24. La llamada
La llamada
Enzo
Llevo todo el día leyendo una y otra vez los mensajes que intercambiamos anoche.
Podría culpar al alcohol, y en parte sí que fue consecuencia de ello, pero lo hice porque me apetecía.
Me dejé llevar un poco después de la conversación que tuve con Dylan.
¿Me arrepiento? La verdad es que no, pero su último mensaje me ha dejado un tanto tocado; entiendo a la perfección sus motivos y los respeto, pero no por ello me jode menos.
Quizá Daniela piense que lo que pasó es algo que yo normalmente hago, pero es la primera vez que me muestro así con alguien.
Cuando tu existencia se basa en ocultarte, andar pidiendo citas y tontear por mensaje dejando la evidencia no entra en tus planes.
Mi forma de intimar podría decirse que es más mecánica que todo eso.
Gracias a Dylan, que me hizo un perfil en una aplicación de famosos donde todos buscamos lo mismo, sin complicaciones.
Tenía la intención de haberlo aclarado con ella directamente hoy, pero no he podido después de que dejara claras sus intenciones de no mezclar las cosas.
Con lo que no contaba era con que Valentina me llamara a primera hora de la mañana para decirme que hay un cambio de planes e informarme de que iba a comunicárselo a Mateo y a Daniela para empezar cuanto antes.
Proponerla a ella para que me acompañara a New Lake fue algo que sugerí el tercer día de rodaje.
Me hacía sentir seguro y cómodo y, si debía elegir a alguien del equipo para meter en mi casa, era ella o nadie.
Luego ya no podía echarme para atrás, o Valentina querría saber la razón o los motivos que no voy a contarle, así que no he tenido más opciones que aceptar.
Solo espero que Daniela no piense que esto ha sido una decisión de última hora motivada por su rechazo, ni que mi intención es obligarla o presionarla para tener algo conmigo.
Mi teléfono empieza a sonar y veo su nombre en la pantalla. Sabía que Valentina iba a decirle que me llamara para que nos organizáramos entre nosotros con el viaje, lo que no sé es qué voy a encontrarme al otro lado de la línea.
—Hola.
—Hola, Enzo. Valentina ya me ha comentado los cambios y..., bueno..., quiere que nos pongamos de acuerdo y le confirmemos cuándo salimos. —Su voz suena muy profesional, pero me atrevería a decir que está algo nerviosa.
—Entonces, ¿has dicho que sí? —le pregunto un poco extrañado. Por mi cabeza ha pasado la posibilidad de que se hubiera negado.
—No me habéis dejado muchas opciones.
—Siempre las hay, ¿no? —Simplemente podría haberse negado.
—En este caso, no. No las hay. Así que tú dirás. Ya que lo de proponerme a mí ha sido cosa tuya. —Ahora su voz suena bastante molesta.
Mierda, lo sabía. Sabía que pensaría lo que no era.
—Sí, respecto a eso, quería aclararte que no... —empiezo a decir, pero ella me corta antes de que pueda seguir y explicarle lo que ha pasado en realidad y cómo fueron las cosas.
—No necesito que me aclares nada, Enzo —replica—.
Es mi trabajo. Solo dime cuándo tienes pensado salir y lo prepararé todo.
Debo comunicárselo también a Mateo para que nos den el material audiovisual que vamos a necesitar.
—Con su forma de dirigirse a mí, sé que no es el momento de intentar nada más.
—Vale, entiendo. Podríamos salir mañana mismo si te parece bien —propongo algo serio.
—¿Mañana? De acuerdo —contesta tajante.
—Si quieres, escríbeme luego con la hora que te va bien para pasar a recogerte.
—No, nada de mensajes. Mañana a las doce estaré lista. Buenas noches, Enzo.
«Nada de mensajes, claro. Faltaría más».
—Hasta mañana, Danie...
Me ha colgado. Genial. Está cabreada y ha pensado justo lo que no quería que pensara. Nos esperan varias horas de viaje juntos y tendrá que escucharme, lo quiera o no.
A las diez de la mañana del día siguiente, ya lo tengo todo preparado. Tampoco es que tenga que llevar muchas cosas, en mi casa a las afueras de New Lake tengo de todo.
Valentina me ha confirmado a primera hora que Mateo ya tiene listo todo el material que debemos llevarnos.
Dylan se va a quedar a cargo de Marty esta semana. Mi gato profesa el mismo odio por él que por mí, así que mi ausencia no va a suponerle un gran cambio.
No he tenido noticias nuevas de Daniela, aunque, visto lo visto, tampoco las esperaba.
Son las doce en punto y estoy en el aparcamiento del hotel esperando que ella y Mateo lleguen. McFly se ha quedado en el garaje porque en el maletero iba a ser imposible meterlo todo, así que he cogido mi Lincoln Navigator, en el que no creo que vayamos a tener problemas de espacio.
—¿Qué tal, Cara Acelga? —me saluda Mateo, que llega solo y cargado con un montón de maletas que supongo que serán los equipos que voy a necesitar.
—Hola, y no me llames así. ¿Esto qué es? ¿Pretendes convertir mi casa en un estudio de Hollywood? —pregunto señalando todo lo que trae.
—No te asustes, que parece mucho, pero es muy fácil de usar. Falta lo que traiga Daniela, pero creo que son dos maletas. Aunque dudo que vayáis a tener problema de espacio. Joder, esto es enorme —dice haciendo referencia al maletero cuando empieza a meter el material en su interior.
—Me lo suelen decir mucho. —Le guiño un ojo—. Y, por cierto, ¿dónde está? Me ha extrañado que no vinierais juntos.
—¿Dani? Ahora baja, no te preocupes, Romeo. Por cierto, ¿todo bien entre vosotros?
Noto cierta inquietud en su pregunta, como si esperara algún tipo de confirmación por mi parte. No sé qué sabe, así que opto por mentir.
—Sí, ¿por qué? ¿Te ha dicho algo? —tanteo.
—No, por eso te lo pregunto a ti.
—Pues, en ese caso, sí, todo perfectamente.
—Mira, por ahí viene la rubia.
Me doy la vuelta para comprobar que en efecto es de Daniela de la que habla. Ella se acerca con dos maletas tal y como ha comentado Mateo. Intento ayudarla, pero se niega.
—Puedo sola. Gracias —dice pasando por delante de mí sin detenerse.
—Ya lo sé, solo estaba tratando de... Bueno, da igual —corto la frase en un susurro siguiendo sus pasos hacia el coche.
—Avísame cuando llegues, Dani. Te he dejado un regalito en la maleta de maquillaje —agrega Mateo haciéndole un guiño, y ella pone los ojos en blanco acompañando el gesto con un suspiro.
—Sí, os aviso en cuanto lleguemos, no te preocupes. Y tú, cuando aterricéis mañana en Los Ángeles, avísame también —responde abrazando a su amigo mientras se despiden.
—Pues nada, chicos, disfrutad de estos diítas —se despide Mateo con una amplia sonrisa socarrona.
—Nos vemos —contesta ella subiéndose al coche por el lado del pasajero.
—Adiós —digo mientras abro la puerta de mi lado.
—¿Enzo? —me llama Mateo, y me doy la vuelta para saber qué quiere.
—Dime.
—Cuídala, ¿vale? —me pide a modo de advertencia. No sé con quién coño se piensa que está hablando, pero precisamente no soy yo el que la ha dejado sola a su suerte en más de una ocasión.
—Adiós, Mateo —me despido sin contestarle, y subo al coche.
Meto la llave en el contacto y arranco ante la atenta mirada de unos ojos marrones.
Empieza el viaje.