Play off 21. No culpes al tequila de lo que te pasa por gilipollas
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21. No culpes al tequila de lo que te pasa por gilipollas

No culpes al tequila de lo que te pasa por gilipollas

Daniela

He dormido genial, me he despertado sin que suene la maldita alarma del teléfono, bueno..., o las alarmas, pues soy del team de poner varias para que me suenen cada diez minutos. El final del día de ayer resultó bastante intenso y mi cuerpo pedía a gritos poder descansar sin interrupciones.

Hoy no grabamos, y Mateo ha pensado que nos vendría bien salir a tomar algo por la noche, en plan tranquilos, como en los viejos tiempos. Y la verdad es que me apetece mucho. Empiezo a sentirme muy bien retomando poco a poco cosas que hacía antes.

Después de desayunar en mi cuarto, porque hoy he decidido darme el capricho de llamar al servicio de habitaciones, y de hablar con mi padre para ponerlo al día de cómo me va todo, decido dar una vuelta por la ciudad. Desde que llegué no había tenido tiempo de salir sola y perderme entre la gente.

Hago una lista de los típicos sitios que quiero ver y añado una cafetería supermona a la que me apetece un montón ir. Como hasta las ocho no he quedado con mi amigo, tengo casi todo el día por delante para mí sola.

Dicen que el tiempo pasa volando cuando estás disfrutando y sin preocupaciones, y no podría ser más cierto.

Después de pararme en unas cuantas tiendas, disfrutar de un delicioso café con un sándwich y visitar la pintoresca librería Black Bird y su acogedora terraza exterior, miro el reloj y me doy cuenta de que son casi las cuatro de la tarde.

Pido un Uber y pongo rumbo al hotel para ducharme y empezar la sesión de maquillaje. Hoy me apetece lucirme, y sé que cuando despliegue todo mi arsenal personal y me siente frente al espejo, las horas pasarán sin darme cuenta, y como llegue tarde voy a tener que oír a Mateo.

Decido llevar el pelo suelto y liso, el flequillo me lo peinaré después, cuando termine de maquillarme.

Me lo voy a poner de lado porque empieza a estar con la suficiente largura como para que me sea imposible llevarlo recto sin que me tape los ojos.

Así que lo agarro con una pinza y empiezo con la sesión de chapa y pintura.

Pero antes pongo algo de música. «S&M» de Rihanna empieza a sonar por el altavoz de mi móvil.

Una vez que tengo la piel hidratada con las correcciones y la base puesta, tal y como he vaticinado, los minutos se han convertido en horas para cuando termino con los ojos.

He usado dos tonos de marrón y he delineado el ojo de forma suave para alargar mi mirada.

Un perfilador y un gloss color cereza para los labios y mucho blush , porque nunca es suficiente colorete.

Cuando estoy satisfecha con el resultado global, libero el flequillo, me lo peino y empiezo a vestirme.

Son ya las siete y media y solo me falta ponerme el vestido rojo que me he comprado en mi excursión del día y unos taconazos negros con unos lazos para atar a lo largo de la pierna. Esta noche voy con todo.

Meto en el bolso mi kit de supervivencia nocturna: tiritas, el gloss para retocarme los labios, pañuelos de papel, la cartera, el monedero y el móvil.

También cojo un blazer oversize y me echo un último vistazo en el espejo.

El vestido me queda como un guante, está mal que yo lo diga, pero remarca exquisitamente cada una de mis curvas.

Me gusta la imagen que me devuelve, me siento sexy.

Voy en busca de Mateo para empezar la noche. Toco con los nudillos en su puerta y espero a que me abra.

—Joder, ¿quién eres tú y qué has hecho con mi amiga? Nena, estás impresionante. —Suelta un silbido cuando sale de su habitación.

—Gracias, tú tampoco te quedas atrás, ¿eh? ¿De qué vas hoy? ¿De mafioso moderno?

Mi amigo se ha engominado el pelo consiguiendo un efecto mojado y se lo ha peinado hacia atrás. Lleva unos pantalones de pinzas negros, una camisa del mismo color con los primeros botones desabrochados y una chaqueta de cuero.

—He reservado en un italiano que me ha recomendado el recepcionista del hotel y después vamos a Black Dog. Creo que ese sitio te va a encantar.

—Ah, ¿sí?

—Ponen música latina y siempre hay alguna sorpresa —dice entre risas.

Me gustaría preguntarle qué es lo que le hace gracia, pero viniendo de Mateo sé que es mejor no preguntar, esta noche prefiero fluir.

Salimos del hotel y vamos al restaurante.

Está todo buenísimo, hemos pedido una pizza napolitana para compartir y un plato de pasta carbonara.

Cuando terminamos, el Uber está ya en la puerta esperándonos para llevarnos al local.

Mateo odia no ser él el que conduce, pero coche y alcohol son muy mala combinación, así que para noches como las de hoy le toca pasar por el aro.

Al bajarme veo la larga cola que hay para entrar y me desanimo un poco, pero, para mi sorpresa, mi amigo se la salta y va hasta la puerta. Yo lo sigo, sin entender muy bien qué pasa. Hay dos puertas: una es la entrada general y la otra es la vip.

—Hola, soy Mateo Ferrani. Estamos en lista —dice.

Lo miro incrédula por lo que acabo de oír. ¿Que estamos en lista?, ¿en qué lista? Sopeso la opción de que mi amigo se esté tirando un farol.

