20. Me gusta, ¿vale?
Me gusta, ¿vale?
Enzo
Cuando termino de grabar, Harry y Dylan se reúnen conmigo.
Han conseguido que el puto Jack no presente cargos gracias a la insistencia de mi amigo y la presión del entrenador.
Ambos han sabido jugar sus cartas en mi favor, dándole a entender que me sancionarían de cara al equipo.
Estoy deseando ver el careto de gilipollas que se le va a quedar cuando descubra que hay pocas cosas que puedan hacer ya contra mí, pero para eso tendré que esperar.
Lo que no va a esperar es la charlita que Dylan está dispuesto a darme mientras volvemos del estadio.
Ha decidido dejar su coche allí e ir a recogerlo mañana para poder torturarme de camino a casa.
—Tú dirás —me espeta mientras yo giro el volante y pongo el intermitente de la derecha justo antes de incorporarme a la calzada.
—¿Diré qué exactamente? ¿Acaso no ha quedado todo claro ahí dentro?
—Todo no, Romeo —se cachondea.
—No empieces de nuevo —lo aviso una vez más.
—Admítelo.
—No.
—Sí.
—Joder. No vas a parar, ¿verdad? —Exhalo y pego un frenazo porque un semáforo se ha puesto en rojo y, por ir distraído discutiendo con él, lo he visto tarde y por poco me lo salto.
Es uno de esos que tienen cámaras, y no me apetece que me pongan una multa de tráfico para acabar de redondear mi fantástico día.
—Me parece muy absurda esa pregunta, me conoces demasiado bien para saber la respuesta —añade mi amigo encogiéndose de hombros y girando las palmas de las manos hacia arriba.
Y, mierda, tiene razón, sé que no va a parar hasta que yo admita en voz alta lo que ambos sabemos.
—Vale, tú ganas. Me gusta —confieso por fin.
—Lo sabía.
«Menuda sorpresa», pienso.
El semáforo se pone en verde y continuamos la marcha. Primero voy a llevar al tocapelotas de Dylan a su casa, salvo que en el último momento cambie de idea y quiera que lo deje en otro sitio.
—Vete a tomar por culo.
—¿Y qué vas a hacer? —me pregunta esta vez.
—Nada. ¿Te llevo a tu casa? —le digo esperando que deje el tema ya y acabar con esta tortura a la que me está sometiendo. Lo único que quiero ahora mismo es olvidar que he estado a punto de besar a Daniela en el vestuario, algo que él no va a saber.
—Sí —afirma tajante, pero la sonrisa petulante que me devuelve me indica que no va a dejarlo estar—. ¿Nada?... Nada es lo que has estado haciendo hasta ahora. ¿No se supone que el rollo este del documental es también para poder dejar atrás todo lo anterior?
—Sí, pero...
—Pero nada, Enzo... Cuando esto acabe, ¿qué vas a hacer?, ¿irte a una puta esquina a seguir lamiéndote las heridas? No me jodas, tío.
—No me voy a ir a ninguna puta esquina a llorar, gilipollas.
Ya casi estamos llegando a su casa, y lo agradezco. Necesito que se calle de una vez, porque, como siempre, sé que tiene razón, y cuanto más tire de mí será peor, pues terminará consiguiendo que lo acepte.
—¡Venga ya! Es la primera vez en..., ¿cuánto tiempo?
, ¿años?, que admites que alguien te gusta, que veo que te comportas como un humano con alguien que no es de tu puñetero círculo cercano.
Y que conste que no me quejo de que prácticamente sea yo el único que forma ese círculo, pero, tío, ya va siendo hora de que vueles del nido de papá Dylan.
No puedes no hacer nada. Grábate esto en el cerebro: no puedes no hacer nada —me repite vocalizando más lento—, eso no es una opción.
—Hoy he estado a punto de... —Me callo antes de seguir, por poco le cuento lo que he estado a punto de hacer en los vestuarios.
—¿De qué? —me pregunta intrigado.
—De nada, mierda. Olvídalo, está claro que ella no... que ella no está interesada. —Aparco justo enfrente de su apartamento y paro el motor del coche.
—Eso ya lo veremos —me dice antes de bajarse.
—Dylan... —digo dedicándole una mirada de advertencia.
—Enzo...
Acto seguido, se apea, lanza un beso al aire y cierra la puerta de McFly.
No sé qué cojones piensa hacer mi amigo, pero creo que debería empezar a preocuparme.
