29. No debería mirarle el culo
No debería mirarle el culo
Daniela
La tarde de ayer fue casi mágica, me gustó mucho compartir ese momento en el jardín con Enzo, conocerlo un poco más, que me hablara de su madre, de su relación con ella y de cómo había sido su infancia.
Valentina nos envió un e-mail bastante extenso con las indicaciones de qué quería que grabáramos durante los días que vamos a estar aquí.
Nada complicado ni demasiado personal. Yo, por mi parte, siento que estoy empezando a levantar las barreras en mi relación con Enzo.
Y empiezo a dudar de si merecería la pena descubrir los «¿qué habría pasado si.
..?» en los que a veces me sorprendo pensando.
El protagonista de esos pensamientos está en el gimnasio grabándose, y voy hacia allí para ver si necesita algo. Me quedo embobada en el umbral de la puerta, mirando cómo sube y baja la pesa que tiene en una mano. Hay que ver lo bueno que está.
Observo cómo sus músculos se tensan cada vez que la sube y la baja y emite una especie de gruñido que me resulta de lo más sexy.
Cuando se levanta para dejar la pesa en su sitio, me fijo en los pantalones de deporte que lleva y en que le quedan de muerte.
Le hacen un culo que hace que mi mirada se centre en esa parte de su anatomía.
Mierda, no debería estar mirándole el culo.
—¿Te gusta lo que ves?
«Pillada».
—No, no estaba... —intento excusarme lo más rápido que puedo desviando la vista.
—Joder que no. No pasa nada, no me molesta que me comas con los ojos —aclara mientras se ríe y niega con la cabeza.
—¡NO TE ESTABA COMIENDO CON NADA! —exclamo levantando un poco el tono de voz.
—Ya lo creo que sí. Mira, acércate, justo aquí, ¿ves? Me falta un trozo —agrega señalándose el culo.
—Eres idiota.
—Y tú una mirona, señorita Miller.
—Bueno, vale. Tengo ojos y los uso. ¿Algún problema, señor Silva? —pregunto poniendo los brazos en jarras.
—En absoluto, puedes mirar todo lo que quieras. —Me dedica la sonrisa más juguetona que me han ofrecido en toda mi vida.
Siento que cada vez estamos entrando en terreno más pantanoso, y esta es solo la segunda mañana que compartimos juntos.
Cuando estamos rodeados de más personas me cuesta menos mantener la mente fría y la distancia con él, no perder el foco, pero estando solos, me resulta más difícil separar ambas cosas.
—Venía para ver si necesitabas algo —le aclaro.
—Y, ya de paso, llevarte una alegría —me vacila con sorna. Desde que estamos aquí también estoy conociendo a otro Enzo, mucho más alegre y juguetón, y eso no está ayudando tampoco.
—Veo que te has levantado graciosito esta mañana, ¿no?
—Quizá...
—Bueno, ¿necesitas algo o no?
—¿Me puedes alcanzar esa toalla de ahí, por favor? —Señala un trozo de tela azul que está encima de una de las máquinas del gimnasio que justo me queda al lado.
—Sí, toma. —Se la lanzo en un burdo intento de darle con ella, pero la coge al vuelo—. Buenos reflejos.
—Si no los tuviera, no me pagarían lo que me pagan por hacer mi trabajo, Daniela. —Se seca con la toalla y se acerca a mí—. ¿Has desayunado?
—No, he venido directa aquí en cuanto me he levantado, ¿y tú?
—Primero entreno, luego desayuno.
—Podemos hacerlo juntos. —Enzo me mira con los ojos muy abiertos—. Desayunar, digo.
—Ya... —Suelta una risa por lo bajo que no me pasa inadvertida—. Lo que dijiste ayer ¿es verdad?
—¿Puedes ser un poco más específico? Digo muchas cosas.
Sé perfectamente a lo que se refiere porque ha sido un pensamiento recurrente a lo largo de la noche, pero me estoy haciendo la tonta.
