32. Me arrepentiré toda mi vida
Me arrepentiré toda mi vida
Enzo
«Necesito más».
Me cago en mi puta existencia. Sus palabras resuenan dentro de mi cabeza y se repiten una y otra vez mientras la sigo besando.
Estoy tan cachondo que me la follaría aquí mismo, en este sofá, sin pensármelo dos veces.
Pero no quiero que mañana cuando se despierte vuelva a pasar lo mismo que la última vez que intercambiamos mensajes.
Quiero que cuando follemos seamos los dos plenamente conscientes de lo que estamos haciendo y que después no haya excusas de que fue el alcohol el que actuó en nuestro nombre.
No está borracha, pero sí va con el puntillo justo que hace que se te nuble la vista y las neuronas dejen el mando a otras partes del cuerpo menos sensatas.
No quiero que se arrepienta de mí.
Pero tengo su culo entre mis manos mientras estoy lamiendo su cuello y se está estremeciendo con lo que le hago. Por si fuera poco, se está frotando contra mi polla y me está pidiendo más, y yo no tengo valor ahora mismo para negárselo.
Vuelvo a hacerme dueño de su boca, «un poco más y paramos», me digo a mí mismo. Pero estoy perdido en sus labios y en el roce de su cuerpo contra el mío, y no tengo ni puta idea de cómo frenar esto.
Los gemidos de Daniela en cada beso me están volviendo loco.
Joder, no quiero ir un paso más allá con ella así, pero tampoco puedo negar que me muero de ganas de que se deshaga conmigo.
¿Tiene algún tipo de sentido que no quiera follar con ella porque ha bebido y tengo miedo de que mañana vuelva a huir de mí, pero, a la vez, sienta una necesidad loca de hacer que pierda la cabeza entre mis manos y termine gritando mientras se corre?
De alguna manera que no logro comprender bien, tiene todo el sentido del mundo.
Lleva unos pantalones cortos que me la han puesto dura desde que la he visto salir con ellos, pero lo que no consigo quitarme de la cabeza es el jodido vestido rojo que ha decidido ponerse hoy.
Me habría encantado arrancárselo y pasar mi lengua por cada una de sus curvas.
Sin embargo, los pantalones que ha elegido cuando ha dicho que iba a ponerse más cómoda tampoco dejan mucho a la imaginación, y yo doy gracias por ello.
En el fondo soy un cabronazo con suerte.
Empiezo a tantear mi siguiente movimiento, la elevo un poco y ella, en cuanto entiende mis intenciones, se incorpora lo justo para que sus pechos me queden a la altura de la cara. No lleva sujetador porque se le marcan los pezones a través de la tela de su camiseta.
«Perfecto», pienso.
Mi boca empieza a juguetear con ellos, así tal cual, sin necesidad de desnudar su piel.
Vamos a poner a prueba su cordura y la mía. Lamo, muerdo y succiono mientras Daniela sigue jadeando y pidiendo más.
—Enzo, por favor...
—Por favor, ¿qué? —pregunto mientras mi mano va directa y se cuela bajo la goma de sus pantalones.
—Mmm, justo eso.
Está empapada, me encantaría poder meter la cabeza entre sus piernas y probarla.
Su respiración se acelera a medida que el ritmo de mis caricias aumenta, y tanteo su entrada con mis dedos, pero sin llegar a introducirlos en ella.
Tocando suavemente y jugando en su abertura, llevándola al límite, dejándola en el borde.
—Enzo, por favor... —me suplica entre gemidos.
—Estás muy demandante hoy, ¿no? —susurro mientras mis dedos la torturan un poco más y le aprieto uno de los pechos con la boca.
Daniela mueve las caderas buscando que la penetre con mis dedos, y eso hago.
Apoya las manos sobre mis hombros para tener mejor agarre y se mueve al ritmo que marcan mis dedos anular y corazón.
Por los altavoces del equipo de sonido suenan las voces de Bruno Mars y Lady Gaga con «Die with a Smile», y la letra cobra todo el sentido ahora mismo para mí.
Con mi boca sigo jugueteando con sus pechos, que se mueven de arriba abajo al ritmo de su cuerpo.
