28. Confesiones tras la pared
Confesiones tras la pared
Enzo
Tengo todas las maletas abiertas y desperdigadas por el salón. Llevo un rato delante de ellas, mirándolas sin saber por dónde cojones empezar. Hay trípodes, varias cosas blancas de plástico —que reconozco haber visto antes, pero no sé cómo se llaman—, alguna cámara pequeña y micrófonos.
Resoplo porque no tengo ni idea de cómo usar todo esto ni dónde debo colocarlo. Y justo así es como me encuentra Daniela cuando sale de su habitación.
—Impone, ¿verdad? —me pregunta con las manos en la cintura.
—No sé qué tengo que hacer con todo esto, espero que tú sí, porque si no me temo que, cuando Valentina nos llame para ver cómo vamos, tendré que decirle que soy un inútil y que abandono el barco.
—Bueno, entonces debe de ser tu día de suerte, porque tienes delante a la persona que va a salvar tu culo. —Sus palabras me calman, y ella me dedica una dulce sonrisa.
Está preciosa recién levantada. Lleva un moño despeinado y tiene los labios hinchados por las horas de sueño. Aún no se ha cambiado de ropa y lleva el mismo pijama azul con el que la encontré dormida en la cama.
—Joder, menos mal —resoplo aliviado.
—¿Pensabas que tenías que hacerte cargo tú solo de montar un equipo del que claramente no ibas a saber nada?
—Yo qué sé...
—Tú propusiste que viniera yo, pero Valentina y Mateo sopesaron las opciones. Si no hubieran estado seguros de que sabría qué hacer con todo esto, no habrían dado el okey.
—Tiene sentido, sí.
—¿Has dormido bien?
—¿Por? ¿Tan mala cara tengo? —bromeo.
—No, no quería decir eso.
—Lo sé, Daniela, solo estaba de coña. He dormido bien, para ser yo.
La realidad es que, desde que nos despedimos en la puerta de nuestras respectivas habitaciones, debí de pegar ojo un par de horas más a lo sumo. He perdido la cuenta de los años que llevo sin dormir más de ese tiempo seguido.
—Descansas poco, ¿verdad?
—¿Y tú? ¿Has estado cómoda en tu primera noche? —me intereso pasando por alto lo que me acaba de preguntar, porque no sé qué contestarle sin entrar en explicaciones que no me apetece dar.
—La verdad es que sí, esa cama es como estar en una nube.
—Me alegro. ¿Quieres café? He hecho una cafetera cuando me he levantado, sírvete una taza. Hay infusiones, matcha y alguna cosa para comer, por si te apetece... Como no sabía qué sueles desayunar, pedí que compraran un poco de todo.
—Café está bien, gracias.
Se va hacia la cocina y yo miro de nuevo las maletas llenas de cosas, esta vez más tranquilo al saber que no tengo que ocuparme solo de montar todo esto.
Pasamos más de medio día decidiendo dónde colocarlo todo.
La destreza de Daniela sobre qué puntos de mi casa tienen mejor iluminación y sobre a qué altura deberíamos colocar las cámaras para conseguir el mejor plano me deja totalmente asombrado.
Pese a que, a priori , este no es su trabajo, se nota que lleva años empapándose de todo lo que la ha rodeado en los proyectos en los que ha trabajado.
Yo, en cambio, me he sentido bastante inútil sin mucho que aportar.
Valentina nos ha llamado hace un rato para saber cómo íbamos y para informarnos de que esta noche nos pasará el briefing con el guion. Deberían habérnoslo enviado por la mañana, pero nos ha dicho que le ha sido imposible tenerlo listo a primera hora.
Hemos hecho algunos planos de prueba en el jardín para ver cómo quedaban y poder instalar un set fijo ahí.
Hemos marcado con cinta amarilla los lugares donde deberán ir el trípode y la silla.
También hemos colocado puntos de grabación en el gimnasio de la casa, que le he enseñado hoy, y hemos dejado alguna cámara de acción al alcance para grabar recursos allí.
Pero hasta que nos lleguen las indicaciones de Valentina no podremos adelantar nada más.
—Bueno, pues ya está todo listo. —Sacudo las manos como si no nos hubiera llevado apenas esfuerzo y no nos hubiéramos tirado horas colocando y descolocando todo.
—Y has aprendido un montón sobre material audiovisual, ¿verdad? Soy una buena maestra —añade satisfecha.
—Sí, es mucho más fácil decir «softbox» que «pantallas de plástico blanco». Lo siguiente, una clase de maquillaje, por favor. Y así quizá pueda robarte el puesto cuando deje la NFL.
—Ni lo sueñes, mantente alejado de mis brochas o desatarás mi furia —me amenaza mientras entorna los ojos, intentando parecer agresiva pero consiguiendo justo lo contrario.
—Frena un poco, fiera. Dejemos las amenazas lejos de la paz de mi hogar.
Le empieza a vibrar el móvil y mira la pantalla con el ceño fruncido.
—Es Mateo, tengo que contestar.
—Claro.
—Hola, ¿qué tal todo por ahí? —pregunta al responder y llevarse el teléfono a la oreja.
La veo cómo se aleja directa a su habitación.
Se me hace extraño lo fácil que me resulta estar con ella, consigue que me evada de mi realidad. Estoy empezando a ablandarme.
Me resulta muy raro darme cuenta de cómo mis pensamientos cambian y se vuelven de otro color menos oscuro cuando Daniela está cerca.
