38. Soluciones
Soluciones
Enzo
Estoy entrando por la puerta del despacho de Dylan. Ayer, cuando llegué a casa, no esperé a que fuera Valentina la que me llamase, sino que lo hice yo y quedamos en que nos veríamos aquí a primera hora de la mañana.
No quiso entrar en más detalles e intentó restarle importancia al hecho de que primero hubiera cambiado el timing para sacarme de la ciudad para, después, adelantar nuestra vuelta.
No soy idiota, tantos movimientos se deben a que ha pasado alguna cosa lo suficientemente grave como para que haya querido tener una reunión aquí de carácter urgente.
—¿Tú sabes algo? —Entro sin llamar y sin saludar. Esta mañana no estoy para dar rodeos, necesito respuestas ya.
—Me cago en la puta, Enzo. —Mi amigo pega un bote en la silla—.
Tú sí que sabes cómo saludar a tu mejor amigo después de estar días sin verlo.
Te superas con los años, pedazo de mendrugo.
Y no, sé lo mismo que tú. Pero, sea lo que sea, no será tan chungo como lo que se te haya pasado por la cabeza.
Relájate un poco, tío. ¿Quieres que te pida una tila para calmar esos nervios?
Yo estoy bien, gracias por preguntar, y de nada por cuidar de tu diabólico animal de compañía.
—Vete a la mierda.
—¿Qué coño te pasa? La última vez que hablamos por teléfono estabas la mar de simpático y ahora estás de un humor de perros. ¿No tendrá que ver con cierta rubia y con el hecho de que te hayas acostumbrado a su presencia y esta mañana te hayas despertado solo en tu castillo de penurias?
Y, una vez más, da en el clavo. Haber pasado toda la noche dándole vueltas a qué sería lo que tenía que contarnos Valentina y despertarme y ver que Daniela no estaba cerca ha sido la combinación perfecta para ponerme de mala hostia.
Tampoco ha ayudado que no me haya respondido al mensaje que le envié ayer.
Es como si hubiera rozado el cielo y, sin más, hubiera vuelto de repente al puto infierno.
—¿Y qué pasa si tiene que ver? —replico intentando desahogarme.
Mi amigo abre mucho los ojos, casi podría afirmar que mi pregunta le ha hecho especial ilusión.
—Nada, que por fin eres un humano funcional que empieza a tener sentimientos, tío. Las cosas en New Lake han ido mal, ¿no?
Me siento en una de las sillas del despacho y me llevo las manos a la cara.
—Qué va, ese es el problema... Que las cosas han ido de puta madre. Pero, al llegar aquí..., pum, todo se ha esfumado otra vez. Esta ciudad está maldita.
—Venga, alma en pena, no será para tanto. Los problemas, de uno en uno. Vamos a esperar a ver qué nos cuenta Valentina y después me pones al día de tu atormentada vida amorosa. —Dylan se carcajea, parece que la situación le resulta de lo más graciosa, está disfrutándolo y no lo esconde.
—¿Qué cojones te hace tanta gracia?
—Que llevo años esperando.
—¿Esperando el qué?
—Que tuvieras una vida amorosa que hubiera que solucionar.
Mi pequeñín se está haciendo un hombre y por fin el tío Dylan va a poder sacar la biblia del amor, que lleva tantos años perfeccionando, para que su discípulo haga uso de ella.
—Se acerca a mí y me acaricia la cabeza como si fuera su mascota.
—Eres insufrible —espeto apartándome de manera brusca.
—Y tu único amigo, gilipollas.
En ese momento llaman con suavidad a la puerta y, por la forma elegante en que lo hacen, sé que es Valentina. Dylan se aparta y yo me levanto de la silla.
—Buenos días, chicos —nos saluda en cuanto entra.
—Buenos días. —Me acerco a ella y le doy un abrazo. Dylan me sigue y hace lo mismo.
—Sentémonos, será lo mejor para lo que os tengo que decir.
Los tres tomamos asiento.
—No me voy a andar con rodeos, así que ahí voy: llevo un tiempo recibiendo amenazas anónimas para que paralicemos el proyecto. No sé cómo ni quién es, pero se han enterado y, al parecer, tienen miedo de lo que puedas contar, Enzo.
—¡Joder! —exclamo sin poder contenerme—. ¿Y no sabemos de quién proceden?
—No, ya tengo a gente trabajando en ello, pero de momento no hemos dado con el responsable. Sea quien sea, se está tomando muchas molestias en borrar sus huellas.
—¿Qué propones que hagamos? —le pregunto, porque estoy seguro de que esta mujer ya tiene algo pensado con lo que contraatacar.
—Por eso mismo quería hablar con vosotros y poneros al tanto de la situación.
Si seguimos adelante, es muy posible que las cosas se pongan aún más feas, y es necesario tomar decisiones que quizá resulten un tanto drásticas o incómodas.
Tenemos el proyecto bastante avanzado, pero tú tienes la última palabra.
Podemos dejarlo así y usar la cláusula de cancelación o seguir.
