Play off 48. REC
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48. REC

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Daniela

Esa noche «dormí» por primera vez en casa de Enzo, y lo pongo entre comillas porque dormir lo que se dice dormir fue algo que hicimos poco.

Me dejó en el hotel a las seis de la mañana para que tuviera tiempo suficiente de darme una ducha, cambiarme de ropa y preparar lo que llevaría al set de rodaje ese día.

Han pasado dos semanas desde entonces, en las que hemos grabado en varios sitios y también en las que hemos pasado la noche juntos. Tanto en su casa como en el hotel. Sin definir qué somos y hasta cuándo durará esto. Nos estamos dejando llevar sin pensar mucho más.

He decidido que no voy a pensar en nada más y únicamente voy a centrarme en lo que somos cuando estamos juntos.

El plan de Valentina de hacer público el documental parece que ha surtido efecto y las amenazas han cesado.

Y, aunque alguna revista amarillista ha publicado alguna noticia sobre el rodaje y sobre cuál será el motivo por el que Enzo Silva ha decidido romper el silencio ahora, hemos podido grabar sin interrupciones.

Estamos a punto de terminar la jornada de hoy.

A Enzo por fin se le ve cómodo frente a la cámara, es como si en estas semanas hubiera desaparecido el peso invisible que se cernía sobre su cuerpo.

Tengo a mi lado a Dylan y estamos observando la imagen del monitor donde se muestra lo que están grabando.

—Ya me contarás cómo has conseguido que mi amigo se saque el palo del culo, cuñadita —susurra Dylan, porque seguimos rodando y el silencio es parte fundamental.

—Yo no he hecho nada, es todo cosa suya. Cuando deje la NFL quizá se decida por el arte audiovisual, quién sabe. Podría ser el protagonista de alguna adaptación literaria —respondo acercándome a su oído para que me oiga bien.

—Ja, pagaría todo mi dinero a quien sea por poder ver eso.

Pero créeme cuando te digo que algo de efecto sí que has tenido en él.

Lo conozco, y eso es el amor, que ha conseguido derretir ese corazón de hielo que hacía que no le corriera sangre por las venas.

—Dylan habla en voz baja, pero Mateo nos fulmina con la mirada para que nos callemos.

—Deja de decir tonterías, anda —susurro aguantándome la risa porque no quiero volver a ser la diana de las miradas asesinas de mi mejor amigo.

—Corten. Lo tenemos. —La voz de Mateo dando por finalizada la grabación nos saca del habitual vacile que tenemos el representante de Enzo y yo. Y es que mi amistad con su mejor amigo va afianzándose también.

Enzo se une a nosotros y los cuatro repasamos la última toma, por si hay algo que se nos haya pasado por alto. Cuando la damos por válida, los cámaras y los de sonido empiezan a recoger, pero un ruido hace que todos nos giremos.

—Mierda —exclama Dylan al ver lo que pasa.

El sonido es pronto acompañado por unos flashes que nos ciegan. Varios reporteros se aproximan, micrófono en mano, seguidos por unos camarógrafos. Y empieza el descontrol que tanto habíamos temido y del que pensábamos que nos habíamos librado.

Mateo es el primero en intentar parar el espectáculo.

—No podéis estar aquí, es un rodaje privado —explica tratando de mediar.

—¿Privado? Por favor, estáis en la calle, al aire libre.

Enzo, nos gustaría hablar un par de minutos contigo.

¿Qué es esto? ¿Una especie de documental de tu vida?

¿Por qué ahora, después de tantos años de silencio?

—pregunta un periodista de muy malas formas invadiendo el espacio, acompañado por su séquito, haciendo caso omiso de las palabras de Mateo.

—No voy a hacer ninguna declaración. Esto no es asunto vuestro —contesta Enzo directamente.

Su mirada me deja helada, y puedo ver que está muy tenso. Tengo miedo de que pueda explotar.

—En eso te confundes..., claro que es asunto nuestro. ¿Qué secretos escondes? ¿Dopaje? ¿Apuestas? ¿Amores prohibidos? ¿Por qué te has mantenido en silencio todos estos años? —lo increpa otra periodista.