Subo la intensidad y, con el pulgar, le acaricio también el clítoris.
Sus gemidos suenan por encima de la música y los grabo en mi cabeza, como si fueran la letra de una canción que quiero memorizar porque es un sonido que necesito volver a escuchar en bucle.
Noto que está a punto de correrse por la manera en la que empieza a tensarse.
Las piernas le tiemblan y su respiración ha aumentado a un puto ritmo que vibra a través de mi pecho.
Baja el cuerpo, hunde la cara en mi cuello y me muerde el hombro, lo que, lejos de hacerme daño, consigue que mi polla dé un respingo dentro de los pantalones.
—Hostia puta, Daniela.
—¿Te he hecho daño? Perdona, no... —se excusa entre jadeos, y yo profundizo en su interior para terminar de llevarla al éxtasis.
—No, no me has hecho daño. Pero no pensé que serías tú la que terminara mordiéndome a mí. Pasas de la súplica a la violencia con una facilidad que me deja indefenso, Daniela, y que me pone muy cachondo.
—Estoy... Me...
No acaba la frase porque termina de explotar entre mis dedos... Atrapo sus gemidos con mi boca mientras ella se corre en mi mano.
Cuando su respiración vuelve poco a poco a la normalidad, saco la mano de sus pantalones y me llevo los dedos a la boca para saborearla.
—Sabes jodidamente bien.
Aún recuperándose, Daniela se ríe y me sostiene la mirada con fiereza. Y ahora es ella la que se lanza a por mi boca, como un animal sediento al que por fin le dan de beber. Me coge las manos con fuerza y vuelve a llevarlas a su culo, que aprieto y amaso mientras seguimos besándonos.
Acaba de correrse, pero aún quiere más.
Baja la mano y la pone entre los dos, acariciando mi erección, y cuando va a meterla en mis pantalones, la detengo. Siento que mi polla puede explotar en cualquier momento y, si no freno ahora, dudo que pueda hacerlo.
Y sé que me voy a arrepentir toda mi vida de lo que estoy a punto de decir.
—Quizá deberíamos parar —pronuncio sintiendo aún su sabor en mi boca.
—¿Qué? —pregunta mirándome fijamente con el ceño fruncido y los labios hinchados.
—Hemos bebido y...
—¿Es una especie de castigo o algo? —Daniela, que ahora me mira con frialdad, se baja de mi regazo y mi polla se queja porque ya no siente su cálido cuerpo sobre ella.
—No, joder. No pienses eso.
—Pues entonces explícame de qué coño va esto, porque ahora mismo no lo entiendo. Yo pensaba que... —No acaba de decir lo que sea que esté pasando por su mente y niega con la cabeza.
Vale, la he cagado. Está que echa humo. Y, normal, porque soy un gilipollas que ha perdido el juicio.
—Quiero que cuando te folle no haya excusas después, que no te arrepientas de lo que pase entre nosotros.
—Eso igual deberías haberlo pensado antes de hacer que me corriera con tus manos, imbécil. Que te jodan, Enzo.
Daniela se levanta y se marcha enfadada a su habitación, y, a juzgar por el sonoro portazo que retumba por toda la casa, está muy cabreada.
Vale, puedo confirmar que soy el mayor gilipollas del puto mundo. Tenía una preciosidad como ella entregándose a mí y la he rechazado. He herido sus sentimientos de la peor forma posible.
¿Ya puedo coronarme como el imbécil número uno o espero a liarla con esta mujer un poco más?
Me quedo sentado en el sofá, mirando a la nada y dejando que las horas pasen, mientras los gemidos de Daniela al correrse se reproducen en mi cabeza una y otra vez. Este puto mal sueño debe de ser mi penitencia, y encima el único responsable he sido yo.
Y con los recuerdos y la polla medio dura, me encuentran el amanecer y Daniela, que, cuando sale de su habitación, se para delante de mí.
Lleva una camiseta que le llega por la mitad del muslo y me mira fijamente con los brazos sobre las caderas y una cara que no sabría decir si es de deseo o de odio absoluto.
—Hace horas que el vino dejó de hacer efecto, y creo que tenemos que hablar, Enzo.