16. El tridente
El tridente
Enzo
Cuando la he visto debajo de la lluvia he tenido que parar el coche.
Lo que me ha desarmado por completo ha sido olvidar la canción que iba a sonar cuando pusiera la música.
Llevo días con esos acordes metidos en la cabeza y en modo repeat en mi lista de reproducción.
Me es imposible evitar recordarla en cuanto suenan los punteos de la guitarra de Carlos Santana.
No es la música que suelo escuchar, y ella lo ha sabido, lo he visto en su cara, y seguro que mi reacción ha terminado por confirmárselo.
Con ella, estoy retrocediendo en el tiempo como Benjamin Button, y estoy entrando en mi era adolescente de ir cagada tras cagada dejándome llevar por mis hormonas.
Llego a casa y meto a McFly en el garaje.
No tengo hambre, pero me obligo a comer algo para poder tomarme las pastillas.
Llevo todo el día aguantando el dolor y no lo soporto más.
Es posible que, si empezara a tomarlas en cuanto la molestia aparece, y no cuando ya he cruzado el límite, fuera todo más llevadero.
Voy a la cocina, cojo un vaso del armario y lo lleno de agua, abro el bote con su inconfundible color naranja que está en la encimera de granito negro y me echo dos píldoras en la mano.
Me las meto en la boca y las trago ayudándome del líquido frío que cae directo a mi garganta, y es entonces cuando lo veo.
El marco de fotos.
Está tumbado en el mueble de madera oscura del salón. Debe de haberse caído en algún momento del día, o quizá haya sido Marty, mi querido gato.
Como viene siendo habitual en él, en estos momentos debe de estar usurpando mi cama de dos por dos y ni se ha molestado en venir a saludarme cuando he llegado.
Se podría decir que compartimos el mismo carácter de mierda.
Pero él sin duda está en una escala muy superior a mí porque usa mi cama, mi sofá, me exige comida, me mira con condescendencia y, cuando lo considera oportuno, tira mis cosas y no se le despeina ni un bigote.
Voy hacia allí para ponerlo en su sitio, pero esta vez me detengo a observar la foto, una que me transporta a un momento feliz en el que todo era más fácil.
Tres chavales posan sonrientes mirando a la cámara, pasando los brazos por encima de los hombros del de al lado.
Dylan con su pelo rubio, yo, que por aquel entonces llevaba el pelo rapado, y Archie, con sus rizos locos.
Está sonriendo de esa manera tan suya que marcaba sus hoyuelos y con la mirada vivaz que lo caracterizaba.
Joder, lo teníamos todo y no lo sabíamos.
Por detrás, en segundo plano, se ve a sus hermanos pequeños jugando en el parque que había en el barrio.
A diferencia de Dylan y de mí, que somos hijos únicos, la familia de Archie fue aumentando con el paso de los años. Nathan, Ezra y la pequeña Emma nos mantenían ocupados casi todas las tardes.
A pesar de que nos criamos en un barrio conflictivo, donde la violencia era la realidad del día a día y donde diariamente nos cacheaban para poder entrar en el colegio o en el instituto, habíamos conseguido ser felices con nuestro grupo de tres.
Nos manteníamos alejados de toda la mierda que respirábamos en las calles donde pasamos gran parte de nuestros primeros años de vida.
Crecimos cada uno con sus propios problemas familiares y con la precariedad como nuestro segundo nombre.
Soñábamos con salir de allí y tener un futuro, una vida mejor para nosotros y nuestras familias. Y cuando parecía que por fin estábamos a punto de conseguirlo, todo se truncó.
Me siento en el sofá con la foto entre las manos, recordando, reviviéndolo todo. Oír a Daniela hablar de su madre con ese cariño y esa entereza me ha dejado una sensación muy extraña en el pecho. Porque ojalá yo sintiera lo mismo cuando pienso en Archie, cuando lo recuerdo día tras día.
—¿Estás bien, tío? Archie, cojones, deja de hacer el gilipollas —le digo a mi amigo.
Al principio pienso que está de broma, que me está vacilando. Pero cuando me acerco más a él, veo que está muy pálido, casi inerte.
—Archie, esto no tiene ni puta gracia —vuelvo a decirle un poco más asustado—. Responde, joder, hermano.
Me acerco más a él y lo zarandeo ligeramente esperando que responda al estímulo. Pero nada, no hay respuesta.
