33. La mesa del comedor
La mesa del comedor
Daniela
En la escala de estúpidas que vuelven a pedir explicaciones después de que un tío la cague con ellas, debo de estar dentro del top tres ahora mismo.
Por dejar que se explique el imbécil que tengo delante, que, a juzgar por las ojeras bien marcadas que luce y que, por desgracia, le dan un aspecto de lo más sexy, no debe de haber dormido en toda la noche.
Por algún motivo, decidió darme uno de los mejores orgasmos de mi vida para después rechazarme porque «habíamos bebido», pero no hay vuelta atrás en lo que sea que esté pasando entre nosotros y, si se iba a arrepentir, debería haberlo pensado antes de meterse entre mis bragas.
Cada vez que lo recuerdo me vuelvo a cabrear.
Así que ahora que el alcohol se ha evaporado de mi organismo y con la calma de las horas que han pasado, va a tener que darme explicaciones, lo quiera o no.
Total, yo ya no tengo nada que perder, pero estoy cansada de jugar y ya es tarde para desenredar la madeja en la que estamos atrapados.
—Estoy esperando a que hables, Silva —le repito, intentando poner cara de mala hostia.
—¿Te vale si te digo que lo siento y que soy un gilipollas?
—No, lo primero es lo mínimo que espero, y lo segundo no es una novedad.
—Vale, mierda, solo intentaba hacer lo correcto.
Enzo se tapa la cara con las manos. Está jodido, pero me da igual. Yo llevo horas cabreada por la mierda de comportamiento que ha tenido, y no pienso dejar que su mirada triste me ablande ni un poquito.
—¿Lo correcto? ¿Qué narices? ¿Qué eres ahora?, ¿el defensor de la moralidad o algo? Intentas volverme loca tú a mí, ¿no? —Gesticulo con efusividad, tratando de mantener las manos alejadas de él, porque lo que realmente me apetece es atizarle.
—No, no es eso, Daniela. Pero no quería... no quería que sintieras que había planeado esto y que luego te despertaras y volvieras a huir de mí. Yo qué sé, pensaba que era lo adecuado, pero lo último que pretendo es hacerte sentir mal.
—Pues justo es lo que has conseguido, lumbreras.
No puedes hacer lo que hiciste y luego actuar de esa manera, ¿entiendes?
Somos adultos y deberíamos intentar comportarnos como tales.
—Se me escapa una sonrisa traidora que intento disimular poniéndome la mano delante de la cara al recordar precisamente lo que hizo antes de ser un completo imbécil.
Enzo me mira y su expresión cambia. Mierda, creo que ha pillado que voy ya un poco de farol con mi enfado. Se levanta y se pone justo enfrente de mí.
—¿Te gustó? —Me mira con cara traviesa y una media sonrisa en los labios.
—Borra ese estúpido gesto, Silva. No estoy para tus bromitas ahora mismo —amenazo señalándolo con el dedo.
—Vale, vale. Fallo mío, demasiado pronto. —Levanta las palmas pidiendo una tregua silenciosa—. Tenía miedo.
—Miedo, ya... Vale, continúa.
—Ya sabes que no soy el tipo de tío que, bueno, que se va tirando a todo lo que se le pone a tiro. Lo pienso mucho todo, y no suelo involucrarme de esta manera. No me dejo llevar fácilmente, me cuesta. Pero contigo es distinto. Y las veces que he dado un paso, después todo se ha ido a tomar viento.
—Ya...
Mierda, mi plan de ser una zorra insensible está empezando a venirse abajo.
—Me cuesta, por ser quien soy y por cómo llegué a serlo.
No consigo quitarme ese peso de encima sin pensar que no merezco que me pasen cosas buenas.
Ya te dije que tú has sido como esa corriente de aire fresco cuando te estás muriendo de calor.
Y cuando empecé a soltarme contigo paraste en seco, cortaste el flujo de aire.
Quiero que estés segura de que esto es lo que quieres.
Que no tengas dudas y que, si llegas a arrepentirte, que al menos no sea a la mañana siguiente.
—¿Así que de eso se trata? ¿Pensaste que me estaba dejando llevar por el alcohol y que después me iba a arrepentir? Otra vez...
—Sí. Sé que tu situación es complicada; la mía también. Cuando te enteres de todo lo que cargo a mis espaldas es muy probable que no quieras volver a verme, pero, Dios, me gustaría ser egoísta por una vez y coger lo que deseo sin que me importe nada el resto.
Paso por alto lo que dice de que no querré volver a verlo, no sé de qué habla, pero ya le preguntaré sobre eso en otro momento. Ahora lo único que me importa es la parte de que quiere ser egoísta y coger lo que desea, sobre todo si a lo que se refiere es a mí.
—¿Y qué es lo que te detiene?
—Tú, joder. Si me vuelves a rechazar, no voy a poder soportarlo, Daniela.
