Play off 13. Toallas demasiado pequeñas
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13. Toallas demasiado pequeñas

Toallas demasiado pequeñas

Daniela

Cuando terminamos de recogerlo todo, Mateo ha decidido ir a tomar algo con el resto del equipo, pero yo he preferido volver al hotel. He cogido un Uber que me ha dejado en la misma puerta.

La jornada ha sido intensa. Las confesiones de Enzo me han pillado con la guardia baja. Me imaginaba que lo suyo era solo fachada, sobre todo después de la breve conversación que compartimos en su camerino, pero saber que lleva cargando con algo tantos años me ha cogido por sorpresa.

Tengo la curiosidad de buscar quién es ese tal Archie al que se ha referido, pero me ha parecido mala idea al segundo de pensarlo.

Es su historia y tiene derecho a contarla él.

Nadie mejor que yo sabe lo que duele que te juzguen por las apariencias sin llegar a saber la verdad, y soy consciente de que nada de lo que pueda encontrar en internet va a acercarme a la realidad.

No hemos vuelto a hablar cuando hemos terminado de rodar.

He visto en su cara esa necesidad de estar solo.

Estaba sobrepasado y vulnerable, y he querido respetar su espacio.

Su carga emocional podía sentirse con cada palabra.

No debe de haber sido nada fácil para él, y lo peor es que creo que esto es solo la punta del iceberg.

Además, tampoco es que seamos amigos, hemos hecho algo así como las paces por el ambiente en el trabajo y porque nos quedan muchos días por delante en los que pasaremos tiempo juntos.

Estoy tan cansada que cuando he llegado al hotel lo primero que he hecho ha sido dejarlo todo tirado encima de la cama, desnudarme y meterme en la ducha.

Era lo único que me pedía el cuerpo. Cuando el agua se lleva gran parte de la pesadez que siento, salgo, me pongo el pijama y me meto en la cama, hoy ni skincare ni nada, mañana será otro día.

No sé a qué hora llegó Mateo anoche, pero, a juzgar por las ojeras, mi querido amigo, o lo que queda de él, no debe de haber dormido mucho. Me mira con carita de niño bueno desde el umbral de mi habitación.

—Dime que puedes hacer algo con esta cara, por favor —me pide en tono suplicante.

—Pasa, anda, no sabía que estaban haciendo audiciones para un remake de The Walking Dead . Joder, tío, vaya pintas llevas —le vacilo entre risitas—. ¿Os liasteis mucho?

Entra mientras yo busco en mi neceser de maquillaje el corrector tono salmón de Kryolan. No hay nada en el mundo que este corrector no pueda disimular.

—Menos risas, guapita, o empiezo a desempolvar las fotos de tu último año en la indigencia personal. Como mi madre me vea así, me corta los huevos.

—Si eres capaz de hacer semejante guarrada, me chivo a Valentina. Esas fotos debían ser destruidas.

Hay tal nivel de confianza en nuestra relación que más de una vez nos han confundido con hermanos.

Hemos reído mucho juntos durante todos los años que llevamos siendo amigos, pero también hemos llorado lo que no está escrito.

Dicen que los verdaderos amigos se descubren en los malos momentos, y no recuerdo ninguno en el que él no estuviera acompañándome.

—Mimimimi... Ponme a prueba, Danielita —se burla.

—¿Con quién has estado hasta estas horas? —le pregunto cogiéndolo del mentón para empezar a aplicarle el corrector—. Mira hacia arriba.

—Con nadie. Los del equipo se tomaron una y se fueron —suelta como si tal cosa, pero sé que me está mintiendo.

—Mateo, ni de coña esperarás que me crea que has estado solo hasta las seis de la mañana, ¿no? —Empiezo a difuminar el corrector dando golpecitos con la esponja—. Cierra los ojos.

—Pues, te lo creas o no, así ha sido.

—Vale, pues cuando quieras me lo cuentas. Voy a por los polvos y la borla, que deben de estar en el baño, para que mi obra de arte no se mueva y no se descubra que en realidad eres un puto oso panda.

Me dirijo al baño a buscarlos. Sé que Mateo me está mintiendo, lo que no sé es el motivo... ¿Por qué no quiere contarme con quién ha estado toda la noche?

—Mira hacia arriba —vuelvo a indicarle mientras matizo la zona de su ojera.

—¿Te has enfadado?

—No —miento, porque claramente sí lo estoy.

