12. No fue culpa tuya
No fue culpa tuya
Enzo
—¿Estás bien, tío? —me pregunta Dylan una vez que Daniela se ha ido.
—¿Tú qué crees? Sabía que no iba a ser fácil. —Acerco las manos a mi cara, pero recuerdo que Daniela acaba de retocarme el maquillaje y me detengo—. Mierda.
—Si no te ves capaz, podemos pararlo. Igual tenías razón y no ha sido buena idea. Hacía mucho tiempo que no te veía como te he visto hace unos minutos ahí fuera.
—Llevo años cargando con lo que pasó, y ahora que todo está a punto de acabar, necesito contarlo, joder. Poner punto final a esta historia y a mi puto pasado, que me atormenta cada día.
—Lo que pasó no fue culpa tuya, Enzo. De nadie, en realidad. Éramos unos críos. Tú, yo y...
—Yo no lo siento así —lo corto antes de que pronuncie su nombre—. He sido un cobarde desde aquello, y no quiero seguir siéndolo.
—No creo que haya nadie capaz de lidiar con todo el peso que llevas tú, ni de aguantar toda la mierda que cayó cuando ocurrió. Hiciste lo que era mejor para todo el mundo, incluido él. ¿Te ves preparado para destaparlo todo, caiga quien caiga?
—Sí.
—Pues entonces no hay nada más que añadir.
Unos minutos después vuelvo a estar sentado en el sillón delante de la cámara.
Voy a tocarme el pelo, pero recuerdo las palabras de Daniela y no lo hago.
Sin saber por qué, la busco con la mirada entre el equipo y por fin sus ojos se encuentran con los míos.
Una sensación de calma me invade, justo lo que necesito para lo que estoy a punto de hacer.
—Enzo, ¿quieres que sigamos donde lo hemos dejado, o pasamos a otras preguntas? —me pregunta Mateo.
—Seguimos donde lo hemos dejado.
—Perfecto. ¿TODOS PREPARADOS? Hannah, retomamos en el mismo punto.
—Entendido —le contesta ella.
Veo cómo el piloto de la cámara empieza a parpadear y cambia de color. No tengo ni puta idea de si yo estoy preparado, pero allá voy.
—¿Y cuáles fueron tus primeros pasos? ¿Con quién compartías esos primeros momentos?
Respiro y muevo la cabeza intentando destensarme un poco antes de responder.
—Siempre fuimos tres. Dylan y yo nos criamos juntos, creo que ya éramos amigos antes incluso de llegar a nacer.
Más que un amigo, siempre ha sido como un hermano para mí.
Pero había alguien más que completaba nuestra ecuación perfecta.
Éramos como un tridente. Archie Jones llegó al barrio cuando tenía cinco años, con una sonrisa de oreja a oreja, una cabeza llena de rizos negros y un balón entre las manos.
No recuerdo un solo momento de él en que el balón no lo acompañara.
Si hoy en día soy quien soy es gracias a él.
Con él empezó todo y, quizá, con él deba terminar.
Me parece increíble haber sido capaz de pronunciar su nombre en voz alta.
Veo la sorpresa de los presentes, de algunos porque no tienen ni idea de quién narices es Archie y de otros porque volver a oír su nombre nos duele demasiado.
Su nombre, como lo que pasó, se ha difuminado con el paso del tiempo.
Se ha emborronado hasta quedar en un recuerdo doloroso para los que lo queríamos.
Y una mancha en la conciencia de los que se aprovecharon de su inexperiencia y de sus ganas de comerse el mundo.
—Siempre has sido muy hermético en cuanto a tu vida privada, ¿cómo ha influido eso en tu carácter y en tu forma de ver el mundo?
—No siempre fue así. Recuerdo que, cuando firmé mi primer contrato, montaron una fiesta en mi honor.
Una fiesta de la que ojalá pudiera recordar algo, pero pasar de vivir de manera humilde a tenerlo absolutamente todo hace que no siempre tomes las mejores decisiones y te dejes llevar por personas que a priori pueden parecer buenas para ti, pero que no lo son en absoluto.
Cuando fui consciente del pozo en el que me había metido, ya era demasiado tarde.
Así que decidí cortar con todo, parar en seco, pasar de cien a cero y centrarme solo en lo profesional.
Dicen que a base de golpes se aprende, podría decir que yo tuve que aprenderlo de la peor manera.
—Sorprende que nos digas esto cuando tu imagen siempre ha rozado la perfección.
—Sí, entiendo lo que puede parecer visto desde fuera, sobre todo cuando hay un equipo detrás que se encarga de borrar tus huellas y las suyas propias. Quizá en apariencia pueda parecer perfecto, «el chico bueno de la NFL», pero por dentro hay muchas sombras que se esconden.
—¿Es ese uno de los motivos por los que has accedido a hacer este documental?
—Efectivamente. Después de tantos años de silencio, creo que ya va siendo hora de que todo el mundo se entere de la verdad.
Compartir la oscuridad de mis inicios y mostrar que la fama no es tan bonita como la pintan.
Las estrellas no brillamos tanto, si lo hacemos es porque nos pulen para ello.
Ha llegado el momento de que el mundo sepa la verdad.
El verdadero motivo por el cual vivo escondido tras los focos.
—CORTEN —se oye la voz de Mateo, que da por finalizada la grabación.
Por primera vez en años siento que estoy haciendo algo bien. Quiero levantarme, pero temo que las piernas vayan a fallarme. Es irónico que un tío como yo, que mide más de un metro noventa, pueda sentirse tan efímero y débil.
Aunque no haya entrado mucho en detalles, acabo de compartir una parte importante de mi pasado, una muy vulnerable, con auténticos desconocidos, y no sé cómo cojones debo actuar ahora.
La primera en acercarse es Valentina, no podía ser otra. Para ella, nada de lo que he contado es nuevo, por eso mismo sabe cómo debo de estar sintiéndome ahora.
—Lo has hecho muy bien, Enzo. Para ser el primer día, ha estado más que bien. Pensaba que tardarías más en abrirte, y debo decir que no creía posible que dijeras tan pronto su nombre en voz alta.
—Gracias. Yo tampoco sabía que iba a ser capaz de hacerlo. —No lo fui ni en los años que acudí a terapia ni en cada visita a casa de su madre, porque no volví a sentirme merecedor de volver a llamarlo por su nombre.
—Buen trabajo, Enzo. Tómate todo el tiempo que necesites, nosotros vamos a ir recogiendo algunas de las cosas y preparando otras para la jornada de mañana.
—De acuerdo.
—Archie estará orgulloso de ti.
—Lo dudo —susurro cuando veo que Valentina está lo suficientemente lejos para poder oírme.
Fue en una de esas fiestas donde todo empezó a truncarse para él. Mientras seguíamos celebrando que yo estaba dentro de la NFL, él firmó, sin saberlo, el principio de su fin, y eso será algo con lo que tendré que cargar el resto de mi vida.
Cuando por fin consigo reunir fuerzas para moverme, busco a mi mejor amigo con la mirada, porque sé que para él recordarlo todo va a ser duro también.
Pero su media sonrisa y el sencillo gesto que me dirige inclinando la cabeza me indican que se siente orgulloso de lo que estoy haciendo y que estamos en el mismo barco, con la diferencia de que esta vez ambos agarramos el timón en la misma dirección y con la misma fuerza.
Puede que a Archie le deba todo lo que he conseguido, pero a Dylan le debo el estar aún aquí, el ser.
No me dejó caer, no me ha soltado desde entonces y, si por alguien tuviese que poner la mano en el fuego, sería por él, sin miedo a quemarme.