42. Y que comiencen los juegos.
Y que comiencen los juegos...
Daniela
Estoy parada enfrente de las oficinas de Dylan. Valentina nos ha reunido aquí a gran parte del equipo y, aunque no estoy nerviosa como tal, dado que ya sé lo que más o menos nos va a decir, no saber exactamente cómo funcionaremos y cómo será la dinámica de trabajo me tiene expectante.
El edificio que tengo delante se podría catalogar como el típico lugar con oficinas, sin ser demasiado imponente, pero sí lo suficiente para saber que el alquiler debe de ser de varios miles.
Nos han dado indicaciones de que esperemos abajo y que vendrán a buscarnos.
Para no variar, soy la primera en llegar.
Mateo anoche no volvió al hotel, lo que me indica que su cita salió bien. He recibido un escueto mensaje suyo esta mañana diciendo que nos veríamos aquí por la tarde.
—Ey, rubia —oigo que me llama una voz masculina.
Me vuelvo para ver de quién se trata y compruebo que es Dylan, que está saliendo por la puerta principal y que viene directo hacia mí.
—Hola, guapo. ¿Te vas ya? —pregunto, porque pensaba que se quedaría a la reunión, pero al verlo salir ahora tengo dudas de que así sea.
—Para mi desgracia, no. He visto que estabas sola dando vueltas en círculos como un perrito perdido y he venido a buscarte. —Lo miro extrañada, y él me señala una esquina del edificio—. Hay cámaras, todavía no he desarrollado superpoderes. Has llegado pronto, pero tu jefa está arriba ya, ¿subes?
—¿Solo está ella?
—Sí, el príncipe gruñón está en sus aposentos, lamentándose por su existencia, supongo. —Su comentario me hace reír—. Venga, cuñada, vamos arriba y te preparo un cafecito, que esa reunión que vamos a tener tiene pinta de que va a ser aburrida de la hostia.
Lo sigo y me fijo en el guiño que le lanza a la recepcionista y la sonrisa tímida que le dedica ella.
Salta a la vista la diferencia de edad entre ambos, y por un momento se me pasa por la cabeza que podría haber algo entre ellos.
Pero el coqueteo es una parte esencial de la personalidad de Dylan, así que ese cruce de miradas no tiene por qué significar nada.
Aun así, una vez que nos metemos en el ascensor le pregunto.
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué?
—La miradita con la chica de la recepción.
—Ah, eso... Nada, es complicado. —Dylan baja la mirada, lo cual me parece algo raro en él, y sigo preguntándole.
—¿Qué edad tiene? —Él suelta un suspiro antes de responderme.
—La suficiente para que no me lleven a la cárcel, pero por eso es complicado. —Emplea un tono para responderme que no le había oído antes, parece derrotado.
—Dylan...
—Tranquila, solo hemos tonteado un poco. Me corté en cuanto me enteré de nuestra diferencia de edad y de quién es su padre.
—¿Y quién es?
—El dueño de este edificio y de la mitad de San Francisco.
—Vaya...
—Sí, vaya.
Las puertas del ascensor se abren y la expresión de Dylan cambia por la que habitualmente suele tener, despreocupada y risueña. Los dos salimos y allí dentro se queda a medias la confesión que hemos compartido.
Su oficina está en la sexta planta, y la decoración es bastante minimalista.
Me guía hasta la que debe de ser la sala de reuniones, que dispone de una mesa larga de madera oscura y una docena de sillas colocadas alrededor de la misma.
Presidiéndola está Valentina, que sonríe y se acerca a mí en cuanto me ve entrar.
—¿Qué tal, Daniela? No ha venido mi hijo contigo, por lo que veo. —Tras mirar por encima de mi hombro para confirmar que en efecto he venido sola, me da un abrazo de manera afectuosa, como suele ser habitual en ella.
—Bien. No, Mateo me dijo que se incorporaba a la hora que nos habías citado. Ya sabes que yo soy un culo inquieto y siempre peco de llegar antes de la hora.
—Bueno, así nos da tiempo a tomar un café tranquilamente y charlar un rato, que hace mucho que no lo hacemos, cielo.
Y en ese preciso instante sé que en esa charla vamos a hablar de Enzo.
La reunión se alarga varias horas. Una vez han llegado todos, Valentina nos ha puesto al día de la situación y de los próximos movimientos.
También nos ha avisado de que tendremos que ser un poco más cautos a la hora de elegir las localizaciones para no sufrir filtraciones y que la prensa no pueda interrumpir nuestro trabajo.
Contaremos con el mismo equipo reducido para que siga siendo una producción íntima y no pierda su esencia, pero la presión será distinta, y muy posiblemente eso se vaya a notar en el ambiente de trabajo.
Por nuestra parte debemos seguir manteniendo total confidencialidad sobre el proyecto, tal y como hemos hecho hasta ahora.
Que se haga público no significa que podamos hablar de ello con libertad.
Cuando ella acaba su speech , nos pregunta si tenemos alguna duda al respecto y todos respondemos que no.
Si algo caracteriza a Valentina es precisamente su don para explicar y exponer, sin dejar cuestiones en el aire.
