Play off 36. Archie Jones
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36. Archie Jones

Archie Jones

Enzo

Me parece increíble haber pronunciado esa frase.

Veo cómo Daniela abre mucho los ojos cuando digo la palabra «muerte» seguida del nombre de Archie.

Imagino que por su cabeza deben de estar pasando miles de posibilidades acerca de qué sucedió.

Pero la cámara sigue grabando, ciñéndose a las preguntas que Valentina ha seleccionado y que yo he aceptado contestar previamente, aunque sin tener claro cuándo me las harían.

—¿Quién era Archie Jones?

—Archie era... todo. Mi amigo. Mi hermano.

Por él soy quien soy hoy en día. Todo lo que tengo se lo debo.

Gracias a él descubrí mi pasión por el fútbol americano.

Soñábamos con convertirnos en profesionales, en salir de la miseria que nos rodeaba.

Sabíamos que no iba a ser fácil, que tendríamos que dejarnos la piel para conseguirlo.

Pero teníamos un plan: empezar en el instituto, destacar, ser los mejores y conseguir una beca deportiva en la universidad para lograr nuestro objetivo.

Era casi imposible que los dos llegáramos a convertirnos en profesionales, y si hubiera tenido que apostar mi vida por quién de los dos lo iba a lograr, habría sido por él.

Pero me equivoqué. Porque fui yo quien lo logró primero.

Archie se quedó en el camino, y creo que ese fue el principio de su fin.

—Debió de ser difícil que todos vuestros sueños de llegar juntos a ser profesionales se esfumaran como el humo de un cigarro, ¿no?

—No exactamente. La noche en que los ojeadores vinieron a la universidad, Archie no se presentó al partido.

Después se excusó diciendo que se había puesto malo, una especie de virus estomacal que le impidió acudir, pero por qué ya daba igual.

Perdió la oportunidad ese año. Aunque estoy seguro de que, si su camino no se hubiera torcido, si nos hubiéramos mantenido más unidos, ambos habríamos logrado llegar al mismo sitio. Y que él seguiría aquí.

Estoy al borde de joderlo todo, lo noto.

Siento cómo mi cuerpo está empezando a reaccionar al recordar aquello.

¿Cómo no fui capaz de verlo? Es una pregunta que me lleva persiguiendo durante años.

Mi incapacidad para olvidarme de lo esencial, de lo verdaderamente importante.

Sentirme tan impotente de no poder cambiar lo que le pasó, lo que nos pasó. ..

—¿Cómo se tomó Archie que fueras tú el que firmara su primer contrato profesional?

—Si algo lo caracterizaba era que siempre se alegraba por sus amigos. Era un chaval que caía bien a todo el mundo, que irradiaba vida y luz. Joder, casi diría que incluso estaba más feliz que yo mismo por lograrlo, y quizá por eso no pude ver lo que tenía delante de mis ojos...

—¿Y qué era?

—Que mi amigo tenía un problema grave con las drogas.

Que detrás de su eterna sonrisa había una persona que sufría, y que esa era su manera de evadirse en silencio.

Y que lo que parecía que era un juego en realidad era su propio infierno personal, del que no supo salir.

Archie Jones, mi amigo, mi hermano, murió de una sobredosis en mis brazos, y yo no fui capaz de ayudarlo.

Daniela me mira fijamente, deja a un lado el iPad, donde tiene las preguntas de Valentina, y apaga la cámara. Sé que es capaz de leer en mis ojos lo que siento en mi interior. Hace un amago de acercarse a mí, pero se detiene y tan solo pronuncia mi nombre esperando mi reacción.

—Enzo...

—Perdona. Necesito un momento.

Voy dentro intentando calmarme. Todas las imágenes de aquella noche vuelven una y otra vez para atormentarme. Las convulsiones, sus ojos en blanco, su cuerpo inerte. Mis gritos, los de Dylan tratando en vano de calmarme, sufriendo también al ver lo que estaba pasando.

Los médicos saliendo a la sala de espera en el hospital para decirnos que nuestro amigo estaba en un coma irreversible, que no había nada más que pudieran hacer por él. Verlo enchufado a la puta máquina que lo mantenía con vida, pero saber que dentro de ese cuerpo ya no estaba nuestro hermano.

En un abrir y cerrar de ojos, todo se había ido a la mierda, todo.

Tuvimos que encargarnos de llamar a su madre para contarle lo que había pasado.

