45. ¿Qué tendrán los ascensores?
¿Qué tendrán los ascensores?
Enzo
Veo por el retrovisor cómo Daniela se acerca con rapidez a mi coche. Salgo para ayudarla a meter la maleta de maquillaje y ella me sonríe cómplice. Me quedo un poco embobado mirándola sin poder evitarlo. ¡Qué guapa es, joder!
Cuando ambos estamos dentro, arranco a McFly y pongo rumbo a mi casa.
—¿Así que cena y clases de baile? Me vas conociendo bien, ¿eh?
La sonrisa que me devuelven sus labios hace que aún tenga más ganas de besarla. Llevo todo el día sin poder despegar mi mirada de ella. Tenerla cerca y no poder tocarla de la manera en que necesito ha sido una auténtica tortura.
—He pensado que era un plan que no ibas a poder rechazar. Sé que mis dotes de bailarín te impactaron, pero no pude darlo todo. Espero poder resarcirme esta noche e impresionarte con mis movimientos sensuales e hipnóticos.
Daniela se ríe ante la confesión de mi plan.
—Sí me impactaron, sí, eso y la encerrona de nuestros amigos. Me tienes que contar dónde has aprendido a moverte tan bien.
—Supongo que lo llevo en la sangre.
—Pero...
—Lo sé, te conté la historia de mi madre y que volvió a Italia.
Y es cierto que, salvo que mi padre la dejó tirada cuando supo lo de su embarazo, no sé mucho más de él.
Pero hubo un tiempo en que sí quise saber.
Mi madre nunca me ha escondido nada, siempre ha sido muy sincera y, cuando le pregunté, me dijo todo lo que sabía.
Al parecer, tengo sangre dominicana. Aunque, según sé, mis abuelos llevaban ya años aquí cuando nació el desgraciado de mi padre.
El barrio donde he crecido es bastante multicultural, y allí la música siempre fue una forma de callar otras cosas.
—¿Y no has tenido la necesidad de buscarlo o...?
—No, Daniela. Y menos ahora. Cuando comienzas a ser conocido, hay gente que cambia contigo, y empiezas a desconfiar.
No sabes si se acercan a ti por la fama o porque realmente quieren hacerlo.
Y una persona que dejó a su suerte a una mujer y no ha vuelto a dar señales de vida no se merece que la busquen.
—Supongo que tienes razón.
—Siempre la tengo, preciosa. —Le guiño un ojo y la comisura de sus labios se eleva un poco.
La conversación de pronto se ha vuelto algo intensa, y aunque me siento bien contándole cómo crecí y de dónde vengo, no quiero que el tono de la noche cambie.
Quiero que esté a gusto y se sienta bien.
Pongo algo de música para ayudar a destensar el ambiente, y mi lista de reproducción, como siempre, ayudando.
«More Than a Woman» de Aaliyah empieza a sonar a todo volumen.
«De perdidos al río», pienso.
Empiezo a cantar la canción modulando mi voz para que suene lo más aguda posible y me muevo al compás de la melodía de R&B. Esto hace que Daniela se empiece a reír.
—Cada día me sorprenden más tus gustos musicales, Enzo. La primera vez que me llevaste al hotel y sonó Guns N’ Roses fue una tapadera, ¿no?
—Me has pillado.
—Me gusta que tengas tanta variedad musical.
—A mí me gustas tú. En todas las variedades que me des.
La miro a los ojos y mi mano se mueve sola para acariciar su pierna. Ella baja la vista y en su boca se dibuja una sonrisa. Estaría dispuesto a pagar una cantidad ingente de dinero por que me aseguraran una de esas una vez al día.
—¿Y qué vamos a cenar? Recuerdo que dijiste que no eras buen cocinero.
No pretenderás usarme a mí, ¿no? Te advierto que se me da fatal.
Si me dejas el tiempo suficiente en una cocina, es muy posible que cree una bomba que acabe con la humanidad.
Otra de las razones por las cuales me mudé a Los Ángeles fue esa.
Con el ritmo frenético de la ciudad, es más fácil comer fuera de casa o pedir comida a domicilio.
—Había pensado cocinar pasta, pero si prefieres otra cosa, pedimos algo. Y aunque se te diera bien la cocina, preferiría que tus manos estuvieran ocupadas en otro sitio que nada tiene que ver con la comida.
—Dicen que de esperanzas vive el hombre. —Me mira con picardía y levanta los hombros.
—Y también que es lo último que se pierde, Daniela. No lo olvides. —Alterno la mirada entre ella y la carretera mientras voy sorteando coches.
—Le he dicho a Mateo que me iba contigo. A tu casa. ¿Te parece bien? —me pregunta un poco nerviosa.
—Me parece perfecto, te dije que te dejaría que marcaras tú el ritmo, así no tendré que escabullirme de tu hotel la próxima vez.
Que le hable de sus planes conmigo a su amigo me hace sentir bien.
—¿La próxima vez? Señor Silva, está usted muy seguro de que habrá más ocasiones, por lo que veo...
—Todas las que usted quiera, señorita Miller.
El trayecto hasta mi casa se me hace largo de narices, estoy un poco nervioso.
Daniela es la primera mujer que va a entrar en ella.
Y, aunque también ha sido la primera en estar en la de New Lake —sin contar a mi madre—, esto es distinto.
