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18. El puto Jack

El puto Jack

Enzo

El día que tengo por delante es, sin duda, uno de los que menos me apetece enfrentar.

La relación personal que mantengo con mis compañeros de equipo no es muy buena.

En el campo es otra historia: sé cuál es mi trabajo y lo hago bien.

La adrenalina del juego, las técnicas, la emoción.

.. Ahí dentro tenemos que ser una piña, pero fuera es otro rollo.

Los veteranos como yo ya saben lo que hay, me conocen lo suficiente después de tantos años y ya no intentan acercarse.

Los chavales que entran nuevos son otro cantar, lo hacen con ilusión y no solo por jugar de manera profesional, sino por conocer y compartir vestuarios con sus ídolos de la infancia.

Yo suelo ser la gran decepción en casi todos los casos.

Así que tener que grabar allí hoy con ellos se me hace cuesta arriba.

Aprovechando que estamos en las summer weeks y no hay partidos, les hemos pedido como un favor que participen en el documental.

No sé qué rollo les habrá soltado el entrenador, pero aquí se van a presentar la mayoría.

Si al día que me espera hoy le sumamos mi manera de comportarme en estas últimas semanas en el plató, que sé que ha dejado bastante que desear, mi ánimo no puede estar peor.

Y aunque Daniela no me ha dicho nada directamente, no hace falta ser un puto genio para darse cuenta de que de primeras no entendía nada y de segundas me ha dado por perdido, que es justo lo que yo pretendía, pero no por ello me jode menos, y ojalá todo fuera de otra forma.

Cuando llego al estadio y aparco el coche en mi plaza, veo que Dylan me está esperando para la gran charla. Se ha asegurado de cogerme a solas, y antes de que abra la boca ya sé lo que me va a decir.

—Ahórratelo. No hace falta que me sermonees, que no eres mi madre —le suelto antes de que empiece su discurso en cuanto me bajo y cierro la puerta de McFly.

—Los cojones me voy a ahorrar. El otro día lo dejé pasar por no montar el numerito delante de todos, pero hoy me vas a escuchar, quieras o no.

—Se pone delante de mí para cortarme el paso.

Soy más alto que él, pero mi amigo tiene los cojones más grandes del planeta y sabe que, por muy mal que se pusieran las cosas entre nosotros, yo nunca le haría daño—. ¿Se puede saber de qué va todo esto?

—No han sido días nada buenos y punto. Pero ya lo pillo..., intentaré comportarme correctamente, ¿vale?

—No, no me vale, tío. No me vengas con esas. En la vida te he visto actuar de este modo, y mira que te he visto de todas las formas posibles. Así que dime de una vez qué coño te pasa y lo solucionamos.

—Déjalo, Dylan. No me pasa nada, pero ya capto el puto mensaje.

—Es por ella, ¿no?

Qué listo es el muy cabronazo, y cómo me jode que sepa leerme mejor que nadie.

—¿Por quién? —No va a funcionar hacer como que no sé a quién se está refiriendo, pero voy a intentarlo.

—No te hagas el tonto, Enzo. Es por Daniela, te gusta.

—Tú te has vuelto loco. ¿Piensas que tengo quince años? No me gusta nadie, joder.

—No era una pregunta. Lo sé y puedes negarlo todo lo que te salga de los huevos, pero te conozco. Veo cómo la miras, por mucho que intentes disimularlo y te comportes como un imbécil.

—Lo que tú digas. ¿Alguna cosa más o ya podemos irnos a hacer nuestro trabajo?

—Te machacas demasiado. No pasa nada porque sientas algo por alguien, para variar. Y esa chica es..., joder, hasta yo podría plantearme tener una historia con ella. ¿Tú has visto cómo le quedan los vaqueros? Ufff.

Ese comentario hace que me tense y apriete la mandíbula. El muy cabronazo me está poniendo contra las cuerdas buscando mi reacción.

—No vayas por ahí, Dylan —le advierto.

—Lo que yo pensaba... Pues haz algo, imbécil. Y, ya de paso, haznos un favor a todos y deja de cagarla de una vez y de ir por ahí como un alma en pena. ¡Vive un poco, hostias!

Se da la vuelta para subir al campo, sin esperarme.

¡Pues sí que empezamos bien!

Cuando llego a los vestuarios, Daniela, que siempre es muy puntual, ya está allí, preparándolo todo.

—Hola —la saludo de manera escueta.

Está preciosa. Hoy se ha hecho una coleta, y pequeños mechones de pelo rubio se han soltado de ella cayendo por su cuello y su nuca. Lleva unos pantalones cortos, unos botines marrones y una camiseta verde que resalta su piel.

—Hola, Enzo —me contesta muy seria. Ya no hay sonrisas para mí—. Si me das un minuto me pongo contigo antes de que llegue el resto.

—De acuerdo.

Y me siento a esperar a que me indique el siguiente paso.

