11. No te metas donde no te llaman
No te metas donde no te llaman
Daniela
No sé qué narices acaba de pasar, pero, a juzgar por la tensión que se ha originado en el plató, sé que algo no va bien. La mirada de Enzo paralizado era de auténtico terror, sé reconocerla porque he lidiado con ella en mis propias carnes.
En cuanto Valentina se ha dado cuenta, se lo ha llevado de aquí.
No hemos empezado con buen pie, y desde luego no me cae bien, pero tampoco me ha gustado ver su angustia y ese miedo reflejado en sus ojos.
—Daniela, cariño. Cuando puedas, ¿te importaría pasarte por el camerino de Enzo para retocarlo? —me pide Valentina cuando se reúne de nuevo con el resto del equipo.
—Sí, ahora mismo voy.
—¿Todo en orden? ¿Necesita que vaya? —le pregunta un chico rubio que se nos acaba de acercar. Lo he visto antes hablando con Enzo, pero aún nadie me lo ha presentado y no sé exactamente quién es.
—Sí, no te preocupes. Cosas que pasan. Se ha sentido un poco indispuesto, ya sabes, pero ya está más tranquilo —contesta Valentina restándole importancia a la situación.
«Cosas que pasan» lo dudo, porque no suele ser habitual, y menos en alguien que irradia esa seguridad y ese pasotismo.
Pero no voy a ser yo la que se meta donde no la llaman.
Sea lo que sea lo que le haya sucedido a Enzo —y está claro que ellos lo saben—, yo no le voy a dar más vueltas.
Pienso limitarme a hacer solo el trabajo por el que me pagan.
Me encamino por el pasillo y toco con los nudillos a la puerta del camerino antes de entrar. No sé qué me voy a encontrar cuando cruce el umbral, y hacerlo sin llamar me parece demasiado intrusivo.
—Pasa. —Es la voz de Enzo la que se oye al otro lado.
Cuando entro, él está sentado en la silla, con los hombros caídos y aspecto derrotado. Me mira y no logro descifrar qué es lo que esconden sus ojos, pero algo en mi interior se remueve al verlo de esa forma, porque puedo verme a mí misma hace un año.
—Me ha dicho Valentina que viniera a retocarte —digo usando un tono suave para dirigirme a él.
—Lo sé.
No añade nada más, y yo tampoco. En la habitación se instala un silencio que, por extraño que parezca, no es incómodo para ninguno de nosotros.
Empiezo a hacer mi trabajo y esta vez procuro ser mucho más delicada. Cuando termino y estoy a punto de salir por la puerta, noto cómo su mano me agarra de la muñeca con suavidad y me gira para que quedemos frente a frente.
—Gracias por no preguntar. Y lo siento... Tengo una habilidad innata para ser un auténtico payaso.
—No suelo meterme donde no me llaman ni disfruto metiendo el dedo en las heridas de otros. Y, para que quede claro, anoche no me pareciste ningún payaso, aunque hoy sí, y bastante —confieso siendo lo más sincera que puedo.
El tío que conocí anoche no se parece en nada al que tengo delante hoy. Ese me cayó bien, y empiezo a pensar que es su verdadero yo, que no es tan duro ni tan altivo como quiere mostrarse ante el mundo.
—Gracias otra vez. No suele ser lo habitual una vez que la gente sabe quién soy o me reconoce. No estoy acostumbrado a que no pregunten, a que no quieran saber.
—Bueno, hay gente para todo, pero no todos somos iguales ni estamos cortados por el mismo patrón.
—Desgraciadamente, en mi mundo sí —murmura bajando la mirada.
—Nunca es tarde para cambiar el mundo del que nos rodeamos, Enzo.
—Es fácil decirlo y no tanto llevarlo a cabo, pero créeme si te digo que estoy en ello y por eso estoy aquí. ¿Podemos empezar de nuevo?
—Vale. Ya que vamos a tener que trabajar juntos, prefiero que nos llevemos bien.
—Me llamo Enzo Silva, gilipollas profesional. Encantado. —Me tiende su mano y yo no puedo evitar sonreír.
—Daniela Miller, odio los cosmopolitan y, desde ayer, también a los pelirrojos. Mucho gusto. —Acepto su mano mientras una sonrisa se instala en su cara y por fin su expresión se relaja—. Nos vemos fuera, Enzo.
