47. Cena y clases de baile
Cena y clases de baile
Enzo
Cocinar con Daniela acompañándome se ha convertido en uno de mis pasatiempos preferidos: alterno sus besos y sus caricias con vigilar que nada que no sea yo se queme.
Cuando logro terminar el plato de pasta, pasamos al salón. Daniela me ayuda a poner la mesa y, sin pretenderlo, vislumbro un futuro para mí, uno lejos de mis pesadillas.
Por supuesto, nada de esto ha sido improvisado. Nada más salir de la consulta de Shepherd fui directo a comprarlo todo. Tenía un plan en mente y lo he puesto en práctica en cuanto he tenido la mínima oportunidad.
Terminamos de cenar entre risas, aunque yo aún tengo hambre. Pero no de comida.
—Estaba buenísimo, voy a empezar a pensar que lo de que eres un mal cocinero es mentira.
—Gracias, pero de verdad que no lo es. Aunque mi madre se encargó de que por lo menos supiera preparar la pasta de manera correcta. Herencia familiar. Pero no me pidas que haga nada más.
—Podría pasarme toda la vida comiendo esto.
—Alexa, pon «Dardos» de Romeo Santos y Prince Royce.
Me levanto de la silla y voy hacia Daniela en cuanto empieza a sonar la melodía. Veo cómo ella deja la copa que tenía en los labios y sonríe. Le ofrezco mi mano para que la use de apoyo para levantarse.
—¿Así que me vas a sacar a bailar?
—Te prometí clases de baile también, ¿no? —Su risa recorre toda la estancia y llena mi pecho de una cálida sensación. Desearía poder encerrar ese sonido para que me acompañase en mis días más oscuros.
Al ritmo de nuestros cuerpos, vamos deslizándonos por el salón mientras vibramos y sentimos la música. Daniela se mueve con gracia, se deja llevar por mí sin problema y bailamos en completa sincronía. Empiezo a creer que somos perfectos el uno para el otro.
Pasan varias canciones y nosotros no dejamos de tentarnos sintiendo cada nota, besándonos y disfrutando de la música que caldea también el ambiente.
—Debo reconocer que tenías razón, te mueves muy bien —me susurra.
—¿Suena demasiado pretencioso si te digo que me pone un poco que reconozcas que tengo razón en algo?
—No te acostumbres, Silva. —Giro su cuerpo, acerco su culo a mi polla y ella mueve las caderas de manera sensual contra mi erección.
Marty, que sigue en el sofá, atento a nuestros movimientos, nos mira con desdén y se va, pero no sin antes rozarse con la pierna de Daniela. Después desaparece por el pasillo rumbo a mi habitación.
—Parece que se ha ofendido —dice ella sin quitarle ojo a la bola de pelo que ya no está en nuestro campo de visión.
—Ya lo creo que sí. —Los dos rompemos a reír.
Nos sentamos en el sofá muy cerca el uno del otro, aún sin poder contener nuestra risa por el numerito de mi gato indignado. Pero, al parecer, la guerra la he ganado yo.
Bajo el volumen de la música y cambio el género; un poco de R&B ligero para que la atmósfera íntima siga entre los dos.
Daniela se fija en la foto que hay sobre el mueble de la televisión y se levanta para poder mirarla más de cerca.
—¿Puedo? —me pregunta acercando su mano al marco.
—Sí —respondo casi sin tener que pensarlo.
En otro contexto, este simple gesto me habría hecho sentir incómodo.
Es una foto que me recuerda el pasado y el presente.
Que las cosas pueden cambiar y que no somos los dueños de nuestro destino.
Puede ser difícil de entender, pero es algo privado y muy mío, y a pesar de ello, no me molesta que ella la toque y la mire.
—Sois Dylan y tú, ¿no? —Vuelve a sentarse en el sofá a mi lado con la foto en la mano.
—Y Archie, sí. Los tres. Hacíamos un buen equipo.
Siempre he querido pensar que han sido esos recuerdos los que han hecho que no pierda del todo la cordura.
—Se os ve felices.
—Lo éramos. ¿Cómo lo hiciste?
—¿Cómo hice el qué?
—¿Cómo aceptaste que tu madre no...? —La expresión de Daniela cambia—. Perdona, no quería...
—Sigue doliendo, Enzo. Si es a eso a lo que te refieres, no creo que nunca deje de doler, ¿sabes?
Aceptar que no voy a volver a verla sigue costándome.
Pero a mí, como te dije, me ayudó mucho poder hablar de ella con mi padre y mantener su recuerdo cerca.
Me niego a que este se pierda. No quiero tener que esconder lo mucho que significa para mí solo porque haya muerto.
—Ojalá yo pudiera hacerlo.
Daniela me mira clavándome sus grandes ojos marrones y deja el marco de fotos nuevo en la mesita. Después posa su mano sobre mi pierna y la mueve lentamente, dejando una sensación cálida con cada roce.
—Creo que ya estás empezando a hacerlo —dice—. Pero sigues teniendo miedo, te sientes culpable por haber conseguido lo que él soñaba. Y estoy segura de que tu amigo está orgulloso de ti, de todo lo que has logrado.
—No puedes estar segura de algo que no sabes.
—¿Y por qué no me lo cuentas?
—Porque a eso sí que le tengo miedo.
—¿Tienes miedo de lo que pueda pensar de ti? —Asiento—. Entiendo. Me tendrás aquí cuando estés preparado para compartirlo conmigo, Enzo. Pero debes saber que no me asusto con facilidad.
No quiero seguir por ahí, no quiero que los recuerdos empiecen a agolparse en mi cabeza y nos jodan la noche, así que cambio de tercio.
—Eres preciosa —le digo mirándola con fiereza.
—¿Intentas distraerme para cambiar de tema? —contesta acercando su boca a la mía.
—Puede ser... Me encanta esa forma tan tuya de descubrir mis intenciones.
—Y a mí me encantas tú, Enzo Silva.
Y, con esa frase, sellamos el destino de la noche. Nuestros labios colisionan, la ropa va desapareciendo. Entre caricias y risas terminamos en mi cama, disfrutando una vez más del cuerpo del otro.
Con jadeos, gemidos y promesas, acabamos exhaustos después del orgasmo. Daniela se levanta con intención de marcharse y volver a su hotel. La cojo por la cintura y la devuelvo a mi lado en la cama.
—Ni de coña te vas a ir. Pasa la noche conmigo.
—Enzo, no sé... No sé si es buena idea, mañana grabamos y...
—Prometo llevarte de vuelta al hotel a la hora que quieras, pero quédate, por favor.
—Vale.
Se acurruca conmigo pegando su culo en mi entrepierna. Tiene el pelo hacia un lado, lo que deja al descubierto su cuello, y no puedo evitar darle pequeños mordiscos.
—¿Te apetece ir a por la segunda ronda?
No hace falta que me responda, porque ya la tengo frente a mí, comiéndome la boca.