Le han puesto una mesa donde está colocando todo lo que va a usar, con un espejo y unos focos con luz más cálida, porque entiendo que los fluorescentes del vestuario no son precisamente lo mejor para realizar su trabajo.

—Podemos empezar cuando quieras. —Me señala con la mirada la silla que está junto a la mesa.

Me siento sin decir nada.

El tiempo pasa lento.

El puto silencio y la tensión que se ha formado en el ambiente son insoportables.

Y, cuando termina su trabajo conmigo, sé que tengo que hacer algo. Las palabras de Dylan aún resuenan en mi cabeza, y o lo hago ahora o terminaré volviéndome loco.

—Daniela, yo quería decirte...

Pero antes de que pueda acabar la frase, el alboroto de unas voces me corta.

Justo en el mejor momento, armando el habitual alboroto, llegan los chicos, encabezados por el puto Jack.

Él entró en el equipo dos años después de que yo llegara y, aunque durante todos estos años he pasado siempre de sus intentos de provocarme y nunca he dejado que la cosa fuera a más, tampoco le permito que me pisotee.

Él sigue empeñado en hacer crecer una rivalidad entre nosotros que no existe, porque paso de sus mierdas y sus intentos de llamar mi atención.

—Pero bueno, chicos... ¡Mirad a quién tenemos aquí! El gran Enzo Silva nos honra con su presencia. ¿Qué pasa, estrellita? Al final has terminado pasando por el aro, ¿eh? —dice con sorna, y me toca especialmente los cojones.

—Se acabó la paz —sentencio con mala hostia.

—Cambia esa cara, hombre. Y empieza a darnos las gracias por prestarnos a participar en tu pantomima —suelta mientras busca la aprobación del resto del equipo, pero se queda solo.

Yo no seré la persona favorita de los chicos, pero él tampoco, y una vez más queda claro.

—Puedes irte si te sale de los cojones, no creo que nadie te haya obligado a estar aquí —lo encaro, y el ambiente empieza a caldearse.

Daniela me agarra del brazo y me frena. Pero eso llama la atención de Jack.

—Bueno... ¿Y tú quién eres? —le pregunta repasándola con la mirada.

—No te impor... —empiezo a decir yo, pero ella me corta.

—Me llamo Daniela y soy la encargada de maquillaje.

Estaría genial que dejarais vuestras disputas a un lado para facilitarnos a todos el trabajo de hoy.

—Usa un tono de voz calmado y muy profesional, intentando aplacar los ánimos, pero sin empequeñecerse por la testosterona que se respira en el ambiente, y no sé por qué un sentimiento de orgullo llena mi pecho.

—Tienes razón, preciosa. Disculpa mis modales —le contesta Jack mientras le dedica una amplia sonrisa que me encantaría borrarle de un puñetazo.

En ese momento entran Mateo y Dylan y yo decido que lo mejor que puedo hacer es salir de aquí para evitar problemas mayores. Les dedico un saludo a ambos al cruzarme con ellos.

Voy directo al campo que tantas veces he pisado y que tantos buenos momentos me ha dado, aunque también malos. Repaso mentalmente cada uno de los pasos que he dado aquí, y una nostalgia me inunda cuando justo en ese momento llega el entrenador.

—Ey, chico. ¿Qué tal vas? —me saluda Harry viniendo hacia mí.

—Bueno, ya sabes. Todo igual, sin novedad en el frente. —Ambos sabemos a qué me estoy refiriendo, por lo que no hace falta que entre en detalles.

Sigue esperando que ocurra algo que no va a pasar, lo sabe tan bien como yo.

—¿Cuándo vas a decirlo?

—Cuando acabe todo. Hacerlo ahora solo formaría un revuelo que no necesito. Tengo que estar más centrado que nunca.

—Entiendo, pero debes saber que empiezan a hacerse preguntas. Estamos capeando el temporal como podemos, pero que no estuvieras presente en los últimos partidos justo antes de acabar la temporada hizo que saltaran las alarmas —me confiesa meneando la cabeza—. Eres fuerte, te irá bien.

—No es mi situación la que me preocupa. —No hace falta que le diga nada más.

—También lo sé. Puedes contar conmigo, lo sabes, ¿verdad? Lo que necesiten y esté en mi mano se lo daré. Solo tienes que pedirlo.

Harry llegó después de que todo pasara, cuando cambió el equipo directivo. Estoy seguro de que, si él hubiera estado al frente en aquel entonces, las cosas habrían sido muy diferentes para todos.

—Espero no tener que llegar a ese punto. Pero te lo haré saber si se da el caso.

—Me voy a los vestuarios a poner orden, aunque espero que se estén comportando.

Asiento con la cabeza y Harry me da una palmada en la espalda antes de volver a dejarme allí, solo, esperando a que el resto se una a mí para empezar.

Las cámaras ya están preparadas, solo falta comenzar con el espectáculo.