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46. Disfruta de mi chica

Disfruta de mi chica

Daniela

No sé qué esperaba encontrarme en la casa de Enzo. La de New Lake desprende una energía totalmente opuesta a esta: no sabría cómo describirlo, pero aquí todo parece más triste.

Según entras, hay un gran recibidor que da paso al salón, y de él parte un pasillo en el que hay varias puertas que deben de ser las de la cocina y las habitaciones.

Aunque se nota que los muebles y toda la decoración son de diseño, todo es demasiado impersonal.

Como si lo hubiera decidido alguien por él y Enzo se hubiese conformado con la primera opción sin mirar mucho más. Falta su esencia.

Eso sí, este sitio nada tiene que ver con la caja de zapatos donde vivo en Los Ángeles, creo que mi piso entero cabe en un trozo del salón.

—¿Qué te apetece tomar? —me pregunta sacándome del análisis mental que estaba haciendo de su casa.

—Una copa de vino blanco —digo con una sonrisa y con su sabor aún en mis labios.

—Eso está hecho. Y, bueno, esto... ¿Quieres que pidamos algo de cena o...?

—No me importa cenar pasta. La que preparaste la otra vez estaba muy rica.

Enzo me ha dicho varias veces que no se le da bien la cocina, pero todo lo que hizo cuando estuvimos en New Lake estaba muy rico. Y, como buena amante de la pasta, podría alimentarme de ella cualquier día a cualquier hora.

—Perfecto. He comprado guanciale para hacer carbonara, la auténtica. —Una brizna de emoción se intuye en sus ojos, lo que me hace pensar que quizá esta cita improvisada no haya sido en realidad tan espontánea.

—Me apetece mucho. No todos los días tiene una el placer de poder degustar un plato así hecho por alguien con raíces italianas. Y, además, estoy un poco harta de comer delivery . Me va genial algo casero.

—Voy a por el vino, signorina . —Me lanza un beso con guiño sugerente incluido y se marcha en dirección a la cocina.

A mí se me escapa otra sonrisa mientras niego con la cabeza, porque este hombre tiene ese efecto en mí.

Me siento en el sofá y espero a que vuelva cuando veo una bola de pelo naranja y de orejas puntiagudas que se aproxima.

—Hola, pequeñín, tú debes de ser Marty, ¿verdad?

El gato me mira como si entendiese lo que estoy diciendo y se acerca rozándome con su cabecita en mi pierna. Aproximo la mano suavemente para que no sienta que invado su espacio y él se estira para hacer contacto. En tan solo unos minutos, lo tengo ronroneando subido en mi regazo.

—Espero que no te importe que haya elegido el mismo vino que tomamos en New Lake. Yo no suelo beber alcohol, y como este te gustó he pensado que estaría bien. Aunque, como te dije, no entiendo mucho de vinos.

Me hace feliz que se haya acordado de esto; parecerá una chorrada, pero que tenga en cuenta esos detalles hace que mi corazón bombee de una manera que me da un poco de miedo admitir.

—Claro, no hay problema. Oye, tu gato es supercariñoso.

—Debes de estar de coña. —Enzo sale de la cocina con una copa entre las manos y nos mira alucinando al vernos en el sofá.

—¿Qué? —le pregunto extrañada. Esta bolita de pelo no podría ser más achuchable.

—Es la primera vez desde que lo acogí en casa que lo veo así con alguien. A mí me tolera más o menos. Pero a Dylan, por ejemplo, lo odia. No se deja tocar prácticamente, y ni mucho menos se muestra tan sumiso. Nunca se había tumbado así con alguien.

—Supongo que tengo un don —sentencio haciendo un mohín.

—Ya veo. Espero que esta noche no termine siendo una lucha entre los dos por ver quién tiene tu atención. —Enzo se sienta en el sofá a mi lado mientras Marty levanta la cabecita y lo mira con cara de pocos amigos.

—Yo también lo espero, porque habrá un claro ganador —lo pico un poco.

—¿Yo? —pregunta con ilusión en la mirada.

—Me temo que no, Silva.

—Maldito gato con suerte.

Cojo la copa que me ofrece con una mano mientras con la otra sigo acariciando a Marty, que ha vuelto a tumbarse relajado entre mis piernas.

Enzo se me queda mirando sin decir nada.

—¿Qué? —pregunto al ver que él sigue sin añadir palabra.

—Nada, perdona. Es que no esperaba que esta imagen me fuese a gustar tanto. Verte con Marty, en mi casa... Lo siento, estoy pensando en voz alta.

—Me gusta que lo hagas, Silva, si lo que vas a decir suena así.

—Voy a empezar a preparar la cena antes de que siga soltando más chorradas y pierda mi imagen de tipo duro. Disfruta de tu copa, Daniela. —Enzo se levanta y señala a su gato—. Y tú, pequeño traidor, disfruta de mi chica mientras puedas, porque has ganado el primer asalto, pero no la guerra.

¿«Su chica»? Al oírlo pronunciar esas palabras unas cosquillitas muy agradables me recorren entera, y sonrío sonrojada sin poder remediarlo. Su chica, yo...

Cuando doy el último sorbo a la copa de vino, muevo con mucha pena a Marty y lo dejo con cuidado en el sofá mientras me levanto.

—Me quedaría toda la noche a tu lado, pero creo que el gruñón que vive contigo también necesita un poco de mi atención. No te importa, ¿verdad?

El gato me mira y se estira entero para después volver a enroscarse, lo que entiendo como una afirmación de que puedo irme hacia la cocina tranquila.

—Qué bien huele por aquí. —Me acerco a Enzo por detrás y dejo la copa en la encimera de la cocina.

—Vaya, pensaba que tendría que quedarme cocinando solo mientras mi gato recibe todas tus atenciones.

—¿Estás celoso de tu propia mascota? —Él se da la vuelta y quedamos cara a cara—. ¿Puedes repetir lo último que le has dicho antes de marcharte del salón?

—Vas a tener que ser un poquito más específica, Daniela. —Me coge por la cintura con sus grandes manos y me acerca a su cuerpo. Yo me arqueo un poco mientras él deposita un beso suave en mi cuello.

—No te hagas el tonto conmigo, sé que sabes a qué me estoy refiriendo.

—En ningún momento he dicho que no lo sepa.

—Enzo...

—¿Te ha molestado que me haya referido a ti como «mi chica»?

—No.

—Bien, porque fuiste «mía» desde que nos cruzamos por primera vez en ese bar.

A continuación, tengo sus labios sobre los míos y nuestras bocas empiezan la tortuosa lucha por ver quién desea más de la otra.

Mis gemidos se amortiguan con el sonido de la campana extractora y el borboteo del agua mientras la pasta hierve.

Pero no es lo único que está caldeado en estos momentos, porque rápidamente y sin poder pararlo nuestras manos buscan el contacto del otro como una carrera de fondo que no tiene fin.

—No sé qué me estás haciendo, Daniela, pero no pares.

—Podría decirte lo mismo, Enzo —susurro contra sus labios cuando nos separamos para tomar aire.