—Sí.

—Según tu versión de los hechos, no tendría por qué estar enfadada si no me estás ocultando nada, ¿no? —lo reto mirándolo enfurruñada.

—Bueno, vale, igual no puedo decirte con quién he estado porque esa persona digamos que...

—Pensaba que la época de los heterocuriosos y sus consecuencias ya la habías superado —lo corto, porque ya sé lo que viene a continuación.

—No es eso, joder, Dani. Esto... esto es más peliagudo.

No es la primera vez que mi amigo se ve envuelto en una «no relación» con algún chico que lo usa por curiosidad y, aunque parezca que Mateo esté por encima del bien y del mal y que ese tipo de cosas no le afectan, sé que no es así.

Pensar que pueda estar pasando por lo mismo ahora no me hace ninguna gracia.

Lo último que quiero es que lo hagan sufrir.

—Vale, ya estás. Vuelves a parecer una persona que ha dormido como un tronco. —Miro mi móvil para comprobar la hora—. Ahora deberíamos irnos si no queremos llegar tarde.

—El coche está esperando abajo.

—OK —añado secamente mientras termino de coger las cosas que voy a necesitar para este segundo día de rodaje.

Cuando llegamos al plató, está prácticamente todo montado ya. El fondo negro ha sido sustituido por una pantalla verde porque hoy van a repasar con Enzo sus mejores partidos. Irán narrándolos y luego, en postproducción, añadirán las imágenes. En teoría, hoy debería ser todo más relajado, más fácil.

Llego, saludo a todo el mundo y voy directa al camerino de Enzo para empezar cuanto antes. La puerta está cerrada, así que llamo antes de entrar por si él está ya dentro, pero como nadie me responde al otro lado, abro directamente pensando encontrar el lugar vacío.

—Joder, mierda. ¿No me has oído llamar o qué? —le pregunto al comprobar mi error.

Enzo está dentro, concretamente, saliendo de la ducha con tan solo una toalla blanca demasiado pequeña para tapar su cuerpo.

O sus partes, más bien. Y, para más inri, esta resalta mucho más su piel bronceada, mientras pequeñas gotas resbalan por su torso.

Me quedo con la mirada fija en una de ellas, una que baja por su pelo húmedo, pasa por su cuello y se va deslizando despacio por su pecho y sus abdominales hasta desaparecer bajo la tela de la toalla.

«JO-DER».

—Perdona, no te he oído llamar —me aclara más ancho que largo.

Y una mierda que no, me he asegurado de tocar varias veces y muy fuerte.

—¿No tienes ducha en tu casa? —le pregunto un poco borde, soltando el último pensamiento que se ha quedado en mi cabeza.

—Sí, claro que tengo, una bien grande en la que caben perfectamente dos personas. ¿Quieres que te invite un día? —me propone con descaro, acompañando la proposición con un gesto de lo más sugerente.

—No, gracias. Estoy muy contenta con la ducha para una sola persona de mi hotel. Lo que no entiendo es por qué tú no usas esa ducha tan grande que tienes en tu casa.

—He ido a entrenar y he venido directo, y quería estar limpio, no sabía que tenía que darle explicaciones de lo que hago a la chica de maquillaje. La próxima vez, llama más fuerte, Mia.

¿«Mia»? Conque esas tenemos, ¿eh?

—La próxima vez entraré directamente sin llamar, Gabriel .

Suelta una carcajada que llena todo el camerino. Debo de parecerle la mar de graciosa, oye.

—¿Volvemos a llamarnos por nuestros nombres en clave? —me pregunta avanzando un poco hacia donde estoy.

—No sé, dímelo tú, que eres el que ha empezado. Voy a dejar la maleta aquí y me marcho para que puedas vestirte —le digo escabulléndome por un lateral mientras me acerco a la mesa tapándome los ojos con la mano que me queda libre.

—Por mí puedes quedarte, no tengo ningún problema.

No, a la vista está que no tiene ningún problema. Si yo tuviera su cuerpo, tampoco lo tendría, la verdad.

—Pero yo sí, idiota.

Y salgo de allí roja como un tomate. El humor de este tío cambia como por arte de magia. Empezamos bien el día, vaya que sí.

¿Y ahora cómo narices voy a concentrarme en ser profesional y sacar las imágenes que mi retina acaba de grabar en mi memoria? ¿Quiero borrarlas?... Igual no.