14. La puta lluvia
La puta lluvia
Enzo
Joder, hacerla sonrojar se ha convertido en mi nuevo hobby.
No sé qué me pasa con esa chica, no le encuentro una explicación, porque yo no suelo comportarme de esa forma ni mucho menos suelo pasearme mostrando mi cuerpo por ahí.
Soy, sin duda, el más pudoroso de todo el equipo.
En los vestuarios, mis compañeros suelen tener la polla más fuera que dentro de la ropa.
Por supuesto que la he oído llamar a la puerta. Había dos opciones: que fuera Dylan o que fuera ella. Y, dado que mi amigo y representante no ha dado señales de vida y que no suele llamar para entrar en ningún sitio, solo podía tratarse de Daniela.
¿Podría haberle dicho que esperara un segundo y yo ponerme algo encima? Sí, pero si hubiera hecho eso, ¿dónde estaría la gracia?
Tontear un poco con ella me ha parecido una manera genial de cambiar el rumbo de mi día, ya que he ido a entrenar esta mañana y, bueno, las cosas no han salido como yo pensaba.
A mitad del recorrido todo se ha torcido.
Me he puesto de muy mala hostia, se me ha hecho tarde y me he sorprendido descubriendo que mi humor ha cambiado drásticamente cuando he pensado que la persona que estaba llamando a mi puerta era ella; lo demás ha venido solo.
He pasado de ser un imbécil de manual a comportarme como un puto adolescente. «Genial, Enzo, vas mejorando, campeón».
Cuando estoy vestido, no con la ropa del rodaje, sino con la que siempre llevo de repuesto en el coche, decido hacer un poco más el capullo y le envío un mensaje a Mateo para que venga «la de maquillaje». Me muero de ganas de verla entrar de nuevo por la puerta con los ojos inyectados en ira.
Oigo unos pasos firmes acercándose a mi camerino. Hago mentalmente una cuenta atrás.
Tres, dos, uno...
Y...
La puerta se abre de golpe anunciando su llegada y yo sonrío de forma pícara.
—¿Cómo que «la de maquillaje»? Tengo nombre, lo sabes perfectamente, y no era necesario que le escribieras a Mateo para que viniera.
Estás... —resopla con fuerza antes de seguir con la retahíla, está cabreada de cojones— estás como a cinco pasos de distancia, podrías haber ido tú.
No habría hecho falta ni que te molestaras en pronunciar una sola palabra.
Tan solo con asomar tu cabezota, habría venido.
—Vale, tienes razón.
—Ah, ¿sí? —pregunta sorprendida, y sus hombros se relajan.
Creo que esperaba que yo siguiera pinchándola un poco más.
—Tienes nombre y lo sé, perdóname, Mia . —Su cara se ha ido transformando de la sorpresa al cabreo a medida que las palabras han ido saliendo por mi boca y su cerebro las ha asimilado.
—Te has levantado muy gracioso esta mañana por lo que veo, ¿no?
—La verdad es que estaba teniendo un día de mierda —le confieso.
—Pues no lo parece, en absoluto.
—Eso es porque ha cambiado en cuanto has aparecido tú por la puerta.
Pero ¿qué cojones estoy diciendo? Para el carro, Enzo, que esto se te está empezando a ir de las manos.
—Claro, porque has decidido que yo sea la diana de todas tus ocurrencias, ¿no? Pues búscate a otra de la que reírte, guapo. —No puede estar más equivocada y acertada a la vez.
—Vale, vale. Lo pillo, ya paro. Perdona —me disculpo, porque uno es gilipollas pero no me apetece seguir tentando a mi suerte.
—Siéntate para que podamos empezar —me ordena dirigiendo su mirada a la silla de mi camerino.
—¿Te parezco guapo? —«Solo un poquito más y ya paro, lo prometo».
—Me pareces idiota. SIÉN-TA-TE, por favor —dice marcando cada una de las sílabas.
Tengo que reprimir una carcajada. Esto está siendo de lo más entretenido.
—A sus órdenes —respondo cuadrándome como si estuviera en una academia militar.
Va a hablar, pero se abstiene. Lo que no logra esconder es su mirada de advertencia. Me siento e intento mantenerme serio.
Es curioso cómo cuando se trata de ella me cuesta mantenerme en un plano distante, algo que con el resto de las personas hago sin apenas esfuerzo desde hace tantos años.
La observo mientras va sacando todo el material de la maleta y lo coloca minuciosamente encima de la mesa.
Cuando lo tiene todo listo, se pone manos a la obra.
—Voy a tener que secarte el pelo primero.
—¿También eres peluquera? —pregunto mientras ella enchufa un pequeño secador que tiene una forma un tanto extraña. Es como un palo largo con una boquilla con un agujero en medio.
—Pues no, pero a veces toca hacerlo. Y, como te ha parecido una buena idea ducharte antes de grabar, no me queda más remedio.
No podría cortarte el pelo y que quedara bien, pero tengo nociones básicas de peinado, lo justo para que luzca en condiciones.
Tu pelo es bastante agradecido, a poco que le haga quedará perfecto.
