26. Silencios y espaguetis fríos
Silencios y espaguetis fríos
Enzo
No aguantaba más, todo lo que le he dicho me ha costado mucho soltarlo, pero ahora me siento más liberado.
Parece que le estoy cogiendo el gusto a no callarme.
No podía soportar que Daniela pensara esas cosas de mí.
El resto del viaje lo hacemos en silencio y, unas horas después, llegamos a New Lake.
Es una ciudad que me gustó desde el momento en que puse un pie en ella.
Playa, el rollito sano del surf y buen tiempo casi todo el año.
.. Me compré un terreno alejado del bullicio y mandé construir una casa en la que poder refugiarme de todo y de todos.
No paso aquí todo el tiempo que me gustaría, pero cuando todo acabe lo más seguro es que termine instalándome de forma definitiva.
Abro el portón que da acceso al interior del terreno y aparco el coche en la entrada. Me siento en la obligación de no ser un cretino y enseñarle el lugar donde va a tener que estar estos días. No quiero que se sienta mal y, en la medida de lo posible, me gustaría que estuviera cómoda.
Daniela se baja del coche y se dirige al maletero para coger sus cosas.
—No, déjalo, por favor —le pido agarrándola de la mano de manera sutil—. Ya lo meto todo yo. Primero quiero enseñarte la casa para que puedas descansar.
Ella me mira y se para a mi lado.
—Vale, como quieras —casi susurra en un tono apagado.
Entramos por la puerta principal y me sigue de cerca en silencio. No me gusta verla tan taciturna.
—Este es el salón, con acceso al jardín trasero. —Señalo las puertas de cristal que dan al porche y a la piscina.
—Ajá —asiente sin mucho entusiasmo.
—Por aquí está la cocina, y por ese pasillo de allí se va a las habitaciones. La casa es de una sola planta. —No sé por qué digo esto último, porque es algo obvio.
Abro la puerta de una de las tres habitaciones y se la enseño esperando que le guste, porque he pensado en esta para ella.
—Si te gusta puedes quedarte aquí, si no, te enseño la otra. Las dos tienen baño propio, pero esta da también al jardín y tiene más luz natural. He pensado que quizá te gustaría más.
—Sí, es perfecta, gracias.
—La contigua es la mía. Voy a por las maletas, ahora vuelvo. Siéntete como si estuvieras en tu casa, Daniela.
Me voy mientras la dejo en la habitación mirándolo todo.
Cuando vuelvo, está en la puerta de la entrada, esperándome. Lo dejo todo justo al lado y cierro. Daniela coge la maleta con su ropa y la otra la deja junto con el material de grabación.
—Voy a refrescarme un poco y a ponerme más cómoda. Gracias, Enzo.
—¿Tienes hambre? Había pensado hacer algo de pasta.
Ella se da la vuelta para responderme.
—Sí, claro, lo que hagas estará bien —me contesta sonriendo tímidamente.
Esto no está yendo como esperaba y me genera un mar de dudas. Lo último que quiero es que se sienta incómoda. No aquí, no conmigo. Se marcha y yo me quedo embobado mirando cómo se aleja. La conversación ha sido algo tensa para los dos, pero confío en que la cosa cambie con el paso de los días.
Antes de venir he llamado al servicio de limpieza que se encarga del mantenimiento de la casa mientras no estoy. Quería que lo dejaran todo perfecto para nuestra llegada y, ya de paso, que llenaran la nevera y la despensa con cosas que podrían gustarle a Daniela.
La cocina no es lo mío, solo sé hacer dos cosas más o menos bien: pasta en casi todas sus versiones y huevos revueltos.
En el equipo, los nutricionistas nos dan las dietas con los alimentos que podemos —y debemos— comer, y casi siempre suelo contratar a un chef privado que se encargue de dejarme la comida de la semana preparada.
Termino calculando fatal y haciendo tal cantidad de comida que podrían alimentarse seis personas como mínimo. Pongo la mesa y espero a que Daniela salga de su habitación.
Después de más de quince minutos esperando, decido acercarme. Llamo a su puerta suavemente, pero no obtengo respuesta. Pego la oreja y no oigo ningún ruido dentro. Vuelvo a llamar más fuerte, porque quizá no me haya oído, pero nada. Así que decido entrar.
—¿Daniela?
Veo que está en la cama, hecha un ovillo y dormida profundamente. Lleva puesto un pijama azul, así que después de cambiarse debe de haberse tumbado a descansar un rato y habrá caído agotada por el viaje.
Voy al salón y cojo una manta del aparador blanco que está junto a la televisión y vuelvo a su habitación para ponérsela por encima. Cuando la tela toca su cuerpo, se mueve un poco, pero no se despierta. Cierro las cortinas y salgo.
Me siento a la mesa y como los espaguetis fríos. Cuando termino, cojo lo que ha sobrado de la comida, lo pongo en un táper y lo meto junto con su plato en la nevera. Apago las luces y me voy a mi cuarto.
Al final, el día ha sido largo de narices, y mi cuerpo me pide a gritos dormir o por lo menos intentarlo, hasta que las pesadillas decidan lo contrario.
Salvo por lo pesado del viaje, el dolor que suele acudir a mí no ha venido y no he tenido que tomarme las pastillas, aunque sé que es muy posible que esta situación no vaya a durar mucho. Pero ahora mismo me da algo de paz.
Cierro los ojos y mi cuerpo se relaja, hasta que mi mente y la oscuridad vuelven a transportarme al pasado.