37. Problemas
Problemas
Daniela
La confesión de Enzo me ha tocado el corazón.
Sabía que Archie tenía que ser alguien importante en su historia, a juzgar por sus reacciones cada vez que hablaba de él.
Me imaginaba que lo que le había ocurrido había sido fuerte, lo que no esperaba era que hubieran vivido una tragedia semejante.
La mirada que me ha devuelto cuando he ido a buscarlo a su habitación va a ser difícil de olvidar.
No esperaba que termináramos haciendo el amor después de su descarga emocional, pero ha pasado. Y no me arrepiento, porque creo que algo en él ha cambiado después de eso. Mi corazón me dice que tengo que apoyarlo pase lo que pase, pero no sé cómo.
Hemos estado un rato enredados entre las sábanas, tan solo disfrutando de la cercanía del otro, hasta que Enzo se ha quedado dormido.
He salido de su habitación intentando no hacer ruido al vestirme, para ir al jardín a buscar mi teléfono.
Una vez lo tengo en la mano, me dispongo a llamar a la única persona de confianza que puede guiarme para saber qué hacer.
—Esperaba esta llamada, Daniela —me responde al otro lado de la línea al tercer tono.
—Hola, Valentina.
—No te preocupes si no podéis seguir grabando, era una opción con la que contaba. —Esta mujer suele ir siempre un paso por delante, pero en esta ocasión se equivoca, porque lo esencial sí que lo hemos grabado.
—Por eso te llamaba..., no hemos podido terminar.
—¿Hasta dónde ha sido capaz de contar? —me pregunta tanteando un poco el tema.
Cierro la puerta que da al jardín, en un intento quizá absurdo por conseguir algo más de intimidad, y tomo asiento en una de las sillas de ratán. No quiero entrar y arriesgarme a que Enzo se despierte y me oiga.
—Solo han faltado las dos últimas preguntas de la lista. —Al decirle eso, no hace falta que entre en más detalles, sabe perfectamente que él ha soltado la bomba.
—¡Vaya! No esperaba que tuvieras tanto efecto en él. Sin duda ha sido una gran idea apartarlo de todo el ruido de San Francisco para que terminara de abrirse. No es necesario que sigáis, las últimas preguntas son prescindibles, retomaremos a vuestra vuelta.
—No sé a qué te refieres con «el efecto que tengo en él», pero sí, venir aquí ha sido una gran idea. Creo que lo ha ayudado mucho a despejarse y soltarse un poco más.
—Cielo, sabes a qué me refiero..., no te hagas la tonta conmigo. No es necesario ser muy lista para darse cuenta de cómo te mira. Conozco a ese chico demasiado bien y conmigo no puede disimular. ¿Qué tal está?
—Ahora mejor, creo. Pero tener que revivir aquello... ha sido fuerte.
—Bueno, estoy segura de que tú has contribuido a que pueda gestionarlo. Es un buen chico, pero lleva muchos años perdido. Espero que después de esto pueda por fin encontrar esa paz que tanto ansía.
—Yo también lo espero. ¿Y ahora qué hacemos?
—La parte más difícil, que era conseguir que Enzo se abriera, ya está hecha.
Todo cuanto lo rodea en su ciudad está impregnado de recuerdos de lo que pasó y, sin duda, aquí le habría costado mucho más responder a esas preguntas.
Terminad de grabar los recursos que quedan y relajaos un rato hasta la vuelta de mañana.
Cuando lleguéis, ya os pondré al día de lo que ha pasado por aquí.
Porque, querida..., tengo que avisarte de que se vienen curvas.
Aunque confío en que sabremos sortearlas. Adiós, cielo.
—Adiós, Valentina.
Cuelgo la llamada un poco preocupada por sus últimas palabras y empiezo a recoger el set del jardín. Por suerte, los recursos que necesitábamos también están grabados, así que cuando ya lo tengo todo más o menos organizado, vuelvo a entrar en la casa.
Parece que Enzo sigue dormido, y no tengo la menor intención de despertarlo. Si algo tengo claro de este hombre es que duerme muy poco, así que descansar no le va a venir nada mal.
Me siento en el sofá del salón con el móvil en la mano, vuelvo a entrar en mi perfil de Instagram y voy directa a los mensajes.
No es que quiera torturarme viendo de nuevo ese vídeo, pero es un recordatorio de que el pasado está ahí y de que la huella digital parece imborrable.
Me pregunto qué pasaría si un día me armara de valor y diera mi versión de los hechos, si contara lo que me llevó a actuar de esa manera.
