40. Cuando las paredes empiezan a oprimirte
Cuando las paredes empiezan a oprimirte
Enzo
Después de volver de la oficina de Dylan y de estar un par de horas en casa deshaciendo las maletas bajo la atenta mirada de Marty, me pongo a hacer algo de ejercicio, pero no puedo más.
He elaborado una lista mental de por qué lo que estoy a punto de hacer es una malísima idea, pero es que o lo hago o siento que voy a volverme loco. Más de lo que lo estoy ya.
Bajo al garaje y arranco el coche. La dirección del hotel aún la tengo guardada en el GPS, eso va a ser lo fácil.
Lo difícil será conseguir que me digan en qué habitación se aloja Daniela y, aunque no suelo hacer uso de mi fama, creo que esta va a ser una de las pocas ocasiones en las que sí emplee mi nombre en mi propio beneficio.
Cuando llego, aparco a McFly y entro en la recepción. Tras el mostrador hay una chica pelirroja que, por cómo me mira, no me cabe la menor duda de que me ha reconocido.
—Hola, buenas tardes. ¿Podría decirme el número de habitación de una huésped? Me ha citado aquí, pero se le ha olvidado comunicarme adónde debo dirigirme. —Intento ser lo más cordial que puedo, intercalando mis palabras con sonrisas.
—Eh, esto... Sí, claro. Si me disculpa, debo..., tengo... Perdón. —Está claro que está nerviosa por mi mera presencia—. ¿Podría decirme el nombre de la persona que busca?
—Sí, por supuesto. —Me apoyo en el mostrador y vuelvo a sonreírle—. Es Daniela Miller.
—Perdón, debe de tratarse de un error, porque la señorita Miller no ha dejado ninguna indicación al respecto. No puedo darle ese tipo de información. Es confidencial.
Mierda, estaba claro que no iba a ser tan fácil. Por otra parte, me alegra saber que no van dando los datos de los huéspedes a cualquier pirado que se presente en la recepción.
—Bueno, Sarah. —La llamo por el nombre que aparece en la placa que lleva en la chaqueta del uniforme, tratando de resultar lo más cercano posible, pero sin ser intimidatorio—. Verás, voy a serte totalmente sincero, ¿puedo?
Ella me mira embelesada y asiente.
—Quiero darle una sorpresa, somos muy amigos. Seguro que hay alguna manera de que podamos llegar a un acuerdo y me des esa información confidencial. ¿Verdad?
—Eh, bueno... Quizá... Mi... mi hermano es muy fan de usted y de su equipo, señor Silva... Si pudiera darme su autógrafo y nos pudiéramos sacar una foto... Pero, por favor, no puede decirle a nadie que yo le he proporcionado la información o me sancionarán.
—Soy una tumba, Sarah. Se me da genial guardar secretos. —Le guiño un ojo y ella me pasa un bolígrafo.
Después de firmarle en un bloc de notas y de sacarnos un selfi con su móvil, por fin me da la información que necesito para seguir con mi plan suicida.
Llamo a la puerta de la habitación de Daniela, pero, para mi puta mala suerte, nadie responde al otro lado.
Me importa una mierda el tiempo que tarde en volver, de aquí no me muevo hasta que no hable con ella cara a cara.
Me estoy arriesgando a que me vea alguien que no deba, pero para eso le pago a Dylan.
Ya se encargará de hacer lo que tenga que hacer si eso sucede.
Y esta vez no podrá quejarse: estoy siguiendo sus consejos de luchar por lo que quiero.
¿No quería que tuviera vida amorosa? Pues esto es lo único que se me ha ocurrido hacer para intentar tener una.
Llevo un buen rato sentado sobre la moqueta del pasillo, apoyado en la puerta de la habitación que me ha indicado la recepcionista.
Cuando empiezo a plantearme que quizá me ha mentido y es otro número, me llega un mensaje que hace que salga del bucle de pensamientos negativos en el que me he sumido en estos últimos minutos.
Yo también creo que debemos hablar. ¿Nos vemos esta tarde?
Estoy a punto de responderle para preguntarle dónde está cuando unas risas me hacen girar la cabeza en dirección al ascensor. Primero sale Mateo y después Daniela, y ambos se quedan parados mientras me miran muy sorprendidos.
—Pero ¿cómo cojones ha llegado tan rápido? —oigo que le pregunta Mateo.
—Es imposible... —dice ella incrédula al verme sentado frente a su puerta.
Me levanto esperando a que lleguen hasta mí.
—Hombre, Romeo..., quizá debería cambiarte el mote y ponerte Flash, aunque espero que no seas tan rápido para todo... —me saluda su amigo dándome una palmada en el hombro—. Os dejo para que habléis, o lo que sea...
Acto seguido, mira a Daniela levantando rítmicamente las cejas y lanza un besito al aire.
Este tío es un puto personaje, pero estoy empezando a cogerle cariño, la verdad. Aunque negaré haber dicho estas palabras hasta el día en que me muera.
Se marcha descojonado sin darme opción a réplica y se mete en su habitación, que está al otro lado del pasillo.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta ella con las manos apoyadas en las caderas.