Salgo por la puerta, pero de pronto choco con alguien que se disponía a entrar.
—¿Así que esta es la rubia de anoche?
—Joder, Dylan, si lo dices así parece otra cosa —le recrimina Enzo al chico en cuestión.
—¿Dylan? ¿Él es el Dylan al que mandaste que apuntaran todas nuestras bebidas? —pregunto una vez que ato cabos. Tiene que serlo, es demasiada casualidad.
Y es que, cuando fuimos a pagar al terminar la noche Mateo y yo, la camarera que nos había atendido nos dijo que estaba todo pagado.
Al parecer, no solo le había dicho que apuntara las primeras bebidas que pedí estando con él, sino todo lo que tomáramos durante la noche.
Debió de hacerlo cuando se marchó sin que yo me diera cuenta.
—¿Enzo? —preguntamos Dylan y yo a la vez, esperando que nos conteste.
Él nos mira y levanta los hombros.
—Sí y sí —nos dice alternando la mirada entre el rubio y yo—. ¿Y bien? —añade dirigiéndose al que, según he oído decir a alguien del equipo mientras venía para aquí, es su representante.
—¿Y bien, qué?
—¿Que para qué has venido? ¿O solo ha sido para ponerte a escuchar detrás de la puerta como un cotilla?
—He venido a ver cómo estabas, imbécil.
Vale, Dylan me cae bien. Además de hacerse cargo, sin saberlo, de nuestra cuenta del bar, sabe poner en su sitio a Enzo.
—Ya, sí, claro... Era de suponer que algo así iba a pasar, ¿no? —Veo que Enzo titubea al contestarle a su amigo, y siento que sobro.
—Yo os dejo para que podáis hablar —digo, y añado dirigiéndome a Dylan—: Por cierto, gracias por las copas.
—De nada, guapísima. Cuando quieras repetimos —me contesta el rubio con una sonrisa mientras me guiña un ojo.
Me uno al resto del equipo para esperar que Enzo y Dylan vuelvan al plató para seguir con las tomas y continuar con la grabación. Veo entonces que Mateo está solo y me acerco a él.
—Menudo comienzo, ¿no? —le digo al tiempo que suelto un suspiro.
—Bueno, ya sabes que sin drama no hay trama. Pero mi madre está tranquila, como si ya contara con que esto iba a pasar. Así que, hasta que ella pierda los nervios, todo va bien —me aclara mi amigo mientras me pasa un brazo por encima del hombro.
—Tu madre no pierde nunca los nervios. Es la persona más calmada que conozco. Enzo parecía mucho más tranquilo cuando he salido de su camerino, así que no creo que tarde mucho en volver.
—En realidad, a pesar de este contratiempo, vamos dentro del timing . Todo bajo control, ya sabes que me gusta ir con margen. Y ¿qué has hecho para que esté más relajado después de tu visita?
—No seas idiota, Mateo. —Me zafo de su brazo con suavidad para tenerlo de frente.
—He hablado un poco con Dylan, y resulta que ayer coincidimos en el local.
No me ha costado mucho deducir que Enzo es el desconocido de anoche, con los datos que tú me diste más los que Dylan ha aportado.
¿Cómo narices no sabías que era Enzo Silva?
Vale que el tío no tiene redes sociales, pero es la puta estrella de los Redhowls desde hace años, hay cromos con su cara, tía.
—No he visto un partido de la NFL en mi vida. Ya sabes que los deportes no son lo mío. Te recuerdo que hasta esta mañana ni siquiera sabía cómo se llamaba. Si lo hubiera sabido, habría hecho una búsqueda rápida en internet. Además, me dijo que se llamaba Gabriel... Yo qué sé, Mateo.
—Ahora ya lo sabes, Mia... —añade muerto de risa porque está disfrutando mucho con la situación.
—No seas cabronazo, lo de anoche no fue nada.
—Ya... Aunque, mientras estabas contándome la batallita, parecías de lo más emocionada.
—No empieces... —lo amenazo, porque no me apetece ver hacia dónde va a degenerar la conversación.
—Vale, vale. Ya me callo.
Los dos vamos detrás de las cámaras mientras esperamos para poder retomar el trabajo.