43. Niño de cinco años versus hombre de treinta y tantos
Niño de cinco años versus hombre de treinta y tantos
Enzo
Anoche me faltó muy poco para coger a McFly y plantarme en la puerta del hotel de Daniela, pero me contuve haciendo acopio de toda mi voluntad, ya que decidí respetar su espacio.
Tenía ya las llaves del coche en la mano cuando ella me pidió que no fuera, y, como necesitaba estar presente de alguna manera, cuando colgué el teléfono, llamé al hotel para que el servicio de habitaciones le subiera una sorpresa de mi parte.
Estoy esperando a Dylan para volver a revisar el comunicado que vamos a enviar hoy a los medios de comunicación.
Intento estar tranquilo y que la ansiedad no se apodere de mí, pero está resultando ser difícil de cojones.
Valentina no sabe quién puede estar detrás de las amenazas, pero yo desde luego que me hago una ligera idea.
Sin duda es su forma de actuar, lo que no sé es cómo se han enterado de que estoy haciendo esto.
Desde que supe lo que está sucediendo me he estado lamentando por no haber sido más cuidadoso.
Solo quiero contar lo que pasó y que esto acabe de una vez por todas.
Oigo cómo aporrean la puerta de mi casa mientras Marty, que está en el sofá conmigo, pega un salto y se va hacia mi habitación.
La forma escandalosa de llamar es señal inequívoca de que mi amigo ha llegado. Me levanto y le abro.
—¿No sabes tocar el timbre como una persona normal? ¿Tienes que parecer del puto FBI y que vas a echar la puerta abajo o qué? —lo regaño mientras él entra dándome una palmada en el hombro, acompañado de un gesto con la cabeza a modo de saludo.
—Si llamara como alguien normal, perdería el golpe de efecto. Pero no estás preparado aún para tener esta conversación, mi pequeño padawan .
—Es demasiado pronto para tus tonterías, tío. ¿Qué tal la reunión de ayer?
—Larga —dice escueto mientras se sienta en el sofá del salón.
—¿Me has enviado...? —Dylan me corta antes de que pueda terminar de formular la pregunta.
—Sí, lo tienes en el puto e-mail. Pero deja de darle vueltas, está perfecto para todos los que lo hemos revisado menos para ti, que cada vez que lo relees le sacas una pega diferente. De verdad, Enzo, relaja un poco.
—Tienes razón, perdona. Estoy de los putos nervios.
Veo cómo mi amigo abre mucho los ojos y me mira con cara de haber visto un extraterrestre.
—¿Puedes repetir eso? —me pide con tono sorprendido.
—¿Que estoy de los nervios?
—No, no, lo otro.
—¿Que tienes razón?
Se acerca a mí con sigilo y cara de payaso.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amigo Enzo Silva? Esto es el efecto Daniela, ¿verdad? —suelta finalmente, partiéndose el culo delante de mi cara.
—Paso de tus gilipolleces, tío —sentencio medio desesperado.
—Ahí está..., ese ya es más tu estilo. Coñas aparte, no sé cómo lo vas a hacer, pero no puedes dejar escapar a esa chica. Te he visto sonreír más veces desde que ella está aquí que en todos los años que te conozco.
—Dylan... —pronuncio su nombre con tono serio, lo último que necesito ahora mismo es esto.
—Que sí, que sí... Ya sé lo que está pasando por tu cabeza y que crees que eres la peor persona del mundo, merecedora de todo el mal que te ocurra y todas esas mierdas.
Pero esa no es la realidad, y ahora que vas a contarlo todo al mundo te darás cuenta de que tengo razón. Va siendo hora de que lo asumas.
No quiero seguir dándole vueltas a qué pensarán todos cuando sepan la verdad.
Sé que es algo que tengo que hacer, pero no sé si estoy preparado para ver las caras de decepción de todo el mundo.
Aunque mi amigo no para de repetirme lo contrario, su opinión dista mucho de como yo me siento.
Las decisiones que tomé por cobardía, y que durante años he mantenido ocultas con losas, han ido añadiendo peso a lo largo de todo este tiempo.
A veces pienso que lo que me ha pasado es el karma que tengo que pagar en vida.
—Ya lo veremos —sentencio sin añadir nada más.
Dylan me mira y cambia de tema al comprobar el tono sombrío que se ha instalado en mí.
—Entonces, ¿doy el okey al equipo para que manden el comunicado?
—Sí.
—Sabia decisión. —Con el móvil en la mano, hace unos movimientos—. Hecho. Por cierto, ¿dónde se ha metido el demonio de gato ese que tienes por mascota?
—Se ha pirado en cuanto has aporreado la puerta. ¿Qué pasa?, ¿le has cogido cariño en los días que has tenido que hacerte cargo de él o qué?
—¿Qué? Ni de coña, pero me alucina lo pasota que es... —Marty es un gato muy gato, yo lo sé perfectamente, pero nadie que no sea yo tiene permiso para meterse con él.
—No es un perro, tío. Los gatos tienen otro carácter distinto, no va a venir a saludarte moviendo el rabo...
—Bah... ¿Y yo qué tengo que hacer para que me invites a un café, colega? ¿Menear el rabo o ser un cabrón como tu gato? —me pregunta haciendo un gesto, que habría preferido que no hiciera, con su paquete en la mano.
—Eres insufrible, ahora vuelvo con el café del marqués, pero la polla dentro de los pantalones.
—Dedicándote a lo que te dedicas, no pensaba que a estas alturas tuvieras pollafobia...