Una vez termina, nos despedimos sabiendo que pasado mañana retomamos grabaciones y que el comunicado para la prensa está casi listo para ser enviado.
Llego exhausta al hotel, no por cansancio físico, sino mental. He vuelto sola porque Mateo se ha quedado hablando con su madre cuando nos hemos marchado todos, así que ahora me siento un poco atrapada entre las paredes de esta habitación sin motivo aparente.
Me cambio de ropa y me pongo el pijama, me tumbo en la cama y desbloqueo el móvil.
Abro la lista de contactos y deslizo mi dedo por los nombres hasta llegar a la letra «E», me debato entre si llamarlo o no.
Estoy a punto de hacerlo cuando me sobresalto porque el teléfono empieza a sonar con una melodía estridente que no esperaba; soy de esas personas que siempre lo tienen en silencio, pero debo de haber activado el sonido sin darme cuenta.
Cuando recupero la compostura, descuelgo con rapidez antes de que la llamada se corte.
—Hola.
—Hola, preciosa. ¿Qué tal esa reunión?
—Larga pero esclarecedora. Te gustará saber que todo el equipo está al cien por cien contigo, Enzo. Tienes todo su apoyo, les ha parecido una guarrada que hayan intentado parar el documental.
—Me alegra saberlo, pero sobre todo me alegra oír tu voz.
—La verdad es que yo estaba a punto de llamarte también. No sé, igual suena raro, pero quería hablar contigo.
—¿De algo en concreto? —me pregunta serio.
—No, solo hablar.
—¿Estás bien, Daniela? —Mi tono de voz debe de haberlo alarmado.
—Sí, no me hagas caso.
—Está siendo demasiado, ¿no?
—No, tampoco es eso. Simplemente estoy un poco de bajón. Nada que no se me pase con algo de chocolate y una película de las malas.
Y es que parece que hoy tengo un nubarrón encima de mi cabeza que ha llegado sin avisar.
Siento más que nunca la lejanía de mi padre, estar fuera de casa también se me está haciendo un tanto cuesta arriba, y no saber a qué atenerme en el trabajo sin duda es uno de los principales motivos para que hoy esté así.
Sé que mañana me encontraré mejor, pero hoy me voy a permitir este pequeño bajón, es normal y no pasa nada.
—¿Quieres que vaya a buscarte? Podemos ver la película juntos si quieres, aquí o en el hotel, no me importa.
—No, de verdad. Además, no creo que tarde mucho en dormirme. Hoy soy una compañía nefasta.
—Como quieras. Mañana tengo unos asuntos que atender por la mañana, pero si te apetece, podríamos hacer algo por la tarde.
—Me apetece mucho.
—Eso está hecho, preciosa. Descansa.
—Y tú.
Colgamos con la promesa de vernos al día siguiente por la tarde.
Podría haberle dicho que viniera, pero es cierto que me apetece estar sola y poner en orden toda la información que se agolpa en mi cabeza.
Cojo el iPad y abro la aplicación de streaming para elegir la película con la portada más cutre que encuentro.
Cuando estoy a punto de darle al play , llaman a la puerta de mi habitación.
—Señorita Miller, servicio de habitaciones. Se lo dejo aquí fuera. Que pase una buena noche.
¿Servicio de habitaciones? Pero si no he pedido nada.
Abro y cojo la bandeja que han dejado en el suelo del pasillo. La meto dentro y descubro su contenido. Varios tipos de chocolates, incluidos mis amados Reese’s, fresas, nata, un bol de helado y una nota.
Disfruta de la película.
Gabriel
Una sonrisa aparece en mis labios, no hay duda de que este hombre sabe cómo estar presente sin estarlo.
Gracias, todo tiene una pinta estupenda. 😉
El doble check no tarda en aparecer.
No hay de qué. Disfrútalo, preciosa.
Ahora pienso que seguramente lo disfrutaría mucho más en su compañía, y una especie de arrepentimiento me invade de pronto.
No sé qué pedal está tocando Enzo dentro de mí, pero empiezo a sentir un vértigo como cuando aceleras a fondo y las palabras que me dijo en su casa de New Lake me acometen como la lluvia torrencial que cala hasta en lo más profundo sin avisar.
Porque si algo tengo claro es que aún no conozco del todo su historia, y cuanto más aceleremos más difícil será sortear la primera curva que nos encontremos en el camino.
Solo espero que, llegado el momento, los airbags amortigüen el impacto del choque.
Me duermo sin terminar de ver la película, es tan mala que me sume en un profundo sueño al que acuden a verme fantasmas de un pasado no tan lejano. Fantasmas que me repiten una y otra vez que pronto tendré que enfrentarme a ellos.
Me despierto empapada en sudor y con el corazón acelerado, me levanto y voy hacia el baño para mojarme un poco la cara. El agua fría sobre mi piel me viene bien y me ayuda a deshacerme de esa desazón que se ha apoderado de mí mientras dormía.
Me meto en la cama y ojeo en Instagram el perfil de Vogue para ver los últimos shootings editoriales que han publicado. Cuando empiezo a sentir el peso de mis párpados, dejo el teléfono y me quedo dormida.