidos para entrar en una... Parece que hayamos salido de Orange Is the New Black .
—O que nos hayamos escapado —añado mientras ambos nos reímos.
Seguimos lanzando, y yo voy mejorando un poco. Pero, por mucho que me joda admitirlo, esta batalla la está ganando por goleada Mateo. Que además se está viniendo arriba mientras disfruta de mi alma de perdedora.
Estoy a punto de tirar de nuevo. Me concentro al máximo, levanto un dedo simulando que compruebo la dirección del viento y muevo la cabeza de un lado al otro. Cojo postura para intentar hacer diana esta vez. Y entonces mi amigo suelta una bomba.
—Me voy a mudar, Daniela.
Me desestabilizo por las palabras que acaban de salir de su boca y suelto el hacha. Por suerte, cae cerca de mis pies, sin que nadie resulte herido.
—¡¿Qué?! ¿Estás hablando en serio o lo has dicho para distraerme? —le pregunto tratando de entender si está de vacile.
—No bromearía con algo así. El otro día hablé con mi madre, bueno, cenamos..., y no fui solo. Le he presentado a Oliver. Vamos en serio.
—Mateo... —Mi voz sale como un susurro porque sé que este es un gran paso para él. Es la primera vez que le presenta a alguien a su madre, y ya no digamos el hecho de que vaya a dejar su adorado L. A.
—Estoy cansado de todo, Dani. De los viajes, de ir de un lugar a otro, de las largas horas de rodaje y de sentirme solo. Creo que esta vez es de verdad, y no deseo quedarme con las dudas por tener miedo y no arriesgarme. Necesito intentarlo.
—Joder, claro que sí, ven aquí. —Nos fundimos en un tierno abrazo—. Estoy muy feliz por ti. ¿Cuándo voy a tener el honor de conocerlo? Le habrás hablado de tu mejor amiga, ¿no?
—Ya lo creo que sí. Tiene muchas ganas de conocerte. Será pronto, te lo prometo.
—Bueno, pues ahora cuéntamelo todo. Porque no tenía ni idea de que fuerais tan en serio.
—Supongo que el amor funciona así, llega cuando menos te lo esperas.
Cuando acabemos de grabar, volveré a Los Ángeles.
Tengo un par de sesiones cerradas y después se acabó.
Mi idea es mirar algún apartamento por aquí.
Mi madre ha tirado de contactos y tengo sobre la mesa una oferta de trabajo como jefe de producción que es bastante jugosa.
Es curro de oficina, en el que tendré que planificar rodajes, escenas y trabajar con el equipo que estará a mi cargo.
Si te soy sincero, me apetece mucho cambiar de aires.
Aunque me da un poco de vértigo, ya sabes. Empezar de cero y todo eso.
—Lo vas a hacer de maravilla, como todo lo que te propones. Suena genial, me alegro mucho por ti. Te mereces ser feliz.
Porque si hay alguien que ha salido dañado en el amor tantas veces que duelen ha sido mi amigo Mateo. Y estoy dichosa de que por fin esté tan ilusionado y contento.
—No soy el único que se lo merece, Dani. ¿Cómo va tu relación con Romeo?
—No quiero pensar en el futuro —le digo en un tono algo amargo.
—¿Por qué?
Es hora de abrirse en canal con mi amigo y soltar todo lo que tengo en la cabeza. Algo que no me he atrevido a decir en voz alta por si esos miedos se hacían realidad.
—Porque no sé si tenemos uno... No hemos hablado aún de nada de eso. No sé qué será de nosotros cuando acabe el rodaje. Todo empezó como un juego en el que nos fuimos dejando llevar, pero las cosas se han ido poniendo serias y...
—El ambiente tampoco es que esté ayudando mucho, ¿no?
—No, él sigue pensando que saldré huyendo por algún motivo que no ha querido contarme. Y, aunque no se lo digo, a veces pienso que quizá tenga razón. Porque cuando lo dice suena muy convencido de que será así. También está todo el tema de la prensa, las amenazas. Me asusta un poco.
—Está hablando el miedo por ti, amiga. No eres de las que huyen, por mucho que el adonis te quiera convencer de ello. Lo que pasa es que estáis en ese punto en el que o tiráis para delante con todo o acabáis con el corazón roto. Y las dos cosas dan un vértigo de la hostia.
—Vaya... El amor te ha vuelto todo un filósofo, ¿eh?
—Vete a la mierda. Y ahora coge esa hacha y vamos a terminar con esto para que pueda proclamarme el septuagésimo sexto ganador de los Juegos del Hambre.
Volvemos al hotel entre risas, con una foto en la que salimos muy poco favorecidos y con un trofeo de plástico malo que le han dado a mi amigo por ganar, y que ha llevado con orgullo durante todo el trayecto.
No llego a entrar en mi habitación cuando me empieza a sonar el teléfono.
—Hola, Dylan.
—Rubia, no te asustes, pero ¿podrías pasarte por casa de Enzo?
—Si me dices eso, vas a conseguir el efecto contrario. ¿Qué ha pasado?
—De verdad que no es nada grave, pero hay un asuntillo que debemos tratar, y es mejor que vengas para que lo veas tú misma y sopesemos las opciones que tenemos.
—Si estás tratando de convencerme para que esté tranquila, te advierto que no lo estás consiguiendo. ¿Enzo está bien?
—Sí, pero ven en cuanto puedas, por favor.
—Salgo ya.
Cuelgo y pido un Uber que no tarda en llegar.
Me monto en el coche muy nerviosa, porque, aunque Dylan haya intentado mostrarse sereno, hay dos cosas que me han puesto en alerta: la primera, el tono de su voz y la segunda, que haya sido él quien me haya llamado y no Enzo.
Algo va mal, y espero no tardar mucho en descubrirlo.