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7. Cosmopolitan y pelirrojos

Cosmopolitan y pelirrojos

Daniela

Preparar la maleta ha sido lo más trepidante que he hecho este último año. El vuelo salía a primera hora de la mañana, y Mateo y yo hemos quedado en el aeropuerto.

El vuelo ha salido sin retraso. Mi querido amigo ha alquilado un coche, porque siempre ha preferido conducir a —y cito de forma textual— «poner su vida en manos de un desconocido». Tiene sus manías y yo lo quiero así.

Nos hospedaremos en un hotel no muy alejado del estudio donde vamos a realizar las primeras grabaciones, lo cual se agradece, porque los exteriores siempre son algo más complicados, y empezar en interior me da más seguridad.

Hacemos el check-in en el hotel y vamos cada uno a su habitación, aunque no pasan más de veinte minutos cuando ya tengo a Mateo dentro de la mía. Me mira mientras deshago la maleta y voy colocando la ropa que he traído en las perchas que hay en el pequeño armario.

—Espero que hayas traído algo decente para esta noche, Dani —comenta mientras se sienta en la silla que hay junto al típico escritorio de una habitación de hotel.

—¿Qué tienes en contra de mi ropa? ¿Y qué pasa esta noche? —contrataco yo, levantando una ceja.

—Tendremos que salir a celebrar la vida, ¿no? ¿O pensabas quedarte metida aquí?

—La verdad es que sí. Eso es justo lo que pensaba hacer.

—Pues despiensa , querida amiga, que esta noche salimos. Dentro de dos horas te quiero lista, me muero por llevarte a un local que es la caña.

—Mateo... —le advierto, mirando con firmeza sus ojos verdes.

—Ese es mi nombre, sí —me suelta lanzando un beso al aire mientras se va de vuelta a su habitación.

Sin nada más que yo pueda añadir, esta noche salimos.

Tengo un poco de miedo; la última vez que quiso llevarme a un sitio que según él era la caña, aluciné con lo que me encontré dentro.

Estábamos en New Lake, haciendo una sesión de fotos para Eiden Hugh, un chef que estaba en pleno auge.

Su restaurante tenía una lista de espera de más de un año y su nombre corría como la espuma en el sector.

Además de muy guapo, era como una especie de dios en su campo.

Después del shooting invitó a cenar a todo el equipo.

No suele ser habitual, pero Eiden es una de esas personas con un aura especial, que destila pasión por su trabajo.

Cuando acabamos de cenar, fuimos al sitio donde Mateo se moría por ir, un lugar superelegante.

.., al menos en apariencia. Pero, a medida que transcurrían los minutos, empezó a parecer más una peli X que otra cosa, porque resultó ser un local liberal —sí, de esos de intercambio de parejas— pero en plan megapijo.

Quise matar a mi amigo en cuanto me percaté de dónde nos encontrábamos.

Fue una de las experiencias más bizarras que he vivido con él, y espero que lo de esta noche no termine siendo algo así.

Dos horas y una larga ducha después, estoy lista.

He optado por ponerme un vestido negro, que se ciñe a mis curvas a la perfección, y unas sandalias de tacón no muy alto, porque el último año mi calzado de confianza han sido las zapatillas de deporte y paso de destrozarme los pies.

Me he recogido el pelo en un moño bajo despeinado y me he maquillado resaltando mis ojos marrones, rasgando mi mirada con un eyeliner del mismo tono y remarcando mis ojos con una sombra con brillitos dorados.

—Joder, pero qué guapo te has puesto —piropeo a mi amigo cuando lo veo.

Ha optado por un pantalón de pinzas entallado de color negro y una camisa blanca, que lleva remangada con mucha gracia hasta los codos.

El complemento siempre lo pone su pelo, que de unos años a esta parte va cambiando de color según su estado de ánimo. Estamos en la temporada de rojo fuego.

—Lo mismo digo, Dani. Da gusto verte con algo que no sea una sudadera tres tallas más grande que la que usas. Había olvidado que tienes ese cuerpazo, cabrona.