Entiendo lo que están haciendo, quieren la noticia fácil, provocarlo para que salte y así tener en primicia el escándalo, ahora que Enzo es tendencia.

—Marchaos, por favor. No va a dar ninguna declaración. —Ahora es Dylan el que se pone delante de su amigo, intentando que este no pierda los papeles.

—¿Estáis tratando de manipular la verdad antes de que salga a la luz? —pregunta otro de los periodistas, volviendo a ignorar las indicaciones tanto de Mateo como de Dylan y haciendo que el compañero que lleva la cámara se aproxime a Enzo sin dejarle espacio casi ni para respirar.

—Aparta esa puta mierda de mi cara —exclama este tensando la mandíbula, señal de que está a punto de reventar.

—¿O qué? ¿La vas a romper? —lo reta el primer periodista, haciendo una señal a otro compañero que lleva la cámara para que no pierda ningún detalle.

En ese momento, y viendo que todo puede irse al traste en un segundo, decido acercarme a él por detrás y agarrarlo de manera sutil de la mano para que la ira que lo está consumiendo lo abandone y vuelva aquí. Que vuelva a mí. En cuanto mi mano toca la suya, Enzo me agarra con fuerza.

—Daniela, llévatelo de aquí. Nosotros nos encargamos de recogerlo todo. Y de distraer a estos gilipollas —me susurra Dylan al oído para que los periodistas no nos oigan.

—Enzo, vámonos —le ordeno mientras tiro con suavidad de él para que me siga.

Le cuesta unos segundos reaccionar, pero finalmente nos ponemos en marcha tratando de huir. Salimos de allí como podemos aprovechando que Dylan y Mateo están intentando calmar las aguas. Pero dos periodistas se han dado cuenta de nuestra escapada y nos siguen.

La situación es tensa, agresiva incluso, porque ellos siguen provocando a Enzo con sus preguntas de mierda, intentando ser de lo más dañino.

Cuando por fin llegamos al aparcamiento donde está McFly, al que los periodistas no pueden acceder porque los de seguridad no se lo permiten, nos montamos en el coche.

Noto cómo el aire vuelve por fin a mis pulmones.

—Lo mejor será esperar un poco. —Le paso la mano por la espalda acariciando sus tensos músculos.

Enzo apoya los brazos y la cabeza en el volante, con los hombros caídos. Es evidente que no está bien, pero ¿quién podría estarlo en su lugar?

—Mierda. —Da un fuerte golpe contra el volante.

—Mírame —le exijo, porque, lejos de amedrentarme, lo que quiero es intentar que se calme.

Pero no me hace caso. Está con los ojos fijos al frente, agarrando el volante con las manos tensas.

—Lo sé, ¿vale? Grita, pega, haz lo que necesites para eliminar la tensión que te está consumiendo por dentro. Pero primero mírame, por favor —vuelvo a pedirle con voz firme.

En ese momento, gira por fin la cabeza y consigo que sus ojos conecten con los míos. Le acaricio la cara y él me responde poniendo su mano sobre la mía. La coge y se la lleva a los labios, depositando un suave beso en ella que hace que me arda la piel, consumiéndome.

—Lo siento —susurra al fin con voz ronca.

Aunque no tiene por qué disculparse, él no ha hecho nada malo.

—Has aguantado muy bien. Yo les habría partido la cara a todos. ¿Me oyes? Han venido buscando que explotaras y no lo han conseguido. No les has dado la carnaza que querían —lo animo intentando que su humor cambie.

—He estado a punto de perder los papeles, Daniela. Tantos años aguantando en la sombra, callándomelo todo, para que ahora que por fin estoy intentando hacer las cosas bien... —Está en una espiral de autodestrucción, y tengo que intentar que cese y entienda que lo que ha pasado no es culpa suya.

—Enzo, para. Después de lo de hoy ya sabemos a qué atenernos. Valentina lo tendrá en cuenta y esto no volverá a pasar. Seremos más cautelosos.

—He sido un iluso pensando que lo dejarían pasar, que se conformarían con cuatro declaraciones por teléfono, que no vendrían a escarbar en la mierda.

Pero esa gente... esa gente sabía de lo que estaba hablando, esto no ha sido casualidad —escupe las palabras lleno de rabia, y me parte verlo de esta forma porque no se lo merece.

