15. La puta lluvia 2.0
Daniela
Termino de recoger mis cosas y voy a hablar con Mateo.
No me ha pasado por alto que Dylan estaba muy raro.
Por no hablar de las ojeras que tenía, que me han recordado bastante a las que lucía mi amigo esta mañana.
Puede ser casualidad, pero mi instinto no suele fallarme, y esos dos esconden algo.
Sin embargo, voy a esperar que sea Mateo quien decida cuándo y cómo va a contarme lo que sea que haya pasado.
Enzo debe de haberse marchado también, porque no lo veo por ninguna parte.
—Dani, ¿te importaría pillarte un Uber y volver tú al hotel? Yo tengo que irme ya, debo hacer algunas cosillas —me pide mi amigo cuando nos vamos acercando a la salida.
—Claro, no hay problema. ¿Todo bien?
—Sí, rubia. Todo sobre ruedas.
—Si tú lo dices... —susurro para mí mientras veo cómo se aleja en otra dirección con el móvil en la oreja.
Está lloviendo a mares. Puta lluvia. Los días así me gustan cuando estoy en mi casa con una bebida calentita o una copa de vino blanco y veo una película o leo un buen libro; pero esperar en la calle mientras me refugio debajo de un minitoldo no es mi plan ideal para una tarde como la de hoy.
Saco el móvil para buscar la aplicación del Uber, cuando me doy cuenta de que me he quedado sin batería.
«Mierda, lo que me faltaba». Ya no queda nadie en el estudio y, aunque el hotel no está muy lejos, me voy a empapar entera hasta llegar allí.
Oigo unos neumáticos que frenan cerca de donde estoy y el ruido de un motor. Por inercia, levanto la vista y veo un Aston Martin Vantage de color azul parado frente a mí.
La ventanilla del conductor se baja y veo una cabeza de color castaño que me es familiar y una sonrisa de medio lado que, aunque no quiera reconocerlo, hace que burbujee algo en mi interior.
—Sube, que te acerco, Mia.
¿En serio? Dudo y sopeso mis opciones. Puedo montarme en su coche y dejar que me acerque hasta el hotel o ir andando bajo la lluvia cargada como una desgraciada.
Me trago mi orgullo y asiento con la cabeza.
Enzo se baja rápido para ayudarme a subir la maleta de maquillaje al maletero, que es ridículamente pequeño, pero un poco más grande de lo habitual en los coches deportivos.
—Gracias —le digo una vez estoy dentro del vehículo—. Para querer pasar desapercibido, no tienes un coche muy normalito, ¿no?
—Lo que tengo es buen gusto. Otros en mi misma situación prefieren un Lamborghini o, peor aún, un puto Hummer. No te metas con McFly, que es muy sensible.
—¿Le has puesto nombre a tu coche? —Lo miro boquiabierta.
—Pues claro, es mi compañero fiel. Esta cosita nunca me dejará tirado, y además vuela. Deberías mostrarnos más respeto, ya que te vamos a librar de mojarte entera —agrega mientras acaricia el salpicadero del coche.
—Estás fatal... —murmuro, pero a la vez no puedo evitar fijarme en cómo sus manos tocan con suavidad la superficie, y mi piel se eriza.
¿Qué narices me pasa?
Mi mente viaja sola al momento raro que hemos compartido en el camerino.
«Me hiciste sentir más vivo que nunca», esa frase se ha repetido en mi cabeza durante todo el día de hoy.
Los dos nos hemos puesto un poco intensos en ese momento y no he entendido muy bien por qué.
Pero, por más que lo intento, no puedo evitar sentirme.
.. No sé muy bien cómo me siento, pero siento algo, es lo único que tengo claro.
—Ya es la segunda vez —manifiesta, pero no entiendo muy bien a qué se refiere.
—¿Cómo dices?
—Digo que, desde que te conozco, ya es la segunda vez que tu querido amigo Mateo te deja sola y tengo que venir yo al rescate, Daniela.