New Lake tiene otro efecto en mí. Estar lejos de aquí hace que me olvide de todo lo que he vivido en esta ciudad.
Aquí se encuentran todos los recuerdos que me atormentan.
Cuesta olvidar cuando todo lo que me rodea me hace volver al pasado.
Mis encuentros con otras mujeres siempre han sido casuales, y he intentado mantenerlas alejadas de mi entorno para no poner en peligro mi privacidad. Pero con Daniela todo es diferente, yo me siento distinto.
Cuando por fin llegamos y dejo a McFly en el aparcamiento, apago el motor y tomo una gran bocanada de aire, Daniela me mira de forma extraña.
—¿Estás bien? —la observo intentando que no piense que tengo dudas o que no estoy seguro.
—Sí, perfectamente. No te preocupes. Aunque tengo que decirte algo antes de subir.
—¿Debería preocuparme? ¿Ahora es cuando me dices eso de que tienes un cuarto de juegos y tengo que firmar un contrato para poder entrar en tu casa?
—Joder, no. —Me hace reír y consigue que el nubarrón de mi cabeza se disipe por completo. A esto me refiero cuando digo que con ella es diferente, no sé cómo lo hace, pero tiene ese efecto en mí, natural sin forzarlo.
—No vivo solo —añado, y Daniela me mira atónita.
—Esto sí que no me lo esperaba.
—Tengo un gato, se llama Marty y es un poco especialito.
Como ahora me diga que es alérgica, voy a estar jodido.
—Entonces es como tú —dice riéndose ante la comparación.
—Muy graciosa —añado mientras saco la llave del contacto del coche.
—Espera... —Daniela me agarra del brazo—. ¿Tu gato se llama Marty? ¿Y tu coche McFly? ¿Tienes también un condensador de fluzo? —La carcajada de Daniela resuena por todo el coche.
—No, pero molaría. Y, sí, ahora sabes mi secreto. Soy muy fan de Regreso al futuro .
—Vaya caja de sorpresas... Me gusta este Enzo que estoy descubriendo.
—Estoy diseñado para sorprenderte. Aprovéchate, que como yo quedan pocos.
Guío a Daniela hasta el ascensor que lleva directo a mi casa. En cuanto las puertas se cierran, el ambiente entre los dos cambia y yo ya no aguanto más. En un acto impulsivo, bloqueo las puertas y ella me mira interrogante al no entender lo que está sucediendo.
—¿Qué haces, Enzo?
—Joder, esto.
Me lanzo a por su boca con unas ganas que no soy capaz de gestionar. Daniela me recibe con la misma intensidad y nuestras lenguas chocan y lamen en un beso que está lejos de ser casto. Mi polla se sacude dentro de los pantalones al sentir cómo su cuerpo se tensa con mi contacto.
No sé qué estoy haciendo, pero no puedo ni quiero parar y, al parecer, ella tampoco.
Seguimos besándonos con intensidad mientras nuestras manos buscan los puntos más sensibles del otro.
La arrincono contra una de las paredes del habitáculo para poder tener aún más acceso a ella.
Mi boca se va deslizando por su cuello al tiempo que Daniela no puede reprimir un gemido ahogado que escapa de entre sus labios y que suena de lo más sexy en mis oídos.
Me vuelve completamente loco, todo en ella acciona un mecanismo de liberación en mí que hace que me sienta menos pesado, como si nada malo pudiera pasar cuando estamos juntos.
Me temo que me estoy volviendo adicto a ello.
—No sé qué me estás haciendo, pero no quiero que esto se acabe nunca.
—Enzo... —susurra pegando su cuerpo aún más al mío, como si nuestra cercanía no fuera suficiente.
Sigo besándola, sigo saciándome de su cuerpo y de las sensaciones que me ofrece, hasta que una voz al otro lado corta el ambiente que se había creado en estos dos metros cuadrados.
—¿Va todo bien, señor Silva? —Es Jeff, el conserje. Debe de haberme visto entrar en el garaje con el coche y le habrá saltado la alarma del ascensor.
Nos separamos a toda prisa, aún con las respiraciones agitadas. Daniela se ríe nerviosa, como si fuéramos dos adolescentes a los que sus padres acaban de pillar besándose a escondidas.
—Sí, perdona, Jeff. Debo de haber bloqueado las puertas del ascensor sin querer..., estaba intentando abrirlas.
—Disculpe, señor. ¿Necesita que llame a alguien? —me pregunta el hombre.
—No te preocupes, creo que ya está. Soy todo un manitas. —Miro directamente a Daniela cuando digo esto, y ella se ríe poniendo los ojos en blanco.
—De acuerdo, señor. Si necesita algo, avíseme.
—Gracias, Jeff. Que pases una buena noche.
El ascensor retoma su marcha. Cuando llegamos a mi piso, estamos muy juntos otra vez y muertos de la risa.
Las puertas se abren, saco del bolsillo las llaves de mi casa y abro.
Me quedo en el umbral y, en un gesto que intento que sea caballeroso, le cedo el paso a la mujer rubia que está consiguiendo a pasos agigantados devolverme esa luz que se apagó hace años dentro de mí.
—Bienvenida a mis aposentos, señorita Miller.
—Muchas gracias, señor Silva.
Cierro la puerta con el pie cuando ambos estamos ya dentro.