—Enzo, para —le repito—. Deja de mortificarte, no soporto verte así.

Sorteo el espacio que nos separa y me subo a su regazo. Él mueve el asiento del coche hacia atrás para que yo me acomode.

—Bésame, por favor —me suplica con la mirada triste.

Hago lo que me pide. Nuestros labios se juntan y nuestras manos empiezan a buscar más contacto, más piel. Es un beso intenso en el que pongo toda mi intención para que su tormenta no llegue a puerto.

—Odio que estés así —digo contra su boca.

—No quiero que te veas envuelta en esta mierda, Daniela.

—Deja que sea yo la que decida dónde quiero estar.

—De acuerdo, pero prométeme una cosa: si en algún momento todo esto es demasiado para ti, vete. No necesitaré ninguna explicación, no te suplicaré que te quedes para aguantar nada por mí.

—Enzo...

—Promételo.

—Te lo prometo.

Una promesa en vano que sé que no cumpliré, y menos ahora, que parece que las cosas se están torciendo estando tan cerca del final. Pero entiendo que esto es lo que necesita en este momento para volver a la calma.

—¿Vienes a mi casa? —La necesidad en su voz me pone en alerta.

—Sí, si tú quieres.

—Quiero.

Me bajo de su regazo y vuelvo a mi asiento. Enzo pone en marcha el coche y salimos del aparcamiento.

De camino, Mateo me llama para contarme que está todo en orden: han conseguido deshacerse de los periodistas porque Valentina ha llegado para mediar y la tensión ha disminuido.

Una vez en casa de Enzo, y después de cenar algo rápido, analizo en silencio lo que ha pasado y pienso en todo lo que podría haber salido mal en tan solo un abrir y cerrar de ojos. Tengo los nervios a flor de piel, pero me los trago porque no es lo que Enzo necesita en estos momentos.

Nos metemos en su cama casi sin hablar, pero sin dejar de tener contacto. De pronto es como si entre nosotros no hicieran falta las palabras y hablásemos con el resto de los sentidos.

Él se acerca a mí y va dejando un reguero de besos por mi cuerpo, buscándome. Pero, aunque yo lo desee más que nunca, no sé si es lo mejor en un momento como este.

—¿Estás seguro de que quieres follar? No hace falta...

—No, Daniela. No quiero follar, quiero hacerte el amor.

Me deja desarmada y derritiéndome por él.

Nos desnudamos despacio, sin prisas, con las sábanas de satén rozando nuestra piel.

Enzo besa con vehemencia cada resquicio de mi cuerpo, consiguiendo que se encienda cada una de mis terminaciones.

Cuando se sacia, saca un preservativo del cajón de la mesilla y se hunde en mi interior suave y lento, consiguiendo que mi espalda se arquee con el placer más absoluto al sentir cómo me llena.

Enzo araña cada parte de mi cuerpo con sus embestidas, llevándose con ellas una parte de mi alma, una que siento que él necesita después del día de hoy.

Esta vez percibo algo diferente, aunque no sé qué es, y la intimidad que transpiran nuestros cuerpos hace que por fin todas las dudas que tenía se disipen.

Nos estamos entregando el uno al otro de un modo mucho más intenso que en todas las demás ocasiones.

Nuestras miradas conectan cuando ambos llegamos al orgasmo al unísono, jadeando sin poder dejar de besarnos.

—Te quiero, Daniela —susurra Enzo contra mis labios mientras sale de mi interior con delicadeza.

Una lágrima escapa de mis ojos cuando pronuncia esas palabras, y es entonces cuando entiendo que estoy enamorada del hombre que ahora mismo me está meciendo entre sus brazos.

El vértigo me arrasa porque no sé cómo narices vamos a salir ilesos cuando la voz de «corten» llegue y ya no haya más claquetas que silencien la verdad que tenemos delante de nosotros.

Pero la realidad sale de mi boca en forma de diez consonantes y once vocales:

—Yo también te quiero, Enzo.

Y, así, ambos acabamos de apretar el botón de «REC», sentenciando que todo lo que vivamos a partir de este momento quedará grabado en nosotros sin que jamás podamos borrar ya esta primera toma.