Play off 28. Confesiones tras la pared #2
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28. Confesiones tras la pared #2

—Ahora sí, perdona. ¿Querías algo? —pregunta mirándome de arriba abajo—. ¿Te has cambiado de ropa?

—Qué observadora. He tenido un pequeño percance en la cocina, nada importante. Me preguntaba si te apetecía tomar algo en el jardín.

—¿Contigo?

—Hasta donde yo sé, no hay nadie más en la casa.

—No, no quería decir eso. Estaba descentrada, perdona —se excusa viniendo hacia mí—. Sí, claro que me apetece.

—Vale, pues voy a prepararlo todo. ¿Te gustan el queso y las uvas?

—Sí.

—Perfecto —asiento mientras ambos nos dirigimos hacia la cocina.

Salgo al jardín y dejo las copas, el vino y el queso francés morbier , que vamos a acompañar con unas uvas que lleva Daniela en la mano y unos sticks de pan.

Lo dejamos todo en la mesa, nos sentamos en las sillas de ratán y luego abro la botella de vino blanco.

Sirvo un poco en las dos copas, aunque yo no voy a beber, y le acerco una a Daniela.

—Gracias. —Se la lleva a los labios y le da un sorbo—. Mmm..., está muy rico.

—Dáselas a Dylan cuando lo vuelvas a ver. Él es el entendido. Tiene acciones en StoryBook Envy Wines, un viñedo en Calistoga. Le encanta todo el tema de la enología.

—Aunque él haya elegido el vino, tú me lo has servido y has tenido esta idea, así que prefiero dártelas a ti, Enzo.

—Después del día que has tenido, era lo menos que podía hacer. No suelo disfrutar mucho del jardín cuando vengo aquí.

—Pues deberías, las vistas son impresionantes y se respira mucha paz.

—No es lo mismo cuando estás solo.

—No me irás a soltar ahora el rollo de que nadie salvo yo ha venido a tu casa, ¿verdad?

Niego con la cabeza, y ella suelta una risita.

—Mi madre y Dylan han estado aquí, pero salvo ellos, nadie más.

—¿Te llevas bien con ella? —me pregunta llevándose la copa de vino a los labios de nuevo.

—¿Con mi madre? Sí, pero no vive aquí. Es italiana y, en cuanto me lo pude permitir, le compré una casa allí.

Nunca fue del todo feliz aquí y yo no podía pasar mucho tiempo con ella.

En la medida de lo posible, quería guardar su anonimato.

Una vez al año viajo a Manarola para pasar una semana con ella.

—¿No tienes a nadie más?

—Eres demasiado correcta preguntando. ¿Te refieres a mi padre?

Daniela asiente.

—Lo siento, no quiero ser indiscreta ni parecer una cotilla.

—No me molesta que me preguntes por mi vida.

No llegué a conocerlo. Mi madre llegó aquí siendo muy joven, conoció a un hombre que se lo prometió todo y luego no cumplió nada.

Se quedó embarazada de mí y, cuando el desgraciado lo supo, se marchó y la dejó tirada.

Me sacó adelante ella sola. Se mataba a trabajar para que no me faltara de nada, o por lo menos nada esencial.

Lo menos que podía hacer por ella era intentar que fuese feliz.

—Seguro que es una gran mujer, viéndote a ti, lo hizo muy bien. Aunque tienes tus cosillas. —Esto último lo dice entornando los ojos y soltando una risita.

—Se lo diré de tu parte.

Nos quedamos un rato en silencio, bebiendo y comiendo. El sol empieza a esconderse en el horizonte y comienzo a notar un calorcito especial en mi interior que hacía mucho que no sentía.

—Espero que te quede un hueco para algo más. —Saco un paquete de detrás de la silla.

—¿El qué? —Muevo lo que he reservado para el final, le enseño la bolsita naranja de Reese’s en miniatura y Daniela abre mucho los ojos—. ¿De verdad? Son mis favoritos. ¿Cómo lo has sabido?

—Además de tener mis cosillas, también soy muy observador, y te he visto devorarlos medio a escondidas en los rodajes.

Verla comerlos es jodidamente sensual, incluso se le escapa un gemido de satisfacción con cada bocado que da. Joder, podría vivir en ese sonido el resto de mi vida.

Compartimos la bolsa mientras el tiempo pasa en silencio.

—El último Reese’s por tus pensamientos —le propongo.

Daniela tantea mi mirada unos segundos y atrapa su labio inferior con los dientes.

—Estaba pensando en cómo habría sido si Mia y Gabriel hubieran acabado juntos aquella noche.

Se levanta de la silla y se acerca a mí.

—Gracias —susurra en mi oído.

Acto seguido, me da un beso en la mejilla, me quita el último chocolate de la mano, se lo mete en la boca y se va, dejándome solo con la miel en los labios y totalmente desarmado.

Esta chica va a matarme.

Cuando me meto en la cama, pienso que nadie, salvo Dylan y Archie, sabe la historia de mi madre.

Lo mucho que sufrió por tener que criarme en el barrio donde vivíamos, por no poder darme la vida que ella pensaba que me merecía y por no poder pasar todo el tiempo que habría querido conmigo.

Se deslomaba a trabajar para que yo tuviera ropa, una educación y comida que llevarme a la boca.

Pero no era suficiente, y el sentimiento de culpa inundaba sus ojos azules.

No obstante, yo siempre he valorado lo mucho que luchó por mí, lo mucho que lo sigue haciendo en la distancia, el amor que me da, todo lo que me enseñó que merecía la pena y lo que no.

Y, a pesar de su empeño, de su amor y de las lecciones que me transmitió sobre lo que realmente es importante, soy consciente de que, al final, terminé sucumbiendo a aquello de lo que ella intentó protegerme durante tantos años.

Pese a eso, siempre ha estado de mi lado, sintiéndose orgullosa del hombre en el que me he convertido.

Porque una madre es capaz de perdonárselo todo a su hijo.