Pongo música porque necesito evadirme un poco e intentar dejar la mente en blanco. «Crazy» de Aerosmith suena a través de los altavoces. Ironías de mi maravillosa lista de reproducción, que siempre tiene la extraña habilidad de elegir la canción perfecta en el momento indicado.
Enciendo el motor, me reincorporo al tráfico y acelero mientras la voz de Steven Tyler me acompaña.
Entro por la puerta de mi casa y el cansancio hace acto de presencia. Voy directo a la ducha, pero antes Marty pasa por mi lado y maúlla.
—¿Tienes hambre, pequeño diablo? —le pregunto mientras me encamino a la cocina.
Él sigue mis pasos y espera mirándome mientras preparo el cuenco con una comida húmeda que me cuesta un riñón.
Un día cometí el error de comprársela como un capricho, una especie de premio, pero desde entonces mi querido gato naranja se niega a comer otra cosa que no sean estas latitas prémium.
Este hijo de gata come casi mejor que yo.
Si pudiera hablar, seguro que me diría que me diese prisa.
—Que disfrute usted de su cena, miaujestad .
Como si Marty hubiera entendido el chiste malo que acabo de soltar, me mira unos segundos con su cara de pocos amigos, se contonea con esa gracilidad que lo caracteriza y se acerca al cuenco con su comida.
Dirijo mis pasos, ahora sí, a la ducha. El agua está fría de cojones, pero al principio y al final me gusta así. Una vez alcanza la temperatura adecuada, voy sintiendo cómo mis músculos se van relajando y mi mente empieza a repasar el día de hoy, o cierta parte del día..., para ser más exactos.
Verla entrar en el vestuario y comprobar que estaba bien, que las mierdas que me había dicho Jack no eran ciertas.
Aun así, he necesitado su confirmación, asegurarme de que estaba bien y, después.
.., mis manos reposando en sus caderas, escuchar cómo su corazón se aceleraba por mi cercanía, nuestros labios casi rozándose, lo que casi hago, lo que casi le digo, y. ..
Mi polla cobra vida propia.
Se endurece solo con el recuerdo y la anticipación de algo que no ha pasado y posiblemente no vaya a pasar.
La tengo tan dura que me duele. No he follado desde que empezamos el rodaje, por falta de tiempo y porque solo puedo pensar en todas las cosas que le haría a Daniela.
Tengo una lista mental de todas y cada una de ellas.
Bajo la mano y agarro mi polla con firmeza mientras el agua sigue cayendo por mi cuerpo.
Empiezo a pensar en que es su mano, su boca, su cuerpo el que me roza, el que me lame, y la mía se mueve sola deslizándose a lo largo de mi erección.
Pienso que ella está aquí conmigo, que estamos los dos en la ducha.
Acelero mis movimientos sintiendo mi propio placer, mi respiración se torna pesada, hasta que al final me corro con fiereza y suelto un gruñido gutural que retumba en las paredes del cuarto de baño.
Genial, me acabo de pajear pensando en una tía a la que ni siquiera le intereso..., voy de mal en peor.
Me pongo una toalla alrededor de la cintura y me dirijo al vestidor. Cojo unos calzoncillos y una camiseta negra. Sí, soy ese tipo de tíos que no usan pijama y que se mueven por su casa con esas dos piezas de ropa o solo con una de ellas.
Me muero de ganas de ver a Daniela con tan solo una de mis camisetas, algo que nunca pasará, pero soñar es gratis.
Cuando vuelvo a mi habitación, veo cómo la pantalla de mi móvil se enciende. Es una notificación que me avisa de que me ha llegado un mensaje. A estas horas solo puede ser una persona: Dylan.
Mañana cena y noche de copas.
No cuentes conmigo.
Me la suda. Mañana a las nueve paso por tu casa. Ponte guapo y cambia esa cara de acelga.
Pero ¿qué cojones...? ¿Cara de acelga?
¿De qué va esto, tío?
De que me apetece pasar tiempo de calidad con mi mejor amigo. ¿Tan raro es?
Sí.
Me la pela, gilipollas. Nos vemos mañana, ya me darás las gracias después.
Tiro el móvil sobre la cama cagándome en mi mejor amigo. A saber qué cojones ha liado ahora. En los próximos dos días no grabamos, y tenía pensado salir a correr y pasar el día encerrado entre estas cuatro paredes, pero supongo que mis planes han cambiado.