Play off 31. Come y calla #2
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31. Come y calla #2

Termino el postre disfrutando de cada bocado. No sé si es verdad que Eiden conquistó de este modo a su chica, pero si así fuera no me extrañaría, porque este sabor es de otro mundo.

Antes de salir, Enzo se despide de Bree y le da recuerdos para Anna. Nos montamos en el coche y yo voy un poco achispada por el vino de la cena. Él, en cambio, ha sido responsable y prácticamente no ha bebido nada.

—¿Quieres ir a casa o prefieres que tomemos algo? —titubea al hacerme la pregunta.

Siendo sincera, no quiero que la noche se acabe. Pero también sé que Enzo no disfruta mucho de ir a sitios donde pueda encontrarse con demasiada gente. Es muy estricto con su vida privada y no quiero que se sienta incómodo.

—Podemos hacer las dos cosas, volver a casa y tomar algo allí. ¿Qué te parece?

—Me parece perfecto, Daniela. —Da unos golpecitos rítmicos en el volante antes de arrancar.

Ponemos rumbo a su casa. Enzo se ha remangado la camisa, y no sé si es por el vino, pero lo observo conducir con los músculos de los antebrazos tensándose y me empiezan a subir unos calores que hacen que baje la ventanilla para que el aire fresco me dé de lleno en la cara.

Llevo todo el día sexualizando a este hombre y, aunque sé que no está del todo bien hacerlo, me empieza a dar igual. Me revoluciona como si estuviera pisando el pedal del acelerador hasta el fondo.

—Voy a ponerme cómoda, ahora vuelvo —lo informo cuando entramos por la puerta de su casa.

El móvil de Enzo empieza a sonar y lo veo mirar la pantalla entornando los ojos.

—De acuerdo, es Dylan —me dice mientras contesta la llamada—. ¿Qué quieres, imbécil? Ya te ha ido con el chisme Bree, ¿no?

Me dirijo a mi habitación con una sonrisa tonta en los labios. Al parecer, debe de ser el acontecimiento del año que Enzo haya ido a cenar con una chica.

Me cambio de ropa, me iba a poner el pijama, pero descarto esa opción. Como hace calor, elijo unos pantalones cortos y una camiseta básica blanca de algodón. También me desmaquillo, porque sé que después me va a dar más pereza, y así le doy tiempo para que termine de hablar con su amigo.

Cuando vuelvo al salón, descubro que Enzo también se ha cambiado, que ha puesto música y que dos copas reposan sobre la mesita acompañadas por una botella de vino como la del otro día. También ha bajado la intensidad de las luces y, de pronto, todo el ambiente es... más.

Cuando advierte mi presencia, sus ojos se posan en mí, y casi diría que puedo sentirlos recorriendo todo mi cuerpo.

—No sé hacer cócteles ni nada extravagante, así que he recordado que el vino del otro día te gustó —se excusa. Pero lo cierto es que yo no necesito nada ostentoso; por extraño que pueda parecer, en estos momentos solo lo necesito a él.

—Ya veo, así es perfecto —confieso mientras me siento en el sofá manteniendo las distancias.

Lleno las dos copas hasta la mitad, le paso la suya y yo cojo la mía. El primer trago baja por mi garganta frío y algo ácido, consiguiendo que mi piel se erice.

—Creo que aún no te he dado las gracias por el día de hoy. Me ha ayudado a olvidarme de todo lo que ha pasado. Ha terminado siendo un buen día, Enzo. Gracias. —Una sonrisa tímida escapa de mis labios.

—No hace falta que me las des, para mí también lo ha sido. Hacía tiempo que..., bueno... —Se mesa el pelo con las manos sin terminar la frase.

—¿Que no salías a cenar con alguien?

—Sí.

No sé qué narices nos pasa, pero parecemos dos adolescentes en su primera cita. Y no habría ningún problema si no hubiéramos dejado la adolescencia atrás hace bastantes años, y porque esto no es una cita.

—Es cómodo el sofá... —suelto sin pensar, pasando una mano por la suave tela gris.

—Daniela, ¿estás elogiando su comodidad porque no sabes qué más decir? ¿Esto es el equivalente a hablar del tiempo en el ascensor con el vecino que te da mal rollo solo para que no se instale un silencio incómodo?

—Puede... Pero tú no eres el vecino que da mal rollo, serías más bien el buenorro que te pone nerviosa, ya sabes... Es que si digo lo que de verdad se me está pasando por la cabeza...

—¿Qué?

—Que no sé cómo acabaremos...

—¿Tienes miedo?

—No, pero...

—Pero sigues con dudas, lo entiendo. No esperaba nada más de esta noche que lo que hemos hecho.