—Creía que esa parte ya la había dejado clara, Enzo. Pensaba que, después de masturbarme con tus dedos, no tendría que decir mucho más.
No sé cómo, pero nos hemos ido moviendo a lo largo de la conversación y estamos en la parte principal del salón, justo al lado de la mesa del comedor.
—Mierda, ahora me siento como un estúpido.
—Lo eres.
—Daniela...
—¿Qué?
—Quiero terminar lo que empezamos anoche —confiesa acercándose a mí.
—Y yo quiero que lo hagas —lo reto.
A la mierda todo.
Me he pasado la noche frustrada dándole vueltas a cómo sería que este hombre me follara. Estoy cansada de imaginarlo y no hacerlo.
Nuestros cuerpos chocan, y Enzo me alza. Enrosco mis piernas a su cuerpo y nuestras bocas a la misma altura. Nos devoramos con ganas. Atrás quedan los miedos, las dudas y los líos. Solo él, yo y el deseo que ambos sentimos.
Enzo me sienta sobre la mesa del comedor y yo abro las piernas para darle acceso a mi cuerpo.
Pasa su lengua por mis labios y va bajando despacio por mi cuello, echo la cabeza hacia atrás y suelto un gemido.
Le quito la camiseta y paso las manos por sus abdominales, joder, qué duros están, tal y como esperaba.
Sigue descendiendo tortuosamente y se centra una vez más en mis pechos, por encima de la tela de mi camiseta, como hizo anoche.
Siento cómo el deseo me recorre el cuerpo y baja hasta mi centro.
Me muerdo el labio para no empezar a gemir como una loca, pero es inútil, este tío sabe muy bien lo que tiene que hacer para que pierda la cabeza.
Abro un poco más las piernas y noto que una de sus grandes manos va subiendo por mi muslo, tanteando despacio pero con decisión hasta aproximarse peligrosamente a una zona muy concreta que ahora está palpitando y deseosa de su atención.
Al descubrir la sorpresa que le espera, Enzo suelta una risa ronca que lo único que consigue es ponerme mucho más.
—Me cago en la puta, Daniela, ¿encaje?
—¿Te gusta? —añado traviesa.
—Joder.
Resopla y mueve mi culo un poco hacia el extremo de la mesa, niega con la cabeza como si no se creyera lo que está pasando entre nosotros y baja hasta situarse entre mis piernas.
Me aparta las braguitas y, en cuanto noto su lengua jugando entre mis pliegues, tengo que agarrarme a la mesa para sentir que tengo un punto al que aferrarme de las sensaciones que están invadiendo cada parte de mi cuerpo.
Apoya una de mis piernas en su hombro y quedo mucho más expuesta a él. Sigue dándome placer con su boca y ya es inútil que intente reprimir los gemidos, porque no lo conseguiría aunque empleara todos mis sentidos en ello.
—Justo así, Enzo.
—No sabes las ganas que tenía de probarte en condiciones.
Yo tampoco sabía las ganas que tenía de que lo hiciera, hasta este mismo instante. Se emplea a fondo en darme placer, quizá está intentando resarcirse de alguna manera por lo que pasó anoche, pero si esta es su forma de pedir perdón, puede cagarla todas las veces que quiera.
Sigue lamiéndome y jugando con su boca, inundando todos mis sentidos con su presencia.
Toda mi energía está concentrada en un mismo punto, un punto que Enzo se está encargando de incendiar.
Mi cuerpo sigue reaccionando a sus estímulos mientras empiezo a sentir cómo se forman las brasas que amenazan con arrasarlo todo, un volcán a punto de explotar.
—Enzo, para o... —susurro entre jadeos mientras mi respiración va por libre.
—Córrete, por favor.
—Pero...
—Dame esto y te prometo que, después, soy todo tuyo.
¿Qué clase de tío pierde la oportunidad de correrse él dos veces y se centra solo en tu placer? Pues supongo que de la clase Enzo Silva, y doy gracias porque se haya puesto en mi camino un espécimen así.
Sigue jugueteando con su lengua, moviéndola dura por mi clítoris y la zona circundante, mientras las llamaradas aumentan en mi interior. No me queda mucho para terminar de explotar.
Me aferro inútilmente a la superficie de la mesa, tratando de tener algún tipo de sujeción; pero solo logro que mis dedos resbalen y chirríen sobre la madera oscura mientras Enzo sigue entre mis muslos.
—Estoy a punto —confieso agarrando su pelo entre los dedos.
El ritmo de su lengua aumenta de la misma manera que lo hace mi respiración, y las caderas se mueven solas mientras siento cómo un látigo de fuego me sube por la espalda y recorre todo mi cuerpo, haciendo que se arquee, mientras el orgasmo me nubla la vista.