—Como bien dices, Mateo es mi amigo, no mi guardaespaldas. No vamos pegados todo el día en plan siameses. Cada uno hace su vida.
—Pero te ha dejado sola en las afueras de una ciudad que no conoces, diluviando y, por si fuera poco, cargada hasta arriba.
—Te repito que no es mi guardaespaldas. ¿Qué te pasa?, ¿es que estás celoso o algo así? Porque pareces muy obcecado en hablar mal de mi amigo.
—¡Esa sí que es buena! —exclama—. Primero me acusas de haberme ofendido porque no supiste quién era cuando nos conocimos, y ahora me preguntas si estoy celoso de tu amigo, al que sé que no le interesan lo más mínimo tus atributos femeninos...
—No me refería a ese tipo de celos, no seas ridículo. ¿Y a ti sí te interesan?
—¿El qué?
—Mis atributos femeninos.
Enzo se queda un rato observándome con su mirada color miel, pero niega con la cabeza y evita responderme.
—¿Adónde llevamos a la señorita? —pregunta cambiando de tema.
—¿Puedes dejar de incluir a tu coche en la conversación como si fuera una persona?
—No, y contéstame o te llevaré a mi casa para que pruebes mi famosa ducha para dos personas y descubras lo que me interesa y lo que no.
Sus palabras se me clavan muy dentro y hasta el fondo, y siento un cosquilleo bajando por todo mi cuerpo.
—¿En esa ducha entra tu coche también?
—No, pero se me ocurren otras cosas que poder hacer en él.
—¿Mancillarías el honor de McFly? —pregunto exagerando mi tono de voz mientras me llevo una mano a la boca.
—No, no es su honor el que mancillaría precisamente...
Siento cómo el rubor sube por mis mejillas; con este hombre en mi vida, me ahorraría una pasta en colorete.
Pero ¿qué narices hago siquiera pensando en eso?
Creo que prefiero al Enzo gilipollas del primer día que a este ser vacilón. Al otro por lo menos era más fácil dejarlo en jaque y este, en cambio, me deja en mate a mí.
—Al Hampton Inn, por favor.
—Oh, vaya, qué fácil ha sido.
—¿El qué?
—Hacer que te sonrojes esta vez, Daniela. —Y, para más inri, me guiña un ojo mientras pone en marcha el motor del coche, que suelta un rugido, y nos incorporamos al tráfico de la ciudad.
Entre lo mucho que está lloviendo y la hora que es, nos movemos bastante lentos. Todo indica que vamos a pasar más rato del que pensaba encerrados en este habitáculo.
—¿Te importaría poner algo de música? —le pido. Necesito un poco de distracción para dejar de pensar en Enzo y en la forma en que coge el volante.
La habría puesto yo, pero este coche tiene tantos botones que tengo miedo de tocar uno y salir despedida por los aires como si del mismísimo Batmóvil se tratara.
—¿No te gustan los silencios, Daniela?
—No, no especialmente.
No le doy más explicaciones, pero de haber sido así le podría haber dicho que este último año lo he pasado sumida en la tristeza.
Que los únicos compañeros que he tenido han sido mis propios pensamientos y que, no, no son los silencios los que no me gustan, sino lo que estos suelen traer a mi mente en consecuencia.
Aprieta un botón del volante y, para mi asombro, el punteo de una guitarra que reconocería en cualquier parte resuena por todo el coche. En cuanto Enzo se da cuenta, pasa la canción con un rápido movimiento del dedo. ¿Se ha puesto nervioso? Sonrío sin poder remediarlo.
Empieza a sonar «Sweet Child O’ Mine» de Guns N’ Roses. Este género musical me pega mucho más con él, con sus vibes , que la canción anterior que ha sonado.
—¿Siempre has querido dedicarte profesionalmente al maquillaje? —Su pregunta me coge un poco por sorpresa, pero le contesto de buen ánimo.
—Sí, desde pequeña ha sido un mundo que me ha llamado la atención.