—Ah..., ya.
Cuando termina con el secador, siento sus manos sobre mi cara. Me está poniendo una especie de crema con una textura un poco rara pero que huele muy bien, como dulce. La extiende con delicadeza y yo cierro los ojos cuando sus manos me masajean suavemente.
—Vamos, que esto te interesa lo mismo que el apareamiento del mejillón. —Coge una pequeña brocha de las muchas que tiene—. Abre los ojos y mira hacia arriba.
Hago lo que me pide.
—¿Quieres hablar de apareamientos? —pregunto con sorna, y ella vuelve a fulminarme con la mirada—. Supongo que si yo te empiezo a hablar de lo que hacemos en los entrenamientos te aburrirías también.
—No sé qué te hace pensar eso.
La tengo tan cerca que podría tocarla con tan solo un movimiento de la mano. Lleva una chaqueta de color gris, remangada, y unas pulseras de colores que tintinean cada vez que mueve las manos.
—Me hago una ligera idea de lo que te interesa la NFL cuando no tenías ni puta idea de quién cojones era yo —añado.
—Oh. —Hace un puchero y luego se ríe—. ¿Acaso herí tu ego al ignorar quién era el gran Enzo Silva? —me pregunta mientras sigue aplicándome otra cosa por toda la cara, una crema más líquida que la primera que me ha puesto, pero que es del mismo color que mi piel.
—Te equivocas. —Conecto mi mirada con la suya a través del espejo—. Conseguiste otro efecto en mí.
—¿Cuál?
—Me hiciste sentir más vivo que nunca, Mia.
Cuando pronuncio esas palabras, rompe el contacto visual volviendo la cabeza hacia la pequeña esponja que tiene entre las manos.
—Bueno, esto ya está. Voy... voy a ponerte el fijador —dice titubeando un poco. Me atrevería a asegurar que está algo nerviosa después de mi última confesión.
¿Herir mi ego? Empiezo a pensar que lo que puede terminar herido no va a ser eso precisamente.
Cuando termina sale de la habitación y yo me quedo sopesando cómo reaccionará cuando se entere de la verdad. ¿Pensará que soy un monstruo? ¿Un cobarde? Una presión familiar se instala en mi pecho.
Después de estar grabando un rato, parece que todo está fluyendo bastante bien en el plató.
Las tomas de hoy están siendo mucho más fáciles que las de ayer, me siento muy cómodo recordando las jugadas y los partidos más memorables de mi carrera.
Nada demasiado personal, anécdotas y buen rollo.
Lo tengo tan interiorizado que podría estar horas hablando de esto sin tener que ponerle demasiada atención.
Paramos para comer y Valentina aprovecha para preguntarme qué tal me encuentro hoy. En ese momento llega Dylan, tarde y en un estado... Resumiré diciendo que se nota que ha dormido muy poco.
—Dichosos los ojos... ¿Se te han pegado las sábanas o has olvidado que hoy tenías que trabajar? —Me acerco a él, ya que se ha quedado en una esquina del plató.
Nos saludamos chocando los puños.
—Ni una cosa ni la otra. He estado en la oficina, algunos tenemos un trabajo de los de verdad y no nos dedicamos solo a hacer el gilipollas corriendo por un campo con un balón.
—Pues tu cara dice otra cosa, hermano —lo pincho un poco más.
—Mi cara puede decir misa. No sabía que necesitabas una niñera veinticuatro siete que te vigilara.
Pero ¿qué mosca le ha picado a este?
—Frena un poco, tío, vaya humor te gastas hoy.
Veo que, desde que Dylan ha hecho acto de presencia, Daniela no le quita ojo. Lo está mirando sin perder uno solo de sus movimientos. ¿Qué sucede aquí?
—No siempre vas a ser tú el que tenga malas pulgas, los demás a veces también podemos tener un día de mierda.
—Vale, vale. —Levanto las manos en señal de rendición.
No insisto más, porque está claro que hoy mi amigo tiene la mecha corta. Y cuando se pone así es mejor dejarle su espacio.
Cuando retomamos, grabamos alguna toma más y Mateo da la voz de que hemos acabado.
Dylan se ha marchado hace rato sin dar muchas más explicaciones; ya hablaré con él.
Ha estado raro de cojones, y para que yo diga eso, es que la situación ha sido muy extraña.
Valentina también se ha ido antes de que acabáramos porque tenía que coger un avión a Los Ángeles para atender unos asuntos.
Volverá dentro de una semana, pero, conociéndola, sé que, aunque no esté físicamente, su ausencia no se va a notar, porque estará llamando para saber qué tal va todo.
Hoy parece que todo el mundo tiene prisa por irse, y sin darme cuenta me he quedado prácticamente solo. Ya solo estamos Mateo, Daniela y yo.
Voy al camerino, me cambio y recojo mis cosas. Luego me despido de ellos con un escueto adiós, pero no sé si me oyen, porque están hablando en la otra punta del local.
La calle me recibe con unas nubes negras y una puta lluvia que hace que salga corriendo para meterme cuanto antes en mi coche.