Play off 39. ¿Quién dijo miedo?
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39. ¿Quién dijo miedo?

¿Quién dijo miedo?

Daniela

A pesar de lo cansada que estaba por el viaje de vuelta, no he conseguido pegar ojo durante la noche.

No después de que Mateo me pusiera al día de lo que había sucedido mientras estábamos en New Lake.

Todo el tema de las amenazas me ha puesto los pelos de punta, y no dejo de pensar en cómo se lo tomará Enzo cuando se entere.

Y, por si eso fuera poco, sé que tengo un mensaje pendiente que responder, aunque ahora mismo no sé muy bien qué decir.

Tengo un lío mental digno de estudio. Por una parte, no sé qué decisión tomará Enzo sobre el proyecto; en estos momentos, las grabaciones penden de un hilo al haberse filtrado.

Y, por otra, reconozco que me he acostumbrado a su cercanía, a pasar tiempo juntos.

Tampoco sé qué quiso decir con que no pensaba esconderme.

¿Esconderme de qué o de quién? ¿Acaso estaba intentando decirme que quiere que sigamos conociéndonos?

¿Quiero yo seguir hasta ver qué pasa entre nosotros?

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

Después de ducharme, desayunar y tener una conversación telefónica con mi padre que se ha alargado más de lo que esperaba, he quedado con Mateo para dar una vuelta por la ciudad.

Anoche preferí no contarle nada de lo que había pasado entre Enzo y yo en su casa, aunque mi amigo estuvo de lo más pesado por sacarme información, y sé que hoy no me voy a librar de su interrogatorio.

—Entonces, ¿te lo has follado? —me pregunta directamente mientras caminamos el uno al lado del otro.

—Joder, Mateo...

—No me gusta llamarlo de esa manera, Dani. Joder, me parece demasiado soez. Pero contéstame, anda. —Sus palabras no me hacen mucha gracia, y pongo los ojos en blanco.

—Ese intento de chiste que acabas de soltar sí que es soez, y encima te crees muy gracioso.

—Bah, venga, tía, no seas así. Siempre nos lo hemos contado todo, no entiendo por qué ahora es diferente. ¿Qué pasa?

En ese momento, el móvil de mi amigo lo avisa de que le ha llegado un mensaje.

—Para empezar, que estoy mezclando las cosas y estoy hecha un lío. Allí hemos estado muy bien, he podido conocerlo más y me ha gustado mucho lo que he visto de él. Nos abrimos el uno con el otro y nos contamos cosas muy personales...

Seguimos andando mientras yo le suelto la bomba. Mateo me mira sorprendido al captar lo que le acabo de confesar.

Hace una temperatura estupenda y, aunque el hotel no es muy céntrico, sí que está en una zona donde hay bastantes parques en los que se ven personas tumbadas disfrutando del sol o simplemente leyendo un libro, ajenas a la conversación que estoy teniendo con mi amigo, que está flipando.

—Espera, espera... ¿Le has hablado del «incidente»? —Me agarra del antebrazo y me para sin terminar de creerse del todo que le haya confesado mi terrible secreto a Enzo.

—Sí, recibí un mensaje estando allí. Alguien ha encontrado mi perfil privado de Instagram y ha querido hacerme saber que la huella digital no se elimina fácilmente.

—¿El de la foto de los gatitos? ¿Cómo han podido saber que eres tú?

El móvil de Mateo vuelve a sonar, pero por alguna razón mi amigo sigue sin hacerle caso a quien sea que está insistiendo en reclamar su atención.

—No lo sé, el caso es que el mensaje lo removió todo, me quedé bastante afectada y se lo conté. Enzo se mostró tan protector, tan cercano que... una cosa llevó a la otra...

—Ya veo. Bueno..., pues de nada... —me dice con sorna volviendo a su habitual carácter vacilón.

—¿De nada por qué?

—Por los preservativos, Dani, que seguro que les habéis dado buen uso. —La risa que suelta hace que varios viandantes se den la vuelta para ver de dónde procede ese sonido tan estridente.

—Qué gilipollas eres. La cuestión es que estábamos conectando o algo así, pero con el lío de tener que volver antes y demás, ha quedado todo en el aire. El ambiente entre los dos estaba ya muy raro ayer, y no sé...

—Cuando os vi en el aparcamiento, estabais demasiado cerca, había una tensión sexual que hasta hace un momento habría dicho que no estaba resuelta, amiga.

—Me asusté un poco, le dije que no era buena idea estar tan pegados en público, y me soltó que no pensaba esconderme. Me dio la sensación de que quería hablar de cómo iba a ser nuestra relación a partir de ahora.

—¿Y qué le dijiste?

—Justo llegaste tú para salvarme. —Levanto los hombros y pongo cara de circunstancias, prefiero no pensar en qué habría terminado la conversación si él no hubiese aparecido en ese momento.

—Mierda, si llego a saberlo, habría tardado más.