Mezclar colores, estudiar la morfología de una persona, resaltar de la manera correcta la belleza en un rostro para que las facciones creen esa armonía perfecta.
Podía pasarme horas pintándome en el tocador de mi madre.
Para mí siempre ha sido como crear una obra de arte, jugar con las luces, con las sombras, con los tonos fríos y cálidos.
La cara de las personas es para mí como un lienzo en blanco.
Al final decidí dar el paso y mudarme a Los Ángeles para tratar de hacerme un hueco en el sector.
En el pueblo de donde soy habría sido imposible llegar a nada.
No fue fácil, pero poco a poco lo fui consiguiendo.
«Hasta que un gilipollas se cruzó en mi camino y mi mala leche y las maravillosas redes sociales hicieron el resto», pienso.
—¿Y tus padres cómo se lo tomaron? —Con su pregunta, me doy cuenta de que llevo desde que llegué a San Francisco sin hablar con mi padre.
—Siempre me han apoyado en todo lo que he querido hacer. Ser hija única tiene sus ventajas, supongo —respondo levantando los hombros.
En algún momento de mi infancia quizá sí que eché en falta tener a alguien con quien jugar, pero lo bueno es que no tuve que compartir con nadie más el tiempo de mis padres.
—¿Y cómo llevan eso de la distancia?
—Bueno, la que peor lo llevó fue mi madre.
Cuando me marché solo le faltó obligarme a llevar un GPS incorporado con una microcámara para saber dónde y cómo estaba exactamente. Le daba mucho miedo que me pudiera pasar algo en una ciudad tan grande.
—Seguro que está muy orgullosa de ti.
—Lo estaba, sí.
—¿«Estaba»? ¿En pasado? —me pregunta extrañado por mi respuesta.
—Murió de cáncer hace unos años.
—Joder, lo siento. No pretendía...
—No, no pasa nada. Se marchó demasiado pronto, sí, pero la sigo teniendo presente en mi día a día.
Mi padre y yo hablamos mucho de ella, mantenemos su recuerdo vivo.
Una vez leí en un libro que quizá se trate de eso cuando pierdes a alguien, que quizá tan solo dejes de visualizarlo físicamente para empezar a verlo en todo lo demás.
Puedes verlo en los colores de un atardecer, en las pequeñas gotas que trae el mar con su brisa y te salpican la cara, en las conversaciones que mantienes con la gente que lo quería, y después dejas que el recuerdo se encargue del resto.
—Vaya...
Enzo fija la mirada en la carretera y dejamos que la música que suena por los altavoces nos abrace. Él no vuelve a decir nada más y yo tampoco.
La voz femenina del GPS indica que ya hemos llegado al hotel. Fuera sigue lloviendo a mares.
Mi compañero de trayecto apaga el motor y nos bajamos del coche.
Abre el maletero para sacar mi maleta, y nuestros dedos se rozan cuando intercambiamos el asa de esta.
Un hormigueo me recorre la mano y se pierde en cuanto su contacto desaparece, dejando solo el frío y rugoso tacto del mango entre mis dedos.
—Gracias por traerme..., a ti y a McFly.
—Ha sido un placer, Daniela.
—Buenas noches, Gabriel —me despido sonriendo.
—Buenas noches, Mia.
De vuelta en mi habitación, lo primero que hago es poner a cargar el móvil para llamar a mi padre, que responde al segundo tono.
—Hola, princesa. ¿Qué tal todo por allí?
—Hola, papá. Muy bien, ¿y tú?
Me meto en la cama sintiéndome un poco triste después de la conversación con mi padre.
Es el mejor hombre del mundo y siempre ha estado cuando lo he necesitado.
A veces la distancia me pesa, y más pensando que él está solo, pero sabe que lo que hago me hace feliz y, aunque el último año ha sido duro para ambos, saber que tengo otra oportunidad para seguir cumpliendo mi sueño lo llena de orgullo y esperanza.