Play off 8. La manzana es la culpable de todo
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8. La manzana es la culpable de todo

La manzana es la culpable de todo

Enzo

Esto va a salir mal, ha sido una jodida mala idea. Observo a mi alrededor cómo los del equipo de arte van montándolo todo mientras mis nervios van en aumento. ¿Por qué cojones dije que sí? No hemos empezado y ya me estoy arrepintiendo.

Acepté con la condición de que solo una persona de mi plena confianza podía encargarse del proyecto.

Era ella o nadie. También dejé claro que hasta que estuviera acabado no quería que se filtrara ni una sola promoción.

Si algo del documental se contaba antes de tiempo, el contrato quedaría anulado y todo el material grabado hasta entonces tendría que ser destruido.

Y no soy tonto, redactamos una cláusula de confidencialidad, con una cantidad bastante exagerada como multa.

No quiero prensa, no quiero publicidad antes de acabar y no quiero ojos puestos sobre mi cabeza.

Para hacer lo que tengo que hacer, necesito estar lo más tranquilo posible.

Mi relación con Valentina viene de lejos.

Nos conocimos cuando yo estaba empezando mi carrera deportiva; su hijo tenía mi misma edad y ella ya dirigía FerVal.

Supongo que debí de recordarle algo a él y le salió la vena maternal.

Vio en mí a un chaval perdido que no sabía qué hacer.

Ella conoce toda mi historia y, cuando llegó el momento, me protegió.

Hizo todo lo posible —y más— por ayudarme.

Yo no conocía a nadie cuando me vi envuelto en todo aquello, y, en cambio, Valentina conocía a todo el mundo.

Con su silencio, durante todos estos años me ha demostrado su lealtad.

Así que, si ella no se encargaba de esto, el proyecto no habría seguido adelante.

Por supuesto, hay cosas que pasaron y que aún no sabe.

.., pero que terminará descubriendo también.

Cuando me llamó para decirme que quién me creía, que estaba muy feliz retirada de los proyectos grandes, le di las gracias, porque ya sabía que iba a aceptar.

Nunca hemos dejado de estar en contacto, por tanto, es consciente de mi situación actual.

Le dije que tenía vía libre para contar con el equipo que ella creyera conveniente y que grabaríamos en mi ciudad y, si hacía falta, en mi casa de la playa.

Lo único que yo sé es que su hijo Mateo va a formar parte del proyecto y poco más.

Tampoco me hace falta conocer más detalles, me fío de Valentina al cien por cien, sé que las personas con las que ha contado para esto son de su entera confianza.

Que no le fallarán a ella y, por ende, tampoco a mí.

Dylan se ha encargado de alquilar un estudio, que es donde vamos a empezar con las primeras grabaciones.

He accedido también a grabar en mi casa, en el estadio y, donde más me ha costado aceptar, en el barrio donde me crie y crecí.

Aunque prefiero no pensar mucho en esto último, ya lidiará con ello el Enzo del futuro.

—Tío, ¿toda esta gente es necesaria? —le pregunto a mi amigo un poco agobiado.

—No empieces, ya lo hemos hablado y te pareció bien, Enzo.

Tienen que dejar este sitio a punto, porque te has empeñado en que no fuera un plató como tal, para no levantar sospechas.

Tranquilo, que cuando terminen casi toda esta gente se irá.

Cuando empecemos a grabar, quedaremos aquí cuatro gatos.

Lo que no entiendo es por qué estás dando vueltas por aquí como un pollo sin cabeza cuando aún faltan horas para empezar.

No deberías haber venido tan pronto. Las estrellas de tu categoría suelen llegar tarde.

—No me toques los huevos, no podía quedarme más tiempo en casa esperando. Y no tenía nada más que hacer —le respondo levantando los hombros.

—Pues, en ese caso, te jodes por venir cuando no te tocaba.

—Me da una palmadita en la espalda y me señala con el dedo en dirección a la puerta de madera en la que me niego a entrar de momento—.

Vete a tu camerino o quédate calladito en una esquina.

Porque tu cara de mala hostia está incomodando al personal.

—Igual no tendría esta cara si anoche no te hubiera hecho caso y me hubiera quedado en mi casa.

Dylan suelta una carcajada y me mira con sorna.