—Después me escribió un mensaje diciéndome que tenemos una conversación pendiente.

—¿Y qué le contestaste?

—Nada.

—¿Cómo que nada? —Mateo se para en seco y me mira sorprendido mientras su teléfono vuelve a sonar.

—No le he contestado aún.

—Daniela, como tu mejor amigo tengo que decirte que eres tonta. Y que deberías hacerlo ahora mismo.

—Tenía la reunión con tu madre hoy, no sé si es buena idea.

—Ese tío te gusta, mucho.

«¿Tan evidente es?», pienso.

—No es eso —intento negarlo, aunque no sé si estoy tratando de negárselo a él o a mí misma.

—Y una mierda que no es eso, Dani. Ahora mismo tienes un miedo de tres pares de narices porque sabes que vais a tener LA CONVERSACIÓN, y entiendo que todo es complicado. Pero, por otra parte..., ¿qué puedes perder?

—El trabajo, lo primero.

—Sabes que eso no va a pasar, déjate de chorradas. Y fluye un poco, que ya va siendo hora.

Qué fácil parece todo desde el punto de vista de mi amigo. Que fluya, me dice... Las últimas veces que he fluido, el resultado no siempre ha sido todo lo fluyente que debería.

—¿Y tú qué? ¿No vas a responder a quien sea que te está escribiendo tanto? —Ni de coña voy a ser yo la única juzgada aquí.

—Ah, eso... No es nadie... —Mi amigo me rehúye la mirada.

—Mateo, sé cuándo me mientes, y ahora es una de esas veces. ¿Quién es? —le insisto.

—¿Te acuerdas del chico de la universidad del que te hablé?

—Sí, por el que me dejaste tirada el primer día que llegamos aquí.

—Ese mism... Oye, yo no te dejé tirada —se apresura a corregirme.

—Bueno, ¿y qué pasa con él?

—Pues que también quiere tener LA CONVERSACIÓN.

—Pues creo que ha llegado el momento de buscar un sitio donde sirvan alcohol y tomarnos una copa de vino.

Hemos seguido caminando hasta llegar a una zona con un poco más de ambiente, así que creo que es el momento ideal para hacer una paradita de las nuestras.

—Es la mejor idea que has tenido hasta el momento, Dani.

Encontramos un bar de dudosa categoría, sin mucho encanto y cero aesthetic , y nos tenemos que conformar con unas cervezas porque no tienen vino.

Los minutos terminan convirtiéndose en horas y tenemos que pedirnos también algo de comer para compensar la ingesta de alcohol. Y menos mal que la comida, aunque no es nada del otro mundo, está bastante pasable.

Ponemos rumbo de vuelta al hotel sin poder parar de reír después de haber arreglado el mundo.

Estamos en la puerta a punto de entrar cuando Mateo me para y me mira de esa forma suya que sé que va a soltar alguna ocurrencia que terminará por meterme en problemas, lo que viene siendo habitual en nuestra larga relación de amistad.

A veces es él, otras soy yo, pero juntos siempre hemos sido como una bomba de relojería.

—¿Sabes qué? —me pregunta sentenciando, porque ya sé que va a dar igual la respuesta que le dé a lo que sea que se le haya ocurrido: él tiene un plan en mente que va a llevarse a cabo sí o sí.

—Cuando me miras así, me das mucho miedo.

—Creo que deberías escribirle ahora mismo a Enzo, así, sin pensar. —Chasquea los dedos como si con su frase quisiera hipnotizarme y que su idea me parezca la mejor que ha tenido nunca.

—Ni de coña —replico negando con efusividad con la cabeza.

—Venga, ponle algo como: «Te espero sin bragas en mi habitación, guapo». —Su comentario tonto me hace reír y consigue ablandarme y que su idea ya no me parezca tan descabellada. Siempre hace lo mismo, soy demasiado fácil, lo reconozco.

—No tienes remedio.

—Ahora de verdad, Dani, venga, escríbele, lánzate. —Me anima con una sonrisa de medio lado.

—Si yo le escribo a Enzo, tú le escribes a tu ligue de la uni. —No pienso ser yo la única que pringue aquí.

—Vale, a la de tres, y no vale hacer trampas. —A Mateo no hace falta convencerlo para cometer fechorías, él siempre se apunta.

Entramos al hotel entre risas mientras ambos sacamos los teléfonos.

Nos paramos a esperar a que llegue el ascensor y, con los móviles en la mano, escribimos nuestros respectivos mensajes.

Yo le enseño el mío a Mateo y él me enseña el suyo.

Contamos en retroceso y, cuando llegamos al cero, los dos le damos a enviar.

Cuando las puertas del ascensor se abren, nos subimos.

Nada más salir de él en nuestra planta nos detenemos en seco al ver que hay alguien sentado en el suelo, apoyado en la puerta de mi habitación.

—Pero ¿cómo cojones ha llegado tan rápido? —pregunta Mateo con la misma cara de sorpresa que yo.

—Es imposible...