31. Come y calla
Come y calla
Daniela
No recordaré la mañana de hoy como la mejor de mi vida, pero la tarde ha tomado otro color diferente y la estoy disfrutando como una niña pequeña abriendo los regalos de Navidad. Y menudo regalo, madre mía.
Después de desahogarme con Enzo y soltar un poco de lastre, mi humor ha cambiado de manera drástica. Y la mayor parte se lo debo a él, por escucharme y por su consejo de mierda, que ha conseguido que me ría tanto que hasta me duele la tripa.
Después me he ofrecido a ayudarlo con las nuevas tomas en el gimnasio y, si llego a saber que me lo iba a pasar tan bien viendo a otra persona hacer deporte, me habría planteado cambiar de profesión y empezar mi carrera en el mundo del fitness.
Enzo sabe que estoy embobada mirando cada movimiento que hace y lo está disfrutando, hasta diría que está forzando un poco de más algún ejercicio para llamar mi atención, el muy... Pero no voy a ser yo la que se queje.
Pasamos toda la sesión intercambiando miraditas, sonrisas y repitiendo algunas tomas que no se han enfocado bien. Yo no he hecho deporte ni esfuerzo físico, pero el calor que recorre mi cuerpo dice lo contrario. Creo que necesito una ducha fría con urgencia.
Cuando acabamos de grabar, Enzo se quita la camiseta dejando a la vista su torso desnudo, marcando cada músculo que ha ejercitado. Una parte de mí está aplaudiendo muy fuerte con ambas manos.
—¿Es necesario que te desnudes delante de mí cada vez que tienes oportunidad? —le pregunto intentando simular de forma penosa que el hombre que tengo sin camiseta delante de mis narices no me pone nerviosa.
—Yo creo que sí, para que no tengas que seguir imaginándotelo.
—Eres un sinvergüenza —suelto mientras él se parte de risa porque sabe que ha conseguido justo lo que quería, ruborizarme.
—Me voy a dar una ducha, ¿te apuntas?
Pero será...
—¿Aquí también tienes una doble? —lo pico un poco mientras voy apagando las cámaras y recogiéndolas en un rincón de la sala.
—Si lo quieres descubrir, tendrás que decir que sí.
—Prefiero quedarme con la duda —contesto negando con la cabeza.
—Tú te lo pierdes, Daniela. —Enzo mira el reloj de su muñeca y lo veo haciendo cálculos—. En dos horas tenemos que estar listos.
—¿Cómo? —le pregunto sin tener ni idea de para qué tenemos que estar preparados en ese tiempo.
—Vamos a salir a cenar, en plan amigos. —La cara que pongo debe de alarmarlo, pensando que quizá me haya molestado que haya decidido por los dos—. He pensado que..., bueno, que podríamos salir por la ciudad para despejarnos un poco. Mierda, tendría que habértelo preguntado antes.
—No, no. La verdad es que me apetece mucho, solo me ha sorprendido viniendo de ti —le digo intentando tranquilizarlo.
—Genial. Conozco un sitio al que suelo ir cuando estoy por aquí, creo que te va a gustar.
No tengo ni idea de adónde tiene pensado llevarme, pero me da igual. Me apetece mucho salir y despejarnos un poco por New Lake. Solo he estado una vez aquí por trabajo y me quedé con ganas de conocer más el lugar.
—Qué misterioso. Vale, pues voy a prepararme. ¿Es en plan formal o...?
—Ve como quieras, estás perfecta siempre. —Sabe qué decir para sacarme una sonrisa y despertar algo en mi interior que revolotea, dejándome sin palabras y sin saber qué responderle.
Salimos de allí y vamos cada uno a su habitación. Oigo cómo Enzo me llama una vez que casi está dentro de la suya.
—Y si cambias de idea sobre lo de ducharnos juntos, ya sabes dónde encontrarme —suelta.
—Que te den —le digo entre risas.
Salgo de la ducha aún sin tener ni idea de qué ponerme, así que opto por lo fácil.
Un look que tengo trilladísimo pero que siempre es un win win , con el que estoy cómoda y me siento guapa.
Un vestido rojo con escote barco que voy a combinar con unos tacones negros que son cómodos y que me estilizan las piernas, haciéndolas infinitas.
Un maquillaje sencillo, eyeliner , varias capas de máscara de pestañas y un brillo de labios.
Me dejo el pelo suelto y me peino el flequillo de lado.
Después cojo un bolso negro, una biker del mismo color y salgo de mi habitación preparada para lo que quiera que me vaya a deparar la noche.
Enzo está ya esperándome en el salón, de pie, apoyado en la pared. Va vestido de gris de pies a cabeza y no hace falta que reseñe que le queda muy bien. ¿Cómo algo tan sencillo como una camisa, una americana y un pantalón puede sentarle tan bien a alguien? ¡Que me lo expliquen, por Dios!
Cuando entro en su campo de visión, me repasa de arriba abajo y sube las cejas. Veo cómo su nuez se mueve de forma lenta mientras traga saliva y sacude la cabeza.
—Joder, Daniela. Estás impresionante.
—Tú tampoco estás nada mal.
—¿Nos vamos? —propone al fin.
—¿No me vas a decir adónde? Porque la última vez que estuve aquí, Mateo me llevó a un sitio un poco especial.
—¿Habías estado antes en New Lake? —pregunta sorprendido.