—No me vengas con esas, que Katie me contó cuando fui a pagar la cuenta que te vio muy bien acompañado por una rubia, y a juzgar por sus comentarios no parecías un mártir ni estar sufriendo. Ahora esfúmate con tus penas a otra parte y deja trabajar a la gente.

Me echo el pelo hacia atrás y resoplo, pero no puedo rebatirle nada, porque el cabronazo tiene razón, como la mayoría de las veces.

Los trabajadores llevan un rato mirándome de reojo, y me he dado cuenta de que tienen sumo cuidado cuando pasan cerca de mí, como si fuera un perro a punto de tirarme a su yugular o algo así.

Lo único que estoy haciendo es molestar, pero ni de coña me voy a meter en el camerino, aún no.

Respecto a anoche, tuve que marcharme del bar porque me informaron de que alguien había avisado a la prensa de que yo estaba allí.

Tal vez fue cosa del baboso tocapelotas aquel, no es la primera vez que me sucede algo así.

Estoy acostumbrado, pero no por ello me toca menos los cojones tener que salir por la puerta de atrás cada vez que alguien me reconoce; ese es otro de los motivos por los que evito estar en lugares públicos.

Mientras el tiempo pasa y veo desde una esquina cómo terminan de montar las cámaras, los focos y demás mierdas, decido acercarme a la mesa que han puesto los encargados del catering.

Cojo una manzana, no sé muy bien para qué, porque hambre no tengo, supongo que para tener las manos ocupadas.

Me apoyo en la mesa y cruzo las piernas esperando que el tiempo pase rápido.

Me gustaría tener el poder de viajar por él, estar ya en mi casa y que el día de hoy acabe, pero como no soy el puto Doctor Strange, me jodo y me quedo dándole vueltas a mi manzana mientras miro a la nada, procurando no cruzar la vista con nadie para no incomodar y que esta tortura acabe cuanto antes.

—Uy, gracias. Justo lo que necesitaba, he llegado demasiado pronto y me muero de hambre. —La voz proviene de una chica rubia a la que ya he visto antes, que me saca de mi tortura personal mientras me quita la manzana de las manos y le da un mordisco.

«Pero ¿qué cojones...?».

La miro sorprendido. Va vestida de negro: vaqueros, botines y una americana del mismo color que oculta las curvas que yo sé que hay debajo y que no he podido quitarme de la cabeza.

Lleva el pelo casi por los hombros, un flequillo enmarcándole la cara y tiene unos ojos marrones que me miran muy abiertos, esperando una respuesta.

—¿Mia?

—¿Gabriel? —Se sorprende al reconocerme de la noche anterior—. No esperaba verte aquí. Vaya, qué casualidad. Menudo despliegue, ¿eh? ¿Eres el responsable del catering? —me pregunta lanzada mientras señala la mesa con la cabeza, esperando entablar conversación conmigo.

—Eh... Pues, al parecer, ahora sí.

Esta chica de mirada inocente no tiene ni puta idea de quién soy.

Y, joder, me he quedado embobado mirándola comer la pieza de fruta sin cortarse un pelo por habérmela quitado de la mano.

De la misma manera que anoche me quedé agilipollado observándola mientras empezaba a contonearse al ritmo de aquellos acordes de guitarra.

—Esto... En realidad, me llamo Daniela, no Mia, y soy la encargada de maquillaje. Perdona por no haberte dicho mi verdadero nombre anoche.

Vaya, por lo visto, los dos jugamos al mismo juego sin saberlo, más o menos.

—Así que estás hecha toda una mentirosilla, ¿eh? Primero pides una copa que odias y después me dices un nombre falso... ¿Qué más escondes, Daniela?

—Yo...

—No pasa nada, estoy bromeando. Te pega mucho más llamarte así.

La comisura de sus labios asciende, y esa sonrisa que me ha estado persiguiendo toda la noche, acompañando a mis pesadillas y dotándolas de un poco de luz, aparece ante mis ojos y algo que desconozco se asienta dentro de mí.

—¿Conoces a alguien más del equipo?

—Sí, vaya que sí... Conozco a algunos, y dicen que el protagonista del documental es un tanto gilipollas.

Espero que no le dé por sacar al divo que lleva dentro.

—No sé qué cojones estoy haciendo. Mi cerebro no está filtrando nada de lo que está saliendo por mi boca, pero jugar un poco a no ser yo, otra vez, me está gustando.

—¿De verdad? —dice algo preocupada.

