Play off 10. ¡Corten!
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10. ¡Corten!

¡Corten!

Enzo

Sé que mi comportamiento ha estado fuera de lugar.

Como también tengo claro que algo en la mirada de Daniela me grita que no debo dejar que se acerque demasiado a mí.

Su forma de mirarme y su manera de contestar, aun conteniéndose para no mandarme a tomar por culo, me gustan, me hacen sentir que aún estoy vivo.

Hace mucho que nadie me despertaba tanta curiosidad y, a la vez, lograba que todas las alarmas salten dentro de mí, gritándome que no se acerque más de la cuenta porque es peligroso.

Lo más sensato y sencillo habría sido disculparme, admitir que me había salido del tiesto, pero he preferido que siguiera creyendo que soy un gilipollas y luego no se lleve una decepción cuando descubra la verdad.

He empezado a desnudarme delante de ella por pura diversión.

Ha sido algo impulsivo —cosa bastante rara en mí—, pero me apetecía llevarla un poco más al límite.

He disfrutado viendo cómo su mirada prendía en llamas a la vez que controlaba sus palabras para no decir lo que estaba pasando por su cabeza, lo cual ratifica lo imbécil que puedo llegar a ser.

Estoy seguro de que, si esto hubiera sucedido en otro contexto, me habría mandado a la mierda y no se habría limitado a llamarme gilipollas.

Estoy jugando con fuego, lo tengo claro, pero, por alguna extraña razón, me apetece acercarme a las brasas lo suficiente como para comprobar hasta dónde aguanto sin quemarme.

Salgo ya vestido hacia el plató y siento cómo todas las miradas de los que están presentes se posan en mí, incluida la de Daniela, que me contempla de arriba abajo y pone los ojos en blanco.

Odio ser el centro de atención, odio que la gente espere algo de mí y odio tener que hacer esto, pero allá vamos.

—Vale, Enzo. Tú te sentarás en ese sillón de allí. Vamos a hacer primero unas tomas para comprobar la iluminación y el sonido. Hoy no vas a estar microfoneado porque vamos a grabar con percha. ¿Tienes alguna duda? —me pregunta Mateo, que se ha acercado a mí.

—No —contesto de forma seca mientras dirijo mis pasos hacia el lugar que me ha señalado.

Él se pone detrás de la cámara y empieza a dar indicaciones.

No entiendo casi nada de lo que dice, así que me limito a esperar a que me digan qué narices tengo que hacer.

No estoy en un ambiente en el que me mueva con destreza y, salvo las fotos que nos hacemos en equipo al principio de la temporada, no tengo experiencia en este ámbito.

Muchos de mis compañeros hacen campañas de publicidad para marcas conocidas, pero yo he rechazado muchas de ellas en todos estos años, por no decir todas.

Veo cómo Mateo llama a Daniela y ambos miran el monitor que tiene delante. Él le dice algo y ella asiente con la cabeza y dirige sus pasos hacia el lugar donde me encuentro.

Me mira clavándome sus ojos y, sin decirme nada, empieza a toquetearme el pelo.

Su contacto consigue aliviar ligeramente la tensión que llevo acumulada desde que he puesto un pie en el plató.

Pero, en cuanto dejo de sentirlo, de forma automática, mi cuerpo vuelve a notar el peso provocado por las cámaras que sé que me están enfocando, devolviéndome así a mi realidad.

Necesito prolongar su presencia a mi lado.

—Oye, ¿no deberíamos tener primero una cita o algo? —comento en un intento por sentirla cerca un rato más.

Ella pone los ojos en blanco y suspira. Se cerciora de que mi aspecto sea el que debe ser.

—En tus sueños. Procura no volver a tocarte el pelo, por favor, Enzo —me pide, remarcando cada sílaba de mi nombre, antes de darse la vuelta y volver sobre sus pasos.

Siguen hablando y retocando las luces unos minutos más y luego Mateo me da la señal de que empezamos a grabar.

Al principio todo va bien, porque las preguntas que me hacen no son nada fuera de lo habitual. Pero todo cambia cuando empiezan con algunas que me cuestan un poco más y que hacen que vuelva a mí una incomodidad que llevo años evitando.