¿Sería peor que vivir con la incertidumbre de que me reconozcan o de que se vuelva a hacer viral?
No quiero volver a tener esa sensación de desprotección, quiero encontrar un modo de acabar con esto y no dejar que mensajes como el de ayer me hagan sentir vulnerable.
Al parecer, esperar a que todo quedase en el olvido no ha funcionado, así que quizá deba intentar otra cosa para zanjar el asunto de una vez por todas.
Está empezando a anochecer cuando oigo la puerta de la habitación de Enzo abrirse y unos pasos acercarse al salón.
—Hola. ¿Qué tal te ha sentado la siesta? —me intereso en cuanto siento su presencia.
—Joder, ¿cuánto rato he estado durmiendo? —pregunta acariciándose el pelo y echándoselo hacia atrás en un gesto que me resulta de lo más sexy.
—Varias horas. Está claro que lo necesitabas, y no he querido molestarte.
—Mierda, lo siento. Es nuestro último día aquí y me he quedado inconsciente toda la tarde después de...
—De follar, sí.
Termino la frase por él con una sonrisa pícara en los labios al recordar lo que hemos hecho en su habitación hace unas horas. Entiendo por qué está intentando excusarse, pero no podría importarme menos el hecho de que se haya quedado dormido.
—Qué decepcionante, ¿no? El típico tío que se queda sobado después de correrse... Joder, lo siento —vuelve a disculparse mientras se sienta a mi lado en el sofá.
—No digas gilipolleces. Con el día que has tenido, lo raro habría sido que no te hubieras quedado dormido.
Además, me he aprovechado de tu jardín y de la piscina, ha sido como estar en un spa privado.
.. Los chorros que salen por ese chisme son.
.. —Levanto las cejas de manera sugerente con una media sonrisa en los labios.
La tarde realmente ha sido genial. He tomado el sol y he disfrutado mucho de la piscina. Tiene unos chorros que me han ayudado a destensarme después de la conversación con Valentina. Aunque, si soy sincera, estaba deseando meterme en ella desde el día que llegamos.
—Joder, Daniela —susurra tragando despacio mientras se acerca un poco más a mí.
—¿Qué?
—Que ahora mismo te estoy imaginando en bañador en mi jardín. Mojada, saliendo de mi piscina..., y... —Deja escapar un pequeño resoplido y niega con la cabeza.
—Yo no he hablado de ningún bañador, Silva —añado muy cerca de su oído mientras me muerdo el labio inferior.
—¿Miller? ¿Quiere eso decir que te has estado paseando desnuda por mi jardín?
Asiento bajo la atenta mirada de Enzo.
—¿Sabes lo mejor de esa piscina y sus chorros? Tienen un modo nocturno que es una puta pasada —musita con su boca peligrosamente cerca de la mía.
—¿Me estás proponiendo algo? —lo tiento sin separarme ni un milímetro.
—Sí.
—La verdad es que me encantaría descubrir el modo nocturno «puta pasada» contigo. Y sin ropa, Enzo.
—Directa y sin rodeos, ¡cómo me gustas!
Me besa por fin, volviendo a aumentar las revoluciones de mi interior.
—Eso ya lo sabía —afirmo separándome un poco de su boca y mordiéndole el cuello.
—Porque eres una listilla. ¿Tienes hambre? Podemos pedir algo y cenar en el jardín —me propone.
—Me parece una idea genial.
—OK, yo me encargo, preciosa. Voy a por el móvil a mi habitación.
Se da la vuelta, pero justo antes de desaparecer de mi campo de visión vuelve a dirigir su mirada hacia mí.
—Gracias, Daniela.
—¿Por qué?
—Por todo.
He decidido no contarle mi conversación con Valentina. No quiero añadir más carga sobre sus hombros. Prefiero poder disfrutar de las últimas horas que nos quedan juntos y solos, sin tener que pensar en lo que sea a lo que tengamos que enfrentarnos cuando volvamos.
Un rato más tarde estamos cenando en el jardín, a la luz de la luna. Luego, la poca ropa que llevábamos va desapareciendo al tiempo que los besos y las caricias aumentan. Y, sí, tengo que reconocer que el modo nocturno «puta pasada» de la piscina realmente lo es. Y jamás habría imaginado cuánto.
A primera hora de la mañana ya hemos terminado de recoger todo el material que faltaba y hemos cargado el coche de Enzo.
Ponemos rumbo de vuelta donde ya me espera Mateo con el resto del equipo para retomar las grabaciones en cuanto Valentina lo crea oportuno.