—Me has escrito tú, ¿no? —respondo intentando sonar gracioso para quitarle hierro a eso de estar aquí esperándola como un puto loco.
—Enzo, ni de coña te ha dado tiempo a venir, el mensaje lo has recibido hace dos minutos... —La broma me ha salido como el culo, y Daniela está empezando a cabrearse.
Empiezo a conocer esa mirada de fiera que me dedica cada vez que le toco los ovarios de más.
—Vale, no te enfades, ¿podemos ir adentro? —le pido casi suplicando.
—Sí, claro, será mejor.
Daniela pasa la tarjeta por el lector de la puerta y una luz verde nos indica que podemos entrar.
—Perdona el desorden, aún no he deshecho la maleta —se disculpa mientras cierra con el pie—. Puedes sentarte en la silla del escritorio si quieres.
—No te preocupes, yo no he deshecho la mía hasta hoy. He tenido la mente en otro sitio —confieso mientras me acomodo donde me ha indicado.
—¿Qué hacías esperando en la puerta de mi habitación, Enzo?
Directa y sin titubear, cómo me gusta esta mujer, joder.
—Necesitaba verte y hablar contigo, y como no me habías respondido... Mierda, acaba de parecer que estoy desesperado de cojones. —Me doy cuenta de lo ridículo que acabo de sonar según termino de decir la última frase.
—Un poco. ¿Y cómo has conseguido el número de mi habitación? Porque estoy segura de que yo no te lo he dicho...
—Quizá haya tenido que usar la baza de deportista famoso y guapo para conseguir esa información. —Sonrío intentando que después de esta confesión no me eche a patadas de su cuarto, que sería lo más normal del mundo.
—Vale, ahora has sonado a stalker de libro de dark romance . ¿Qué pasa, Enzo? Estoy segura de que no has venido hasta aquí arriesgándote a que cualquiera te vea porque no te haya respondido a un mensaje.
—Sí y no. Esta mañana he tenido la reunión con Valentina. —«Las cosas de una en una, Enzito...».
—Vale, es eso... —Por raro que pueda parecer, Daniela suena un poco decepcionada.
—No es solo eso . Pero primero necesito aclararlo, Daniela. ¿Estás al tanto de lo que ha pasado? ¿Te lo ha contado Mateo? —Estoy casi seguro de que su amigo le habrá dicho lo de las amenazas, pero necesito que me lo confirme.
—Sí, no habrás venido hasta aquí para decirme que me he quedado sin trabajo, ¿no?
—No, pero prácticamente va a depender de ti.
Ella me mira mientras se sienta en la cama frente a mí.
—Explícate.
—Valentina nos ha propuesto que contemos a la prensa y al público que estamos grabando un documental sobre mí, sin decir exactamente de qué va. Cree que así cesarán las amenazas, pero también atraeremos la atención de la prensa mientras seguimos trabajando en el proyecto.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Pues que existe la posibilidad de que se interesen por quienes formáis parte del equipo y..., bueno...
—Vale, lo pillo. Es por lo que te conté.
Asiento con la cabeza.
—No quiero que esto te salpique, Daniela. Me importas lo suficiente para que tu opinión lo cambie todo. Aún no le he dado una respuesta a Valentina, antes quería saber si tú estabas de acuerdo también.
—Vaya...
Se queda callada sin dejar de mirarme, sopesando qué añadir a continuación.
—Di algo más, por favor —le pido cuando la espera se convierte en una tortura.
—Enzo, es tu historia, y si estás dispuesto a poner el foco sobre tu cabeza para contársela al mundo es porque sin duda es muy importante para ti.
Nunca me antepondría a ello. No después de que yo no tuviese la oportunidad de contar la mía.
Decidas lo que decidas, cuentas con mi apoyo incondicional.
Aunque agradezco que me lo hayas dicho y haberme enterado de la situación por ti, la verdad.
—Acabo de quitarme un peso de la hostia de encima. Y ahora, a por el otro elefante en la habitación. —Este igual me va a costar un poco más.
—Enzo, no hace falta...
—Los días que he pasado contigo en New Lake han sido los mejores de mis últimos años, Daniela —la corto, porque ya lo creo que hace falta, hace tanta falta que me está comiendo por dentro—.
No quiero que te quede ninguna duda de que yo no hago esto con asiduidad.
A riesgo de quedar como un rarito, no lo he hecho nunca.
Te lo dije en su día, tienes algo que me calma por dentro, y aunque he estado tratando de negarlo, joder, estoy hasta los huevos de hacerlo.
Y sé que ahora es muy posible que todo se complique, pero, por otra parte, no quiero renunciar a ti ni a seguir conociéndote.
Podemos hacerlo como tú digas, con tus normas, pero necesito seguir teniéndote a mi lado.
Daniela se levanta y se me acerca. Instintivamente, mis manos van directas a su culo y la siento a horcajadas encima de mí.
—Yo también quiero ver adónde nos lleva esto, Enzo. Lo haremos siendo Mia y Gabriel, ¿qué me dices?
Sus ojos marrones se posan en los míos, y estoy convencido de que le diría que sí a todo lo que me propusiera.
—Ven aquí, Mia. Creo que me debes un beso desde ayer, y pienso cobrármelo con intereses.