—¿Cómo llegaste a la NFL? —me pregunta Hannah, que será la voz en off que sonará haciendo las preguntas.

—Un golpe de suerte, sin más. Sé que cuesta creerlo y que suena a película, pero fue así.

—¿Y cuáles fueron tus primeros pasos? ¿Con quién compartías esos primeros momentos?

Y es ahí cuando todo se tuerce.

En el plató solo estamos Dylan, los de sonido, los de iluminación, Valentina, Mateo, Hannah, Daniela y yo, pero siento como si miles de ojos estuvieran puestos en mí, esperando mi respuesta. Juzgando al chaval que fui, al que no supo tomar las mejores decisiones.

Me bloqueo y no sé qué contestar. Sopeso repetir el discurso que tengo interiorizado desde entonces, pero sé que es mentira y que si estoy haciendo esto es justo para contar la verdad.

Mi cabeza comienza a dar vueltas y me muevo incómodo en el sillón.

Todo me aprieta y me empieza a picar el cuerpo.

Soy incapaz de pronunciar una sola palabra.

Muevo la pierna derecha a un ritmo frenético, sin sentirme dueño de mi propio cuerpo, mientras los recuerdos me golpean como ráfagas de viento.

En el lugar donde empezó todo, yo no estaba solo.

Enzo Silva, durante sus primeros años, siempre estuvo acompañado, aunque su presencia se haya borrado con el paso del tiempo.

Me doy cuenta de que todo el equipo me mira aguardando mi respuesta, y siento cómo unos sudores fríos, que conozco muy bien, empiezan a caer por mi frente. Miro a un lado y a otro de la sala, esperando algo que no sé exactamente qué es.

Siento los ojos de Daniela posados en mí. No entiende qué está pasando, y veo que está preocupada. «Pues sí, Mia, este soy yo..., un auténtico desastre, una auténtica farsa».

Dylan y Valentina cruzan miradas, saben que algo va mal. Ambos me conocen muy bien y sé que se imaginan lo que me está pasando. Ella le hace una señal a su hijo que este pilla al instante.

—Cortamos, chicos —dispone Mateo—. Vamos a tomarnos un descanso de quince minutos y luego seguimos.

Al oír sus palabras, algo se calma en mi interior.

—Vamos, Enzo, acompáñame, cielo —me susurra Valentina acercándose a mí mientras me invita a levantarme del sillón.

Asiento con la cabeza y dejo que me guíe, como si fuera otra vez aquel chaval que jugaba a ser adulto, perdido en mitad de la oscuridad.

Mierda, la he cagado y apenas acabamos de empezar.

Cuando entramos en el camerino, me dejo caer en la silla y Valentina me ofrece un vaso de agua.

—Yo... lo siento. No sé qué me ha pasado, me he bloqueado —me disculpo, porque ignoro qué otra cosa puedo hacer.

—Sabes lo que te ha pasado, Enzo. Tranquilo, ya contaba con que esto no iba a ser fácil.

Ya te he dicho antes que no tienes que hablar o contar lo que no quieras.

Tú llevas las riendas. No es fácil abrirse en canal enfrente de una cámara para hablar por primera vez de aquello, y mucho menos habiendo gente que no conoces.

—Pero quiero contarlo y acabar con esto de una vez. Sabía que iba a ser difícil, joder, llevo años viviendo una mentira y necesito sacarlo.

—Cuenta la versión que todos conocen, si eso te va a facilitar las cosas, y cuando te sientas preparado, cuenta tu realidad. Nosotros nos ocupamos del resto, cielo. Tú puedes elegir cómo y dónde contarla. A tu manera, a tu ritmo.

—De verdad que lo siento —vuelvo a disculparme, y mis hombros caen por inercia al sentir una vez más el peso de los recuerdos.

—Tómate unos minutos para serenarte. Llamaré a Daniela para que venga a retocarte aquí mismo. Vamos a centrarnos hoy en contestar solo preguntas banales, sin entrar en el pasado ni el futuro. ¿Vale?

—Vale.

Antes de que Valentina me deje solo con mis demonios, la detengo.

—Gracias.

Ella asiente y sale del camerino cerrando la puerta tras de sí, y yo tomo una gran bocanada de aire para llenar mis pulmones, aunque como siempre me quedo a medio gas.