—Soy quarterback, pedazo de imbécil. Si lo dices así, parece que me dedique a otra cosa.
—Ese puto vestuario es un vergel de pitos, y no digas que no...
—Que te jodan.
Voy a la cocina a hacerle el dichoso café a mi querido amigo. Sopeso la opción de añadirle sal o alguna especia picante para vengarme del tío que está sentado en el sofá de mi salón, y me río para mis adentros porque en realidad tengo suerte de tenerlo en mi vida.
Con el doble expreso en la mano, voy a su encuentro cuando un dolor intenso me noquea por completo.
—¡JODER! —grito al tiempo que consigo, no sé cómo, dejar la taza en la encimera.
Esta vez no es tan intenso como el episodio que sufrí en New Lake, pero es igual de paralizante. En segundos, y posiblemente alarmado por mi grito, Dylan aparece con una rapidez asombrosa en la cocina.
—¿Qué coño pasa, Enzo? ¿Estás bien?
Intento hablar, pero el dolor aún persiste, y no soy capaz de articular palabra. Dylan viene a ayudarme porque estoy doblado sin poder moverme.
—Me cago en la puta, tío. Estás pálido, joder. Mierda, mierda... ¿Dónde tienes las putas pastillas? —me pregunta buscando con la mirada a su alrededor.
Le señalo como puedo uno de los armarios de la cocina, donde se encuentra el bote naranja, y él asiente con la cabeza.
Me ayuda a llegar hasta el sofá y, cuando consigo sentarme, parece que el dolor ha remitido un poco.
—Gracias —le digo con un hilo de voz.
—Ahora vengo —me contesta, y no logro descifrar si está cabreado o preocupado.
Vuelve con las pastillas en la mano y un vaso de agua. Me tomo dos y suelto un suspiro cuando siento cómo el frío líquido me baja por la garganta.
—¿Es la primera vez?
Lo miro debatiéndome entre decirle que no o seguir manteniéndolo en secreto. Pero es absurdo esconder algo que él va a terminar sabiendo, así que opto por sincerarme.
—No. Es la segunda que me da de esta forma.
—Mierda, tío. Te dije que Mark me había dicho que tenías que ir a la consulta, joder. Tendrán que hacerte más pruebas o algo.
—Y yo te dije que no van a servir de nada. Sabes el diagnóstico al igual que yo y cuál es la solución, solo tengo que aguantar un poco más. Ahora no puedo enfrentarme a esto.
—Eso era antes de que te diera un puto ataque como este... Bueno, dos. Si te pasa esto mismo mientras conduces, ¿qué coño vas a hacer? Joder, Enzo.
—He empezado a tomar las pastillas como es debido y...
—No me toques los cojones, eres como un puto niño.
—De verdad, Dylan, ahora no me sermonees. No es lo que necesito en estos momentos, por favor.
—Y yo no necesito que otro amigo mío se mate por hacer el imbécil. —El tono frío que emplea al decirme esto me hace reaccionar y darme cuenta de su realidad de la peor manera posible.
Golpe bajo pero necesario, porque a veces se me olvida que él también estaba allí. Se me olvida que vivió la muerte de Archie conmigo, que estábamos los dos impotentes mientras nuestro amigo sufría una puta sobredosis.
—Iré, ¿vale?
Me mira con los ojos entrecerrados, desconfiando de mi palabra.
—Llama ahora mismo a Mark y que te dé una cita urgente. No pienso moverme de aquí hasta que oiga el día y la hora —me ordena mientras me tiende mi teléfono, que está encima de la mesa baja del salón.
—¿Tengo cinco putos años ahora o qué? —Cojo el móvil de entre sus manos de malas maneras.
—No, tienes casi treinta más, y eso es lo peor de todo, que no te comportas como tal. Llama —me advierte una vez más.
Hago acopio de toda la paciencia que me queda, porque por muy cabezota que sea, soy consciente de que, para variar, Dylan tiene razón, y en parte no quiero ir porque estoy cagado con lo que puedan decirme.
Estos dolores no son normales, no entraban dentro del diagnóstico que me dieron, y me da pánico que la lesión se haya extendido o se haya agravado y todo haya cambiado.
Que lo que tenga sea mucho más complicado de tratar, pero estoy intentando poner en orden mi vida, y debo empezar a actuar como un hombre y no como un niño asustado.
Así que marco el número de la consulta del doctor Shepherd.
—Hoy a las cinco de la tarde. Me han hecho un hueco, por ser quien soy, claro, en plan favor... No había más opciones. ¿Contento?
—Sí —me dice sin titubear y con un tono más calmado.
—Mierda —susurro en cuanto caigo en la cuenta de la cagada que acabo de hacer.
—¿Qué? —Me mira sin entender nada.
—Había quedado con Daniela esta tarde.
—Lo siento, pero vas a tener que anular la cita con tu enamorada —suelta vacilándome en su tono habitual de mofa, aunque no sirve para quitarme el malestar que siento.
Tener que anular mi cita con Daniela no me hace ni puta gracia.
—No estoy para bromas ahora mismo.
—¿Y cuándo lo estás? Venga, tío, ella lo va a entender.
Y quizá sí que lo entendería si supiera adónde tengo que ir en realidad. Pero tendré que soltarle alguna excusa absurda sin poder entrar en muchos detalles.
Y este es el rumbo que lleva mi vida desde hace años: cuando parece que todo empieza a reconducirse, pasa algo que hace que vuelva a saltar por los aires.