—Sobre tus dudas de cómo habría sido pasar la noche conmigo cuando nos conocimos. —Directo y sin titubear—. Si hubiéramos sido Mia y Gabriel.
—Puede —pronuncio con mirada inocente. Pero de inocente, nada, soy culpable y estoy lista para que me lleven a la cárcel.
—¿Puede? Oh, venga, Daniela, no juegues conmigo. Porque yo lo estoy intentando, estoy intentando respetar tu decisión, pero si me dices esas cosas me lo pones jodidamente difícil.
—Ni yo misma estoy segura de que quiera que respetes mis decisiones. —Hale, ya lo he dicho—. Voy... voy a la cocina a preparar café.
Me doy la vuelta y salgo huyendo de allí porque no soy capaz de enfrentarme a mis palabras y necesito un poco de aire y mucha distancia. Soy una kamikaze que va directa a estrellarse contra un muro de contención, y por mucho que intento pisar el freno para parar, este no funciona.
Mi huida no resulta exitosa, porque no he llegado muy lejos cuando siento cómo una mano fuerte me agarra del brazo y hace que me detenga en seco.
—No, no te vas a escapar ahora, Mia —me susurra cuando ya me tiene bajo su cercanía, atrapándome con su cuerpo contra la pared.
—No me estoy escapando de nada, Gabriel. Como te he dicho, voy a hacer café. —Lo miro fijamente a los ojos intentando desafiarlo.
—¿Qué has querido decir con lo de que no estás segura de que quieres que respete tus decisiones?
—He querido decir justo lo que he dicho...
—No juegues más conmigo, porque no habrá un segundo aviso. La próxima vez que sueltes algo parecido a lo que acabas de insinuar no pienso controlarme tanto —me advierte.
—Creo que para eso ya es tarde —le confieso, porque a no ser que caiga un meteorito que haga que el mundo se detenga, veo cada vez más complicado que en estos días que vamos a pasar juntos y SOLOS no acabemos complicando las cosas entre los dos.
La tensión que existe es innegable, y empiezo a estar un poco cansada de mantener las distancias.
Enzo está peligrosamente cerca de mí. Su piel está caliente después de entrenar y su mirada está clavada en mis labios y la mía en los suyos.
Dios, creo que necesito besarlo. Necesito sentir su boca sobre la mía, sus manos sobre mi cuerpo, saber cómo se sentirá su barba rozando alguna parte sensible de mi piel. .. Espera, ¿barba?
—No te has afeitado —logro decir en un suspiro por su cercanía.
Enzo me mira sin saber muy bien por qué he hecho esa apreciación y luego sonríe de medio lado.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta?
—No, bueno, sí. O sea, no, no es por eso... Mierda. Es por el rácord, idiota. Lo que hayas grabado durante la mañana no sirve si sales con barba, Enzo. Hay que seguir la misma estética para que no haya problemas luego en montaje a la hora de juntar las imágenes y no haya saltos de continuidad.
Aprovecho que mi contestación lo pilla desprevenido para zafarme y escapar por debajo de su brazo de la «cárcel Enzo» en la que me había encerrado.
—Mierda —suelta él.
—Sí, mierda. Aféitese, señor Silva. Voy a hacer café —agrego con una sonrisa triunfal mientras me alejo camino de la cocina.
—Daniela, no pienso dejar esto así.
—Tampoco pretendo que lo hagas.
Consigo salir airosa de la situación en la que yo solita me he metido, al menos por ahora.
Unos minutos después de nuestro intercambio de pensamientos peligrosos, o de los míos más bien, el olor a café inunda la estancia. Saco dos tazas del armario y lo sirvo. No tengo ni idea de cómo lo toma él, así que la lleno sin añadirle nada más. Al mío le pongo un poco de leche.
—¿Así que nada de lo que he grabado sirve? —me pregunta entrando en la cocina, afeitado y con el pelo mojado y peinado hacia atrás.