No he visto a una mujer más rota de dolor que la señora Jones cuando salió de la habitación donde estaba lo que quedaba de su hijo.

¿Cómo iba a contarles a sus otros hijos que su hermano mayor no iba a volver más a casa?

El paso del tiempo no ha conseguido calmar ni un ápice la presión y la carga que conllevó tener que decirle adiós. Pensábamos que aquello era el infierno, pero solo fue el principio. La entrada a la profunda cueva de todo lo que vendría después.

Entro en el baño de mi dormitorio y me mojo la cara con agua fría para intentar relajarme. Hablar de ello en voz alta está siendo mucho más difícil de lo que podía imaginarme. Lo peor de todo es que sé que aún queda la peor parte, esa que siempre me perseguirá.

No sé cuánto rato llevo aquí dentro, pero ya me siento un poco más tranquilo.

—Enzo, ¿puedo pasar? —oigo que dice la voz de Daniela a través de la puerta.

No le respondo, salgo y le abro dándole acceso a mi habitación.

—Yo... yo no sé qué decir —intento excusarme por haberme marchado de esa manera.

—No tienes que decir nada —repone—. No vengo a pedirte explicaciones, solo quiero saber cómo estás. Es lo único que me preocupa en este momento.

—No sé qué responderte a eso, Daniela. Cuando acepté este proyecto fue con un propósito. Lo que le hice a Archie no se puede esconder por más tiempo.

—Enzo, no creo que fuera culpa tuya... Cada uno elige su camino, no puedes sentirte responsable por algo que no estaba en tu mano. Entiendo que debió de ser muy duro para todos vosotros tener que pasar por aquello, saber que quizá vuestro amigo estaba sufriendo, pero no puedes seguir culpándote.

Lo dice porque aún no sabe que falta mucho por contar. Mi parte, el después, lo que acepté hacer y el pacto que firmé en los infiernos, y sobre el que llevo años guardando silencio. Una losa que cada día ha ido acrecentando el peso sobre mi conciencia.

—Eso lo dices porque aún no conoces toda la historia —le advierto casi en un susurro.

—¿Me la quieres contar? —me pregunta acercándose a mí, llenando el espacio que nos separa.

—No puedo. No me veo capaz de decepcionarte. No aún.

—Eso tendré que decidirlo yo. Y de momento no veo al hombre malo que dices ser. Solo veo a alguien que lleva años cargando con el peso de una muerte que no pudo evitar. No sigas haciéndote daño, Enzo.

Veo esperanza en sus ojos marrones y sé que desea que le diga que tiene razón, pero no es así. Sé que, cuando sepa todo lo que pasó después, ese brillo que me devuelve su mirada se apagará y, por fin, verá quién soy.

Y aunque tengo la oportunidad de contárselo todo aquí y ahora, he decidido no hacerlo pensando solo en mí.

No obstante, necesito tenerla más tiempo de mi lado.

Aún no soy capaz de dejarla marchar, pero sé que cuando todo caiga ella lo hará también.

Por mucho que ahora diga que no ve en mí nada por lo que deba decepcionarse, cuando sepa todo lo que acepté hacer se marchará y no podré culparla por ello, porque si yo mismo pudiera huir de mi pasado, lo haría.

Acerco su cuerpo al mío y, en un acto egoísta, tomo su boca con determinación.

Los suaves labios de Daniela me reciben en un suspiro ahogado que atrapa los míos.

Y todo el dolor empieza a abandonar mi cuerpo para sustituirlo por algo mucho más placentero.

Si tuviera que firmar ahora mismo mi sentencia de muerte, lo haría si de ese modo consiguiera unos minutos más de ella.

Así de tarado estoy, así de egoísta soy.

—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres ahora? —duda mirándome aún con su boca sobre la mía.

—No he estado tan seguro de nada en toda mi puta vida.

Quiero agarrarme con todas mis fuerzas al resquicio de felicidad que me ofrece Daniela, quiero seguir saboreando esta dulce sensación todo el maldito tiempo que pueda.

Ahora mismo me dan igual las consecuencias y que todo esto termine explotándome en la cara.

Necesito a esta mujer, y necesito hundirme dentro de ella.

Agarro el borde de su camiseta y se la subo, y en cuanto adivina mis intenciones levanta los brazos para que termine de quitársela.

Ella hace lo mismo con mi camisa de manga corta.