Aún sigo dándole vueltas a lo último que me dijo y, aunque no lo he hablado con Enzo, me preocupa un poco que no seamos capaces de solventar lo que quiera que haya surgido y que todo se complique demasiado.
No solo porque el trabajo se vaya a la mierda, sino porque no sé cómo van a afectarle esos problemas a él.
Cuando llegamos, deja el coche en el aparcamiento del hotel y se baja con la clara intención de ayudarme con el material y las maletas. Hemos pasado la mayor parte del trayecto en silencio, y ahora que hemos vuelto no sé muy bien cómo comportarme con él.
—No hace falta que te quedes, no creo que Mateo tarde mucho en venir a echarme una mano con todo esto —le digo señalando los bultos que aún siguen en el maletero.
—Sé que no hace falta, pero quiero hacerlo. No pienso dejarte sola; además, recordemos que tu amigo ya ha demostrado ser poco fiable otras veces.
—Seguro que tienes asuntos más importantes que atender, no quiero hacerte perder el tiempo.
—Quedarme contigo no es perder el tiempo, aunque sí que se me ocurre algo mejor que hacer que estar esperando aquí parado como un gilipollas a que Mateo se digne a bajar para recoger todo esto. —Enzo me coge por la cintura y acerca mi cuerpo al suyo.
Desde luego, yo no tengo ni idea de cómo comportarme con él, pero él sí tiene claro cómo hacerlo conmigo.
—Enzo... —le advierto.
—Déjame besarte, Daniela —me pide en un susurro.
—No sé si es la mejor idea morrearnos en un aparcamiento donde puede vernos cualquiera.
Ese pensamiento cruza mi mente porque toda precaución es poca. Y más teniendo en cuenta quién es él, aunque parece importarle poco.
¿Quién es este hombre y dónde está Enzo «huyo de la vida social» Silva?
—No pienso esconderte —me aclara, y deja un beso en mi cuello que hace que se me nuble la vista.
—No es el mejor momento para hablar de esto, Enzo.
Él se dispone a añadir algo más cuando oímos que alguien grita mi nombre y por la puerta del hotel sale una cabeza roja. Mateo llega justo a tiempo porque el ambiente estaba empezando a enrarecerse. Me separo de Enzo y pongo distancia entre nosotros mientras mi amigo se aproxima.
—¿Qué tal el viaje, chicos? —Me da un beso en la mejilla y a él, una palmada en la espalda.
—El viaje bien —contesto mientras lo miro fijamente, esperando que no suelte nada inapropiado en estos momentos.
—Mi madre me ha dicho que te llamará para concretar una reunión para mañana en la oficina de Dylan —informa a Enzo, que asiente con la cabeza.
—De acuerdo. ¿Necesitáis que os ayude a subir las cosas?
—No, no te preocupes, nosotros podemos. No te entretenemos más —contesta mi mejor amigo mientras va sacando las cosas del maletero y yo me uno a él.
—Vale, en ese caso ya nos veremos cuando esté todo listo para seguir con las grabaciones.
—Eso es, guapetón —dice Mateo con sorna mientras le guiña un ojo.
Si tuvieran más confianza, estoy segura de que ese comentario habría ido acompañado de una palmada en el trasero por parte de mi amigo.
Enzo se sube al coche y nosotros nos dirigimos al interior del hotel cargados con todas las cosas. Estamos en el ascensor cuando mi móvil me avisa de que he recibido un mensaje.
Tenemos una conversación pendiente, Daniela. Y todavía me debes un beso.
Sin poder evitarlo, se me escapa una sonrisa al leerlo, pero de inmediato vuelvo a la realidad. Sigo dándole vueltas a qué habrá pasado para que tuviésemos que adelantar nuestra vuelta. Pienso preguntárselo directamente a mi amigo en cuanto estemos en un lugar más privado.
Después de guardar el material en su habitación, Mateo me acompaña hasta la mía y entra conmigo. Lo miro de soslayo porque sospecho que él también quiere saber cosas...
—Estabais muy juntitos cuando he llegado, ¿no? —No pierde el tiempo en preguntarme en cuanto estamos los dos dentro y la puerta está ya cerrada.
—No me apetece hablar de eso ahora mismo, estoy cansada del viaje y algo preocupada. Ayer hablé con tu madre. ¿Sabes lo que ha pasado? —Esta vez voy a ser yo la que exija primero las respuestas que necesito.
—Que estamos jodidos, Dani.