—Cancelar no es una opción para mí, ya no. No van a silenciarme, pero entendería que no quisieras seguir con esto, Valentina. No tienes por qué aguantar según qué cosas, no es aceptable, bajo ningún concepto.
—¡Ay, cariño! Por mí no te preocupes en absoluto.
Soy de la vieja escuela, cuatro imbéciles que se creen superiores no me meten miedo.
Comparado con todo lo que tuvimos que vivir en los noventa, esto es una nimiedad, estoy por encima de todo eso.
Sin embargo, si realmente quieres seguir adelante hay que cambiar los planes, y no sé si estarás de acuerdo con lo que tengo que proponerte.
Miro a mi amigo esperando a que diga algo, yo ya estoy dispuesto a todo, pero necesito saber que él también lo está.
—Somos todo oídos —dice al fin Dylan, entendiendo mi mirada.
—Hay que hacer público el proyecto. Que tus fans y la prensa sepan que lo estás haciendo, sin enseñar nuestras cartas.
Solo aclararemos que trata de tus logros profesionales y tus humildes inicios.
Un repaso de tu carrera profesional, una especie de documental biográfico deportivo.
Es algo que hoy en día está muy de moda y a nadie le resultará extraño, aunque, tratándose de ti, seguro que levantará mucha expectación.
—Pero entonces nos meteremos de lleno en el ojo del huracán, ¿no?
Valentina me mira y asiente.
—Eso es, cielo. Pero si guardamos silencio, les estamos dando pie a que sigan extorsionando.
Si lo hacemos público, verán que estamos dispuestos a todo con tal de llegar hasta el final, que no nos vamos a quedar callados, y deberán andarse con más cuidado.
Aun así, la decisión es tuya, Enzo. La última palabra la tienes tú.
—Dylan, ¿tú qué dices? —Esto no es algo que solo me vaya a salpicar a mí.
—Tío, ya sabes que estoy contigo hasta el final —responde mi amigo mirándome a los ojos.
—Vale, ¿puedo pensarlo y darte una respuesta mañana?
—Por supuesto, tómate el tiempo que necesites. Mientras tanto prepararemos las próximas localizaciones.
—Gracias.
—No me las des: es mi trabajo, querido —añade poniéndome cariñosamente una mano sobre la rodilla—. No os robo más tiempo, chicos.
Nos despedimos y Valentina sale por la puerta con la elegancia que la caracteriza.
Necesito preguntarle algo más o, mejor dicho, por alguien más, pero a solas. Así que me levanto y voy con rapidez a su encuentro.
—¡Valentina! —la llamo siguiendo sus pasos—. Espera un segundo, por favor. —Logro alcanzarla justo antes de que suba al ascensor.
—¿Qué necesitas, cariño? —Se gira en cuanto oye mi voz.
—¿Ella lo sabe? ¿Sabe que existe la posibilidad de que el proyecto salga a la luz durante la grabación y que quizá la prensa empiece a meterse donde no la llaman?
—Te refieres a Daniela, supongo. —Afirmo con la cabeza—.
Es muy probable que mi hijo la haya puesto al día sobre los pormenores que han surgido.
Pero, no, vosotros sois los únicos que estáis al corriente del cambio de planes.
No se lo comunicaré al resto del equipo hasta que tú me confirmes qué quieres hacer. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque quiero que ella también esté de acuerdo en esto, no deseo que... —Me callo, titubeando. No sé si es buena idea confesar que sé lo que le pasó a Daniela, aunque intuyo que ya es tarde y que Valentina ha pillado al vuelo lo que iba a decir.
—Entiendo. Te ha contado lo que le sucedió, ¿no? Si lo crees oportuno, puedes informarla tú mismo, cielo.
—Gracias de nuevo, Valentina.
—De nada, querido. —Pulsa el botón y las puertas del ascensor no tardan mucho en abrirse—. Es curioso que a ambos os preocupe el bienestar del otro, muy curioso... —susurra con una sonrisa mientras entra.
—¿Cómo? —pregunto sin llegar a entender qué ha querido decir, pero ella solo me mira y me sonríe mientras las puertas vuelven a cerrarse.
Antes de tomar una decisión debo hablar con Daniela, pero ¿cómo voy a conseguir hacerlo si ni siquiera me ha respondido al mensaje que le envié ayer?
Regreso al despacho de Dylan y, tras un rato, compruebo que mi amigo está inusualmente callado.
Tampoco es que yo esté aportando mucha alegría al ambiente, supongo que a ambos nos preocupan las mismas cosas.
Volver al ojo público nunca ha entrado en mis planes, y él sabe que ahora mismo estoy repitiéndome todas las cosas que podrían salir mal cuando la prensa se entere.
—Me voy a casa —digo al fin.
—Enzo, va a salir bien. Esta vez no estamos solos ni somos aún unos críos. —Sé que lo dice para intentar tranquilizarme y porque tiene miedo de que esto sea un motivo más para desestabilizarme, pero, aun con todo, ahora me siento fuerte para llegar hasta el final.
Asiento y salgo de su despacho. Necesito estar solo y poner en orden mi mente, que no deja de darle demasiadas vueltas a lo que acaba de pasar.