—¿No sabes quién es? —le pregunto de vuelta como si no hubiera quedado claro ya.

—Pues la verdad es que ni idea... No he tenido mucho tiempo para informarme. Hasta hace unos minutos no me han dicho su nombre. Solo sé que es poco accesible. ¿Tú lo conoces? No ha llegado aún, ¿verdad?

—Sí, sí que lo conozco. Y creo que no está por aquí todavía.

Increíble, hacía años que no estaba con alguien que no tuviera ni la más mínima idea de quién soy.

Anoche disfruté estando con ella por ese mismo motivo, aunque nuestro encuentro duró demasiado poco.

Es una sensación un tanto rara, pero me está gustando.

No me mira como suele hacerlo el resto de la gente, aunque este engaño no va a durar mucho.

Unos minutos más a lo sumo, en cuanto Valentina nos presente como es debido.

No sé qué tiene esta chica, pero de repente quiero descubrirlo. La forma impulsiva en la que me ha quitado la manzana me ha hecho sentirme como si fuera otra persona, no como Enzo Silva, el quarterback de los Redhowls.

—¿Vas a estar aquí todas las grabaciones, Gabriel?

—Sí. Si no tengo más remedio, creo que tendré que estar aquí durante todo el rodaje.

Si la estrellita se mete contigo, búscame, que yo mismo lo pondré en su sitio si hace falta.

Ya comprobaste que se me da bien eso de espantar gilipollas.

—Al decir esto veo cómo por algún motivo su cuerpo se tensa. Igual me he pasado de machito.

—Bueno, espero que eso no tenga que suceder; seguro que las cosas se pueden solucionar de otra manera.

Me muevo bien en ambientes hostiles, aunque no creo que las cosas se tuerzan tanto como para llegar a eso.

Bueno, yo me voy a ir a terminar de prepararlo todo.

Ya nos veremos por aquí —asevera apresurando la despedida.

—Sí, ya nos veremos, Daniela.

La he cagado, está claro. Soy gilipollas.

Pero su forma de mirarme me gusta mucho.

Su presencia me ha hecho sentir tranquilo, me ha dado paz, y por unos minutos he podido olvidarme de quién soy, de por qué estoy haciendo esto y de lo que casi seguro terminará desencadenando este documental cuando llegue a su fin.

—Enzo, cariño, estás aquí. Llevo buscándote un rato. Dylan me había comentado que estabas esperando por ahí sin saber muy bien qué hacer. Ya casi está todo listo para empezar. —La voz de Valentina me devuelve a la realidad.

—¿Qué tal estás? —Me acerco a ella y le doy un abrazo—. Sí, bueno, ya me conoces, Valentina: la paciencia nunca ha sido precisamente mi fuerte.

—Comprendo a la perfección lo que está pasando por tu cabeza, puedes estar tranquilo, cielo.

Vamos a estar en completa confianza. Me he encargado de manera personal de ello y solo hablaremos de lo que tú quieras.

Lo sabes, ¿verdad? No tienes que verte forzado a contar nada con lo que no te sientas cómodo, tú llevas la batuta y el ritmo de esto.

No lo olvides: podemos parar cuantas veces sean necesarias.

Y ahora, vamos, que te voy a presentar al equipo.

—Gracias, Valentina.

Esta mujer, que conoce casi todas mis sombras, siempre se adelanta y consigue calmar a la bestia que me come por dentro.

Por eso sabía que solo ella podía hacerse cargo de este proyecto y me protegería sin esperar nada a cambio.

Solo queda esperar que mi «Mia» particular no se cabree demasiado ahora que está a punto de enterarse de que Gabriel, el chico del catering, es en realidad Enzo, la estrellita gilipollas.

Cuando Valentina termina de presentarme a todo el equipo que va a formar parte del proyecto, me tranquilizo.

Mateo, su hijo, me ha explicado un poco los planos que vamos a hacer.

Es bastante sencillo, han preparado un set muy normalito, nada ostentoso, con un fondo negro que han iluminado de una forma estratégica para dar un aspecto de intimidad, un sillón en el que me sentaré y desde el que iré contestando a las preguntas que me irán haciendo.

En mi camerino está ya todo preparado, la ropa que me voy a poner lista en un burro que han dejado los estilistas para mí, y está también Daniela, esperando a que Enzo haga su entrada estelar.

No hay vuelta atrás, mi historia está lista para ser contada.