Desabrocha uno a uno los botones de una manera dolorosamente lenta que solo consigue que la polla se me ponga mucho más dura por la anticipación de tenerla por fin en mi cama.

Vuelvo a reclamar su boca y le desabrocho el pantalón mientras ella se ayuda con un movimiento de piernas para deshacerse de la prenda. La tengo casi desnuda y solo para mí.

—Eres preciosa.

Daniela sonríe y se acerca a mi oído.

—¿Sigue en pie? —pregunta a continuación.

—¿El qué?

—Lo de terminar lo que empezamos anoche —me susurra y una sonrisa escapa de mi boca.

—Hasta que te canses de mí, Daniela.

—Creo que para eso aún queda mucho. —«Menos de lo que piensa», me recuerda mi cabeza—. Tú todavía llevas mucha ropa, Silva.

—Ponle solución, Miller.

Y, dicho y hecho, desabrocha el primer botón de mi pantalón. Veo que su cara cambia y sonríe de lado, como si de pronto se hubiera acordado de algo.

—Antes hay que coger esto —dice mientras mete la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones y saca los condones que he cogido antes.

—Chica lista.

—Lo sé.

Me mira fijamente mientras se deshace de mi pantalón. Se acerca a mi cuello y pasa la lengua por él. Como sigamos así, no sé si voy a ser capaz de llegar a la cama.

Agarro su culo con las dos manos y la levanto. Daniela enrosca sus piernas en mi cintura, la dejo caer en la cama y ella suelta un grito seguido de una risa traviesa. Se quita las bragas y me mira de la forma más salvaje que me han mirado jamás.

Termino de desnudarme, me tumbo a su lado y ya está lista para mí.

Me pongo el condón y me hundo en ella despacio.

El gemido que sale de su boca resuena en mi cabeza, llenándolo todo.

Mis movimientos son lentos mientras espero que su cuerpo se adapte a mi tamaño.

Debo hacer un trabajo de contención de la hostia para no hacérselo como un puto animal, pero ya habrá tiempo para ello.

Ahora quiero saborear cada sensación que su cuerpo me ofrece hasta conseguir que pierda la cabeza y me suplique que necesita más.

Nos besamos al ritmo de mis embestidas, suave y tortuoso. Subo un poco la intensidad hasta llevarla casi al límite y vuelvo a bajar el ritmo. Cada vez que lo hago, cada vez que la acerco al éxtasis, ella me araña la espalda y solo consigue ponérmela más dura.

Me está resultando realmente difícil contenerme.

—Si sigues haciendo eso, vas a conseguir que pierda la cabeza.

—Hazlo, quiero que te dejes llevar, Enzo. Que pierdas el control y que consumas toda tu pena en mí.

¿De dónde ha salido esta mujer?

Cumplo sus deseos y la pego a mi cuerpo para entrar aún más en ella.

Empiezo a moverme a un ritmo mucho más frenético mientras sus gemidos se solapan con el ruido del colchón.

Nuestras respiraciones están agitadas por el éxtasis al que estamos sometidos.

Mi cabeza ha perdido la capacidad de pensar con claridad, lo único de lo que me doy cuenta es de que la tengo a ella a mi merced.

Veo cómo su cuerpo se arquea con cada embestida cada vez más profunda, y eso basta para descontrolarme. Sé que esto es lo más cerca que voy a estar de tocar el cielo, porque sin duda cuando llegue mi hora mi alma irá directa al puto infierno, y pienso saborear esta sensación hasta el final.

—Enzo, no voy a aguantar mucho más —gime suplicante contra mis labios.

—Estaba esperando que dijeras eso, porque yo tampoco.

Perdidos en el placer, siento cómo explota alrededor de mi polla. Su interior se tensa, me aprieta y hace que yo me corra de forma salvaje, atrapando sus gemidos en mis labios.

Muevo las caderas bajando el ritmo de las embestidas para empaparme de los últimos segundos del orgasmo. Salgo lentamente de ella sin dejar de besarla.

Ha sido intenso, liberador, como casi todo lo que Daniela me está haciendo experimentar en estas últimas semanas. Me saca de mi zona de confort sin pretenderlo, salvando así la poca cordura que me queda.

Y entonces es cuando lo entiendo. No sé cómo voy a conseguirlo, pero no puedo dejar que la mujer que tengo desnuda en mi cama se aleje de mí.