21. No culpes al tequila de lo que te pasa por gilipollas #2
—Pero este y no más, que al tequila lo carga el diablo.
Varios chupitos, margaritas y bailes después, la sorpresa del principio ha dado paso a un buen rollo increíble y me lo estoy pasando como nunca.
Dylan y Mateo son dos payasos bailando y moviendo el culo sacando sus pasos prohibidos, ante las carcajadas de Enzo y las mías.
Están dando un show digno de Magic Mike , meneándose y rozándose el cuerpo con las manos.
Si alguno de los dos se queda sin trabajo, seguro que pueden hacerles un hueco en el espectáculo del Hippodrome Casino.
Empieza a sonar «Downtown» de Anitta y J Balvin, y yo comienzo a moverme al ritmo hipnótico de la canción.
Me dejo llevar sintiendo cómo el alcohol fluye por mi cuerpo y lo libera.
Aunque sé moverme bien, el tequila solo ha ayudado a desinhibirme un poco más.
Veo que Enzo me está mirando fijamente otra vez; lleva toda la noche manteniendo las distancias conmigo, pero no me ha quitado los ojos de encima en ningún momento.
Me muero por bailar con él, y en un acto de valentía me acerco a su lado.
—¿No bailas? —le pregunto cuando llego a su altura.
—Prefiero verte a ti.
—Oh, venga, no serás de esos que prefieren mirar desde una esquina cuando se mueren por actuar, ¿no?
—Para nada, debe de ser el tequila, que me hace ser tímido.
—No, Enzo. No culpes al tequila de lo que te pasa por gilipollas. ¿Bailas o me busco a otro?
—Vas a matarme.
—Que yo sepa, nadie se ha muerto por moverse un poco.
Él niega con la cabeza y tensa la mandíbula.
Me agarra por la cintura y me pega a su cuerpo, sorprendiéndome al ver cómo se balancea a la perfección al ritmo del dembow de la música.
Lo sigo, frotándome con su anatomía. Nuestros cuerpos están tan pegados que no entraría ni un fino papel entre los dos.
Las manos de Enzo se deslizan con maestría por mi cuerpo, haciendo que mi interior se encienda y desee más.
—Joder... —dice él de pronto, pero se interrumpe y no continúa.
—¿Qué? —lo tiento.
—Nada.
—Dilo.
—Si lo digo, pueden pasar dos cosas: que mañana no te acuerdes o que no vuelvas a dirigirme la palabra.
—Venga ya. No creo que sea para tanto —suelto entre risas—. No sabía que bailaras tan bien.
La música ha cambiado y ahora suena «Necio», de Romeo Santos y Carlos Santana, y a ambos se nos escapa una sonrisa.
Enzo, que sigue con su mano en mi cintura, me pega aún más a su cuerpo.
Me guía a la perfección y yo permito que marque el ritmo de nuestros pasos.
Me dejo llevar disfrutando del control que tiene sobre nuestros movimientos, y nuestros cuerpos cada vez se rozan más al ritmo de la bachata.
Cada vuelta es una excusa para acercarnos un poco más. Enzo me gira y me atrae de nuevo hacia él, su boca se desliza a lo largo de mi cuello sin llegar a tocarlo. Mis ojos se cierran unos segundos dejándome llevar por las sensaciones que me está provocando.
—Hay muchas cosas que no sabes, Daniela —dice con aire misterioso contra mi oído, dedicándome una sonrisa que hace que empiece a perder la cordura.
—Ya veo. Podrías ser profesor de baile sin ningún tipo de problema.
—Solo si tú eres mi primera alumna. Estoy dispuesto a darte clases particulares, solos tú y yo.
—¿Me estás haciendo una propuesta?
—Te estoy diciendo que vengas a mi casa y que sigamos con la práctica allí, despacio, al ritmo de la canción que bailaste cuando nos conocimos. Porque no consigo sacarla de mi cabeza.
JODER, joder, joder, joder. Esto sí que no lo esperaba. Sí que la noche escondía sorpresas, sí.
De pronto siento calor, mucho. Un calor que se desliza por todo mi cuerpo, quemándome por dentro. Mi mente empieza a imaginar que si se mueve la mitad de bien que ahora mismo en otras situaciones...
«Para, Daniela».
Enzo desliza la nariz por mi cuello mientras seguimos moviéndonos al ritmo de la música. Dudo que de verdad haya dicho lo que creo haber oído, o es que me ha subido demasiado el alcohol y estoy flipando.
—Ya te he advertido lo que podía pasar si lo decía en voz alta —me recuerda al notar mi reacción.
—Si mañana no me acuerdo, ¿me lo volverás a proponer? —le digo al oído.
—Mañana no nos vamos a ver, Daniela.
—Entonces lo quiero por escrito —le replico entre risas.
Cuando la canción acaba, volvemos al sofá, donde ahora están Dylan y Mateo, sin apartar los ojos del otro.
—¿Quieres que te lo escriba en una servilleta y te lo firme? —me pregunta Enzo.
—No, definitivamente no —niego soltando una carcajada.
—Déjame tu teléfono un momento —dice a continuación.
Y, sin pensar, lo saco del bolso, que está encima de la mesa, y se lo doy. Lo coge, marca un número y me lo devuelve.
—¿Qué has hecho?
—Hacerme una llamada perdida. Ahora tengo tu número y tú, el mío. Te lo dejaré por escrito para que puedas recordarlo cuando te despiertes.
No llevo tantos tequilas encima como para olvidar lo que me ha dicho, diría que se me ha quedado grabado en cada una de mis terminaciones nerviosas.
—Espero que luego no te acobardes —lo reto mientras guardo su número en la agenda y vuelvo a meter mi móvil en el bolso.
—Diría que ya no hay vuelta atrás, Mia —dice acercándose a mi oído, y mi piel se eriza cuando su voz me recorre de arriba abajo.
Nuestros amigos empiezan a aplaudirnos cuando nos sentamos.
—Menudo espectáculo el vuestro, ¿eh, Danielita? —me comenta Mateo al oído.
—¿No era eso lo que querías al organizar esta noche a traición?
—Más o menos, sí —confiesa mi amigo.
—Solo hemos bailado —aclaro yo levantando los hombros.
—Menos mal, guapa... Pero viendo cómo se ha movido en la pista de baile ha quedado claro cómo puede ser en otros lugares más... horizontales —vacila él, muerto de la risa.
La noche termina y nos despedimos. Cuando llego al hotel y subo a mi habitación, me desmaquillo, me pongo el pijama y me meto en la cama. Entonces mi móvil suena avisándome de que tengo un nuevo mensaje. Es de Enzo.
Para que no te olvides.
Veo que sí que te has acobardado.
De eso nada, porque esto no ha hecho más que empezar.