23. La reunión
La reunión
Daniela
Mateo ha pedido hacer uso de la sala de reuniones del hotel, lo cual es bastante ridículo porque somos dos personas y un ordenador.
Pero aquí estamos, entrando en Zoom para conectarnos con Valentina.
Al cabo de unos segundos, esta aparece en la pantalla con una imagen tan perfecta como de costumbre.
—Hola, chicos. ¿Todo bien por ahí? —nos saluda.
—Sí, mamá —contesta Mateo con una gran sonrisa. Qué zalamero es cuando quiere.
—¿Dónde estáis? —Valentina lanza la pregunta extrañada. Supongo que esperaba ver de fondo alguna de nuestras habitaciones del hotel, y no el cuadro gigante negro y rojo que tenemos justo detrás de nuestras cabezas y que ocupa gran parte de la pantalla.
—A tu hijo le ha parecido buena idea pedir la sala de reuniones de la que dispone el hotel.
La madre de mi amigo se pellizca el puente de la nariz con el pulgar y el índice después de oírme.
—Mateo, hijo...
—¿Qué? Esto es una reunión, ¿no? Pues eso.
—Vale, bueno. Como os he comentado a los dos, he estado revisando el material que tenemos y creo que sería un buen momento para cambiar un poco la escaleta y adelantar las grabaciones en casa de Enzo.
—Ya, en realidad no descuadra mucho y, mientras, podemos seguir adelantando en otros ámbitos. Como revisar lo que hemos grabado hasta ahora, por si se nos ha pasado algo.
Yo aquí me pierdo y no tengo mucho que aportar, solo escuchar lo que dicen Valentina y Mateo, lo que me lleva a no entender qué pinto en esta reunión. Porque a mí me pasan las escaletas con poca antelación, no decido qué ni dónde se graba.
—Yo, lo que digáis, por mí no hay problema, ya sabéis que me adapto —añado sin poner pegas, porque es la realidad. No forma parte de mi trabajo tomar esas decisiones.
—Perfecto, Daniela, porque tú eres una parte esencial, dadas las circunstancias.
Pongo cara de sorpresa, porque si antes no entendía nada, ahora menos aún.
—¿Yo?
—Ya has podido comprobar que Enzo es bastante hermético con todo lo que tiene que ver con su vida privada, y dejó expresamente escrito que accedía a grabar en su casa con la condición de que no hubiera camarógrafos ni personal en ella.
—Y, entonces, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Y por qué soy yo parte esencial? —vuelvo a preguntar, porque sigo sin entenderlo.
—Va a ser algo más íntimo, más de andar por casa, para que me entiendas.
Enzo dispondrá de cámaras y todo el material necesario para que nos enseñe cómo es su día a día en primera persona y se irá grabando él mismo.
Pero alguien tiene que ocuparse de comprobar los encuadres, la luz y, por supuesto, hay que seguir cuidando la imagen.
.. —nos explica con más detalle Valentina.
—Ya, ¿y eso me incluye a mí por...?
—Porque él también dejó por escrito que podría decidir quién sería esa persona, siempre con nuestro visto bueno, por supuesto.
—¿Y esa persona soy yo? —Creo que voy encajando las piezas, aunque siga sin entender muy bien por qué Enzo me habría elegido a mí.
—Así es. Él te propuso a ti, y Mateo y yo creemos que estás de sobra capacitada para desempeñar las tareas necesarias que se van a requerir.
—Bueno, sí, creo que puedo hacerlo, tampoco será muy diferente de como hemos trabajado hasta ahora. Marcaríamos un horario y, después de terminar, yo volvería al hotel, ¿no?
—No exactamente —puntualiza Valentina. Cada vez que empiezo a entender algo, me dice otra cosa que hace que me pierda de nuevo.
—¿No?
—Bueno, verás, es que no se va a grabar en su apartamento. Tendrás que trasladarte con él a una casa que tiene a las afueras de New Lake. Y quedaros allí hasta que terminéis de grabar.
«¡¿QUE QUÉÉÉÉÉÉ?!».
—Esto... —Trago saliva despacio, analizando lo que Valentina acaba de decir.
—Tranquila, cielo. Por supuesto, estaremos en contacto durante todo el tiempo para guiarte en todo lo que necesites.
Pero quiero que entiendas que esta parte es esencial en el proyecto.
Mientras tanto, todo el equipo y, Mateo, eso también te incluye a ti, volverá aquí para ir revisando el material que tenemos ya grabado y empezar también a montar en postproducción.
No era la idea inicial, porque esto se iba a grabar al final, pero he pensado que sería bueno para el proyecto y que a Enzo lo ayudará a soltarse un poco más con las cámaras al estar en un ambiente más relajado.
Lo que viene después no va a ser fácil para él y, cuanto más cómodo esté, mejor para todos.