—Vete a la mierda, tío. Bueno, ¿dónde está ese antro de perdición al que vas a llevarme?

—Nunca me lo vas a perdonar, ¿verdad? —dice llevándose de forma exagerada la mano al pecho, como si le hubiera clavado un puñal.

—No, nunca. Si mueres antes que yo, lo pondré en tu lápida.

—Ñiñiñiñiñi... Anda, vamos.

Y, con eso, ponemos rumbo a la puerta de salida del hotel.

Tengo que reconocer que esta vez el sitio sí que mola de verdad y, a priori , no parece que esté destinado al placer ni al BDSM. Es un local rollo chill out , bastante elegante, con una música agradable. Nada de cosas extravagantes ni gente desnuda, lo cual agradezco.

Hay dos espacios diferenciados: una terraza techada con un jardín vertical y unas mesas redondas para poder disfrutar fuera y el local de dentro, con una gran barra larga y unas escaleras al fondo, que supongo que llevan a los reservados, a juzgar por el segurata que hay justo delante de ellas.

La luz es bastante tenue y cálida, lo que le da un ambiente íntimo al lugar.

Una vez dentro, noto a mi amigo algo inquieto, y lo conozco tan bien que sé que no va a tardar mucho en abandonarme, o bien para ir al baño o para encontrarse con alguien.

—Dani, voy un momento al reservado, que quiero saludar a un amigo, ahora vuelvo. ¿Puedes ir mientras a la barra? A mí pídeme un cosmopolitan. Te juro que no tardo —me dice juntando las manos a modo de disculpa.

—Claro, no te preocupes, te he visto venir desde que hemos llegado. Te espero allí —lo informo señalando la zona más tranquila y con menos gente del local.

Me imaginaba que las ganas de venir aquí de Mateo escondían algún interés más, aparte de los encantos del propio local. Mi mejor amigo conoce a gente hasta en el mismísimo infierno, y, por supuesto, aunque haya dicho «amigo», me apostaría el cuello a que o bien es un antiguo ligue o uno próximo.

Aunque estoy en un sitio algo más tranquilo que el resto, la barra está llena de gente, y me temo que van a tardar bastante en atenderme.

Veo con el rabillo del ojo que hay un tío pelirrojo que me está mirando con fijeza, y empiezo a incomodarme. No aparta la vista de mí y, para mi desgracia, observo que se acerca con paso decidido hacia donde me encuentro.

—Tu cara me suena mucho, rubia —suelta acercándose demasiado para hablarme, como si la música estuviera altísima, aunque no es el caso.

—¿Sí? Lo dudo —le respondo con una sonrisa falsa.

Me mira de una forma que ya conozco. Mi cara le suena, claro que sí, pero no es capaz de encajar las piezas que su cerebro tiene desperdigadas y saber de qué.

Al principio me pasaba más a menudo y, aunque a la gente le costara, terminaban reconociendo que la chica del vídeo viral era yo.

Aunque ahora no sea algo que me suceda constantemente, está claro que mi imagen sigue grabada en el subconsciente de algunas personas.

—Yo creo que sí, que nos hemos visto antes. Nunca olvido una cara.

—Te estoy diciendo que no —lo corto en seco—. Estoy esperando a un amigo y es la primera vez que vengo a este sitio. ¿Te importaría irte?

—Oh, venga, no seas sosa, rubia. Mientras esperas a tu amigo invisible te puedes tomar una copa conmigo.

—No tomo copas con desconocidos —espeto con un tono más borde, para ver si lo pilla de una vez y me deja en paz.

—Eso tiene fácil solución. Los baños de este local son geniales para conocer más a fondo a la gente...

—Oh, no me jodas. ¿Eso te ha funcionado alguna vez? Porque, la verdad, lo dudo mucho.

El pelirrojo se dispone a replicar y yo me preparo para levantarme y darle una patada en los huevos y que pase lo que tenga que pasar, pero entonces alguien nos interrumpe.