Cierro los ojos y me muerdo el labio mientras los últimos gemidos salen de mi boca.
Enzo aminora sus movimientos a la vez que se asegura de que he terminado y sube por mi cuerpo besando cada parte hasta llegar a mi cara.
Nos besamos en los labios de forma lenta, cariñosa y muy diferente del modo en que lo hemos hecho hasta ahora.
—Joder, qué manera tan maravillosa de empezar el día —musita aún contra mis labios.
—¿Tienes preservativos?
—Qué cariñosa te pones después de correrte, Daniela. Pues la verdad es que no. —Niega con la cabeza.
—Mierda, pues yo tampoco, no pensaba que acabaríamos así —añado señalándonos a ambos.
—No pasa nada, más tarde podemos ir a comprarlos, por mí no hay problema, puedo esperar.
—Siempre podemos hacer otras cosas...
—¿Me estás proponiendo algo, señorita Miller?
—Puede, señor Silva. Solo tienes que decir que sí.
—Si dijera que no, no solo estaría mintiendo, sino que además estaría demostrando que no estoy bien de la cabeza... —Ambos soltamos una sonora carcajada.
Me bajo de la mesa y me aproximo a él.
Me fijo en el bulto que se le marca en los pantalones y mi deseo por descubrirlo aumenta.
Enzo va hasta el sofá y se sienta allí, sin apartar su mirada de mí.
Puedo ver en sus ojos las ganas que tiene, que son las mismas que tengo yo.
Se acaricia la erección por encima del pantalón, en una de las imágenes más sensuales que he visto.
—Daniela, si no quieres, no tienes por qué hacerlo.
—¿A ti te parece que no quiero? Enzo, ahora mismo es algo que no puedo quitarme de la cabeza.
Me sitúo en el sofá junto a él y me siento sobre mis piernas para tener acceso a todo lo que me puede ofrecer. Pone sus manos detrás de la cabeza y deja que sea yo la que marque el ritmo.
Libero su polla y paso la lengua lentamente por ella mientras miro su expresión en cuanto nota mi calor sobre su tersa piel.
—Hostia —masculla tensando la mandíbula.
Lamo y trazo círculos con la lengua en mi retorcido intento de volver loco al hombre que ahora mismo tengo a mi merced.
Y, viendo la respuesta de su cuerpo, creo que lo estoy consiguiendo.
Mueve un poco la pelvis cuando empiezo a succionar y a meterla y sacarla de mi boca, hunde una mano en mi pelo rubio y yo chupo con más intensidad.
Enzo está tratando de mantener la compostura y parece que se está conteniendo, no se está dejando llevar del todo.
Tendré que emplearme más a fondo para conseguir que pierda los papeles y se suelte.
—No sea tímido ahora, señor Silva, estoy segura de que Gabriel se dejaría llevar —lo reto mientras saco la lengua lamiendo a lo largo de su erección.
Vuelvo a introducírmela, esta vez más profundamente, lo que hace que se le escape un gruñido de lo más sexy.
—Daniela, no es buena idea que digas ese nombre mientras tienes mi polla en tu boca, aunque ese otro sea yo mismo.
Solo estoy intentando ser... —Me la meto casi entera y la saco despacio mientras trazo círculos con la lengua, lo que hace que se tense y se sacuda dentro de mi boca—.
Como vuelva a hacer eso, señorita Miller, va a conseguir que me corra enseguida.
Se me escapa una sonrisa malévola y repito el movimiento. Volver loco a este hombre acaba de convertirse en un reto personal.
Continúo deleitándome en profundidad con él cuando mi móvil y el suyo empiezan a sonar a la vez. Hacemos caso omiso, como si el resto del mundo no existiera ahora mismo.
Sigo poniendo toda mi atención en lo que estoy haciendo y repito el movimiento que casi lo lleva al éxtasis hace unos segundos. Noto cómo se tensa y sé que está a punto de perderse. Enzo me retira con suavidad mientras toma su polla entre las manos para no correrse en mi boca.
Veo cómo las últimas gotas de su orgasmo salen al tiempo que se le escapa un profundo gruñido.
—Parece que te va a hacer falta una ducha.
—Peor que un adolescente, joder.
Ambos nos reímos, él se levanta para limpiarse y los dos teléfonos vuelven a sonar y nos devuelven a la realidad.
—Deberíamos contestar, igual es importante —propone Enzo.
—Quizá sí...
Él se acerca para coger su teléfono y me pasa el mío, que lo he dejado al lado cuando he ido al salón al despertarme.
—Es Dylan —dice.
—Es Valentina —lo informo cuando veo en la pantalla quién me está llamando a mí.
Ambos contestamos, Enzo va hacia su habitación y yo hago lo propio. Sea lo que sea lo que haya pasado, no creo que sea casualidad que nos hayan llamado a ambos a la vez y de forma insistente.