La tarde está cayendo y en todo el día solo hemos parado diez minutos para comer algo rápido.
Nos merecemos un descanso, y se me ocurre que quizá le apetezca picar algo y tomar una copa de vino en el jardín porque fuera hace buena temperatura.
Cuando termine de hablar por teléfono, le preguntaré qué le parece la idea que acabo de tener.
Lo iría preparando, pero no quiero hacerla sentir incómoda y prefiero preguntárselo antes.
Saco un vaso del armario y lo lleno de agua, pero justo antes de darle un trago me quedo paralizado.
Un dolor intenso y punzante me recorre la rodilla, sube por la pierna como una descarga eléctrica y hace que el vaso se deslice por mi mano y se haga añicos en el suelo.
Joder, ha sido tan fuerte que aún noto espasmos en la parte de mi cuerpo donde siempre se origina la molestia.
Lo que me pone en alerta es que este episodio no ha sido como los de las otras veces, ha sido diferente.
Me agarro con fuerza a la encimera y respiro lo más profundo que puedo, esperando que el dolor cese del todo.
Cuando consigo recomponerme y mi respiración se vuelve más pausada, me doy cuenta de que me he mojado entero con el agua, pero antes de ir a cambiarme de ropa voy a recoger este desastre.
Cuando me aseguro de que no queda ni un solo cristal en el suelo, lo tiro todo a la basura.
Por suerte, parece que Daniela no se ha dado cuenta de lo que ha sucedido, porque si no seguro que habría aparecido por aquí. Prefiero que sea así, es lo mejor.
De camino a mi habitación, veo su puerta entornada, y ella sigue hablando por teléfono. Escuchar conversaciones ajenas no es lo mío, así que hago caso omiso y entro en mi cuarto.
Me quito la ropa y la tiro al suelo, cojo unos pantalones cortos de deporte y una camiseta básica negra y me los pongo.
Mis pensamientos me llevan de nuevo al episodio que he vivido hace unos minutos. Debería llamar y avisar, porque, a juzgar por la intensidad del dolor, parece que ha empeorado, pero sé cuál será la respuesta. El tiempo se acaba y esto es solo un nuevo aviso de mi puta realidad.
Salgo del bucle en el que me he metido mientras recojo el montón arrugado de prendas que hace unos minutos he dejado en el suelo.
Lo llevo al baño para meterlo en el cesto de la ropa sucia y cojo el bote de pastillas para tomarme una cuando unas voces llaman mi atención.
Es Daniela, hablando por el altavoz con Mateo.
Mi cuarto de baño da pared con pared con su habitación y se oye todo de manera nítida.
Oigo cómo su amigo dice no sé qué de «Cara Acelga»... ¿Están hablando de mí?
—Joder, Mateo. Ya hemos hablado de eso, ¿no?... Bueno, sí, ¿y qué?
—Que deberías hacer algo... Cara Acelga está muy bueno, y yo creo que tú también le pones, no hay más que ver cómo te mira. Por mucho que digas que no, sigo pensando que me ocultas cosas.
Con esto me queda claro que Daniela no le ha contado nuestro pequeño intercambio de mensajes ni nada de lo que hemos hablado después.
—¿Y qué se supone que debo hacer? Lanzarme a por él y luego, ¿qué? Las cosas no son tan fáciles, y tú lo sabes mejor que nadie.
—Así que ¿no lo niegas?
—¿El qué?
—Que te gusta y que han pasado cosas.
—Estoy hecha un lío.
«Pues ya somos dos, Daniela».
—Estás hecha un lío, pero no niegas que ha pasado algo. ¿Dani?...
—Ya sabes que mentir no se me da nada bien.
—Joder, lo sabía. Soy tu mejor amigo y me escondes algo tan importante. Me siento ultrajado ahora mismo.
Por la forma de decirlo, Mateo está intentando sonar ofendido, pero se nota que sabe que su amiga está a punto de ablandarse y confesar.
—No es lo que piensas.
—Pues entonces cuéntamelo...
—Puede que después de la noche de fiesta, intercambiáramos algún mensaje.
«Ahí está...».
—Algún mensaje del tipo... ¿mensajes guarros?
—No... No de ese tipo que estás pensando.
—Pero sí admites que habéis tenido una especie de acercamiento.
—Algo así, tonteamos un poco y nada más.
—¡ERES UN PUTÓN! —Las carcajadas de su amigo retumban en las paredes de mi cuarto de baño.
—Calla, joder, no grites, que te va a oír. Tengo el altavoz puesto.
Ya es tarde para eso.
—Pues por si acaso me está oyendo: Enzo Silva, tú también eres un PUTÓN. Fóllate de una vez a mi amiga, que está necesitada.
Me tenso al oír mi nombre y me siento como un niño pequeño al que acaban de pillar robando chocolate a escondidas. No quería, pero me he quedado hipnotizado escuchando la conversación. El toque de atención de Mateo me ha hecho volver a la realidad, y decido salir del baño.
Mientras me alejo oigo cómo ambos estallan en carcajadas.
Una vez que estoy fuera finjo que toso de manera exagerada para que Daniela sepa que estoy aquí. Llamo a su puerta y asomo la cabeza.
—Hola, Enzo. Dame un segundo —me saluda mientras veo cómo coge el teléfono y se lo lleva a la oreja—. Mateo, te dejo, ¿vale? Luego hablamos.
Yo espero mientras ella se despide de su amigo.