—Sí, estuvimos aquí haciendo una sesión de fotos para un magazín de cocina. Y Mateo tuvo la brillante idea de llevarnos a un local del que le habían hablado maravillas, pero que resultó ser un sitio de esos de intercambio de parejas...
—No me jodas... Aunque, viniendo de tu amigo, no sé por qué no me sorprende.
—Me va a tocar hacer de abogado del diablo, y en su defensa diré que él no lo sabía.
Y, bueno, la verdad es que después del susto inicial nos lo terminamos pasando muy bien.
—Enzo me mira sorprendido, analizando las palabras que acabo de decirle—.
No, no allí. Cuando descubrimos dónde estábamos, nos marchamos de vuelta al hotel, pero aquello nos dio para reírnos toda la noche, y hoy en día es una anécdota recurrente entre nosotros. Cada vez que puedo se lo recuerdo.
—Que quede claro que no te estaba juzgando, cada uno es libre de disfrutar como quiera.
—Bueno, y si lo hiciera sería problema mío, pero no me van esas historias, no soy de compartir.
—Yo tampoco.
El buen rollo y la complicidad se instalan entre nosotros durante el trayecto hasta el sitio al que nos dirigimos. Cuando llegamos, sonrío al descubrir que sé perfectamente dónde estamos.
Una fachada negra y sobria contrasta con una pared llena de grafitis, y las letras de La Rivière nos dan la bienvenida.
—No te lo vas a creer, pero ya he estado aquí —le aclaro a mi acompañante ante su sorpresa.
—¿En serio?
—Sí, la sesión de fotos fue con Eiden Hugh. Después nos invitó a cenar a todo el equipo. Me gustó muchísimo.
—¿La cena? ¿O el chef?
—Los dos.
—El muy cabronazo es un guaperas. Me tranquiliza saber que no está en el mercado, ni revoloteando hoy por el restaurante.
—¿Celoso? —le pregunto intentando picarlo. Como respuesta, Enzo me pone los ojos en blanco—. ¿Cómo has conseguido mesa? Tienen una lista de espera que da miedo verla.
—Conozco a Bree, la jefa de cocina. Siempre tiene una mesa guardada para mí cuando vengo.
Anna, su mujer, es prima de Dylan y, cuando paso por aquí, suelo hacerles una visita.
Esta mañana, después de..., bueno, de la conversación que hemos tenido, la he llamado para saber si sería posible cenar hoy y así sorprenderte un poco.
Pero no tenía ni idea de que ya hubieras estado.
—¿Intentabas impresionarme con tus contactos, Silva?
—No, pero si así hubiera sido, está claro que habría fallado de forma estrepitosa.
—Siempre podemos ir al local al que me llevó Mateo.
—Prefiero seguir teniéndote para mí solo, aunque solo sea para cenar.
Cuando llegamos, nuestra mesa está preparada ya. Bree es encantadora; cuando estuve trabajando aquí no coincidí con ella, pero tiene una presencia y una energía difíciles de olvidar. Además, es guapísima, con ese pelo rojo y esos rasgos perfectos.
La cena es espectacular y pasamos todo el rato riendo, me siento muy cómoda en la compañía de Enzo. Y el vino ayuda a soltarme un poco más y a olvidarme de lo que ha pasado esta mañana. Sea quien sea el que quiere volver a amargarme y hacerme pequeña, lo va a tener complicado.
El postre nos lo sirve directamente Bree, que deja dos pequeños platos sobre la mesa.
—¿Qué tal todo, chicos? Espero que tengáis hueco para el dulce —nos dice la pelirroja.
—Todo genial, como siempre. Ya sabes, voy gritando «¡Hike!» por todos lados y me voy chocando con defensas imaginarios por donde paso. ¿Por aquí todo bien? —pregunta Enzo.
—La verdad es que sí, una locura, pero no me quejo.
Ya sabes que me va la marcha. Me he tomado el atrevimiento de hacer un pequeño cambio en la carta; hoy, en vez de uno de los postres de Anna, os he traído la especialidad del chef.
Tiramisú. Dice que así conquistó a su pareja y lo reservamos para las ocasiones especiales.
—Veo cómo le guiña un ojo a Enzo y a este se le escapa una carcajada.
—Bree, eres una lianta —comenta riéndose.
—Enzo, desde que te conozco es la primera vez que vienes acompañado. No iba a desaprovechar la oportunidad de tocarte un poco los cojones. Disfrutad del postre y de lo que queda de noche. Un placer conocerte, Daniela, espero verte más veces por aquí.
—Igualmente. Muchas gracias, estaba todo riquísimo —le contesto de forma cortés.
Ella se marcha y nos deja solos. Las mesas del local están colocadas de forma calculada, para que no sientas que estás rodeado de otras personas, y las luces tenues ayudan a que la atmósfera sea muy íntima.
—No le hagas caso, es una vacilona.
—¿En qué no tengo que hacerle caso? Ya me has dicho que no has venido aquí con nadie más que tu madre y Dylan. No me ha molestado en absoluto ninguno de los comentarios que ha hecho. Ni que se haya tomado la molestia de traernos este postre especial, que tiene una pinta deliciosa.
—Entonces olvídalo y hazle caso en todo. Dame un segundo, que la vuelvo a llamar y que te diga algo más. —Noto cierto nerviosismo en el tono de su voz y sonrío para mis adentros al verlo así y no ser yo la que se ruborice esta vez.
—Tampoco te pases, come y calla, Enzo.
—A sus órdenes, señorita Miller.