Play off 9. Cuando Daniela conoció a «Gabriel»
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9. Cuando Daniela conoció a «Gabriel»

Cuando Daniela conoció a «Gabriel»

Daniela

«Dicen que el protagonista del documental es un poco gilipollas». Las palabras de Gabriel retumban en mi cabeza sin parar. Esperaba que el chico del catering no estuviera en lo cierto. No me apetecía tener que enfrentarme a otro tirano; no, después de lo que me pasó con Miguel.

He llegado demasiado pronto y, después de preparar mi arsenal de material en el camerino —y con lo nerviosa que estaba—, he decidido darme una vuelta por el plató para ver cómo iba a ser la iluminación.

Como aún no estaba listo, he optado por acercarme a la mesa de catering e intentar calmar los nervios charlando con alguien del equipo para empezar a hacer piña.

Lo último que imaginaba era que Gabriel, el misterioso chico de anoche, fuera el encargado del catering. ¿Qué probabilidades hay de que eso ocurra? Ni de lejos podía imaginarme que hoy me encontraría con él ni que durante las próximas semanas me tocaría compartir espacio.

Tampoco era buena señal que, de primeras, hablara mal de la persona con la que iba a tener que trabajar durante las próximas semanas. No tenía ni idea de quién era Enzo Silva (lo mío y el deporte en todas sus vertientes es un mundo desconocido). Nunca me ha interesado lo más mínimo la NFL.

He intentado hablar con Mateo, pero no he sido capaz de encontrarlo por ningún lado. El primer día de rodaje suele ser una locura, así que he vuelto al camerino a esperar.

—Dani, cariño, ya está todo listo. ¿Tú cómo vas? —Valentina abre la puerta, y no viene sola.

—Sí, lo tengo todo preparado. Solo falta que llegue... —Me quedo callada al ver quién la acompaña.

¿Gabriel? ¿Qué narices hace el chico del catering aquí con ella?

—Él es Enzo Silva. Ella es Daniela Miller, la encargada de maquillaje.

Miro por encima del hombro de Valentina esperando ver a Enzo Silva detrás de Gabriel, pero allí no hay nadie más.

—Encantado, Daniela. Soy todo tuyo —puntualiza el supuesto Gabriel mientras me tiende la mano y una sonrisa estúpida se apodera de su cara.

Mi expresión de no entender qué narices está pasando pone en alerta a Valentina.

—Daniela, ¿estás bien? Parece que has visto un fantasma.

¿Estoy bien? La respuesta casi seguro que es NO. O el tal Enzo tiene un hermano gemelo llamado Gabriel que trabaja en el catering —lo cual es bastante improbable— o yo me estoy volviendo loca y tengo alucinaciones.

—Sí, sí, perdona. Encantada, Enzo —respondo estrechando la mano que me ha ofrecido.

—Bueno, yo os dejo solos. Si necesitáis algo, me llamáis, estaré por aquí, supervisándolo todo.

Con la elegancia que la caracteriza, Valentina sale cerrando la puerta, y yo me quedo mirando al hombre que está enfrente de mí y que ahora ya no tengo muy claro quién narices es.

Es alto, moreno de piel y muy guapo. El pelo castaño le cae un poco sobre la frente, despeinado. Anoche no pude fijarme bien en el tono de sus ojos, pero ahora los veo: son color miel, y me están mirando, esperando que diga algo.

—Así que Enzo, ¿no?

—Eso parece, sí.

—Hay algún otro alter ego que deba conocer, ¿o solo estáis tú y Gabriel?

—¿Y cómo sabes que Gabriel no es mi segundo nombre?

—Eso no lo sé, pero dudo que seas el responsable del catering. Y, dicho esto, puedes sentarte y empezamos cuanto antes —le suelto algo cortante.

No sé por qué me ha mentido ni qué pretendía con ello, pero en una cosa sí que tenía razón Gabriel: este tío es un gilipollas.

Se acomoda en la silla en absoluto silencio y yo me pongo manos a la obra o, mejor dicho, a las brochas. No era así como pensaba que empezaría el día en mi vuelta al trabajo. Repaso mentalmente nuestros dos encuentros para tratar de entenderlo.

