19. ¿Ya me hablas otra vez? #2
—Pues igual sí... Pero, joder, si hubieras oído lo que ha dicho el muy imbécil, tú mismo habrías reaccionado igual que yo.
Que si era una gatita asustada..., que si tenía una mirada temerosa que le ha puesto la polla tan dura que le dolía.
.. Yo es que me cago en su puta vida, mierda —cuenta Enzo sin poder contener la rabia dirigiéndose a Dylan.
¿De quién se supone que está hablando? ¿De mí? ¿Jack le ha dicho eso?
—Ya, pero el problema es que solo te lo ha dicho a ti, nadie más lo ha oído, y te has abalanzado sobre él como un loco desquiciado. ¡A ver cómo soluciono yo esto!
—Me suda la polla. ¿Qué me van a hacer? ¿Sancionarme sin jugar? ¿Echarme del equipo? —Enzo suelta una carcajada fría que llena todo el vestuario—. Joder, lo volvería a hacer, le volvería a partir la cara en cuanto su nombre saliera de nuevo de su puta boca.
—Vaya... —contesta Dylan meneando la cabeza.
—¿Qué?
—Menos mal que decías que no te gustaba, ¿eh? —Y le da un golpecito en el hombro a su amigo.
Están los dos de pie hablando frente a frente, y entonces Enzo se sienta en uno de los bancos del vestuario.
—No es eso, Dylan —musita mientras deja caer los hombros y se lleva las manos a la cara.
—Ya lo creo que sí. Y cuanto más tardes en admitirlo, más tiempo seguirás amargado y comportándote de esta manera —contesta su amigo, repitiendo el gesto de antes sobre su hombro.
—Hola —digo con un hilo de voz—. ¿Todo bien por aquí?
Al oír mi voz, Enzo se levanta del banco y Dylan sonríe con picardía.
—Anda, mira... Os dejo para que Daniela haga su trabajo. Trata de tranquilizarte un poco, tío. Yo voy a hacer el mío también, que es para lo que me pagas: he nacido para extinguir los fuegos de otros. Daniela, a ver si puedes arreglarle la cara al tonto este.
Asiento con la cabeza.
—Claro, para eso estoy aquí. Hasta ahora, Dylan.
Se marcha y nos quedamos solos. Nada más entrar en los vestuarios hay un pasillo largo que desemboca en un amplio espacio cuadrado donde han instalado mi zona de trabajo.
Al fondo hay unas puertas que dan acceso a las duchas.
También hay un banco, y justo al lado se encuentran los asientos de los jugadores, que, más que las clásicas sillas, parecen pequeñas butacas, todas ellas con sus respectivos nombres.
Encima de los asientos se encuentran las taquillas.
Ahí está la vida del equipo, donde se guardan todos sus secretos.
El de Enzo está al final, junto al pasillo, donde además hay una especie de tabique en el que ahora tengo la espalda apoyada.
—¿Estás bien, Daniela? —me pregunta en un tono de voz suave y delicado, que consigue que se me erice la piel, mientras se acerca un poco a mí.
—Ya vuelves a hablarme con frases completas y no con monosílabos —le suelto con algo de ironía, que no piense que voy a pasar por alto los días en los que me ha ignorado.
—Lo siento, ¿vale? Sé que me he comportado como un gilipollas estas semanas. Iba a disculparme antes, pero justo han llegado todos, y después...
—Y después le has partido la cara a Jack. ¿Puedo saber por qué?
—Pero ¿tú estás bien? —insiste un tanto ansioso, pasando por alto mi pregunta.
—Estoy perfectamente, sí —le contesto intentando tranquilizarlo—. ¿Te ha dicho algo de mí? ¿Por eso le has pegado?
Enzo asiente y da un paso más en mi dirección. Estamos bastante cerca el uno del otro en este momento. Lo miro a la cara, en su gesto queda lejos esa rabia contenida que tenía cuando hablaba con Dylan hace unos minutos, todo ha sido sustituido por... ¿preocupación?
¿Está preocupado por cómo pueda haberme hecho sentir Jack?
—Ya te dije cuando nos conocimos que sé defenderme. No sé qué ha dicho para que reaccionaras así, pero creo que justo ha conseguido lo que pretendía. ¿Quieres que hable con Mateo y lo dejamos aquí por hoy? Lo que queda se puede grabar en otro momento.
—No, no hace falta, no quiero seguir retrasando a la gente —admite algo avergonzado.
Es evidente que no le hace ni pizca de gracia tener que retrasar el trabajo de los demás, y ahora que está más calmado se ha dado cuenta de que lo que ha pasado fuera no va a hacer que su imagen mejore, sino que se vuelva el centro de atención.
Acerco mi mano con timidez, casi pidiéndole permiso en silencio, y le cojo la cara con suavidad. Observo que se le está empezando a formar un moratón en la mandíbula.
—Vamos a tener que tapar esto. Te ha dado fuerte, ¿eh?
Él resopla ante mi apreciación.
—Deberías haber visto cómo lo he dejado yo —suelta orgulloso.
—Enzo...
Levanto la cabeza ligeramente y nuestras miradas conectan.
Me pierdo en sus ojos y sus manos se deslizan con suavidad por mis caderas.
Mi respiración empieza a agitarse con el simple contacto de su roce a través de mi ropa.
Estamos cerca, y con un solo movimiento leve de cabeza, nuestros labios se rozarían.
No entiendo muy bien cómo hemos llegado a estar así, ni cómo el ambiente se ha llenado de una bruma cargada de tensión que hace que cueste hasta respirar.
—Daniela, yo... —dice con voz ronca mientras apoya la frente en la mía.
—No, no lo digas —le pido en un susurro, temiendo que sus palabras puedan cambiar nuestra relación.
Enzo se separa de mí como un resorte y toma distancia, yo trato de coger aire y desvío el pensamiento hacia otra cosa que no sea cómo se habría sentido su boca tomando la mía.
O si una de las manos que reposaban suavemente en mis caderas hubiera tomado la iniciativa y se hubiera dirigido hacia otra posición un poco más al centro de mi cuerpo.
—¿Volvemos a estar bien, Mia? —me pregunta siguiendo mis pasos hacia la improvisada mesa de trabajo.
—Tendré que pensarlo, Gabriel —respondo con una sonrisa en los labios.
No puedo olvidarlo todo a la mínima, sus repentinos cambios de humor y su frialdad.
Como tampoco puedo olvidar que aquí yo estoy trabajando.
Quiero que tengamos una buena relación, pero lo que sea que pudiera haber pasado si realmente hubiéramos sido Gabriel y Mia no puede ser, no, siendo Enzo y Daniela.
Consigo taparle la marca carmesí de la mandíbula y enseguida estamos de vuelta con el equipo.
Cuando acabamos de grabar llega Dylan, que le hace un gesto a Enzo para que vaya donde está él mientras yo los observo desde la distancia. Este asiente con la cabeza y se marchan juntos.
Nosotros terminamos de recoger todo y revisar lo que haya quedado y salimos.
Llego al hotel agotada, tanto mental como físicamente. Supongo que otro día más en la oficina superado.