—¿Te está molestando este imbécil? —me pregunta otro desconocido.

Con la luz que hay en el local no puedo verlo con mucho detalle, pero sí con el suficiente para saber que es moreno, muy alto y guapo. De esos tíos a los que cuando ves en la calle no puedes evitar mirar y sonrojarte un poco.

—Pues la verdad es que sí... Se ve que no entiende la palabra NO.

—Jo-joder... Tú eres... eres... No sabía que fueras el amigo que estaba esperando. Perdona, tío. Ya me voy.

¿Qué coño ha sido eso?

—Vaya, ¿eres famoso por aquí o qué? —le digo riéndome al ver la reacción que ha tenido «don Baños» al verlo.

—No, para nada. Siento que ese gilipollas no se haya disculpado siquiera contigo. Tampoco quería meterme donde no me llaman, pero no he podido evitarlo.

—No te preocupes, la verdad es que intentaba que me dejara en paz por las buenas, pero no estaba resultando. Lo siguiente iba a ser darle una patada en los huevos.

—Ah, si llego a saber que ese iba a ser el siguiente movimiento, habría esperado un poco más... Habría disfrutado viéndolo, la verdad —comenta mientras se ríe haciendo un gesto con la mano a la camarera para que se acerque—. No te han atendido aún, ¿no?

Niego con la cabeza y me quedo flipando con la rapidez de la chica en cuanto ve su seña.

Yo llevaba un rato esperando y estaba empezando a sentirme invisible, pero ha bastado un segundo para que corriera a atender a este tío.

Debe de ser el dueño del local o amigo de él, porque, si no, no lo entiendo.

—Hola, ¿qué os pongo? —pregunta la camarera incluyéndome, pero sin quitarle ojo al moreno que me acompaña.

Él me mira esperando que sea yo la que responda primero.

—Un cosmopolitan y... —titubeo porque no sé qué pedir—. Dos, dos cosmopolitan, por favor.

Odio esa bebida diseñada para hacer el mal desde que, una noche con Mateo, me pillé un pedo tremendo. No puedo ni olerlo, pero no se me ha ocurrido qué más pedir, me he quedado en blanco; la falta de costumbre, supongo.

—Yo, un botellín de agua. Y apúntaselo todo a Dylan, por favor.

La camarera asiente y se va a preparar las bebidas.

—Me llamo Mia, por cierto —miento, porque no tengo ni puta idea de quién es este tío y, aunque me ha librado del imbécil de antes, estoy flipando por las reacciones que está teniendo todo el mundo con él. Así que prefiero no decirle mi nombre real.

—Yo soy Gabriel, encantado.

—¿Vienes mucho por aquí? —le pregunto intentando indagar un poco más sobre él.

—No mucho, la verdad —contesta con sequedad.

—Ah, lo decía por... Bueno, da igual.

La camarera vuelve con las bebidas y las deja encima de la barra, no sin antes echarle una mirada muy sugerente con sonrisita incluida a Gabriel.

Sin embargo, él no le hace ni caso, es como si estuviera acostumbrado a que lo tratasen así, como si fuera algo habitual en su día a día.

Coge la botella de agua, la abre y le da un trago largo.

Me quedo atontada viendo cómo su nuez sube y baja a medida que el líquido desciende por su garganta.

—Y tú, ¿es la primera vez que vienes? No eres de aquí, ¿verdad?

—Vaya, veo que has estado muy atento a la conversación que he tenido con el pelirrojo, ¿eh? No, no soy de aquí. Para ser más exactos, no llevo ni veinticuatro horas en esta ciudad. He venido con un amigo que...

—Que te ha dejado sola —termina la frase por mí.

—Sí, ha ido a encontrarse con alguien, no creo que tarde mucho en volver.

—¿No bebes? —me pregunta señalando las copas que esperan encima de la barra.

—No, la verdad es que... odio el cosmopolitan.

—Pues, para no gustarte, te has pedido dos.

