27. El silencio a veces grita
El silencio a veces grita
Daniela
Me siento como en una nube, y el suave tacto que noto encima de mi cuerpo es muy placentero. Un dulce olor me invade de pronto y un suspiro escapa de mis labios. Huele a algún tipo de suavizante que me relaja, pero que no reconozco. Me encuentro en un estado de duermevela cuando me doy cuenta.
Abro los ojos rápidamente y solo hay oscuridad. Busco por inercia la mesilla del hotel para comprobar mi móvil, pero no estoy en mi habitación. Me levanto y me cuesta unos segundos recordar dónde estoy. Debí de quedarme dormida después de la ducha, genial.
Salgo de la habitación intentando hacer el menor ruido posible. Busco a tientas el interruptor de la luz, pero no tengo ni idea de dónde está, así que vuelvo sobre mis pasos y cojo el móvil para alumbrarme con la linterna.
Llego a la cocina y veo que está todo recogido (lógico, son las tres de la mañana).
Mis tripas se quejan porque no he cenado.
Recuerdo que Enzo me dijo que iba a hacer pasta y, con la promesa de ese plato, mi estómago vuelve a rugir.
Enciendo la luz de la campana extractora y la estancia se ilumina de una manera tenue.
Busco la nevera, porque la cocina está panelada, y, cuando la encuentro, la abro.
Veo un plato lleno hasta arriba con una nota delante escrita con una letra redonda y muy bonita:
Por si te despiertas con hambre.
Lo cojo, junto con un tenedor, y me apoyo en la encimera para disfrutar de la comida. Sí, soy de esas personas que prefieren comer tanto la pizza como la pasta frías. Escuchamos, pero no juzgamos. Enrollo los espaguetis y me los meto en la boca, están muy ricos y mi cuerpo agradece el bocado.
—¿No prefieres calentarlos un poco? —Me sobresalto al oír una voz ronca y veo la silueta de un cuerpo en penumbra que se acerca a mí.
—Joder, qué susto me has dado —le contesto.
Cuando la luz lo ilumina, veo que Enzo va sin camiseta, con tan solo unos pantalones de pijama que le quedan amplios. Está algo despeinado. Debo de haberlo despertado con mi excursión nocturna a la nevera.
—Perdona, no pretendía...
—No te preocupes, estás en tu casa. Me gustan así, fríos. Están buenísimos —le digo cuando termino de tragar el bocado que tenía en la boca—. Me quedé dormida al salir de la ducha. Lo siento, no quería despertarte.
—Ya me di cuenta al ir a buscarte para cenar. No pasa nada, estaba despierto.
—¿A estas horas? Pensaba que estarías dormido ya.
Me tranquiliza saber que no he sido yo la causante.
—Y lo estaba, pero me he desvelado —confiesa mientras mira el plato que reposa en mis manos.
—Yo, como ves, tenía hambre.
Su mirada me recorre y va subiendo lentamente, hasta que sus ojos entran en contacto con los míos.
—Me están entrando ganas de comer a mí también —suelta sin poder esconder una sonrisa. Un mechón de pelo cae por encima de su frente y se lo echa hacia atrás, consiguiendo que los músculos de su torso se tensen y que yo me quede con la boca seca al verlo.
Intento ordenar mis ideas y cambiar de tema, llevo desde que hemos dado por finalizada la conversación del coche con una bola de palabras que necesito decirle.
—Enzo, yo... siento mucho haberte juzgado de esa manera sin saber todo el contexto de la historia.
No debería haber dado por sentado nada, debería haberte escuchado.
Me siento un poco tonta ahora mismo, porque no era mi intención hacerte sentir mal.
En realidad no pienso lo que te he dicho, solo estaba enfadada.
A pesar de que he soltado todo lo que sentía, no logro deshacerme por completo del nudo que tengo dentro.
—No pasa nada. Acepto tus disculpas. —Sus palabras suenan sinceras y sin un ápice de rencor.
—No quiero estar mal contigo, ni tener esta sensación oprimiéndome el pecho —confieso moviéndome un poco y protegiéndome de la tenue luz que nos ilumina.
Las palabras sinceras, las difíciles, siempre son más fáciles de decir cuando no sientes el foco cegador encima de ti.
—De verdad que ya está, deja de darle vueltas. Por mí, todo olvidado —repite tranquilizándome.
Siento que necesito explicarle algo más. Necesito que sepa por qué me siento tan mal por lo que ha ocurrido entre nosotros.
—No, no está. Hace un año pasé por una situación horrible que hizo que todo mi mundo se viniera abajo.
La cosa terminó por descontrolarse y se sacó de contexto.
Mi vida cayó con la misma facilidad que cae un castillo de arena cuando la marea sube.
Me quedé sin trabajo, sin «amigos», y, como consecuencia, sin vida social.
Este es mi primer empleo desde aquello y necesito que salga bien.
Es mi última oportunidad para dejar atrás lo que pasó.
Sé lo que es que nadie confíe en ti, que te juzguen sin dejarte explicar tu realidad.
Y sentir que te he hecho lo mismo... No, no puedo.
.. De verdad que lo siento mucho, he sido muy injusta contigo —confieso al fin, aferrándome al plato como si fuera una especie de escudo mientras bajo la mirada.
Enzo me lo quita de las manos y lo deja en la encimera. Me levanta la cabeza cogiéndome con suavidad por el mentón y su tacto hace que un escalofrío me recorra entera.
—Daniela, te he dicho que está todo bien. No pasa nada, ¿vale? Por mi parte está todo aclarado y olvidado. Es normal, han sido muchas casualidades y sin tiempo para poder analizarlo todo. Pero no te martirices, por favor. No por esto.
—Vale —acepto, y algo en mi interior se calma. ¿La culpa? Puede ser.
Enzo me tiene atrapada entre su cuerpo y la encimera, pero no me siento en absoluto acorralada, todo lo contrario.
Nos miramos a los ojos sin decir nada más.
Nos tentamos en silencio. Un silencio que grita lo que ambos sabemos.
Yo, por miedo a que las cosas se compliquen más y él, respetando mi decisión.
—Daniela —dice mientras yo trato de recordar que ese es mi nombre.
—¿Sí? —contesto intentando levantar un poco la voz, pero lo que consigo es que de mi boca salga un gallo ronco.
—Será mejor que volvamos a nuestras habitaciones e intentemos descansar. Mañana toca montarlo todo para empezar a grabar, y algo me dice que Valentina estará pendiente de saber cómo vamos.
—Tienes razón.
Enzo se separa dejándome libre y un incómodo frío me abraza. No debería sentirme así por su lejanía, pero creo que ya no soy dueña de mi propio cuerpo.
—Gracias por la cena.
—De nada.
Cuando estoy a punto de entrar en mi habitación y Enzo en la suya, él se para y se gira para mirarme de frente.
—Descansa, Mia —me dice acompañado de una sonrisa que derretiría hasta el jodido iceberg que hundió el Titanic.
—Descansa, Gabriel —le digo yo con sorna mientras me meto en la habitación y cierro la puerta.
Se podría decir que hemos superado la primera noche, pero si esto ha sucedido en tan solo unas horas que llevamos juntos, empiezo a temer cómo será cuando tengamos que pasar tiempo el uno con el otro.
Trabajar juntos mano a mano, sin nadie más.
La idea me pareció mala cuando me la propusieron, pero ahora estoy viendo con una claridad apabullante que no ha sido mala: ha sido pésima, y no sé si saldré de una pieza cuando todo esto acabe.