—¡ARCHIE! —grito, y empiezo a sacudirlo y la desesperación comienza a inundarme por completo, como esa ola que no esperas que sea tan fuerte y te golpea por sorpresa, llenándote los pulmones de agua e impidiéndote respirar.
—Enzo, ¿qué pasa? ¿Qué son esos gritos? —me pregunta Dylan, que ha acudido alarmado para saber por qué me encuentro en este estado de nervios.
Cuando es consciente de lo que sucede, se acerca donde yo estoy.
—No responde, Dylan —le digo mirando el cuerpo de Archie mientras sigo intentando que mi amigo muestre alguna señal, algo, lo que sea para aferrarme a ello.
—Enzo, para. —Me agarra por detrás tratando de calmarme de alguna manera.
Es entonces cuando los ojos de Archie se tornan blancos y empieza a convulsionar.
—Llama, llama a una puta ambulancia —le suplico, porque sé que yo seré incapaz de hacerlo.
Las imágenes que llegan a mi mente son nítidas y claras, como si me encontrase otra vez allí. Como si estuviera pasando todo de nuevo. El marco se me cae de las manos y el cristal se hace pedazos y yo... yo vuelvo a romperme con él.
Todo lo que vino después de aquello pesa sobre mí. Me autoconvencí de que lo que hice fue lo mejor para todos. Que era lo correcto, que estaba protegiendo a Dylan, a la familia de Archie y a mí mismo. Pero el tiempo se ha encargado de demostrarme que estaba muy equivocado.
Luego entré en una espiral de autodestrucción, y en eso se convirtió mi vida.
Todo lo que pasé en los meses posteriores, las pesadillas que tenía —y que sigo teniendo cada noche— me recordaban constantemente que no había escapatoria.
Era un jodido niño aún, un chaval que no tenía ni puta idea de lo que era la vida y de que no siempre las personas se acercan a ti pensando en tu bienestar, sino en el suyo propio.
Personas que solo ven en ti el símbolo del dinero, una puta máquina de dar pasta, de enriquecerlos más y más.
¿Cómo no me di cuenta antes? Igual porque estaba demasiado ocupado mirándome el ombligo, dejándome cegar por el brillo de las luces y los focos que me enfocaban, que me guiaban sin saberlo a un pozo sin fondo.
Dejé de prestar atención a lo verdaderamente importante y le fallé, joder. Esa última conversación que tuvimos, como un presagio de que su vida podía irse a la mierda, regresa a mi cabeza cada vez que su recuerdo aparece arrasándolo todo.
Lo que sucedió fue culpa mía. No fui capaz de ayudarlo.
El ruido del cristal contra el suelo debe de haber despertado a Marty, que llega al salón contoneando su cuerpo y estirándose.
Se para justo delante de mí y me mira como si pudiera leerme, como si me dijese sin palabras que soy un auténtico desastre.
Pasa rozándome las piernas y luego se sienta a observarme con sus grandes ojos verdes.
No sé por qué el destino nos puso en el camino del otro, pero aquí estamos.
Yo lamentándome y él quieto, esperando a ver cuál será mi siguiente movimiento.
—Todo está bien, chico. No te preocupes —le explico como si pudiera entenderme.
Vuelve a frotarse contra mi pierna; casi no tolera que lo coja ni lo acaricie, lo máximo que llega a hacer es eso.
Es como si supiera la mierda que llevo por dentro.
Estamos un rato más así, hasta que se cansa de mi pesadumbre y se marcha como ha venido, dejándome solo con mis pensamientos otra vez.
Todo lo que toco lo destruyo.
Lo corrompo.
No merezco ser feliz si él tampoco puede serlo ya.
No sé si algún día conseguiré sanar lo que me corroe por dentro.
Desde luego que, en recaídas como la de hoy, aunque mi terapeuta me dijera que era normal y que tendría días peores y días mejores, empiezo a pensar que sacarlo todo fuera será lo que termine dándome la paz que realmente no sé si merezco, pero que anhelo y necesito.
Estos días me he dejado llevar, por momentos he sentido que había una pequeña esperanza para mí, jugando a no esconderme, pero ¿hasta cuándo?
Hasta que todos se enteren de quién soy en realidad, hasta que sepan lo que hice y lo que no.
Y entonces vuelvo a ponerme la máscara de frialdad que me ayuda a sobrellevar la culpa que arrastro conmigo. La que nunca debería haberme quitado, ni siquiera con ella.