—Es que uno es para mi amigo. Como la camarera no me ha atendido hasta que has aparecido tú, he querido aprovechar —digo tratando de no parecer demasiado rarita o alguien con problemas de alcoholismo que se bebe las copas a pares.

—El que se ha ido y te ha dejado sola ante el peligro...

—Sí, ese mismo. Y puede que yo me haya puesto algo nerviosa y me haya dejado llevar pidiendo otro para mí —respondo poniendo cara de circunstancias.

—¿Por mí?

—No, es que he perdido un poco la práctica en esto de salir y me ha pillado desprevenida que la camarera viniera a atenderte tan rápido cuando yo ya llevaba un buen rato esperando.

—Ya veo, ya. —Suelta una carcajada ante mi sinceridad.

En ese instante empieza a sonar «Maria Maria» de Santana. El cambio de música me sorprende y me dejo envolver por el ritmo sin poder evitarlo. Gabriel me mira con seguridad.

—Me encanta esta canción —le aclaro.

—Una pena que estés sentada.

—¿Cómo dices?

—Que si te mueves así estando en esa posición, verte con total libertad sería la hostia.

—¿Estás intentando ligar conmigo, Gabriel?

Se acerca más a mí y su dulce olor me envuelve. Huele a vetiver, vainilla ahumada con un toque picante al final a jengibre. Hasta este momento ha mantenido las distancias, pero de pronto no me importaría en absoluto que siguiera acercándose más.

—No, Mia. Si lo estuviera haciendo, no tendrías ni que preguntarlo.

—Vaya —suelto haciendo un mohín.

—¿Decepcionada?

—Puede.

—No soy de los que ligan en un sitio así.

—¿Y en qué sitios lo haces?

Sonríe ante mi pregunta.

—¿Por qué? ¿Querrías descubrirlo? ¿Vendrías conmigo si te dijera dónde ligo?

Ahora soy yo la que no puede evitar reír y sonrojarse un poco.

¿Lo haría?

Su teléfono empieza a sonar y maldice por lo bajo al mirar la pantalla.

—Tengo que irme. Ha sido un placer conocerte, Mia.

—Lo mismo digo, Gabriel. Dale las gracias a Dylan por las bebidas.

—Lo haré. Y Mia...

—¿Qué?

—Yo no te habría dejado sola.

Y, tal como ha llegado, se va. Me quedo mirando las dos copas que esperan en la barra, sin tocar. No sé qué narices acaba de pasar ni quién es este tío, pero al parecer me voy a quedar con las ganas de descubrirlo.

No pasa mucho rato hasta que llega Mateo con la camisa mal abrochada y con su pelo rojo despeinado. Lo miro de arriba abajo sabiendo casi con certeza la historia que me contará después.

—¿Qué tal tu amigo? ¿Todo en orden? —pregunto con sorna.

—Ya lo creo, todo en orden y bien puesto —contesta muerto de risa.

—Toma, tu copa —le paso el cosmopolitan.

La coge y mira extrañado la otra bebida gemela, que aún sigue entera reposando en la barra.

—¿Te has pedido otro tú? Pero si lo odias...

—Lo sé, es una larga historia.

—Pues vamos a sentarnos a las mesas que hay fuera y empieza a contármela, guapa.

Llegamos al hotel a una hora razonable. Me ha venido genial esta noche con Mateo.

Había olvidado lo mucho que me gusta tomar algo y reírnos sin parar de las chorradas que se nos ocurren.

Vida social, te echaba de menos. El tonteo inesperado con Gabriel también ha estado muy bien, no vamos a engañarnos a estas alturas.

Mañana empezamos el rodaje y, antes de acostarme, dejo preparado todo lo que voy a necesitar.

Esta vez no voy a fallar, no puedo. Valentina está dando la cara por mí, confía en quien fui y en quien soy.

Ella siempre ha visto mi potencial mucho mejor que yo misma.

Esto va a salir bien, tiene que salir bien.