—Lo preguntaré, pero casi seguro que no —contesto negando con la cabeza—. Lo siento, ha sido fallo mío, debería habértelo dicho ayer cuando terminamos de montarlo todo.
—No pasa nada. Mejor habernos dado cuenta ahora. Por suerte, suelo entrenar dos veces al día, volveré a grabarme esta tarde y que así puedas seguir mirando también. —Levanta las cejas de forma sugerente.
Cuando se pone así no puedo contener que una sonrisa tonta invada mi cara.
—Que no te estaba... Mira, da igual. Toma —le digo pasándole la taza de café—. Como no sé cómo te gusta, no le he añadido nada.
—Gracias, lo tomo así, solo. —Lo miro haciendo un gesto que deja claro que ya lo suponía—. ¿Qué? No te sorprende, ¿verdad?
—La verdad es que no. Te pega bastante.
—Solo y amargo, ¿eh? —bromea acercándose la taza a la boca para darle un trago al café.
—Lo has dicho tú, no yo.
Ambos nos reímos a la vez. Yo habría dicho que le pegaba tomarlo así porque es intenso y puro, pero él ha preferido quedarse con la apreciación que hacen casi todos los mortales y no voy a llevarle la contraria por no subirle más el ego, que esta mañana parece estar en lo más alto.
Mi móvil, que está sobre la encimera, suena, avisándome de que me ha llegado un mensaje. Lo abro sin esperar lo que me voy a encontrar. Hay una solicitud en mis mensajes de mi cuenta privada de Instagram de una cuenta que no conozco. No tiene publicaciones visibles. Lo abro y me paralizo.
Es un clip corto pero que he visto tantas veces que me sé de memoria cada fotograma.
Se me acelera el corazón y el estómago se me revuelve al ver la imagen que se repite una y otra vez.
Soy yo y mi cara desencajada de aquel fatídico día.
El minivídeo está acompañado por un mensaje claro y conciso: «El pasado siempre vuelve, Daniela».
Mierda, no tengo ni idea de cómo han encontrado esta cuenta ni de quién narices me está escribiendo este mensaje. Sin poder evitarlo, el móvil se me escapa de las manos y cae al suelo. Enzo me mira sin entender lo que está ocurriendo y, a una velocidad asombrosa, se sitúa a mi lado.
—¿Estás bien, Daniela? ¿Qué ha pasado? —me pregunta preocupado.
—Eh..., yo...
—Mírame. —Me coge con suavidad la cara para hacerme volver a la realidad. Levanto la mirada para encontrarme con la suya. Está preocupado, lo veo en sus ojos y lo noto en el tono de su voz.
—Tranquilo, es solo... —intento buscar una excusa creíble, pero no encuentro las palabras. Mi mente está en blanco y no tengo fuerzas para salir de aquí sin tener que explicarle lo que está sucediendo en realidad.
—¿Algo de tu pasado? —pregunta como si hubiera podido leer en mis ojos lo que mi boca no es capaz de pronunciar.
—¿Cómo lo sabes? —Lo miro sorprendida de que haya dado justo en el clavo.
—Porque esa es la misma reacción que tengo yo cuando me acuerdo del mío.
Y en ese preciso instante dejo que el pánico se vaya y decido que ya es hora de dejar de esconderme por algo que, aunque no debería haber ocurrido, ocurrió. Y aunque no fui la única responsable, tuve que cargar con la culpa y la vergüenza.
—¿Te importa si vamos fuera? Necesito tomar el aire.
—Claro. Ya llevo yo esto. —Señala con la cabeza mientras coge las dos tazas con una mano y el móvil, que seguía en el suelo, con la otra.
Enzo me acompaña hasta el jardín, tomamos asiento y, por primera vez en un año, me siento preparada para contarle a alguien ajeno a mi vida de entonces lo que de verdad pasó, a lo que tuve que enfrentarme y por qué este trabajo es realmente tan importante para mí.
Es la última oportunidad que tengo para encauzar mi vida.