Ya lo hemos comentado y le ha parecido buena idea que lo hagamos de esta forma.
Así que, si vosotros estáis también de acuerdo, nos ponemos en marcha para no perder tiempo.
De repente, esto se ha convertido en una conversación de dos, entre Valentina y yo, mientras Mateo está callado y aguantándose la risa.
Ella cree que mi problema es que no me veo capaz de realizar el trabajo que me están pidiendo, pero ese no es el motivo real de mi reticencia.
Sé muy bien que puedo desempeñar las tareas que me están pidiendo perfectamente, lo que no tengo claro es si conseguiré salir airosa estando unos días en casa de Enzo, solos.
—¿Y cuándo deberíamos salir?
—Eso tendrás que concretarlo con él. Se ha ofrecido a que vayáis los dos en su coche hasta allí para que no haya filtraciones ni problemas de ningún otro tipo.
Porque, después del incidente con Jack en el estadio, tememos que pueda traernos algún contratiempo.
Por eso también hemos pensado que alejarlo de la ciudad ahora mismo ayudará.
Así que, cuanto antes os pongáis en camino, mejor.
Me quedo callada gestionando la bomba que acaba de soltar Valentina cuando ella interrumpe mis pensamientos.
—¿Te parece bien, Daniela?
—Eso, ¿te parece bien? —añade mi amigo mientras me da golpecitos con la rodilla en la pierna por debajo de la mesa.
—Ah, sí, sí, no hay problema. Si creéis que lo mejor es hacerlo de esta manera, pues ya está.
No..., me parece fatal, la peor de las ideas.
No se me había pasado por la cabeza que esto pudiera llegar a suceder.
Enzo y yo encerrados en su casa, después del tonteo que tuvimos anoche, de las promesas hechas al aire.
.. Definitivamente, es una idea malísima, pero no puedo compartir mis motivos con ellos.
—Perfecto, Daniela, cielo. Siempre es una maravilla trabajar contigo, qué fácil lo pones todo. Mateo, tú pon al día de los cambios al equipo y organiza la vuelta, por favor.
—Entendido, jefa —le contesta mi amigo cuadrándose como si su madre fuera un general.
—Mateo, déjate de tonterías, anda. Daniela, me avisas cuando hables con Enzo. Él ya sabe que esta tarde me iba a reunir con vosotros, así que estará esperando tu llamada para organizar el viaje.
—Así lo haré. Gracias, Valentina —le digo mientras asiento con la cabeza.
—Gracias a vosotros por el esfuerzo y el cariño que sé que estáis poniendo en esto. Lo dicho, chicos, vamos hablando, y sed buenos.
—Adiós, Valentina.
—Adiós, mamá.
Después de despedirnos, cerramos la ventana del programa y apagamos el ordenador.
—¿Tú cuánto sabías de todo esto?
—Algo, pero no todo. De que tú eras la persona que Enzo había seleccionado para acompañarlo me he enterado cuando he hablado hoy con mi madre.
—Podrías haberme avisado.
—¿Para qué? Yo no veo el problema, Dani —dice Mateo con retintín.
—No, claro. No hay ningún problema, pero simplemente me habría gustado saberlo y no llevarme la sorpresa.
—¿Hay algo que no me estás contando, querida amiga? —me pregunta al no creerse del todo lo que le estoy diciendo mientras salimos de la sala de reuniones con el portátil en la mano.
—Para nada. Todo perfecto, pero me habría gustado saber que iba a tener que hacer las maletas y pasar unos días fuera, nada más...
—¿Seguro que solo es eso?
—Sí, sí. ¿Qué otra cosa iba a ser, si no? —Sonrío para que no sospeche el verdadero motivo de mis dudas.
—Pues nada, creo que tienes una llamada que hacer, ¿no? —añade con ironía cuando nos paramos frente a la puerta de mi habitación.
Al parecer, así es y, después del último mensaje que me ha enviado tras decirle que prefiero mantener nuestra relación tan solo en el ámbito profesional, es una de las cosas que menos me apetece, pero no puedo hacer nada más.
Lo de intentar alejarme de él y limitarme a vernos solo en las jornadas de rodaje tendrá que esperar, porque vamos a tener que convivir en el mismo lugar.
—Claro, os informo en cuanto sepa algo. —Una sonrisa fingida se instala en mis labios.
—Compra condones —me suelta Mateo riéndose de mí.
—Que te den.
Le cierro la puerta en la cara y dejo salir el aire que he ido reteniendo sin darme cuenta mientras veníamos hacia aquí.
Me siento en la silla que hay en mi cuarto y dudo de si ahora es buen momento para llamar a Enzo o no.
Pero... ¿realmente encontraré uno adecuado?
No, es mejor no seguir pensando y hacerlo ya.
Busco su nombre en la agenda de mi móvil y le doy al botón de llamada.