Para mi sorpresa, el portero revisa la hoja que tiene delante y asiente con la cabeza, nos abre la catenaria de color rojo y nos da acceso al interior.

—¿Cómo que «en lista»? Mateo, ¿qué narices acaba de pasar?

—Contactos, Daniela —responde—. Te he dicho que habría sorpresas...

El sitio es espectacular. Nada más entrar, hay un pasillo lleno de espejos iluminado con luces rojas que hace que entres de lleno en el mood y una gran pista de baile con luces azules que parpadean al ritmo de la música.

Pero, al parecer, nosotros no nos vamos a quedar aquí.

Sigo a mi amigo, que camina delante guiándome con mucha seguridad, lo que me hace pensar que sabe perfectamente adónde va, mientras se mueve por el local con una soltura que me deja pasmada.

Llegamos a una zona tapada por una cortina de terciopelo negro que imagino que lleva a los reservados.

Con el volumen de la música no entiendo lo que Mateo le dice al chico que está parado delante de otra catenaria, aunque supongo que le está dando otra vez nuestros nombres, porque él asiente y nos vuelve a dar acceso abriendo también la cortina.

Unas escaleras separan la zona vip del resto.

Arriba hay una barra, otra pista de baile más pequeña que la de abajo, unas puertas que diría que son los baños, unas cristaleras desde las que se puede ver la pista central del otro piso y varios sofás con mesas bastante separados los unos de los otros, dando intimidad a las personas que los ocupan.

—¿Buscas a alguien? —pregunto cuando veo que Mateo mira hacia los lados.

—No especialmente —dice él.

Y es entonces cuando llama mi atención una mano levantada y el pelo rubio de alguien a quien conozco bien. A él y al moreno que lo acompaña.

—Mateo, yo te mato —lo amenazo empezando a entender lo que está pasando aquí.

Dylan y Enzo nos esperan sentados en uno de los sofás más alejados de los demás. Mi amigo toma la iniciativa y va directo hacia allí. No sé de qué va esto, pero me temo que no es casualidad.

—Déjate de asesinatos y disfruta de la noche —dice Mateo volviéndose y guiñándome un ojo.

—Joder, Daniela. Sabía que te había visto bien, pero ¿estás segura de que no quieres casarte conmigo? —suelta Dylan cuando llegamos a su altura, levantándose del sofá.

Enzo, por el contrario, parece estar petrificado. Creo que él, al igual que yo, no tenía ni idea de esta casualidad del «destino». En cambio, nuestros respectivos amigos no parecen nada sorprendidos por lo casual de nuestro encuentro.

—Hola, menuda coincidencia, ¿no? —aventuro yo, mirando a mis tres acompañantes.

—Sí, el hada de la nocturnidad hace magia. ¿Qué queréis beber? —contesta Dylan tomando la iniciativa.

—Yo un cosmopolitan y Dani, un margarita —pide Mateo por los dos.

—Venga, vale, y chupitos de tequila para todos. Ahora vuelvo.

—Enzo, parece que te han metido un palo por el culo... ¿No saludas o qué? —bromea mi amigo, y Enzo, al oírlo, se levanta del sofá como si volviera de pronto a la realidad.

—Mateo —lo reprendo, porque no se corta ni un pelo—. Diría que está tan sorprendido como yo.

—Sí, perdonad. No esperaba veros aquí —confiesa Enzo, y suena sincero.

—No te preocupes, a mí me ha pasado lo mismo —añado tratando de suavizar el ambiente.

—Voy a ayudar a Dylan con las bebidas —anuncia Mateo dejándonos solos.

Me empiezo a oler el percal. El rubio y mi amigo, el traidor del pelo rojo, nos han hecho una encerrona en toda regla.

—Tú también crees que ha sido cosa de ellos, ¿verdad?

—No tengo ninguna duda —afirma Enzo, por fin más tranquilo, soltando una carcajada mientras intenta disimular su mirada recorriendo mi cuerpo.

—Bueno, ya que estamos, vamos a disfrutar de la noche, ¿no?

—Sí. Estás impresionante, Daniela —suelta entonces.

—Gracias, tú tampoco estás mal —añado guiñándole un ojo.

Miento un poco, porque la verdad es que está muy guapo, casi diría que irresistible.

Lleva una camiseta negra de manga corta bajo la que se le marcan a la perfección los bíceps y un pantalón chino de color beige.

Una incipiente barba muestra que hoy no se ha afeitado, y me pregunto si rascará al contacto con mi piel.

Los chicos vuelven con las bebidas, pero los cuatro chupitos de tequila se han convertido en ocho. Lo dejan todo en la mesa que hay enfrente del sofá y nos sentamos mientras empieza a sonar «Con calma» de Daddy Yankee.

Damos por iniciada la noche, que promete ser bastante interesante. Dylan nos pasa a cada uno un vasito de tequila coronado por una rodaja de limón.

Nos echamos un poco de sal en la mano, lamemos, bebemos y chupamos el cítrico. El líquido dorado baja por mi garganta, calentando mi cuerpo a su paso, y hago una mueca.

—¿No te gusta, Dani? —pregunta Mateo riéndose por mi reacción.

—No seas cabrón, sabes que hace tiempo que no bebía un chupito de tequila.

—En cuanto te bebas el segundo, se te olvida. —Y me pasa el otro vaso.