Cogí esa manzana de sus manos, en un acto de impulsividad y nerviosismo, dando por hecho que era el del catering y que quizá la estaba colocando con las demás frutas, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que anoche tampoco supe quién era.

Quizá he dañado su estúpido ego al no reconocerlo y esta es su forma retorcida de vengarse.

Empiezo poniéndole crema hidratante para preparar la piel, que resulta ser muy suave y cálida al tacto.

Enzo cierra los ojos en cuanto mis manos lo rozan, como si solo ese contacto calmara algo dentro de él.

Sigo aplicándole el corrector y la base mientras voy recordando la escena que hemos compartido momentos antes, y, sin darme cuenta, estoy siendo un tanto brusca con la esponja.

—¿Todo lo haces con tanta suavidad, Daniela? —me pregunta mirándome a los ojos.

—No, esta técnica solo la reservo para tipos como tú, Gabriel —le suelto sin pensar mucho en las posibles consecuencias de mi salida de tono.

Mi maldita boca, una vez más, haciendo acto de presencia. Pero me siento tonta, yo rectifiqué en cuanto tuve la oportunidad y él, en cambio, ha preferido seguir con el engaño.

—Ayer no tuviste reparo en pasar tu tiempo con un tipo como yo, Mia. Si estás esperando una disculpa por mi parte por haberte mentido, no la vas a encontrar. Tampoco creo que haya sido para tanto. Una bromita para destensar el ambiente de trabajo.

Resoplo y lo miro, pero no le contesto, no voy a entrar más en sus provocaciones. En definitiva, Enzo Silva es un imbécil. Me esperan unas largas semanas por delante, pero tengo que aguantar, necesito que este proyecto salga bien.

Cuando acabo con los retoques, le coloco un poco el pelo y se lo fijo. Cuando estoy satisfecha con el resultado, me pongo detrás de la silla, frente al espejo, para ver la imagen que se refleja en él.

El trabajo en sí es bastante sencillo, lo que solemos definir como un efecto «buena cara», para que luego en cámara los focos no se coman todo el color de la piel. Tapar algunas imperfecciones y poco más.

—Ya estás. Si no te importa, antes de que te vistas voy a preparar lo que necesito para los retoques mientras grabamos. En un minuto te dejo solo.

—De acuerdo —agrega muy serio mientras se levanta de la silla.

Cojo una pequeña maleta que tengo para estos casos y voy metiendo lo que creo que voy a necesitar. Hasta que veo con el rabillo del ojo que Enzo está empezando a quitarse la ropa delante de mí. ¿Pretende cambiarse estando yo aquí? Ni de coña.

—¿Qué haces? —le pregunto en un tono bastante altivo.

—Daniela, creo que es evidente, ¿no? —contesta mientras tira la camiseta a la silla en la que antes estaba sentado.

«No mires sus pectorales, no mires sus pectorales...».

Pero claro que miro, no creo que haya nadie sobre la faz de la Tierra que sea capaz de no mirar. Mierda, es que el muy imbécil está muy bueno. Veo que sonríe de lado cuando se da cuenta de que estoy observándolo, y yo intento por todos los medios no ruborizarme.

—¿No puedes esperar a que salga del camerino?

—No —sentencia el muy caradura.

«Pero ¿qué...? Lo que me faltaba ya... Señor, dame paciencia...».

Pongo los ojos en blanco, termino de meter en la maletita lo que me falta y cierro la cremallera.

Abro la puerta del camerino, pero antes de salir me doy la vuelta y me dirijo a él, mirándolo a la cara. Mi corazón empieza a bombear rápido, porque estoy muy cabreada.

—Gabriel tenía razón: eres un gilipollas —y me quedo tan a gusto al decírselo que me da todo igual.

—Créeme, lo sé.

Salgo y cierro. Me apoyo en la pared que hay justo enfrente e intento recuperar la compostura antes de unirme al equipo de grabación.

Nota mental: voy a tener que bajarme alguna aplicación de relajación o mindfulness si no quiero que en cualquier momento esto se vaya a la mismísima mierda y termine de hundirme por completo. Porque todo indica que vienen curvas.