5. No vendo mi vida, ¿o sí?
No vendo mi vida, ¿o sí?
Un año después Enzo
Mi representante lleva un año siendo un puto grano en el culo para que acepte este proyecto.
Quieren que grabe un documental sobre mi vida, y sospecho que su insistencia se debe a la cantidad indecente de dinero que quieren pagarnos y de la que él se lleva un suculento quince por ciento.
No le basta con la comisión que cobra cada vez que firmo un puto contrato millonario como jugador de la NFL.
Maldito chupasangre, le partiría la cara si no fuera porque es mi mejor amigo, casi como mi hermano.
Nos conocemos desde niños, los dos nos criamos en un barrio de mierda a las afueras de la ciudad, de esos en los que, según te vas acercando, las calles se vuelven más silenciosas, las fachadas de los apartamentos más viejas y hay más suciedad acumulada en cada esquina.
Hemos visto —y vivido— muchas cosas, quizá demasiado pronto. Ninguno tuvo una infancia normal, y aunque siempre hemos sido muy diferentes, nunca nos hemos separado.
Cómo hemos llegado adonde estamos ahora se podría considerar una mezcla de suerte y esfuerzo.
Me atrevería a decir que ha sido la única vez que los planetas se han alineado a mi puñetero favor, aunque poco después decidieran darme la hostia de mi vida.
Habíamos soñado tantas veces con salir del barrio que, en cuanto tuve la oportunidad, lo hice y conté con él.
Siempre se le han dado muy bien los números, y cuando empecé yo no me fiaba de nadie.
Es como una especie de genio de las finanzas, y somos un pack indivisible.
Aunque, como siga tocándome los huevos, eso va a cambiar.
—Venga, Enzo, han vuelto a llamar. Cada vez están más insistentes, tío, y han subido de nuevo la oferta. Creo que esta vez deberías aceptar —me dice una vez más, clavando sus puñeteros ojos azules en mí.
—Deja de incordiarme. Lo último que me apetece es firmar nada con esa mierda de gente, y mucho menos tener una puta cámara pegada a mi culo.
Es más de lo mismo: querrán indagar en mi vida, buscar donde no hay nada y, ya de paso, saber por qué llevo años alejado de las redes sociales.
Seguro que se inventan algún romance o alguna mierda similar.
Joder, sabes que cuando sucedió aquello me volví muy reservado con mi vida privada.
—Me paso las manos por el pelo con exasperación.
Mi amigo me mira con cara de circunstancias. Estuvo allí, lo vivió conmigo; sabe por qué corté toda relación con los medios y por qué desde entonces evito cualquier cosa que implique exponerme.
—Creo que por lo menos deberías pensarlo. Se lo debes, tío. A él, y a ti también.
Es un cabronazo y sabe qué palabras decir para tocar ese botón que hace clic en mi interior, ese que hace que vuelva a sentirme una persona más o menos humana, con sentimientos y esas cosas.
—Él ya no está para verlo, Dylan. —Sí, se llama así porque su madre era muy fan de Sensación de vivir y de Luke Perry.
—Tío, en serio. Lee el e-mail aunque sea antes de decir un no tan rotundo, esta vez parece diferente.
—Joder, de acuerdo, reenvíame la puta propuesta. Le echaré un ojo —claudico mientras me levanto de la silla y me encamino hacia la puerta.
—Perfecto. Y no fuerces, ya sabes lo que dijo el...
—Que sí, mamá. Deja de tocarme los cojones, anda.
Y salgo de su despacho dando un portazo sin dejarlo terminar la frase.
Me levanto de la cama después de haber estado dando vueltas sobre el colchón sin poder dormir. Otra noche en que las pastillas no me han hecho efecto. Todo es una mierda desde el día en que lo perdí todo, pero ahora el peso que tengo sobre los hombros hace que sea menos llevadero.
Los sentimientos se van acumulando en mi interior y nunca he sido capaz de sacarlos.
Hasta el momento en que todo se vaya a la mierda, y ya no falta mucho para eso.
No entiendo por qué aún no he explotado, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos de mi vida, pero siento que estoy en el tiempo de descuento y que pronto todo terminará saltando por los aires.
Enciendo el ordenador y vuelvo a leer el informe médico que ya me sé de memoria.
Me he convertido en una sombra de lo que fui, profesionalmente hablando.
Ahora soy una especie de masoquista que disfruta con su dolor, porque, por más que lea ese maldito documento, eso no hará que mi situación cambie.
Lo cierro y abro el e-mail de Dylan. Leo la propuesta que me ha hecho llegar en cuanto he salido de su despacho y, joder, reconozco que es tentadora, pero el puto miedo a que todo lo que llevo escondiendo tantos años salga a la luz me puede.
Es superior a mí: revivo aquello una y otra vez y me paraliza como si aún fuera ese chaval que se vio envuelto en toda esa mierda.
Sé que el hecho de ser tan hermético con respecto a mi vida personal suscita mucho interés en ella.
Y que conseguir que grabe ese documental sería un pelotazo para quien se quedase con el proyecto.
No soy imbécil, nadie sabe y todos quieren saber por qué la gran estrella del fútbol americano no tiene ni siquiera redes sociales en el siglo en el que vivimos, donde están todos los que son «importantes» en el mundo.
Si supieran la verdad, de dónde vengo y que llevo viviendo una mentira casi toda mi vida, casi seguro que no tendrían tanto interés.
Por otra parte, sin embargo, todo está a punto de cambiar, ya que no puedo mantener esta situación mucho más tiempo.
Soy consciente de que estoy a punto de llegar al límite, y entonces tendré que dejarlo todo.
Es posible que cuando yo caiga, Dylan lo haga conmigo, por lo menos durante un tiempo, hasta que consiga que las aguas se calmen.
Y, sí, es un genio de las finanzas y lleva mis cuentas de puta madre, pero las suyas.
.. Es demasiado generoso con el dinero y, si no acepto, cuando llegue el momento, casi seguro que pasará una temporada incierta, y no deseo dejarlo en la estacada.
Maldita sea. Una vez más, el futuro de alguien que no soy yo depende de mí.
Se me ocurre que tal vez el destino por fin me esté dando la oportunidad de contar mi verdad: es ahora o nunca.
Y algo me dice que sí, que ha llegado el momento de que se sepa lo que pasó, aunque eso suponga mi final de manera definitiva.
Cojo el teléfono sin mirar la hora. En realidad, sé que me va a responder, porque es muy posible que esté de fiesta o que su cabeza rubia esté entre las piernas de alguna modelo que haya conocido esta noche. Tal y como espero, contesta al segundo tono.
—Lo haré —le digo en cuanto descuelga.
—Joder, Enzo. ¿No podías esperar a mañana por la mañana para llamarme?
—No —digo en tono cortante. O mi tono habitual, para ser sincero.
—Bueno, me alegro de que hayas recapacitado.
—Pero las normas las pongo yo. Quiero contar lo que sucedió.
—Pásate mañana por la oficina y redactamos juntos los cambios que quieras. Y ahora vete a dormir o a cascártela, que estoy ocupado.
¿Me arrepentiré de hacer esto? Casi seguro, pero sé que debo hacerlo, por él, por Dylan y por mí también.