Esto no es una especie de plan malévolo para hacer que te acuestes conmigo, solo me apetecía que tuvieras una tregua.

No me ha gustado verte tan vulnerable esta mañana, y solo quería que, cuando pienses en este día, no recuerdes ese mensaje.

Lo que me dice me resulta tan bonito que me lanzaría a sus brazos sin pensarlo dos veces. Que le den por saco a lo de no mezclar las cosas, tampoco creo que sea tan malo que nos enrollemos, ¿no?

—Tú... —empiezo a decir, pero cierro la boca porque no sé qué añadir después de todo lo que me ha dicho sin que parezca que estoy a punto de vomitar purpurina de colores. Me limito a mirarlo y desear que me bese de una vez.

La forma en que me devuelve la mirada hace que me sienta acogida por la miel de sus ojos.

Me hace replanteármelo todo. Me acuerdo de todas las noches, de los mensajes que intercambiamos, y quiero descubrir la verdad velada que reflejaban.

Quiero saber cómo sabe, cómo lo hace, y del resto se encarga el vino. ..

Termino de beber el contenido que queda en mi copa de un trago y la dejo en la mesa.

Acorto la distancia que nos separa mientras Enzo me observa sonriendo.

Hace lo mismo con su copa y me mira fijamente, esperando que sea yo la que diga o haga algo.

Y como lo único que soy capaz de hacer es retarlo con la mirada, es él el que toma la iniciativa.

—No te acerques tanto porque te vas a quemar, Daniela.

—¿En serio? —Suelto una carcajada, porque es imposible quemar algo que ya está ardiendo—. Creo que ya es tarde para eso, Enzo.

Me aproximo un poco más, pero él permanece quieto. Como una estatua de mármol, una muy bien esculpida pero inmovilizada en el tiempo. Tiene la mandíbula apretada y sé que debe de estar conteniéndose, lo veo en su cuerpo y en su mirada, que no se despega de mi boca.

Me humedezco los labios y me acerco lo suficiente para llegar a su oído sin esfuerzo; sin tener que estirarme, pero evitando que nuestra piel entre demasiado en contacto.

—Enzo —le susurro.

—¿Qué?

—Bésame, por favor —le pido en una súplica llena de deseo.

—Daniela, te advertí que no iba a dejar que volvieras a jugar conmigo, y que la siguiente vez que lo hicieras no me iba a contener, pero estás a tiempo de pararlo.

—Pensaba que me habías dicho que no eras un cobarde... No puedo más —lo reto un poco, esperando que por fin ponga remedio a la sed que siento.

No necesito añadir nada ni hacer ningún otro movimiento.

Enzo exige lo que es suyo y sus labios chocan con los míos en un beso cargado de ganas y de espera.

Y en un segundo siento cómo su boca abrasa todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

Hay saliva, dientes y gemidos que se mezclan con nuestras ganas, con lo que llevamos deseando desde la primera vez que nos cruzamos.

Aunque yo haya intentado frenarlo con todas mis fuerzas.

Nos saboreamos, nos probamos y nos comemos.

Nuestras bocas encajan a la perfección, y Enzo sabe reclamar lo que lleva tanto tiempo esperando.

Mi boca le abre paso, mi lengua le da la bienvenida a la suya y ambas chocan cuando se encuentran.

No es un beso bonito, es un beso del que se escapan gemidos, en el que se roban mordiscos y que no sabes cómo parar sin que finalice en un orgasmo o te veas sumido en unas ganas de las que duelen.

Cuando por fin nos separamos para coger aire, Enzo me agarra por el culo y, en un movimiento que me hace sentir como si yo pesara menos que una pluma, me sienta encima de él.

Puedo sentir su dureza entre mis piernas, y muevo un poco las caderas para acomodarme bien sobre ella.

Atrapo mi labio inferior y un suspiro de placer escapa de mi boca cuando Enzo me aprieta el culo, mece mi cuerpo y su polla masajea mi centro.

Por inercia, echo la cabeza hacia atrás muerta de deseo.

—Joder, Daniela...

—Lo sé, yo también.

Y es que nuestros cuerpos reaccionan tan bien juntos que da un poco de miedo.

Hacía mucho que con unos besos no me sentía así, tan lujuriosa, tan mojada, tan perdida en él.

Nuestras bocas vuelven a chocar y mis manos van solas a enredarse en el pelo de Enzo.

Dios, llevo prácticamente desde que lo conocí obsesionada con hacer esto.

Tiro un poco de él, y suelta un gruñido y me muerde el labio conteniéndose para no perder el escaso control que debe de quedarle.

Estoy perdida en este tío ahora mismo y no entiendo cómo he sido capaz de dominarme tanto tiempo.

—Enzo, necesito más.